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jueves, 6 de septiembre de 2018

HAGIÓGRAFA, MONSIEUR

(Esta crónica de ficción se salió del tren en algún momento y por algún motivo fortuito, así que como estoy seguro de que alguien lo va a leer con mucho gusto, lo vuelvo a subir)

Las cosas de Baldomero
©ags

Ya no recuerdo cuándo murió Baldomero, la fecha se me pierde, pero su presencia es constante; ayer, como siempre, supe que reproducía una de tantas conversaciones con él porque me escuché diciendo: «Tienes toda la razón compadre».
«Me alegro de mi ignorancia», dijo él, pero como para entonces yo estaba acostumbrado a estos rebrotes, frases que le llegaban a la boca como si por ella el cerebro le drenara, no me provocó, como las primeras veces, ninguna duda. No pensé que estaba loco de atar ni que trataba de tomarme el pelo, ya me había dado cuenta que por momentos se iba, entraba en el pasado y se le escapaban fragmentos de conversaciones, frases que se le salían del recuerdo, ideas que no quería compartir ni mucho menos, pero que la lengua, como gaita que suena sin gaitero, sonaba.

En realidad, siempre eran como enunciados, como temas de una muy larga y razonada introversión, hervores que por lo general su inconsciente le obligaba a compartir aunque su conciencia así no lo quisiera, exhalaba una palabra, una oración que diera pié para debatir con algún prójimo, motivos que terminaban por convertirse en conceptos lapidarios, en categorías filosóficas, en juicios sociológicos, «en columnas dóricas del pesimismo» o en «centelleantes alucinaciones de optimismo».

