jueves, 10 de septiembre de 2026

EN CUBA COLONIAL: Teatro Coliseo (1775-1792) / Principal (1803-1846).

Teatro Coliseo (1776-1792) / Principal (1803-1846)

«En 1774, la isla de Cuba contaba con una población de 96,430 habitantes blancos y 75,180 pardos, de los cuales 44,633 eran esclavos. Ocho años antes, un tal Gelabert había fomentado un primer cafetal, no lejos de La Habana», así que cuando «un gobernador ilustrado, Felipe Fondesviela y Ondeano (Marqués de la Torre), invitó a los principales comerciantes de la Habana para que aportasen dinero a fin de construir el primer teatro de la capital», la ciudad había dejado de ser solo un lugar de tránsito, «un mero descanso de navegantes» y la burguesía criolla se había enriquecido produciendo azúcar, tabaco, maderas y minerales y «necesitaba diversiones públicas a ejemplo de la práctica introducida en todas las poblaciones bien arregladas».

Fueron años en los que Cuba, a consecuencia de la degollina que en nombre de la «libertad» guio Toussaint L`Ouverture en Haití, emergió como la primera productora de azúcar del mundo. Los campos de caña y las fábricas haitianas quedaron en la ruina de por vida, y los hacendados cubanos aprovecharon al máximo los altos precios que, a consecuencia de esto, llegó a tener el azúcar. Se multiplicó la producción en Cuba y la riqueza de la burguesía cubana llegó a ser suficiente como para pagar entretenimientos muy caros.

Así que La Habana disfrutó de muchas de las diversiones públicas que las poblaciones mejor arregladas del orbe solían tener. Tuvo su primer teatro desde el 20 de enero de 1776, El Coliseo, que fuera renombrado Principal en 1792. Construido al final de la Alameda, llevó a su escenario tal cantidad de obras que la ciudad se convirtió en una de las «plazas más importantes de la actividad teatral, rivalizando con México, Lima y Buenos Aires». Cada año se presentaban allí las obras «del género operático francés y compañías españolas que hacían el llamado teatro del Siglo de Oro» (Ídem).

El 12 de octubre de 1775 subió al escenario del teatro Coliseo la ópera Dido abandonada, de Metastasio, «que según la autorizada voz de Jorge Antonio González, es la primera ópera cantada en Cuba hasta que se pueda demostrar lo contrario», «el 29 de octubre de 1791 se estrenó la zarzuela El alcalde de Mairena, de don Joseph Fallótico, primera obra de su género representada en Cuba», y el 8 de septiembre de 1807, se estrenó el drama heroico Apolo y América, con letra de Manuel de Zequeira y Arango, y música de autor desconocido, siendo esta la «primera ópera compuesta en Cuba hasta que se demuestre lo contrario» (Lapique 2008, 95).

El Coliseo tuvo una intensa, pero corta vida, a poco más de una década de su apertura «estaba en estado ruinoso y hubo que esperar a 1803 a que, una vez reparado, volviera a abrir con el nombre de El Principal». En cuanto a ópera se refiere, el Diario de La Habana anunció los días 30 de diciembre de 1810, 13 de enero de 1811, 30 de noviembre del mismo año y 25 de diciembre de 1819 la presentación en El Principal, de la ópera en dos actos La Travesura, que fuera estrenada en los caños del peral de Madrid el año de 1803, según lo dio a conocer el Diario de Madrid de 30 de enero de 1803.

El 6 de enero, también del año 1811, se anunció la ópera El Califa de Bagdad, una ópera cómica en un acto atribuida a María Rosa Gálvez, que se había estrenado en el Teatro Nacional de la Ópera Cómica de París el 16 de septiembre de 1800.

En el teatro, también, se iban sintetizando las estéticas y costumbres criollas con las peninsulares, como se puede deducir del título de algunas de las piezas que se anunciaban; entre ellas, «la graciosa y siempre aplaudida tonadilla» Los Majos del Rumbo y el «precioso capricho […] Los cuatro negritos». 

