El 20 de mayo de 1902 nació la República de Cuba
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| Don Tomás Estrada Palma (1835-1908) |
Para quienes se educaron en Cuba antes
de 1959 el 20 de mayo marca el nacimiento de la República; sin embargo,
para quienes fuimos adoctrinados por la tiranía, se nos repitió una y mil veces
que aquella había sido una «seudo república» y una «neocolonia del imperialismo
yanqui».
A continuación reproduzco un extenso
artículo que se conserva en el repositorio de la OHC
Colecciones Digitales en el que se describe detalladamente cómo celebraron
los habaneros aquel 20 de mayo de 1902.
Bastarían algunos párrafos de esta
detallada crónica para desmontar todo el sistema de propaganda castrista-goebbeliano,
es por eso que documentos como este son acallados, disminuidos, sepultados, y
contraatacados por una avalancha de falacias verosímiles que pretenden que si
una mentira se repite obstinadamente se convierte en verdad.
La crónica respira felicidad,
alegría, esperanzas y, sobre todo, respeto por el vencido y agradecimiento por
la mano solidaria. Muestra cómo los bravos guerreros que habían cubierto con su
sangre los campos de batalla durante más de treinta largos años, festejaban el
advenimiento de la República, recibían con honores al presidente electo don
Tomás Estrada Palma, y de igual modo despedían al Gobernador Militar
norteamericano Leonard Wood y manifestaban sus simpatías al mayor general
Máximo Gómez.
El artículo está escrito casi medio
siglo después, por lo que el autor es capaz de poner en perspectiva la
República y verla con ojos críticos.
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EL 20 DE MAYO DE 1902 EN LA HABANA (*)
Por Jorge Quintana
Los festejos de la proclamación de la República de Cuba, libre y soberana,
comenzaron a las doce de la noche del 20 de mayo de 1902. Durante todo el día
19 la población había conmemorado, en silencio, el séptimo aniversario de la
muerte de José Martí. Al duelo sucedióle la alegría. Al dar el reloj las doce
campanadas un cambio súbito se produjo en toda la población cubana. En la
capital las luces se encendieron por todas partes. Las campanas de las iglesias
se echaron al vuelo. Las sirenas anunciaron que el día esperado había llegado.
Cohetes y voladores atronaron el espacio. Los ¡Vivas! a Cuba Libre salían de
las gargantas emocionadas, que así daban rienda suelta a un grito que por
muchos años— casi un siglo— había sido delito que se pagaba con la vida. La
Habana vivía, desde días antes, la crisis de una superpoblación transitoria. De
todas partes de la Isla habían acudido cubanos que no deseaban perder un sólo
detalle de aquel instante histórico en que la bandera de la estrella solitaria,
"gallarda, hermosa, triunfal'', ascendiese por el mástil del castillo del
Morro o en el del Palacio de los antiguos Capitanes Generales.
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| La bandera cubana ondea en el Castillo del Morro |
Las primeras horas de la madrugada fueron de gran alborozo. Los habaneros
habíanse olvidado del suceso policíaco que más conmovía a toda la isla: el
secuestro, en Cienfuegos, del niño Francisco Pérez, hijo de un rico vecino de
aquella ciudad. Grupos de cubanas recorrían las calles cantando los versos
inmortales de Perucho Figueredo, hecho himno de la patria. Ante el Palacio, donde
residía el Gobernador Militar norteamericano, muchedumbres de cubanos ebrios de
alegría y patriotismo, se congregaban para vitorearle. Queríase que la
despedida fuese cariñosa. Y así, mientras una manifestación bajaba otras ascendían
hasta las residencias del mayor general Máximo Gómez o la del presidente electo
de la República, don Tomás Estrada Palma, con la sincera aspiración de
evidenciarles toda la simpatía de un pueblo que contaba los segundos que le
faltaban para el instante en que la nación cubana se incorporaría al grupo de
pueblos libres del mundo.
A las cinco y media de la mañana aparecieron las dianas mambisas. El eco de
la corneta evocaba los tiempos de la ruda lucha en los campos. Hasta la casa
donde vivía el general Máximo Gómez llegaron, con las alegres notas de la
diana, una comisión de jefes y oficiales del Ejército Libertador, que había
servido a sus órdenes, presidida por el general Bernabé Boza, antiguo jefe de
la escolta y Estado Mayor del General en Jefe. En prueba de estimación le entregaron
una medalla de oro de 18 kilates. (Esta medalla apareció después en una casa de
empeño de esta capital. Adquirida por el coleccionista Federico B. Maciá pasó
al Archivo Nacional, cuando esta institución adquirió su preciosa colección, donde
hoy se encuentra).
Las calles tenían una fisonomía original. Todo el artificio de la
pirotecnia oriental estaba presente. Aquella noche nadie cerró su casa. En
todos los rostros advertíase la euforia del fin de una larga espera. Sobre el
edificio del "Diario de la Marina" estaba izada, desde el amanecer, la
bandera de la estrella solitaria.