Por todo esto y mucho más, me quedé en silencio un rato, el tiempo prudencial para que él terminara lo que estaba haciendo por allá, «en los recodos de sus neuronas», volviera a mirarme y sintiera que estábamos a punto de ser cagados por las palomas que, en bandadas, acababan de levantar el vuelo y pasaban por sobre el banco del parque en el que estábamos sentados. Le di tiempo para que lo despertara el sabor del café que se acababa de tomar en la cafetería de enfrente, y comenzara a hablar.
Entonces, cuando me volvió a mirar, como asombrado por mi presencia, le pregunté:
-¿Te refieres a la ignorancia tuya o la de…?
La de mi doméstica –respondió, y sin detenerse continuó-, eso decía ella mientras planchaba, y yo, que no me aguanto tampoco ante frases como esa, le hice la misma pregunta que me acabas de hacer.
Los días en que ella no iba a mi casa, ayudaba a una señora que recién se había regresado a París, una especialista en iconografía religiosa, una hagiógrafa… dime tú… y eso qué es aquí en esta ciudad, entre la Catedral, el Alcázar, Las Reales Casas y el realengo que le rodea. Entre esa fetidez que antes solamente venía del Río, pero que de un tiempo a esta parte se robustece en cada esquina, como si los restos de algún adelantado se estuvieran pudriendo todavía. ¿¡Qué pinta aquí una dama como esa!?
Ella estaba en mi puerta, había tocado muy discretamente y me preguntaba por Altagracia, mi doméstica, después supe que vino a pedirle que no fuera al otro día por su casa, que viajaría a alguna ciudad cercana muy temprano en la mañana… Para no sacarte de tus planes por los cambios en los míos te traigo tus honorarios, yo sé lo que es vivir al día… para la dama gala su viaje imprevisto no podía cambiar lo pactado entre ellas...
Pues cosas de cerebros del primer mundo, ella había venido una vez a esta ciudad con el sueño de ver la colección de piezas religiosas que hay en el Museo, sabía muy bien, por haber leído, que era valiosísima, y que algún Generalote las había comprado o las había recibido en donación cuando se le metió en la cabeza aquello de limpiar su ensangrentada imagen. Le dio por creerse que, apantallando al mundo con rescates patrimoniales, tiraría una cortina de humo a los…
…Y entonces supo que no había información cierta, ni estudios científicos, ni catálogo, ni catalogación, que faltaban piezas…y Altagracia se alegra de su ignorancia, porque como nunca antes la francesa le ilustró que el saber cuesta muy caro… bueno, en su caso ni tanto, con su mente europea finalmente se fue a la Otra Isla y dicen que por allá se la desquitó… ella fue una pieza clave en la reanimación de tres de los museos más importantes de allá… y que su padre tenía razón. Nada de escuela, nada de libros porque quien más sabe es quien más sufre…
Y entonces, después de todo eso, me volví a encontrar con la dama por aquí, salía ella de la Catedral, andaba aun con un tapabocas enrollado al cuello, y sus ojos rebosaban la felicidad que le provocaron algunas de las maravillas que vio en la cripta, a donde le llevó el mismísimo Cardenal, quien ensimismado con las valoraciones que hacía la dama acerca de lo que allí había, no pudo más, y como un amor a primera vista, la quiso contratar, pero ya el daño estaba hecho… ella se iba al día siguiente…
La invité a un café y allí hablamos largamente. De niña había estudiado en una escuela de monjas en Toulouse, al sur de Francia, donde vivían entonces sus padres, quienes murieron años después en un dramático atentado terrorista en Dublín. Ella por entonces ya estaba en un convento pero…
Su vocación, al parecer descolocada por la sacudida que le dio aquella tragedia, se inclinó por la vida laica, salió del convento, sepultó a sus padres y colgó los hábitos, aunque su pasión por las imágenes católicas no la abandonó nunca. Estudió Historia del Arte y terminó haciendo de la Sorbona su nuevo claustro, donde se doctoró en lo que es hoy su profesión. Ella está segura de que aquel bombazo pudo provocarle todo lo contrario, y estar hoy donde Dios la hubiera reclamado… pero ya ves. No vine a cambiar nada, pero suponía que no eran así las cosas, que las meritocracias existen a pesar de todo, que cuesta trabajo pero se llega, no podía imaginar que quienes están obligados a forjar una Nación la corroan…
Después de mi primer viaje me regresé a París y me puse a estudiar las fotos que había hecho y descubrí muchísimas cosas nuevas, lo cual no tiene la menor importancia, ese es el trabajo de un historiador, volver y volver sobre lo ya visto, volver sobre las piezas… a las que nos lleva sin frenos un deseo de disfrute, de emprender con ellas el largo y a veces interminable viaje del descubrimiento, de la impetuosa necesidad de remover los misterios que se esconden dentro de cada pieza de arte, dentro de cada objeto doméstico o religioso, no importa… Cuanto disfrutaron aquella vez mis estudiantes, casi niños, cuando les mostré en el Louvre, después de haber leído el Quijote, una bacía y su verdadero uso… el supuesto casco que le hizo portar Cervantes al Ingenioso Hidalgo… ver el objeto descorrió en sus mentes la caricatura que había querido pintar el genio español… y mis niños rieron con conocimiento de causa…
La risa que es tan buena para reconocer las inteligencias… dime de qué te ríes y te diré… Y a la dama se le ocurrió que todas esas nuevas las debíamos conocer aquí, en uno de los espigones de la conquista… de donde partieron muchos de aquellos locos hacia nuevos y mejores destinos…
En la embajada en París hubo una exposición de dos pintores de la Isla que viven en Francia y allí conocí a algunas personas con las que pude comentar mis hallazgos… claro que sí, pues vamos a vernos por allá, aquello es muy chulo, le va a encantar nuestra cocina criolla… sí… ya estuve y me encantó… El Agregado Cultural me visitó en mi apartamento de Montmartre y charlamos largamente, le mostré algunas fotos y le comenté algo de lo que yo había descubierto, y se mostró muy interesado, sobre todo cuando le dije que yo pagaría mi pasaje… De una vez le pidió que pasara por el consulado para firmar un pre contrato o carta de intención. En la capital de La Isla esperaban por mí.  
No pasó de la primera página el informe de la Dama, cuando comenzaba a redactar la segunda apareció un virus informático, un Troyano. Ya para ese entonces parece que ella había visto y escuchado cosas que le hicieron pensar en la posibilidad de que estuviera creado para monitorear, subrepticiamente, todo lo que ella hacía en las computadoras… pero sabiendo la prosapia de mis compatriotas, yo no lo creo, fue pura casualidad.
Pudo rescatar alguna información, evadir los daños y terminó su primer informe y lo envió, pero horror…, error le rectifiqué yo, no hubo respuesta, y como creyó que quien calla otorga, continuó. Un buen día llegó a la oficina y no había nada, ni escritorio, ni computadora, ni nada, sólo un papel con algunas faltas ortográficas y rocambolescas redacciones en el que «la parte contratante» daba por «terminado el vínculo laboral».
Ni Kafka lo hubiera hecho mejor monsieur, me quedé sin palabras, pero eso no fue todo. Un funcionario del Ministerio la llamó a su celular para decirle que era impensable que alguien viniera de afuera a cambiar nuestra historia, las descripciones de las piezas que allí están son infalibles y usted no puede estar creando conflictos. Aquí no creemos en sus títulos de la Sorbona ni en su currículo.
Me alegro de mi ignorancia don Baldomero, ¿usted no cree que esté en lo cierto? Me dijo finalmente la muchacha mientras planchaba. Para ella lo más fácil era cortar por lo sano, seguir en la inopia era lo que menos trabajo le costaría, así que le pregunté: ¿Tú me admiras o me envidias? y ante su cara de «despalabrada», comencé una larga disquisición.
No sé si ella habrá entendido algo, pero… la admiración, que es eso que algunos llaman la envidia buena… no hay envidia buena, jamás podrá ser buena la envidia, porque es un sentimiento asqueroso, propio de los enanos mentales, de los inseguros, de los que odian ver en otros las virtudes que saben imposibles en ellos… pero como te decía, la admiración es un sentimiento dulce, que te ensancha el espíritu y te hace muy feliz porque sabes que al menos hay alguien capaz de hacer lo que tú no has podido, que hay otros que pueden hacer lo que tú sueñas hacer en algún momento, y si otros lo hacen tú también puedes, la admiración se siente como un dulce cuando el admirador no se ofende por la sabiduría de otros, y toma al admirado como ejemplo para seguir sus pasos. El admirador construye y el envidioso destruye, esa es la cuestión.

Después de esto Baldomero se levantó del banco en el que estuvimos sentados por más de media hora, y como si yo no existiera se fue andando lentamente… entonces ayer, afeitándome frente al espejo, me escuché decir: «Tienes toda la razón compadre». 

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Las cosas de Baldomero

domingo, 19 de febrero de 2012

LA ENTREVISTA


Las cosas de Baldomero

Siempre lo he dicho, las cosas de Baldomero no dejarán de sorprenderme, incluso después de su muerte. Parece que lo conocí para eso, para que de cuando en cuando me lleguen noticias de su paso por este mundo. Hace un par de días encontré -en una de esas limpiezas periódicas que uno debe hacer para no ahogarse entre objetos inservibles-, un casete de audio. ¡Increíble! Era una cinta que tenía escrito en una de sus caras: “El revolver”. The Beatles. Baldomero.

