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lunes, 30 de marzo de 2026

El ENTIERRO DE CRISTÓBAL

Por Camilo Muñoz (*)


Cristóbal fue sepultado a las cuatro de la tarde de un viernes caluroso. Ese día, familiares y amigos rodeaban el ataúd a orillas de la fosa, mientras algunos hombres miraban la escena, acuclillados, desde unas matas de higuerilla cercanas. Los mozos que cavaron el sepulcro se habían alejado a la espera de ser llamados para bajar el féretro.

Pese al sol inclemente, los asistentes permanecían quietos y sudorosos, esperando el desarrollo de los acontecimientos. A un lado se había organizado un grupo de católicos carismáticos dispuestos a cantar, mientras, al otro lado de la fosa, un grupo de evangélicos sostenían sus himnarios con intención de adelantarse con sus cantos. Carismáticos y evangélicos querían dar el último adiós.

En la familia de Cristóbal las creencias religiosas eran diversas. Una hija era católica, precisamente de los mismos carismáticos cantores. Otra, era evangélica pentecostés, como los del grupo que rodeaba la fosa, mientras el hijo varón decía ser ateoAsí las cosas, en el hogar se solían dar discusiones acaloradas, donde cada uno defendía sus creencias con vehemencia.

Cristóbal no profesaba religión alguna pero se sumaba a cualquier bando, según lo que se discutía. Había trabajado por años en una ferretería de la ciudad hasta que se jubiló hastiado de ser tendero. Desde entonces, comenzó a juntarse con los guarusas del barrio que noche y día se reunían cerca de su vivienda hasta que se convirtió en otro borrachito más del lugar.

Sin embargo, todos lo querían, pues el dinero de su pensión había cambiado el aguardiente barato que tomaba la tropa por un ron de mejor calidad que corrió durante meses por sus gargantas. Así se había ganado la admiración y amistad de los guarusos.

En el cementerio los carismáticos cantaron primero. Después, el principal de ellos habló con voz alta y solemne diciendo que Cristóbal no se iría solo al más allá. Lo dijo, mientras colocaba un crucifijo de plata sobre su pecho, a la vez que rodeaba su cuello con el collar.

Los asistentes expectantes guardaron un largo silencio. Entonces, los evangélicos arrancaron con su himno escogido para la ocasión. Cantaron con fervor mirando al cielo, convencidos de que su momento trascendía a todo lo que había ocurrido antes. Lágrimas y sollozos acompañaron aquel momento.

El Pastor soltó la guitarra y habló con voz alta diciendo a la concurrencia que la Palabra divina acompañaría a Cristóbal en su última morada. Lo dijo mientras colocaba una biblia de tapas negras en las manos del difunto. 

Se hizo otro largo silencio. Los sepultureros regresaron con timidez y se prepararon con sigilo para bajar el ataúd. Alguien tosió cuando el arrastre de las palas rompió la calma espectral. Sollozos circundaban el momento. El sol estaba menos severo. Familiares y amigos abrazaban a la viuda y a los hijos de Cristóbal. El tiempo parecía haberse detenido. Los movimientos de todos eran lentos. Ningún ruido se escuchaba y solo se esperaba la conclusión de aquel ritual.

Los sepultureros tomaron los cables a uno y otro lado por debajo del ataúd. Intercambiaron miradas para ponerse de acuerdo antes del estirón de las sogas. Algunas personas tomaron flores de las coronas cercanas, esperando lanzarlas a Cristóbal cuando éste bajara a la tumba. Solo faltaba la señal del hijo ateo para bajar los restos a la cripta que esperaba con su boca abierta. El hijo miró a todos lados para cerciorarse de que nada más retrasaba el enterramiento. Entonces, dio a los sepultureros la señal esperada.

El silencio se hizo más penetrante. Nadie olvidaría aquel instante. Los cables rozaron el ataúd y las miradas se centraron en la caja donde Cristóbal cruzaría su Rubicón.

- ¡Esperen un momento!

La voz llegó clara desde las higuerillas cercanas.

Todos vieron a aquel hombre levantarse y dirigirse a la fosa con pasos tímidos. Sostenía un paquete en sus manos.

Los sepultureros sostuvieron con firmeza las sogas.

Esperen un momento. También nosotros queremos despedir a nuestro amigo Cristóbal. Con él compartimos muchos momentos de alegría que tal vez no sean comprendidos por ustedes. Queremos despedirlo para cumplir su voluntad de llevarse en sus manos a la eternidad aquello que nos mantuvo unidos.

Y diciendo esto, sacó del paquete una botella de ron del que bebían todos los días y la colocó con delicadeza en el pecho de Cristóbal. Nadie se movió. Nadie dijo nada. Nadie hizo objeción alguna. Los sepultureros miraron de reojo a los deudos del difunto y sin más, procedieron a bajar el ataúd. Después, sellaron el nicho y terminaron rellenando la fosa con tierra hasta dejar un túmulo donde los asistentes pusieron sus flores.

El sol claudicaba en su ocaso y la tarde se volvió gris anunciando el fin de aquel viernes caluroso.

Así se fue Cristóbal de este mundo, con una biblia, un crucifijo y una botella de ron en su pecho. – 22 diciembre 2025.



 

1 comentario:

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