El sol fue elevándose en la comba celeste, más azul y diáfana aquel día
singular. La mañana fue avanzando, mientras las calles del centro de la ciudad
se congestionaban de espectadores que sólo ansiaban una cosa: que el instante
glorioso llegase al fin.
Una Comisión del Centro de Veteranos visitó en hora temprana al general
Leonardo Wood. Iban a hacerle entrega de un lujoso machete colocado en
magnífico estuche hecho con las mejores maderas del país. También esa misma
mañana la fábrica de tabacos "Romeo y Julieta", hizo entrega al
Gobernador Militar de mil estuches de tabaco con el ruego de que los repartiera
entre los jefes y oficiales de su Estado Mayor y del Ejército de los Estados
Unidos que ese día comenzarían a abandonar la Isla.
En el Parque Central, en el pedestal donde en la época colonial se había levantado
la estatua de Isabel II, la "de los tristes destinos", se instaló una
estatua de aluminio que representaba a la Libertad. En ese mismo sitio, pocos
años después, se colocó la estatua de José Martí que aún hoy conocemos.
Los periódicos publicaban esa mañana la carta del republicano español Antonio
Hevia Contreras protestando de que el Consulado de España invitase, en esa
ocasión, a los españoles, a concurrir a esas oficinas a rendir homenaje al rey
Alfonso XIII, que días antes había ascendido al trono. Concluía su interesante
misiva al republicano Hevia afirmando que a donde concurrirían los republicanos
españoles ese 20 de mayo era "como ciudadanos libres, a compartir con
nuestros hermanos los cubanos nativos, a festejar el día y gozar como éstos, de
las alegrías que nos brinda nuestra patria Cuba con el advenimiento de la
República
La Ceremonia
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| Leonard Wood (1860-1927) |
Por entre vítores y aplausos cerrados fueron avanzando cinco compañías del
Séptimo Regimiento de Caballería de los Estados Unidos, que habían sido
encargadas de rendir los honores de ordenanza a la nueva República. Y también,
por entre vítores y aplausos cerrados, desfilo detrás la tropa cubana Eran tres
compañías de artillería, mandadas cada una por los capitanes Pujol, Varona y
Martín Poey, colocadas todas bajo el mando supremo del capitán José Martí y
Zayas Bazán.
El general Wood se despidió de su familia, la que después de una intensa vida
en los últimos meses, se tomaba unas vacaciones embarcándose en el
"Alfonso XII" para España. Entre diez y once de la mañana, las
fuerzas militares de los Estados Unidos y Cuba llegaron a la Plaza de Armas.
Los norteamericanos se situaron frente a la entrada principal. Los cubanos por
un costado del edificio, frente a la entrada del Ayuntamiento, que daba a la
calle de Obispo, hoy Pi y Margall.
En la puerta del Palacio, los tenientes Carpenter y Hanna, ayudantes del
general Wodd, de rigurosa gala recibían a los invitados. En muchos de los
pechos de oficiales y soldados de los Estados Unidos veíase la Cruz de Santiago
de Cuba. Eran veteranos de la campaña que culminó con la capitulación de la capital
de la provincia de Oriente. Los civiles vestían la clásica levita negra El
Cuerpo Consular fue llegando con sus uniformes galoneados de oro. Los marinos
lucían sus atractivos uniformes. Con el cónsul de Italia llegó el comandante
del crucero "Calabria", que el Rey de Italia había enviado a La
Habana como homenaje a la República Cubana. Inglaterra envió otro crucero, el
"M. S. Psyche". Los Estados Unidos enviaron a un navío glorioso, el
"Brooklyn", que había servido c o m o buque insignia al almirante
Sampson en la batalla naval de Santiago de Cuba. Fueron los tres únicos países que
se hicieron representar en esa forma. México, la única República de la América
Latina que había anunciado el envío de un navío de guerra, se excusó a última
hora. El "Zaragoza", que era la nave elegida por los mexicanos sufrió
averías que le impidieron zarpar a tiempo.
Los veteranos fueron llegando. Presidíalos el mayor general Máximo Gómez.
Eran los generales José María Rodríguez, José Miguel Gómez, Alejandro
Rodríguez, Carlos García Vélez y Demetrio Castillo Duany. Al frente del
Ayuntamiento llegó una comisión de concejales presidida por Juan Ramón
O'Farrill. El Consejo Provincial estaba representado por los consejeros
provinciales señores Ayala, Valdés Infante y Sánchez Osorio. Los bomberos enviaron
una comisión presidida por su jefe, el coronel Méndez. El Rector doctor
Leopoldo Berriel representaba a la Universidad de La Habana. El señor Sebastián
Gelabert, a la Sociedad Económica de Amigos del País. El señor Melero, a la Escuela de
Pintura. Los estudiantes de la Facultad de Derecho se hicieron representar por
el joven Miguel Ángel Campa, actual Ministro de Estado. La prensa cubana
también estaba presente. Rafael Bárzaga, Guillermo V. Pórtela, Víctor Muñoz y
Enrique H. Moreno eran los soldados de la noticia que reportearían el
acontecimiento. De todos ellos el único que vive es Moreno, quien preside, con
singular acierto y escrupulosidad, la Caja del Retiro de los Periodistas,
después de haber presidido la Asociación de Repórters de La Habana y ser, en el
presente el Socio Número 1.