Ahí estaba en uno de los cajones, como esperando su momento de fama. No puedo recordar los pormenores, pero supongo que Baldomero me lo regaló cuando ya aquel fonograma formaba parte de mi colección de discos compactos y nunca antes se me ocurrió escuchar el casete. El caso es que lo puse en un aparato que milagrosamente también se había salvado del tiempo y sonó Taxman, la primera canción del disco, claro, en bastante mal estado, pero la soporté hasta el final, y luego unos compases de la segunda: Eleonor Rigby, pero entonces sonó una voz. Escuché hasta el final y pude comprobar una vez más que Baldomero anduvo por mil caminos.

Es casi imposible determinar los detalles de esta grabación, esta pieza arqueológica no da más datos que los que se registran en ella, datos que pudieran caerle a muchos lugares de este mundo, por eso la transcribo íntegramente.

Entrevistador: ¿Cuándo emigró usted a esta ciudad capital y por qué?

Baldomero: Emigré cuando era un mozalbete, y por los mismos motivos que emigran todas las especies, para encontrar un lugar mejor.

E.: ¿Y lo encontró?

B.: Por supuesto que no, me pasó como al personaje de Balzac en las Ilusiones Perdidas. Vine buscando algo que en mi mente casi infantil imaginaba, algo que con el tiempo viví en otras ciudades del mundo… vine a la capital a convertirme en un ciudadano y a conquistar un lugar prominente en la sociedad, pero no lo conseguí…

Mi excusa ante mis padres para venir fue el estudio, en mi pueblo no había ni siquiera bachillerato y ellos me apoyaron, sobre todo mi padre, cuando les dije que iba a hacerme médico en la capital se alegraron… pero nada salió como lo planifiqué.

E.: ¿Y qué fue lo primero que le llamó la atención al llegar?

B.: Durante los primeros días me deslumbraron algunos edificios altos, la pulcritud de todo, pero a los pocos días de estar aquí, ¿sabes lo que me despertó en la mañana?... ¡Pues el cantío de un gallo!... eso fue para mí el acabose, se me unió el cielo con la tierra…

E.: Pero, ¿y eso por qué?

B.: ¿¡Cómo que por qué!? Te digo que venía buscando la ciudad, el cosmopolitismo de una urbe como lo que había leído en tantas novelas, y me topo con que aquí los gallos cantan como en el medio del monte… eso fue un gran choque. Fue posiblemente el primero.

E.: ¿Y finalmente se graduó de medicina?

B.: No, nada de eso, mi afición a las artes me sacó por un tiempo de la Universidad y fui a dar a Nueva York, donde me encontré casi la misma historia que aquí. Allá nuestros paisanos tienen un auto aislamiento, no se sacan el campo de las costumbres, y como allá sí que la ciudad manda, cuando intentan hacer lo mismo que en sus campos, pues vienen los choques con los gringos… y hasta con los que no lo son, chocamos con todos aquellos que la ciudad domó y le inculcó sus costumbres.

Yo traté y conseguí apropiarme de muchas de las costumbres de la gran urbe, incluso pude trabajar con norteamericanos de pura cepa, llegué a dominar el idioma muy bien, sin acento latino, pero entonces el monte me dio un tirón, mis padres se enfermaron, los dos al mismo tiempo, y tuve que venir a cuidar de ellos, después murieron y cuando todo lo tenía listo para volver, esta vez a Boston, pues derrocaron al dictador y creí que la ciudad capital tomaría verdaderos aires cosmopolitas... que se convertiría en una urbe cosmopolita, moderna y libre, pero todo fue peor, la emigración aumentó y todos los campesinos trajeron sus costumbres y las impusieron, comenzamos a sumar millones, y los libertadores no fueron capaces de aprovechar la libertad para forjar a ciudadanos de costumbres, a individuos capaces de llevar la convivencia en paz y armonía.

E.: Pero hoy usted es un sociólogo muy prestigioso y sus criterios son tomados en cuenta.

B.: No, eso no es así, en definitiva la vida me puso en el camino de la sociología, pero hubo quien menospreció nuestro trabajo y las universidades cerraron la carrera, y me quedé sin el título, y traté de llenar mis lagunas con mucho autodidactismo, un método que solamente le da resultado a algunos genios, pero yo no he llegado a ser más que un aficionado, tan aficionado a la sociología como lo soy de la música, nada más… y lo que yo diga o deje de decir no le interesa a nadie. Pero más triste aun, se hacen las leyes y no aparece quien las haga cumplir… y entonces podemos ver que nuestra capital es un sitio rural, donde la gente anda sin costumbres, atropellando al prójimo, colocando epítetos por encima de las leyes.

E.: ¿Cómo es eso de los epítetos?

B.: Claro, en cuanto se anota una mancha en la conducta de un gremio, y algún novato jefe de policía hace un operativo para poner orden, allá va el epíteto de “padres de familia”… entonces, como son padres de familia tenemos que permitirles que circulen en chatarras que no cumplen con las normas técnicas requeridas por la Ley, pueden desplazarse en carretones de tracción animal por las grandes avenidas, porque tienen esos padres de familia que vender las frutas, los víveres, a otros padres de familia que los necesitan…

Alguien habló, y no fui yo, de complicidad social, no lo mencioné, no se me ocurrió a mi tal definición, pero vivimos en tal complicidad con los malhechores que cada vez se hará más difícil alcanzar una sociedad altamente organizada, es decir, una civilización… y como veo que a usted ya esto que digo no le está gustando, porque no se salva nadie, nadie quiere escuchar la verdad… ese es el problema más duro de la sociología, que analiza las heces de los conglomerados humanos, que son en definitiva las que dicen el estado del paciente… Yo veo que, ninguno de los gobernantes que pasaron por aquí después de los dictadores, han sabido qué hacer con la libertad, y eso es una gran pena.