A partir de 1830 aproximadamente comienza una época de gran florecimiento teatral en La Habana, y muchas de las obras compuestas por entonces se inscriben en la modalidad de la comedia de costumbres, entre las que encontramos Los portales del gobierno (1834), de Miguel G. Orihuela (1802-1834), Una volante, de Juan A. Cobo, o Yo no me caso, de Francisco Gavino. Otras siguen la línea del sainete, pero esta línea tendrá su mayor desarrollo en las décadas posteriores. En esta época fue muy importante la rebelión romántica cubana, donde se ubican los tres mejores autores del período, Milanés, La Avellaneda y Luaces, que fueron los responsables de elevar la escena por encima de los sainetes de Covarrubias. En 1838 Jacinto Milanés estrena El conde Alarcos.

Como apunta Magdalena Pérez Asencio en el párrafo anterior, en época tan temprana como la tercera década del siglo XIX ya había en Cuba intelectuales de profundos conocimientos estéticos, capaces de influir con sus obras y sus acciones en el público. Es en esta década del 1830 al 1840 cuando aparecen, primero en Matanzas y después en La Habana, las tertulias de Domingo del Monte, que tanto influirían en la vida cultural cubana y de las cuales nacería en el siglo XX la «Sociedad de Conferencias que influyó notablemente en la orientación de nuestra cultura» (Pascual 1964, 59).

Domingo del Monte (1804-1853)

Desde finales del año 1845 La Habana volvió a tener sus corridas en la Plaza de Toros en Regla, su año cómico en el Tacón y su ópera italiana en el Principal. Según la noticia del Diario de La Habana que insertó el DM el día 17 de diciembre, la nueva compañía lírica debutó el día 20 con Montecchi e Capuleti, de Bellini; y en enero y febrero de 1846 continuó con las óperas Lucia de Lammermoor y El Belisario, de Donizetti; y Los Puritanos, de Bellini, con las que se hicieron 24 funciones de abono y una función extraordinaria a beneficio de la joven cantante Concepción Cirártegui, la que se verificó el 21 de febrero. En medio de esta temporada, el elenco del Liceo, como lo había hecho en octubre del año anterior, interpretó la ópera Norma, de Bellini, el día 3 de febrero de 1846 según lo anunció el DM ese mismo día, siendo interpretada el día 10 por la compañía de ópera italiana. Así de exitosa era esta ópera entonces entre el público de La Habana.

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El día 18 de abril de 1846, el Liceo volvió a presentar una ópera en el Principal, esta vez Ana Bolena, de Gaetano Donizetti, la que solo pudo repetirse en la noche del 26 a causa de las obras que el Real Cuerpo de Ingenieros emprendería en el interior del teatro. 

El Principal, que llegó a compararse «con los mejores teatros europeos, no sobrevivió» a la tormenta que azotó la capital cubana el 10 de octubre de 1846, una de las más terribles que sufriera la ciudad por entonces, y aunque hubo ciertos amagos por reconstruirlo, nunca se llevaron a cabo los proyectos que esporádicamente anunciaba la prensa y nunca más volvió a existir en la Alameda de Paula un teatro de ópera.

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miércoles, 9 de septiembre de 2026

CARLOS PIANTINI: FOTOS Y MEMORIAS (5) En el centenario de su natalicio

El teatro Puerto Rico

Piantini con Ernesto (Negrito)
Chapuseaux y Simó Damirón

En 1948 estaban también en Nueva York Ernesto (Negrito) Chapuseaux y Simó Damirón. Ellos preparaban un espectáculo en el que aparecería Amanda Ledesma, una famosa artista de cine argentina que cantaba tangos, una mujer de preciosa voz, que no trascendió más porque   eran   los   años   de   la reina   Libertad Lamarque a quien no había quien se le acercara, pero Amanda tenía una digna carrera y un público que la seguía, y el caso es que Chapuseaux y Damirón me recomendaron para que yo hiciera los solos de violín y tocara con la orquesta que la acompañaría a ella.


Este espectáculo lo organizaba Carlos Montalbán, hermano del famoso actor Ricardo Montalbán, y poco tiempo después de esto le dieron a Carlos el Teatro Puerto Rico, otro teatro latino en Nueva York que tenía gran fama por entonces, y allí, en el Teatro Puerto Rico, Montalbán me contrató para ser director de la orquesta que acompañaba los espectáculos. 

Carlos Piantini con Rosita Fornés y (¿?)

Esta fue una etapa muy hermosa en mi carrera porque tuve la oportunidad de estar con las estrellas más grandes del espectáculo, ya yo había conocido en México a los grandes de la música clásica, y ahora, en los Estados Unidos, México volvía a mi vida y a mi carrera, esta vez me codeaba con los artistas del teatro, el cine y la música popular. Claro que por allí pasaron artistas de todos los países de la América hispana, pero abundaban mucho los mexicanos.