Máximo Gómez (1836-1905)
La prensa española estaba representada por el periodista Juan Dardet. Y
como repórter gráfico los españoles enviaron a Rafael B. Santa Coloma, que
después se quedó entre nosotros, logrando destacarse por su trabajo y su
espíritu de compañerismo.
El gobernador Wood y sus ayudantes se multiplicaban atendiendo a los que
iban llegando. El senador William J. Bryan, que tanto se había destacado en la
defensa de la causa cubana, fue presentado al arzobispo Barnada. El propio
gobernador Wood hizo la presentación. Muy pronto en los salones y pasillos no se
podía dar un paso. Los senadores y representantes fueron llegando lentamente.
Al frente del Congreso figuraba el vicepresidente de la República, doctor
Estévez Romero.
A las once y treinta y cinco minutos de la mañana llegó don Tomás Estrada
Palma a la puerta del Palacio. Le acompañaban los miembros del Gabinete
designados desde el día 16 y que prestarían juramento después que él. El
general Wood, avisado por su ayudante, el teniente Carpenter, se adelantó a
recibirle en la misma escalera. Después de los saludos le acompañó hasta los
pasillos inmediatos al Salón del Trono. En el asta mayor del edificio se
encontraba izada la bandera de las barras y las estrellas. A las once y cuarenta
y cinco minutos los sargentos, J. J. Kelly y F. Vandrake, del Séptimo
Regimiento de Caballería, se colocaron debajo, rindiéndole la última guardia de
honor.
Cuando faltaban cinco minutos para los doce del día el general Wood avanzó hacia la puerta izquierda, seguido de su Estado Mayor, penetrando en el antiguo Salón del Trono. En ese mismo instante, por la puerta opuesta, hacía su entrada al mismo salón, el Presidente electo de la República de Cuba. Entre el Gobernador y el Presidente se colocó el mayor general Máximo Gómez, general en jefe del Ejército Libertador. Apenas si el reloj comenzó a tocar las primeras campanadas, que señalaban la llegada de la hora fijada para el acto de la trasmisión de poderes, el general Wood comenzó a leer el documento firmado por el Presidente de la República de los Estados Unidos, en el que se le ordenaba hacer entrega del gobierno de la Isla de Cuba, al Presidente electo de la República de Cuba. Como buen militar, el general Wood fue parco y escueto. No agregó ni una sola palabra al documento que acababa de leer. Don Tomás Estrada Palma escuchó con atención las frases del texto del documento. Después contestó a nombre de la República.
La bandera en Palacio
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| La bandera cubana ondea sobre el Palacio de los Capitanes Generales |
En tanto esa ceremonia se verificaba en el Salón del Trono, los cañones de
la vetusta fortaleza de La Cabaña comenzaron a disparar las salvas de saludo.
El primer disparo lo efectuó un cañón llamado "Carlos IV", construido
en Toledo el 16 de mayo de 1875. En la azotea del Palacio de los Capitanes
Generales, • ahora Palacio Presidencial, el teniente McCoy aguardaba, al pie
del asta, la orden para arriar su bandera. A las doce y diez minutos el general
Wood le ordenó:
—En nombre de los Estados Unidos de América izad la bandera de la República
de Cuba.
Las tropas, formadas en atención, presentaron sus armas. Las bandas de
música comenzaron a tocar "The Star Sprangled Banner". Un minuto y
siete segundos demoraron los sargentos en arriar la bandera. Después las bandas
comenzaron a tocar el Himno Nacional de Cuba y por el asta libre comenzó a
ascender la bandera de una nación libre. A las doce y catorce minutos ya estaba
izada. Quince minutos más tarde volvió a arriarse aquella bandera que era
histórica, pues era la misma que se había izado en el edificio donde se inauguró la
Convención Constituyente de 1901, en Palacio, cuando se abrieron las sesiones
del Congreso de la República y en el Morro de La Habana, el día que llegó a la
capital de la República el barco que conducía al presidente electo, don Tomás
Estrada Palma, y había el propósito de obsequiarla, como un trofeo, al general
Leonardo Wood. Desde luego, que no fue ese solo el único trofeo que el militar
estadounidense se llevara, como un recuerdo de su mando en Cuba. Además del
machete que le regalaron los veteranos de la Guerra de Independencia, se le
obsequió también con la bandera que estaba izada en la popa del
"Maine", el día de su hundimiento.