Cuentan los más viejos que en época del tirano no había quien tirara un papel en la calle, que todos los carros debían estar en perfectas condiciones y que la gente aun seguía ciertas normas… incluso cuando los gallos cantaran en la capital igual que en el monte…

E.: Bueno, Baldomero, le doy las gracias por sus respuestas y espero que algún día podamos tener una ciudad como la que ha soñado.

B.: Gracias a ti por permitirme decir estas cosas, por las que ninguna autoridad me meterá preso, pero que tampoco le pondrá el menor caso. Gracias. 

martes, 20 de mayo de 2008

MENTALIDAD CINQUECHENTA EN PLENO SIGLO XXI

Las cosas de Baldomero

“Baldomero murió hace mucho”. Fue lo único que dijo el abogado cuando me llamó por teléfono. Ni siquiera tuve capacidad en ese momento para formular alguna pregunta, porque fue parco, directo y cortante cuando concluyó la frase: “Soy su albacea y tengo una herencia que entregarle a usted”. Después me hizo anotar la dirección de su oficina y “hasta luego”.

Nunca tuve la menor idea, de cómo se las arregló el doctor para dar con mi paradero, porque Baldomero lo único que dejó escrito fue: “Para el contrabajista de la sinfónica: ….”. No conocí a nadie de su familia, y a ninguno de sus amigos, siempre él acudía solo a los conciertos y era en esos eventos donde nos encontrábamos algunas veces, y aunque luego podíamos desplazarnos a cualquier lugar público, el punto de partida siempre fue un concierto. Por eso, la infausta noticia la tuve mucho tiempo después de sus funerales. “Un infarto al miocardio”, comentó el doctor como si tal cosa cuando acudí a rescatar mi herencia.

Nunca recibí nada igual, nunca fui citado para algo parecido, así que las expectativas me hicieron soñar. Más bien fueron ideas lúdicas, que me pasearon por intrincados recovecos de otras vidas, sobre todo de personajes de novelas y películas de Hollywood. No negaré que me vi millonario, lleno de dinero y comprando músicos para hacer una orquesta y meterla en un teatro mandado a hacer a mi gusto. Me sentí como un nuevo Wagner.

Claro, que todo era derrumbado por la razón, por la experiencia de haber conocido a Baldomero y suponer que él no pertenecía a la aristocracia dominicana, sino que trató de ascender y mantenerse en la clase media a fuerza de mucho batallar.

Pero no somos capaces de dominar las ilusiones, y ante esas razones anteponía claras sinrazones. El conocerle, aparentemente fuera de su contexto cotidiano, me daba un margen para creer en lo imposible, a las diez de última, yo nunca conocí a Baldomero… Pero ese era otro tejido, otra trama que se abría ante mí. Quizás fui la única persona que conoció a Baldomero, al que me dejó la herencia, y no a quien se firmaba en documentos y contratos con un nombre bien distinto… Thomas Macmillan Sainte-Beuve.

He aquí tamaño argumento, para entrarle de lleno a la idea de que en cuanto firmara algunos papeles, recibiría una millonada de mi casi amigo Baldomero… pero a su vez esta tesis me llevaba a todo lo contrario. Él fue un tipo que no amasaría dinero y propiedades para al final regalárselas a un desconocido.

En eso pasé las veinticuatro horas que le precedieron a mi llegada a la oficina del albacea, donde por supuesto la realidad y la razón me volvieron a situar sobre la tierra. Sin mucho protocolo, me fue leído un párrafo del largo documento y luego recibí, de manos de una joven secretaria, un libro de tapa dura y forrada en hilo verde, que adiviné alguna vez tuvo sobrecubierta, porque nada decía en la portada, donde sólo tenía una lira dorada bajo un ramo de olivo, y en el lomo una inscripción: L. Stokowski MÚSICA PARA TODOS NOSOTROS.

Supongo que mi cara debió ser concluyente, porque nada más se dijo, fue cerrado el expediente y llevado otra vez a uno de los cajones del escritorio. Fui conminado a llegar hasta la puerta, que con un “hasta luego” mediante se cerró a mis espaldas.

Así, me vi al rato en la calle, hojeando un libro editado en 1954, por Espasa-Calpe, S.A., en Madrid. Tenía en mis manos, la cuarta edición de un libro muy citado por mis profesores y que nunca pude ver “en persona”, porque durante mis años de estudiante, el único que se publicó en Cuba, de ese tipo, fue CÓMO ESCUCHAR LA MÚSICA, de Aaron Copland… vaya usted a saber por cuáles motivos. Ambos, son libros para amantes de la música, para cultivar a aquellos que de una forma u otra están interesados en comprender y disfrutar con mayor intensidad los sonidos.

Recuerdo que el de Copland lo leí casi de una sentada, con muchos deseos, en una edición HURACÁN que me fue imposible conservar, por la impertinencia de sus páginas de papel “cartucho”, insistentes en deshojarse como margaritas al mínimo contacto, y que terminaron calcinadas, no por el fuego, sino por la humedad y el calor del trópico habanero después de muchos esfuerzos por atesorarlas.

