Willy Kleinberg y sus alumnos de violín en Santo Domingo (*)
En diciembre de 1938 llegó a Santo Domingo el profesor de violín Willy Kleinberg, un gran pedagogo que había sido concertino de la orquesta sinfónica de Viena y director de la Sinfónica de Breslau. Aquí debutó como solista y como concertino en la primera presentación artística que organizó la Sociedad Pro-Arte Musical, el 29 de marzo de 1939, en el teatro Paramount.
En esa, su primera
actuación como solista en el país, le acompañó al piano la profesora Josefita
Heredia, y además ocupó la cabecera de los violines en la orquesta que para esa ocasión
organizó y dirigió el Maestro Enrique Mejía Arredondo. Pocos meses después, el
26 de septiembre del mismo año, Kleinberg ofreció su primer recital, el cual se
produjo en el teatro Capitolio.
(Enrique
de Marchena. Willy Kleinberg, pedagogo y violinista hace labor pro-nuestro
arte. Santo Domingo. Feb. 1939). Habíamos
anunciado hace algunas semanas el arribo a nuestras playas del distinguido y
notable pedagogo austriaco Willy Kleinberg, violinista de «primo cartello» en
el récord orquestal europeo, y quien actuó por años como director de la
Orquesta Sinfónica de Breslau y también como «violín concertino», en la
Sinfónica de Viena.
La
llegada del Profesor Kleinberg, quien viaja con toda su documentación
autenticada, era una de esas circunstanciales ocasiones en que podíamos tener
la ventaja de conocer un músico de fuste, al mismo tiempo que un viejo
conocedor de toda esa inmensa amalgama que forma el arte, a través
de su polifacética combinación de sonidos. Solamente las circunstancias de la
convulsa Europa, las continuadas persecuciones raciales, podían causar el
desprendimiento material y aún espiritual de este hombre –ya entrado en la edad
madura- de un medio en el cual por años había podido desenvolver
victoriosamente sus actividades, pudiendo decirse que «estaba ya retirado de
los servicios permanentes». El Profesor Kleinberg, sin embargo, aunque no
hablando de todo esto, que para él envuelve tristezas, mantiene un altísimo
espíritu y vigor tan característico de su raza a tal punto, que, una vez en
Ciudad Trujillo, púsose en contacto con nuestros estrechos círculos musicales,
habiéndose incorporado ya a la «Orquesta Sinfónica de Santo Domingo», Inc., en
la cual va poco a poco infiltrando su saber y su experiencia.
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| Willy Kleinberg y algunos de sus alumnos. De pie, detrás a la izquierda Carlos Piantini |
¡Solamente en la homogeneidad del arte, y en su cosmopolitismo puede encontrarse la razón de esta actitud...! No hay fronteras en el ambiente artístico, no hay barreras de ninguna índole en el lenguaje de la música ni puede existir prejuicio tampoco para quienes, como el Maestro y pedagogo austriaco que es nuestro huésped, tiene tanto que decir, tanto que enseñar y tanto que demostrar...
Dos recias líneas físicas; nervioso, sumamente complaciente, todavía bien lejos de la locuacidad de nuestro idioma, que inicia con el interés de quien jamás pensó aprender el castellano, el Maestro Kleinberg puede sin embargo dar sus lecciones de violín, instrumento en el cual es un verdadero PEDAGOGO y al cual ha dedicado toda su vida (Ilegible en el periódico) Kleinberg, se conoce que es de aquellos que «dominan a perfección la técnica de tan difícil instrumento» [...]
El
Maestro Kleinberg reside ahora entre nosotros. Está ya aclimatado en el medio,
y ha comenzado con vigor sus lecciones a dos alumnos que reciben ya su
dirección eminente: Carlos Lample, joven húngaro que reside entre
nosotros y que aquí ha hecho sus estudios escolares llegando hasta la Facultad
de Farmacia de nuestra Universidad, y Carlos Piantini Espinal [...]
Kleinberg
está estudiando con estos dos jóvenes. El primero, tiene la vena artística
racial indudable; el segundo, la vivacidad del trópico, el interés de su propio
talento, y también una línea hereditaria musical que le honra. ¿Qué será
nuestro Carlitos Piantini Espinal en las manos del Maestro Kleinberg? [...]
No
sabemos cuándo Kleinberg aparezca en público como concertista. Sus amigos y
discípulos están combinando fechas para un Recital o un Concierto en
colaboración con la Orquesta Sinfónica. Lo que se haga por el Maestro no será
sino un paliativo a sus esfuerzos y a sus propias tristezas espirituales... Es
menester hacerle olvidar que está fuera de su país, y nada mejor que rodearlo
de esta hospitalidad nuestra, que él mismo se cansa ya de pregonar como algo
inolvidable.