USS Maine, La Habana 1898
En el Morro
En la fortaleza del Morro la ceremonia fue mucho más emocionante. Desde
temprana hora comenzaron a llegar los invitados. En sus alrededores situáronse
todos los espectadores que pudieron llegar. En el canal, en la bahía, mar
afuera había plétora de embarcaciones atestadas de gente. A lo largo del
Malecón, a la sazón recién construido una multitud inmensa aguardaba
impaciente. Al pie del asta del Morro, el teniente Edward A. Stuart, con unos gemelos,
miraba hacia el Palacio del Gobierno. Tan pronto vio descender la enseña de su
patria en aquel edificio, contó los cuarenta y cinco cañonazos de la salva y dio
órdenes para que se arriara la bandera que estaba izada. Eran las doce y diez minutos
cuando se escuchó su orden. Los veteranos que se hallaban congregados en la
base del asta se precipitaron a su encuentro para no dejarla tocar tierra.
Comenzóse después a izar, tirada la cuerda por manos de veteranos de la Guerra
de Independencia, presididos por el general Emilio Núñez, la bandera de la
patria redimida. Un griterío ensordecedor la fue saludando mientras ascendía
desplegada al viento del mar. La emoción llegó a su colmo. Hubo quienes se
arrojaron al agua. Hubo quienes lanzaron los sombreros, las prendas de vestir,
los zapatos. En todos los ojos había lágrimas de alegría. En todos los rostros había
emoción cubana.
Inmediatamente, una guardia militar cubana, al mando del sargento interino
de artillería Mario Roldán, se hizo cargo de la fortaleza.
En la Cabaña
La ceremonia en La Cabaña no dejó de tener lucimiento. En sus fosos la
sangre cubana había corrido a raudales. En sus galeras el cubano había sufrido
injustas y prolongadas prisiones. Si alguna fortaleza cubana representaba al
despotismo español, en la misma medida que la Bastilla representaba al
despotismo de los Capeto, era la Cabaña. Y, desgraciadamente, en la República
ha seguido representándolo. Cuando un gobierno tiránico ha pretendido implantar
el terror, sus galeras han vuelto a llenarse de presos y en sus mazmorras se ha
continuado asesinando impunemente a los amantes de la libertad y de la
democracia. Tal vez el mejor homenaje que podría rendírsele a la República, en este
año del Cincuentenario, fuese el de demoler esa vieja fortaleza de La Cabaña,
liquidándose así un viejo fantasma de negras amenazas.
Tan pronto el capitán Brown, del ejército norteamericano, vio arriar la
bandera de su patria del edificio del antiguo Palacio de los Capitanes Generales
y en el Morro, dispuso que en aquella fortaleza también se arriase. El teniente
de artillería cubana, Manuel Portuondo, joven veterano de la Guerra de
Independencia, asumió el mando como comandante de la fortaleza, izando la
bandera cubana. Este mismo oficial pocos años después, ya capitán, pereció en
una reyerta vulgar entre artilleros y policías, en una de las calles de La
Habana Vieja.
En la bahía
El espectáculo en la bahía no pudo ser más emocionante. A las doce del día
todos los barcos, completamente empavesados, izaron en el tope de su mástil
mayor, la bandera cubana, mientras saludaban el advenimiento de la nueva
República con sus sirenas tocadas hasta quedarse exhaustas. El “Brooklyn”
inició las salvas, secundándole el “Calabria” y el “M. S. Psyche”.
En la Cortina de Valdés el público invadió una amplia gradería levantada por
el concesionario senador José Antonio Frías, que iniciaba así una serie de
actividades que le producirían pingües ganancias.
En el Castillo de la Fuerza
Castillo de la Real Fuerza
En el Castillo de la Fuerza, una de las más Viejas fortalezas de La Habana,
se hallaba instalado, a la sazón, el Archivo Nacional. A la hora señalada de
las doce del día todo el personal del Archivo presente, presididos por su
director, el doctor Vidal Morales, se reunió para proceder a la ceremonia de
izar la bandera cubana en aquel edificio. El insigne historiador llamó entonces
al joven empleado del Archivo señor Joaquín Llaverías y le pidió que izase la
bandera, porque a su juicio, ninguno de los presentes tenía más derecho ni más
méritos, ya que era el único miembro del Ejército Libertador que trabajaba
allí.
Y el entonces joven capitán Llaverías izó, con sus manos, la enseña nacional
en la vieja fortaleza española, que desde aquel instante, pasaba a ser
propiedad del Estado cubano.
En la Universidad de La Habana
En la antigua Loma de la Pirotecnia, donde se había instalado la casi bicentenaria
Universidad de La Habana los estudiantes estaban reunidos a las doce del día,
para la ceremonia de izar la bandera. La máxima autoridad del Claustro lo era
el antiguo político autonomista licenciado Pablo Gómez de la Maza, que desempeñaba
la Secretaría General.