Pero ahora tenía en mis manos una edición de Music for all of us, traducida al español por Antonio Iglesias, la herencia de Baldomero, el libro escrito por uno de los más rutilantes directores de orquesta que conoció el siglo XX, el hombre que contó con la producción de Walt Disney, y la dirección de Jamas Algar y Samuel Armstrong para grabar la música de la película Fantasía, la que hasta hoy, según mi modesto entender, sigue siendo el paradigma de la filmografía didáctica en la enseñanza de la música…

Leopold Stokowski, había sido nuestro tema de conversación muchas veces, y si mal no recuerdo, Baldomero me comentó que lo había visto dirigir una vez en el Carnegie Hall, algo que me pareció mentira, y que la Fantasía la había visto unas veinte o treinta veces… lo que creí exagerado.

Al descubrir esto en mis recuerdos, encontré algún motivo para que Baldomero decidiera regalarme el libro, que a todas luces había leído hasta la saciedad. Me descuidé entonces en la búsqueda de otras razones para ser merecedor de una herencia de tales magnitudes, y al no encontrar un parque con bancos aparentes, para sentarme a leer con tranquilidad mi nuevo libro, tomé mi auto y busqué la sombra de un árbol en una calle de Gazcue, y ahí comencé a descubrir, mediante los subrayados hechos a todas luces por Baldomero, algunos de los conceptos que él vertía con frecuencia en sus conversaciones y que dominaba al dedillo.

En eso estaba, cuando creí encontrar por fin la clave, el verdadero motivo de que el difunto se acordara de mí cuando concibió lo efímero de nuestros cuerpos, y decidió dejar por escrito sus últimos deseos.

En el capítulo 23, había pegado un papelito azul que decía: “El subrayado de la página 160 es mío, y ¿sabes qué?, eso es lo que tenemos todavía. Pura y rampante mentalidad cinquechenta en pleno siglo XXI”.

En realidad volví a quedar completamente despistado en la búsqueda de los motivos de mi herencia, porque si bien es cierto que fuimos hurgoneros, críticos y revisionistas en nuestras conversaciones, jamás Baldomero hizo mención de este subrayado, que al parecer había hecho poco antes de su muerte, bajo el subtítulo: “La colocación oportuna de los instrumentos de la orquesta, desde el punto de vista de la sonoridad y su empaste”.

Descubrí que el subrayado no era muy antiguo, porque estaba hecho con un marcador azul, el mismo que un día me pidió prestado en un ensayo y jamás volví a ver, era una suposición endeble, pero la asumí como una verdad parcial, porque de que era un marcador azul no tenía la menor duda… ese artículo salió al mercado hace menos de veinte años... y aunque esta pudiera ser otra razón canija, así lo dejé.

No sé por qué me desbarranqué en otro montón de especulaciones, que me llevaron a recordar el calificativo que recibí, de un aplaudido director de orquesta mientras sosteníamos una plática escabrosa: “Eres un librepensador”, me dijo, y como nunca capté el pleno significado de aquel apelativo, intenté buscarle nuevamente su “quinta pata”, me metí a resolver, a esa hora, el sentido de lo dicho, traté de comprender si había sido como ditirambo o me estaba colocando un estigma…

Cosas de las entendederas, fue el mismo personaje quien comentó: “Dirige muy bien, este país le queda chiquito”, refiriéndose a un director extranjero que posiblemente sería nombrado como Titular de la OSN. Entonces, entendí perfectamente que era una mácula muy elegante, que le estaba colgando al forastero con refinada mala intención; sin embargo, cuando se refirió a mí no logré captar el mensaje justo…

Quizás, debí leer el subrayado antes de entrar en disquisiciones acerca de alcances de otro tipo, y estarle buscando la “quinta pata al gato”, como dicen a veces quienes tienen que lidiar con la oposición de “razones inconvenientes” ante sus órdenes y sinrazones.

Pero nada, antes de leer traté de descubrir lo superfluo, la hojarasca y demoré el entendimiento mirando la calma relativa de la calle y escuchando el ruido de las avenidas Bolívar y 27 de febrero, lejanas y paralelas, que seguramente a esa hora estaban colmadas de vehículos de todo tipo, con sus bocinas a todo pulmón, perpetrando un cluster magnífico y sostenido, como un pedal infinito.

Repasé, para saber si tenían relación o no con las cosas de Baldomero, las últimas cartas cruzadas entre los músicos de la OSN, y un Subsecretario de Estado, que se hicieron públicas en diversos medios periodísticos de Santo Domingo, en las que; por una parte, los músicos demandaban mejoras en los sueldos y se declaraban en vigilia; y por la otra, el funcionario oficial, aseveraba que, como se avecinaba un proceso electoral, algunos de los miembros de la Orquesta querían pescar en el río revuelto, como ya es costumbre de ellos… (¿¡)
Pero nada de esto alcanzó a conocer Baldomero, porque la parca se lo había llevado algunas semanas antes. Aunque ciertamente, esta más o menos, había sido la historia de la OSN, una obra con muchos dacapos y en diversos tempos, así que esta situación no la tomé en cuenta, por manida, y continué en mi anodina búsqueda.

Anduve por tantas elucubraciones, que en uno de los estadios comencé a admitir, que el amigo daba señales oscuras para hacerse el importante desde el más allá, para convencerme de que fue un tipo más sabio de lo que aparentaba… pero Baldomero no era de ese material, descarté la hipótesis y seguí por otros derroteros hasta que por fin, sin otra alternativa, comencé a leer el subrayado de la página 160.