Carlos Montalbán

Además, Carlos Montalbán era mexicano y era el manager de todo aquello. Aquellos fueron los años de oro del cine azteca y muchas de aquellas estrellas que alcanzaban fama en la gran pantalla alternaban con los espectáculos de teatro, sobre todo el musical.

En el teatro Puerto Rico, que era un teatro de variedades, había además proyecciones de películas con los mismos artistas que luego se presentaban en shows que Montalbán vendía bajo el título de «En persona». Ahí el público tenía en el teatro, en vivo y en directo, a sus grandes estrellas del cine.

Fue hasta el año 1950 que estuve en el Teatro Puerto Rico, en ese año terminé otro ciclo en mi vida y regresé por un tiempo a Santo Domingo.  En el Teatro Puerto Rico tuve la suerte de que México me persiguiera en Nueva York. Conocí a casi todos los artistas de la época, por ahí andan las fotos que no me dejarán mentir, por ahí ando con Libertad Lamarque, María Antonieta Pons y todas esas luminarias. Fue una etapa de mi vida muy hermosa y en la que aprendí mucho, trabajé sin descanso, ya con la responsabilidad de una esposa que atender.

Teatro Puerto Rico

(*) Tomado de Los Sonidos y el Tiempo, las Memorias inconclusas de Carlos Piantini

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martes, 8 de septiembre de 2026

EN CUBA COLONIAL: Los teatros (1776-1959)

Teatro Coliseo (1777-1846)

Las dos primeras edificaciones que se levantaron en Cuba siguiendo los parámetros de un teatro público, fueron el Coliseo (1776) y el Tacón (1838), y ambos quedarían en la retina de más de un escritor, quienes los inmortalizaron en sus obras literarias; entre ellos, María de las Mercedes de Santa Cruz y Montalvo (1789-1852), conocida como la Condesa de Merlin, y reconocida por algunos autores como la iniciadora de la literatura cubana escrita por mujeres. 

Gran Teatro de Tacón (1838)

En su obra Viaje a la Habana (1844), la escritora nos permite conocer la Isla durante la primera mitad del siglo XIX, y así describe los dos primeros teatros que tuvo La Habana: 

La Habana posee dos teatros, el de la Alameda, situado en medio de la ciudad a orillas del mar, y otro extramuros que lleva el nombre de Tacón, por haber sido edificado durante el gobierno de este general. El primero, más antiguo y más pequeño, es sin embargo más favorable a la música; el segundo, casi tan grande como el de la grande ópera de París, es el que tienen ahora las compañías italianas, si bien durante la ausencia de estas representan en él las compañías de declamación. Este teatro es rico y elegante a la vez; está pintado de blanco y oro; el telón y las decoraciones ofrecen un brillante punto de vista, a pesar de no estar muy bien observadas las reglas de la perspectiva. El patio está poblado de magníficos sillones, lo mismo que los palcos, en cuya delantera hay una ligera reja dorada que deja penetrar la vista de los curiosos hasta los pequeños pies de las espectadoras. El palco del gobernador es más grande, y está mejor adornado que el del rey en otras partes. Solo los primeros teatros de las grandes capitales de Europa pueden igualar al de la Habana en la belleza de las decoraciones, en el lujo del alumbrado, y en la elegancia de los espectadores, que llevan todos guante amarillo y pantalón blanco. En Londres o en París se tomaría este teatro por un inmenso salón de grande tono.

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Para hacerse una idea de la cantidad de espectáculos que cada día estaban a disposición del público en La Habana, en tiempos de calma o de conflictos políticos y económicos, basta con acceder a cualquiera de las muchas publicaciones que circulaban en la época; por ejemplo, si tomamos el periódico dominical Antón Perulero (24 nov. 1861), podemos encontrar que se anuncia el drama Redención en el Teatro de Tacón; el comienzo de las funciones del «magnífico Circo de Chiarini»; y «el concierto de Gottschalk en el teatro de Variedades, […] (en el que tomarían) parte […] los violinistas (José) Vander Gutch [sic] y López, y el pianista Ruiz». O si tomamos el diario El País (23 may. 1894), podemos leer en él, en su primera plana, que a las ocho de la noche en el Albisu se presentaba la compañía de zarzuela con el dúo de La Africana, a las nueve con La Cruz Blanca y a las diez con Los descamisados. También para el mismo teatro se anunciaba el estreno de las zarzuelas La Tragedia del Mesón y El Traje Misterioso, y que en el Gran Teatro de Tacón la Compañía dramática española haría la «séptima representación de la aplaudida y graciosísima comedia en cuatro actos Villa-Tula».