A la hora señalada, profesores y estudiantes, procedieron a izar la bandera,
saludándola con vivas y aplausos.
Inmediatamente el licenciado Gómez de la Maza, todo formulismo, procedió a
levantar acta del suceso, suscribiéndola, por los estudiantes, los entonces
alumnos universitarios José Manuel Cortina, Manuel Carnesoltas, Carlos Miguel
de Céspedes, Juan Lanza, Gonzalo Pérez Abreu, Joaquín Rodríguez Lanza, Luis de Soto.
Esteban Mulkay, Antonio Mesa Valdés y Germán Wolter del Rio.
El Primer barco que salió
A las doce y quince minutos cruzó por delante del Morro el barco norteamericano
"Olivette". Con su bandera cubana en el palo mayor, resultó ser el
primer barco que abandonaba el puerto habanero después del cambio de bandera y
de soberanía.
Al cruzar con su bandera norteamericana de la popa saludó a la enseña
cubana izada en el 'Morro.
Poco después entraba un costero inglés. Fue el primer barco que tomó puerto
bajo la soberanía cubana.
El General Wood se embarca
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Cuarenta minutos habían pasado después de la ceremonia de la entrega del gobierno en el Palacio Presidencial, cuando el general Leonardo Wood, acompañado por el presidente Estrada Palma y los miembros del Gabinete y del Congreso, atravesaban la puerta del Palacio que daba a la Plaza de Armas, dirigiéndose al muelle de Caballería. Delante marchaban, montados a caballos, abriéndole paso, el capitán Tavel y el teniente Félix Pereira, de la Policía cubana.
El pueblo, apostado a lo largo del recorrido lo aplaudía delirantemente. El
general Wood, con gesto reposado saludaba, mientras avanzaba con actitud
marcial hacia el muelle.
El último apretón de manos ese día -y el último que se darían en la vida—
se lo dieron el general Wood y el presidente Estrada Palma en el Muelle de
Caballería. El presidente retornó inmediatamente a Palacio para atender
múltiples obligaciones de su cargo. Pero muchas personas tomaron botes para
acompañar hasta la misma escala del "Brooklyn" al ya ex gobernador
norteamericano de Cuba. A las doce y cincuenta minutos el general Wood ascendía
por la escala del "Brooklyn", mientras los cañones del barco le saludaban.
La ciudad
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Toda la ciudad estaba embanderada. Banderas de Cuba, Estados Unidos, las
naciones latinoamericanas y España estaban izadas en las astas o colgadas de los
balcones. Era una nota de color y alegría.
Los arcos triunfales constituyeron otra nota singular. Jamás la ciudad levantó tantos. Ni después se ha conmemorado una efeméride con tanta profusión de arcos. Algunos, como el que el Partido Republicano comenzó a levantar a la entrada del Paseo del Prado o el que el Partido Nacional inició frente a la Plaza de Monserrate, quedaron sin terminarse. La perfumería "La Constancia" levantó uno, frente a sus oficinas, en estilo árabe, todo de hierro, adornado con las enseñas nacionales de las Repúblicas americanas. En Empedrado, frente al Parque de San Juan de Dios, la compañía de seguros "El Iris", levantó uno que mereció elogios. En Aguiar, entre Empedrado y Tejadillo, el Consejo Escolar y los maestros de La Habana, construyeron uno de doble estrella, todo iluminado. En la estación del Carmelo, en el Vedado, se levantó un arco iluminado. A la entrada de la Catedral de La Habana, se alzó un triple arco. En el del centro se leía: "A la proclamación de la República. El Clero Catedral". En el de la derecha, en latín, se escribió: "Donde existe el espíritu de Dios, allí existe la libertad". En el de la izquierda, las humanísimas y tiernas palabras del "Gloria a Dios en las alturas y Paz en la tierra a los hombres de buena voluntad".
Los bomberos de La Habana levantaron, frente a la Estación Central, en la
esquina de Prado y San José, un arco triunfal. La empresa y los empleados de
los Ferrocarriles Unidos lo levantaron en Dragones, frente a la Estación de
Villanueva.
En los barrios hubo competencia por arreglar sus arcos lo mejor posible. La
prensa se hizo eco del levantado en Reina y Escobar, en la Plaza del Cristo, en
la calle Suarez, en Someruelos y Corrales, en Monte y Antón Recio, y en Gloria
y Vives. Otras calles, especialmente las comerciales, hicieron alarde de sus cortinas
y banderolas. Así las de Muralla, que remataban en un arco en Puerta de Tierra,
frente a la Plazoleta de las- Ursulinas; Obispo, que también levantó otro arco
en la Plazoleta de Monserrate, al costado de la estatua de Albear; O'Reilly,
San Rafael, Galiano, la Calzada de Monte, etc. Al alcalde de La Habana don Carlos
de la Torre, la prensa de aquellos días le censuraba la pobreza de las
colgaduras que había adquirido para el edificio de los antiguos Capitanes
Generales, las cuales, a las pocas horas de haberse colgado ya se habían
desteñido. "¿Es que el Ayuntamiento más rico de América, preguntaba el
periódico "El Mundo", no ha podido adquirir cortinajes decorosos para
la consagración de la República?".