“En Europa, en los siglos XVI y XVII, la orquesta, tal y como la concebimos en nuestros días, evolucionaba lentamente. […] Los […] aristócratas y príncipes-mercaderes del siglo XVI. […] Explotaban a los pintores y la pintura, a la música y a los músicos, como un medio de exhibición de sus riquezas, en lugar de intentar la comprensión de las artes. Estaban ciegos ante la esencia eterna, escondida bajo los aspectos exteriores de las artes”.

Hay autores que afirman que la risa es la medida de la inteligencia, pero nunca sabré con certeza por qué tuve que reír por tanto tiempo, incluso ahora, al escribir esta crónica me sigo riendo… no sé por qué.

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lunes, 19 de mayo de 2008

HA MUERTO LA ORQUESTA, VIVA EL REY

Las cosas de Baldomero

-No sé por qué, a donde quiera que voy me preguntan por la Sinfónica… ¡Ni que yo fuera músico…! Hoy mismo, sin ir mas lejos, volvió mi esposa con la pregunta… “¿Y cuándo empieza la Temporada Sinfóonicaaa?” Ja ja, tuve que responderle…

Así comenzó la descarga de Baldomero cuando nos encontramos después del concierto que dirigió Álvaro Manzano en el Monumento de Santiago de los Caballeros. Fue para celebrar la restauración de la República y la del propio Monumento. Habíamos tocado algunas piezas heroicas de un programa que se confeccionó a petición de la Secretaría de Cultura, y que finalizó con la obertura 1812, de Pieter Ilich Tchaikovsky.

-Para esto quedaron ustedes los profesores de “la primera institución musical del país”, de retreta en retreta y de desconcierto en desconcierto –dijo en su segunda ráfaga sin darme tiempo a pensar, y continuó-. Temporada ciclónica… esa es la única temporada que tenemos desde hace más de dos años… hoy es 17 de agosto de 2007… saca cuenta… y el último concierto de Temporada fue ni se sabe cuando. Dizque hubo Temporada de Otoño, o de no sé qué… para niños o para no sé quien… eso no es Temporada, eso es un trámite, una marca en un informe de gestión administrativa… nunca volvió a llenarse el Teatro Nacional con un concierto de la Sinfónica, más nunca hubo campañas publicitarias, brochures, programas decentes… todos quieren ser David contra Goliat… sector público versus privado… ¿será imposible concertar…? y nunca más hubo algo semejante al concierto de Placido Domingo y Ana María Martínez-.

-Bueno Baldomero, espérate ahí un momento, ¿es que hoy no me dejarás poner una? -Debí decirle aprovechando que respiraba-.

-Ni una, eso es, ni una… -Y me interrumpió casi con rabia-. Mucho menos que las notas que pudieron poner en esa tarima, tan costosa como inapropiada para semejante uso… las luces en la cara de los músicos para que no puedan leer los papeles, sin techo ni paredes, a merced de los elementos… sobre todo la lluvia y el viento de un ciclón que pasaba anunciadamente cerca… y una amplificación vergonzosa… pero siento más rabia aun porque esa obertura 1812 se hizo muchas veces en este país con todas las de la ley… Mira, te voy a contar, tú no estabas aquí todavía… si, ya imagino que me vas a decir que lo leíste… que no tienes que haber estado en un sitio para conocer su historia… a veces pienso que me tomas el pelo con eso… bueno el caso es que la estrenó aquí, como manda el espectáculo, Carlos Piantini cuando era un mozalbete, con esta misma orquesta, si mal no recuerdo en el Estadio Quisqueya, después de eso se ha tocado con decoro… algunas veces… el mismo Manzano la hizo en uno de los conciertos altagracianos en condiciones bastante adecuadas frente a la basílica de Higüey… pero esto de hoy, como dicen los cubanos, fue una miedd…-.
Aquí fui yo quien le pisó el bocadillo, no quería que semejante palabrota desluciera el siempre elegante lenguaje de Baldomero, y le dije:

-Creo que estás un poco ácido, te invito a la cena que nos ofrecerán en el Teatro-.

Pero esa noche, nada ni nadie podría calmarlo, estaba como nunca antes lo había visto, llegué a pensar que había bebido. Sufría quizás la inestabilidad espiritual que produce en algunos humanos la ruptura repentina de algunos hábitos… quizás los conciertos de la Sinfónica eran para él una adicción. Claro, que ninguna de estas reflexiones las pude hacer mientras me hablaba, porque en cuanto tuve que respirar me arrebató la línea.

-Claro, acepto alimentar al menos el cuerpo… Es común que cada cual quiera lucir, aunque sea haciendo el peor de los papeles, aunque, como el perro del hortelano, ni coma ni deje comer. Tú no me digas que lo sabes, porque tengo por seguro que vas olvidando cada concierto, así que debo decirte que, aunque cualquier orquesta del mundo hace más de cincuenta conciertos en un año y hasta cien, ustedes… “la primera institución musical del país”… sólo hicieron 25 en 2005, y 29 en 2006… ¿Cuántos harán en 2007?

-Espera Baldo, pero lo que pasa es que ahora las cosas están difíciles -le dije tratando de recordar una cifra que había leído recientemente- Hubo una vez en que se tocaron… -Y me volvió a dejar sin palabras-.

-Como cincuenta, eso sucedió en diferentes épocas, sucedió incluso durante el primer año que Manzano estuvo aquí como Director Musical. Pero entonces, la institución privada “sin fines de lucro” que estaba a cargo de programar los conciertos, aunque escogía caprichosamente el repertorio, los solistas y directores invitados, aunque obviaba muchas veces los intereses artísticos de la Orquesta, y muchísimos otros peros que siempre ponen ustedes los músicos, organizó Temporadas de más de diez conciertos, y presentaciones extraordinarios, incluidas funciones de ópera y zarzuela… teníamos casi siempre un concierto semanal… y lo más duro de todo… y… aunque los músicos nunca estuvieron de acuerdo con la distribución de las ganancias… convirtió la Orquesta, que había sido un pesado fardo para el presupuesto del Estado, en una empresa rentable -.