Nuestro
Arte, sin duda, ha de recibir el beneficio de este Huésped, que como el Maestro
Bledy, que ya está incorporado en el «cello» en la Sinfónica, el Profesor Ganz,
violista distinguido de Viena, familiar cercano de Kleinberg, hará de nuestro
medio, poco a poco, un ambiente propiciatorio para la interpretación genuina de
los Grandes Maestros.

(Los
alumnos del Maestro Kleinberg ofrecieron anoche una bella fiesta musical en el
Ateneo. La Nación. Santo Domingo. 23 abr. 1940). Anoche,
a las ocho y media, tuvo lugar en los salones del Ateneo, uno de los actos más
simpáticos y promisorios de los muchos que en los últimos tiempos se han
celebrado en la benemérita casa de cultura dominicana.
Ocho
niños, estudiantes de música, dieron un concierto clásico, bajo la dirección de
su maestro Willy Kleinberg [...]
El
debut de los niños artistas había despertado en nuestros medios sociales, muy
vivo interés, y más aún en los núcleos de aficionados a la buena música, no tan
sólo por la belleza que el concierto de anoche pudiera ofrecer, sino por lo que
él representaba, como promesa de un futuro grupo de virtuosos del divino arte.
Y,
además, porque conociéndose, como se conoce, la brillante carrera del maestro
Willy Kleinberg, se descontaba que los discípulos que presentaba en público
por vez primera habían de ofrecer al auditorio ejecuciones dignas
de ser escuchadas.
Pues
bien, las mejores esperanzas, los augurios más optimistas, fueron
superados con creces. Y conste que, en el comentario que estamos
trazando, no cuenta la necesaria simpatía que todo el público sensible ha de
sentir por un grupo de niños de corta edad, dedicados a un tan noble esfuerzo
como es el de estudiar música. El concierto de ayer, fue digno de los alumnos
de cualquier conservatorio del mundo, ofrecido en igualdad de condiciones a las
de nuestros niños.
Tratándose
de una fiesta musical, nadie con más autoridad, con más significación
artística, ni con más representación, podría iniciarla, como quien lo hizo
anoche con bellísimas palabras: el maestro José de Jesús Ravelo, el consagrado
músico nacional dominicano, porque nadie como él, hizo tanto, ni tan bien, por
la música en nuestro país. Y porque su espíritu sensible, no podía por menos de
estar conturbado de emoción al ver, por vez primera en su Patria, un conjunto
de ocho niños, dedicados al arte de sus amores y de sus ahincados esfuerzos.
Se
dio bello símbolo del que se va y sabe alentar a los que vienen. O, como en el
banquete del maestro griego, que brinda vapor quien le superase. Y nadie,
tampoco, podría como él, entender la magnitud de la obra cultural y artística,
y, por ende, de elevación espiritual, que realiza, modesta, silenciosa y
generosamente, el maestro Kleinberg.
Se
inició con la ejecución del Estudio Núm. 7 de Mazas y el Estudio Núm. 3 de
Kreutzer, a cargo de los alumnos Nidia Mieses, Carlos Piantini, Zunilda Pierret
y Luis Gómez Hernández. En las citadas obras, erizadas de dificultades técnicas
para todos los estudiantes de música, los ejecutantes, sin batuta, hicieron un
alarde de arco y de agilidad en el cambio de posiciones y de exquisito gusto.
Inició
la segunda parte, Jacintico Gimbernard, un delicioso pequeñuelo de ocho años,
con ocho meses de clases, con la interpretación delicada y excelente, de
Meditación, de Bach-Gounod, y La cinquentaine, de Marie.
Fueron
vertidos, después, varios conciertos de Berioth, por Luis Gómez H., que tuvo a
su cargo el N.º 1, denominado Militar, y los que llevan los números7 y 9, que
estuvieron a cargo de Zunilda Pierret y Carlos Piantini, respectivamente.
Al
piano, las señoritas Blanca Mieses y Josefita Heredia, que, con sus
acompañamientos, ciertamente muy justos, prestaron al concierto una muy valiosa
colaboración artística.
Era
el de anoche el primer acto musical que ofrecía el Ateneo en su
nuevo local, y él, ha constituido un triunfo y un acierto.
Excusado
es decir que los aplausos fueron tributados, cordiales y copiosos a los
pequeños artistas –que, dicho sea de paso, afortunadamente, ninguno es «niño
prodigio», sino que son todos, alumnos normales de una Academia- y
también a su Maestro, cuya labor benemérita los merece de verdad.
Los
comentarios del «post-concierto», halagüeños para el Ateneo y para el arte
musical dominicano que tiene, en los violinistas de anoche, la fundada
esperanza de una pléyade de virtuosos.
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(*) Tomado de Los Sonidos y el Tiempo, las Memorias Inconclusas de Carlos Piantini.
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Muy interesante, siempre es bueno reconcer y recordar!
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