La Plaza del Vapor mereció nota singular con las informaciones de esos días
por su espléndida iluminación. El Convento de las Ursulinas colgó en su azotea,
cubriendo todo el frente del edificio, una monumental bandera cubana,
mereciendo algunas censuras el hecho de que en el centro de la estrella
solitaria las monjas hubiesen bordado el Corazón de Jesús.
En Figuras esquina a Manrique se ofreció una nota típica. Los vecinos levantaron
un bohío cubano.
El Círculo Nacional tuvo mayores pretensiones. No levantó arco alguno, sino
que seleccionó la esquina de Carlos III e Infanta para edificar, con carácter
permanente, un arco triunfal que fuese una reproducción del Arco de la
Estrella, de París. El 21, con asistencia de las autoridades, se colocaba la
primera piedra, pero el proyecto no pasó de ahí.
La Manzana de Gómez, que no era, desde luego, el edificio que es hoy, se
engalanó profusamente con bombillos eléctricos y banderas nacionales. La
Tesorería de la República cubrió su fachada principal con numerosas luces
eléctricas de colores. Y los hoteles Telégrafos e Inglaterra, el edificio donde
estaban instaladas las oficinas del Círculo Nacional, los altos del Delmónico y
la cubanísima sociedad El Pilar, hicieron alarde de iluminación y
engalanamiento.
A las tres de la tarde, los supervivientes del 27 de noviembre de 1871, presididos
por el doctor Fermín Valdés Domínguez y el catedrático doctor Domingo Fernández
Cubas, concurrieron junto a los lienzos de pared donde se habían situado los
ocho estudiantes fusilados en esa ocasión, colocando coronas de laurel y palma.
La ceremonia fue sencilla. No hubo discursos y, en realidad, fue el único acto
de ese día en que se evocó a los mártires de la patria.
La salida del general Wood
A las tres y quince minutos de la tarde, las tropas norteamericanas de ocupación
comenzáronse a embarcar en el "Morro Castle". Un viejo cubano que
había perdido a sus tres hijos en la guerra, al verlos desfilar rumbo al
puerto, exclamó ahíto de emoción:
-¡Ya puedo morir tranquilo!-
A su paso, los hombres aplaudían; las mujeres arrojaban flores. Pocas veces
una fuerza de ocupación, al retirarse, se llevaba consigo la simpatía popular
en forma tan unánime.
A las tres y treinta minutos, el "Brooklyn", llevando a bordo al
general Leonardo Wood, enfilaba el canal buscando la salida del puerto. Una
verdadera flotilla de barcos, remolcadores y botes y lanchas de todas clases le
seguía despidiendo al Gobernador norteamericano. En el puente de mando del
acorazado estadounidense el general Wood, con la gorra en la mano, saludaba a
los que tanta devoción le manifestaban y con tanto entusiasmo lo despedían.
A las tres y cuarenta minutos abandonaba el puerto el "Alfonso XII",
rumbo a España. Al cruzar junto al castillo del Morro llevaba en su palo mayor
la bandera cubana y con la bandera española que llevaba en la popa, hizo los
saludos reglamentarios. Era el primer barco español que le rendía ese homenaje a
la enseña patria.
La sesión del Senado.
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| Luis Estévez Romero (1849-1909) |
El Senado celebró una sesión, a las cuatro de la tarde. Era la primera reunión
de ese cuerpo colegislador después de establecida la República.
Presidió el vicepresidente de la República, doctor Luis Estévez Romero. Apenas
si se había abierto la sesión se suscitó un debate entre los' senadores doctor
Alfredo Zayas y el señor Manuel Sanguily. El primero sostenía que a la luz de
una interpretación del texto constitucional, la Alta Cámara no podía celebrar sesión
si la de Representantes no se reunía al mismo tiempo. Sanguily opuso sólidos
argumentos y la sesión continuó liquidándose así el debate. Se procedió
entonces al sorteo de los senadores que deberían desempeñar el período de
cuatro años. Resultaron así electos para el período corto Ricardo Dolz y
Antonio González Beltrán, por Pinar del Río; Carlos Párraga y Nicasio Estrada
Mora, por La Habana; Luis Fortún y Domingo Méndez Capote, por Matanzas; José Antonio
Frías y José de Jesús Monteagudo, por Santa Clara; Manuel R. Silva y Augusto
Betancourt, por Camagüey y Antonio Bravo Correoso y José Fernández Rondán, por
Oriente.