Por fin Baldomero hizo una larga pausa, estábamos subiendo las escaleras que llevan al lobby del Gran Teatro del Cibao, se escuchaba el trajinar de platos, cubiertos y copas y una mezcla de olores apetitosos nos salió al paso. Cuando entramos al restaurante nos incorporamos al bullicio y a la larga fila en la que se mezclaban los funcionarios del Estado con los músicos de la Orquesta Sinfónica Nacional de la República Dominicana. Baldomero no habló en largo rato, y cuando volvió a hacerlo dijo algunas cosas dispersas sobre las carnes, nada coherente, mencionó también el torneo electoral del próximo año, de las pocas opciones, de los males que aquejan las democracias en todo el continente, y finalmente, poco antes de despedirnos dijo una frase que aun sigo sin comprender: “Ha muerto la Orquesta, viva el Rey”.

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LA MÚSICA ES POLVO EN EL VIENTO

Las cosas de Baldomero

Su nombre de pila es Thomas Macmillan Sainte-Beuve, pero le dicen Baldomero. Eso lo supe mucho tiempo después de conocerlo, me lo dijo, como la cosa más natural del mundo, en la pausa de uno de los ensayos para el estreno de la ópera 1492, de Antonio Braga, que estaría en escena para celebrar el quinto centenario del descubrimiento de América.

Lo primero que Baldomero me dijo esa noche, cuando nos encontramos en el Teatro Nacional, haciendo alusión a mi comentario acerca de su nombre el día en que nos conocimos, fue que él no era un tipo tan raro como el “Baldomero” de Virgilio Piñera, y que, aunque algunas veces había sentido deseos casi incontenibles de agarrar a alguien por el cuello y estrangularlo, jamás se lo había tomado completamente en serio, esos momentos de ira no pasaban de ser tormentas pasajeras, tempestades o vaguadas que se deshacían como el sonido y el tiempo... y repitió: “el sonido y el tiempo...” y con esa frase comenzó el ciclón, uno de esos huracanes de ideas en los que usualmente Baldomero y yo nos metemos cada vez que nos ponemos a conversar. Pero antes, volviendo a su genealogía, me dijo: “Soy un mestizo puro... y todas sus consecuencias... mi madre nació en Basse-Terre, capital de Guadalupe, mi padre, en Road Town, en la isla Tórtola, capital de Islas Vírgenes... y yo en Puerto Plata... que tú sabes donde está y...” y ahí mismo saltó para otra cosa, inmediatamente se viró para la obra de Braga: “... no me gusta nada, pero por ahora son los ensayos, vamos a ver el día del estreno, ya veo que el Maestro Carlos ha tenido que hacerle algunas podas a la orquestación original, pero por ahora no hay nada que concluir, el tiempo dirá... si acaso... bueno sí... por ahora puedo pre-concluir que los momentos que más me gustan suenan a Verdi, Puccini, o Mascagni...”.

Él estaba siguiendo el montaje de la ópera, y según me dijo no se había perdido ninguno de los ensayos, pero en esos días andaba complicado con unos negocios y siempre tenía el reloj encima, por eso no había ido a saludarme, se sentaba en una butaca cerca de la puerta y al terminar el ensayo se iba corriendo. Ese día, como el tiempo estaba a su favor, después que se acabó todo, guardé mi instrumento y nos fuimos al restaurante Maniquí, que está justo detrás del teatro, y allí nos sentamos a “conversar” unas cervezas y a cenar.

“Fíjate bien –me dijo a quemarropa después de ordenarle al mozo que nos trajera dos Presidente... pequeñas y heladas-, ¿vez aquella foto?, es una mujer bella ¿verdad? ¿Quién la recordaría hoy si esa imagen no estuviera ahí, colgada en la pared, justo a la entrada del baño de las damas, como para recordarle a todas cuan bella puede ser una mujer? Nadie, absolutamente nadie en el mundo recordaría el nombre, la obra y la belleza de María Montez, nuestra Sara Bernhard, si nosotros no la hacemos perdurar... en el tiempo... se esfumaría como... la pobre música nuestra de cada día, hace tiempo que ella comenzó a vivir tan sólo el momento, a existir nada más que en el efímero presente, dejó de tener quien la eternice, quien le dé carta de presentación ante la posteridad...

Yo, como siempre, trataba de ir atando los cabos que Baldomero dejaba sueltos en su conversación. Él podía traer temas de otros encuentros, ideas que quizás debatió, conmigo o con otros amigos, hacía muchos días... o mucho tiempo... y colocarlos en medio del diálogo como si nada, él podía unir en un solo párrafo elementos inconexos, podía ser muy surrealista, mencionar temas y dejarlos a su libre albedrío, sin la menor explicación y... que entienda quien pueda. Otras veces era muy explícito, claro, preciso, y redundante, pero este día de octubre, en las vísperas del quinto centenario, mi amigo era todo un lío, iba de las parrafadas más ininteligibles hasta el más pedagógico y didáctico modo de hablar, y yo trataba de comprender.