No concluyó la sesión sin que don Manuel Sanguily, con aquel su espíritu crítico,
le endilgara la primera censura al Presidente Estrada Palma. A juicio de
Sanguily los Secretarios de Despacho no debieron haber jurado, en la forma que
lo habían hecho esa mañana, en presencia del Presidente de la República. Le
salió esta vez al paso Ricardo Dolz, quien alegó que las fórmulas del juramento
de los Secretarios de Despacho se ajustaban a lo escrito en decretos del
Gobernador Militar, publicados previamente en la Gaceta Oficial. Y la sesión se
liquidó sin mayores consecuencias.
Te Deum en la Catedral
A la misma hora - las cuatro de la tarde— en que el Senado iniciaba su
sesión, el presidente Estrada Palma llegaba a la Catedral de La Habana para
asistir al Te Deum anunciado en acción de gracias a Dios para celebrar la
inauguración de la República, y la toma de posesión de su primer Presidente.
En la puerta de la iglesia esperaron al Presidente de la República, el Arzobispo, quien
procedió a rociarlo con agua bendita. Después bajo palio conducido por seis
sacerdotes, avanzaron la máxima autoridad civil de la República y el jefe de la
iglesia católica por el centro del templo, hasta el Presbiterio, sentándose don
Tomás Estrada Palma en el trono que se le tenía dispuesto, mientras se cantaba
una antífona. A continuación el Arzobispo inició una serie de invocaciones, a
las que respondía un coro. Finalmente se rezó una oración, a cuya conclusión el
Arzobispo fue a colocarse en el trono episcopal, entonando solemne Te Deum.
Terminada la ceremonia el Presidente Estrada Palma rogó al Arzobispo que al
retirarse no lo hiciesen bajo palio, a lo que accedió el prelado. Así concluyó
aquel acto en que la iglesia católica de Cuba evidenciaba su acatamiento a la
República, y borraba su antigua adhesión al régimen colonial que España había mantenido
en la isla, contra la voluntad de los cubanos.
Un bautizo
Los periódicos de aquellos días recogen la nota simpática del señor Enrique
Leal, que aguardó a que la fecha del 20 de mayo de 1902 llegara para bautizar a
su pequeña hija Lilia Ester Avelina en la iglesia del Pilar, sacando una
fotografía del acto -una novedad en aquellos tiempos— para enviarla como
recuerdo al Presidente de la República.
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| Catedral de La Habana, por Leopoldo Méndez |
Bailes
Por la noche la alegría se mantuvo en todos los ámbitos de la ciudad. La
cubanísima sociedad "La Divina Caridad" abrió sus salones y el Centro
Gallego de La Habana hizo otro tanto. En el baile de los gallegos amenizó el
acto la orquesta de Felipe Valdés. El Presidente Estrada Palma, que salió a
recorrer la ciudad acompañado del doctor Gonzalo de Quesada, de los secretarios
de despacho Manuel Luciano Díaz y Emilio Terry y de su ayudante de campo el
oficial Leandro de la Torriente, después de visitar la españolísima calle de la
Muralla, pasaron a hacer una visita al Centro Gallego. En la puerta lo recibió
el Presidente de la institución licenciado Secundino Baños. Lo orquesta toco el
Himno Nacional. Estrada Palma y sus acompañantes pasaron al salón donde se
brindó con champagne por la prosperidad de la República, pronunciando sendos
discursos Gonzalo de Quesada, el licenciado Baños y, finalmente el presidente
Estrada Palma. Mientras se llevaban a cabo estos agasajos, la orquesta tocó un
zapateo cubano y después una muñeira gallega.
A lo largo del Paseo del Prado, por lo que es hoy el frente del Capitolio
Nacional, se instaló una feria popular.
Los Teatros
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| Teatro Albisu (1870-1918) |
El "Albizu, que parece haber sido el único que celebró función ese día,
llevó a escena, en la matinée "La Boda" y "El Pobre Diablo"
y por la noche, en la primera tanda, "El Juicio Oral", en la segunda
"Doloretes" y en tercera "Al Agua Patos".
El "director del teatro "Tacón", señor Ramón Gutiérrez hizo
publicar en este día del 20 de mayo de 1902 una nota en los periódicos,
anunciando que a partir de esa fecha, aquel coliseo cambiaba su nombre por el de
teatro "Nacional".
Incidentes
No faltaron los integristas intransigentes que trataron de acentuar la nota
discordante. Frente al Palacio Presidencial, en los instantes mismos en que
tomaba posesión don Tomás Estrada Palma se presentó un español en aire de reto.
En la solapa del saco, insolentemente, ostentaba un retrato del odiado
Valeriano Weyler. El teniente Félix Pereira, Veterano de nuestra guerra de
Independencia y a la sazón joven oficial policíaco, le obligó a retirarse de aquel
lugar, evitando así una alteración del orden.
Frente al Frontón del Jai-Alai también surgió un incidente, cuando la empresa
se negó a izar la bandera cubana en el lugar de honor, prefiriendo la bandera
de la monarquía española.