“Desde que los periódicos comenzaron a eliminar a los críticos musicales de su nómina, la música aquí se pierde con la brisa. De lo que suena nada quedará para después, nadie sabrá mañana lo que hicieron hoy, nadie sabrá absolutamente nada, y quedarán en el olvido más hermético todos los que pusieron su empeño en tocar esas obras, todos serán olvidados. No se salvarán tampoco ni mecenas, ni ministros, y cuando pasen veinte, cincuenta o cien años, no habrá manera de demostrar que en Santo Domingo, durante la última década del siglo XX, se hacía música de calidad... nadie sabrá si era bueno o malo lo que aquí sonaba, nadie sabrá si hubo buenos o malos músicos, si la orquesta sinfónica sonaba bien o mal, si fueron buenos o malos los directores, no se les recordará porque nada quedará registrado, no habrá en el futuro críticas ni fonogramas fidedignos, esta será una época silenciosa para nuestros nietos y tataranietos, nadie recordará siquiera a los mecenas que con tanta pompa aparecen cada día en las páginas de “sociales”. De nada valdrá que se conserven por ahí cientos de imágenes, cientos de discursos, y programas de mano, no servirán de referencia las alabanzas oficiales, o la crónica de farándula. Esta época en el arte musical de Santo Domingo está condenada al olvido... Todo lo que se escuchó, si no se grabó en discos o relató debidamente, será silencio. Mientras no se recojan los sonidos de algún modo, ellos desaparecerán en el tiempo. Un concierto es como un arco iris después del temporal, y desparece como polvo en el viento... se pudre bajo las hormigas, como diría tu compatriota Emilio Ballagas... se muere si no hay quien relate debidamente su existencia.

Baldomero terminó así uno de los monólogos más largos que le había escuchado hasta entonces, pidió otra Presidente, y el mozo se llevó con los platos el recuerdo de una cena exquisita.

LA SINFÓNICA Y LAS GRANDES LIGAS.

Las cosas de Baldomero

Cuando dijo que se llamaba Baldomero algo debió sucederle a mi cara, quizás una traición del inconsciente porque enseguida me preguntó: “¿No le gusta ese nombre?”.

En realidad no supe contestar en seguida, se me enredaron las ideas y no encontré quizás la mejor forma de ser amable, acababa de conocerlo, era mi tercer día en un país extraño, yo era un forastero recién llegado y no podía, bajo ningún concepto, ser descortés, y mucho menos con una persona que a todas luces formaba parte del público habitual de los conciertos, alguien que me había visto sobre el escenario y acababa de felicitarme. Así que tuve que explicarle como pude.

Se trataba simplemente de que yo nunca había conocido personalmente a nadie que se llamara Baldomero, y que, casualmente, por esos días estaba leyendo un cuento de Virgilio Piñera que se titula El caso Baldomero; eso, provocó que al escuchar su nombre me sorprendiera.

Con esa explicación, un tanto floja, intenté hacer desaparecer cualquier duda, cualquier sospecha de que yo me burlaba de su nombre. “Pero no se piense que lo digo porque me preocupe mucho el asunto –me dijo-, le pregunto simplemente por preguntar, porque en realidad lo que quiero es mantener la conversación con usted”.

Esto me reconfortó un poco y entonces traté de llevar el diálogo por los cauces trillados, traté de preguntarle dónde trabajaba, si le había gustado la primera parte del concierto -esto último muy poco inteligente de mi parte puesto que si me acababa de felicitar era de suponer que le había parecido bien- si era músico y otras naderías... pero Baldomero es un hombre... raro... raro es lo único que se me ocurre por ahora, en otra oportunidad –si es que hay otra oportunidad- le daré tintes más claros, trazos que resalten algunas de sus cualidades poco comunes, sus buenas y sus malas virtudes, por ahora no diré más, ni una palabra más sobre él... por falta de espacio.

Baldomero es raro y no me contestó nada de lo que le pregunté. Esa es una de sus virtudes, no sé cómo se las arregla para no responder, así que aquel día en que nos conocimos en el vestíbulo del Teatro Nacional no pude saber absolutamente nada acerca de su persona; sin embargo, él supo que yo era uno de los músicos recién llegados de Cuba, uno de los ocho instrumentistas reclutados para completar la Orquesta Sinfónica Nacional durante la Temporada 1991 y otros detalles que supo sacarme con mucha astucia sin que yo me diera cuenta. En esas exploraciones andábamos cuando él decidió darle un giro a la conversación.
-Poco antes de que usted llegara aquí al vestíbulo del teatro, estuve discutiendo, un poco acaloradamente para mi gusto, con un amigo, otro melómano empedernido igual que yo, pero con quien tengo la suerte de no estar de acuerdo jamás. Él entiende que hay muchos extranjeros en la Orquesta... ¿Y Usted que piensa?

Ahí si que me dejó completamente sin respuesta, no tuve ni la menor idea de cómo ubicar ese tema, por eso dije lo primero que me vino a la mente:

-Bueno, también en Grandes Ligas...

Y como si esa fuera la respuesta que Baldomero estuviera esperando de mí, me interrumpió para terminar a su manera la frase que yo había comenzado.

-...hay muchos extranjeros sobre todo dominicanos y no nos molesta.

Baldomero me dejó mudo, yo acababa de llegar a Santo Domingo, venía a desempeñarme en un puesto para el cual, según fuentes oficiales, no había nadie capacitado en el país para ocuparlo. En eso avisaron que el concierto iba a continuar y debimos separarnos. Muchas veces, en los últimos años, hemos vuelto sobre ese tema, y las observaciones de Baldomero son extremadamente interesantes, pero como ya dije, él es un poco raro y no tengo espacio para contar nada más.

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