El periódico "El Mundo" denunciaba en sus páginas a un español llamado
Gabino Galbán, encargado de la casa de Empedrado y Aguacate, por haber
prohibido a los vecinos de la misma colocar banderas cubanas, en sus balcones.
Una bomba en el Parque Central
A las diez y media de la noche una bomba cargada de municiones y metralla hizo
explosión en el Parque Central hiriendo a once personas, en su mayoría
jovencitos y niños. Los heridos fueron: Pablo Hernández, Bernardo Rodríguez,
Manuel Marrero, Antonio Peril, Rogelio Pórtela, Francisco Estévez, L. Manuel
Dueñas, Gregorio Tolón, Eugenio Ibarra, Ramón Vidal y Eladio Martínez. A la
policía declararon los heridos y numerosos testigos que el artefacto había sido
arrojado desde la azotea del "Cosmopolita", pero las investigaciones no
lograron descubrir al autor de este salvaje atentado terrorista, el primero que
se llevara a cabo después de establecida la República.
Lesionados
Imposible que festejos tan magníficos se llevaran a cabo sin su
consiguiente
saldo de heridos. La policía reportó que Virginia Garrido Araujo, de
Lealtad 17 fue alcanzada por una bala perdida en una mano y que Benjamín
Jiménez González, Raimundo Soto González, Juan Rabelo, Miguel A. Valdés
Navarrete, Manuel López Gutiérrez y Pio Taboada sufrieron lesiones al
explotarle en las manos cohetes o pequeñas bombas que creían apagadas.
El vigilante Maximiliano Raventós tuvo la desgracia ese día de caer debajo
de las ruedas de un tranvía que le cercenó varios dedos de los pies, teniendo
que ser recluido en el Hospital Mercedes.
José Pago Álvarez se cayó de un laurel del Parque Central donde se había
subido para presenciar los festejos. Manuel Daple fue reportado por la policía
por haber sufrido lesiones al caer al pavimento en la vía pública.
También la policía del puerto reportó que en la bahía y debido a un fuerte
brisote, había zozobrado, en horas de la tarde, el balandro "Amalia",
sin tenerse que lamentar desgracias personales.
El primer Homicidio
A las dos y treinta de la tarde, en la escalinata de la Capitanía del Puerto,
el joven de 19 años Carlos Diego Baños asestó dos puñaladas en el pecho a un
desconocido con quien reñía. La policía y el público allí presente lo
detuvieron. La prensa no ofrece más detalles, sino que el agredido llegó
cadáver al centro de socorros a donde fuera conducido. Fue este el primer
homicidio realizado en La Habana ese día, después de establecida la República.
Otras fechorías menores, como robos, aprovechando el entusiasmo popular, etc.
fueron incluidos entre los incidentes policíacos del día.
El primer Veterano Asesinado
No fue precisamente el 20 de mayo de 1902, sino al día siguiente, osease el
21, cuando un veterano de la Guerra de Independencia pereció asesinado, siendo
el primer miembro del Ejército Libertador que desaparecía trágicamente en la capital
de la República, después de su establecimiento definitivo.
La víctima fue el joven Leopoldo Collazo Hernández quien en la fecha de su
muerte tenía 20 años, lo que revela que tenía catorce años, cuando el 6 de
julio de 1896 se incorporó a las fuerzas de su primo Aurelio Collazo, jefe del
Regimiento "Calixto García" que tan brillantes campañas llevara a
cabo en el Sur de la Provincia de La Habana.
Al concluirse la guerra Leopoldo Collazo ingresó en el cuerpo de Guardias
Urbanos. Estaba de servicio en el Vivac de La Habana la noche del 21 de mayo,
cuando acertó a pasar por el Mercado del Polvorín, en el instante mismo en que
se producía un violento incidente en uno de los bailes que allí se celebraban esa
noche, como parte de los festejos conmemorativos de la instauración de la
República, que dicho sea de paso, no quedaron reducidos exclusivamente a los
actos del día 20. Dada su condición de autoridad Collazo intervino tratando de
restablecer el orden. Para ello tuvo que hacer uso del machete que portaba. Uno
de los contendientes llamado Ramón Valdés (a) Manda Manda se retiró del lugar,
escondiéndose en actitud vigilante del paso del guardia Collazo. Cuando éste,
ya restablecido el orden, se retiraba, el hampón Manda Manda lo atacó por la espalda
con una navaja degollándolo. Collazo murió casi instantáneamente. Su agresor fue
detenido pocos días después por miembros de la Policía Secreta que tomaron a su
cargo las investigaciones.
Tales fueron los hechos que ocurrieron y el aspecto que tuvo la capital de
la República aquel histórico 20 de mayo de 1902.
(*) Tomado de OHC Colecciones Digitales. Aparecido en La Voz del Veterano el 30 de mayo de 1953





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