Teatro Albisu (1870-1918)

Esto se puede leer en la primera plana de El País, pero al final, en la última página, bajo la columna: Espectáculos, se repiten las noticias del Tacón y el Albisu y se agrega que en el «Teatro Payret, la compañía de variedades, norteamericana, tiene función diaria y variada, a las 8»; y que en el café del Teatro Tacón se presentaría el «Fonógrafo de Edisonۛ, con un repertorio inmenso y variado, con funciones por tandas en las noches de 7 a 11». 

Teatro Payret (1877-?)

Este vertiginoso acontecer se produjo en escenarios, tertulias familiares, conservatorios, academias de música, salones de baile, tiendas de música y asociaciones de todo tipo; sin embargo, los teatros, por sus infraestructuras empresariales, pudieron montar innumerables espectáculos de primer cartel, comparables a los presentados en los más importantes teatros del mundo, algo que tendría consecuencias contundentes en la conformación de la cultura cubana y en la consolidación de estratos sociales capaces de crear y consumir los productos de la industria del espectáculo, incluidos la música que acompañó siempre a la escena, fundamentalmente a la ópera, el género más demandante, en el que confluyen todas las artes y que exige, para su realización, profesionales solventes en múltiples disciplinas.

El teatro fue la gran escuela y el soporte cultural para lo que vendría después y que ocuparía todos los espacios mediáticos del siglo XX: el cine, la radio y la televisión, medios que tomaron todo de la tradición teatral cubana. La actividad en la escena, al menos durante las primeras tres décadas del siglo XX fue tan intensa, que hubo épocas en las que ocho teatros ofrecían funciones todas las noches, presentando distintos géneros teatrales y no hubo en todo el Caribe, insular o continental, una ciudad que pudiera competir con La Habana. La capital de la Mayor de las Antillas era entonces la tierra prometida, y en ella el teatro fue uno de los crisoles en los que se sintetizaron algunas de las músicas que llegaron a Cuba, y que a través de un largo proceso de creación se fueron convirtiendo en los géneros de la música cubana. 

Tomado de Historia de la Música Popular Cubana. De las danzas habaneras a la salsa (1829-1973). Disponible en Amazon: 

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lunes, 7 de septiembre de 2026

EL LEGADO DE UNA NACIÓN. Guatemala

Por M. C. † Isabel María Serrano Fuentes (1963-2023) (*)

El legado de la civilización Maya y del período colonial, así como sus formas culturales vivientes, constituyen los principales atractivos de Guatemala, el país más septentrional de América Central.

Parque Nacional de Tikal, en el dpto. del Peten, Guatemalañ
@Fuente externa
La República de Guatemala posee una variedad de paisajes naturales que la convierten en un país esplendoroso. El doble carácter hispano-maya de la nación hace de ella un sitio singular y los rasgos que definen su cultura le confieren originalidad dentro del conjunto de pequeños estados centroamericanos.

Nueva Guatemala de la Asunción es el nombre oficial de su capital, importante centro de actividades comerciales y culturales. Esta metrópoli, con más de tres millones de habitantes, posee significativos monumentos históricos, importantes museos, y un gran contraste entre su arquitectura colonial y los modernos edificios de infraestructura hotelera y centros comerciales. 

La Ciudad de Guatemala como se le conoce, yace desde el siglo XVII en el Valle de la Ermita, en el que floreció en tiempos prehispánicos un maravilloso pueblo de alfareros y comerciantes, los que entre otras cosas, construyeron monumentales edificaciones y acueductos. Llegando a su término la etapa de la colonia, este sitio reunía insuperables condiciones para la nueva capital, se procedió entonces a trazar calles y a levantar nuevas construcciones que fundamentalmente responden a los códigos del neoclasicismo europeo. Entre las muchas obras realizadas con esta influencia, se destacan La casa de la Pólvora, el Edificio de la Aduana y el Cuartel de Dragones, obras maestras realizadas por el Ing. Militar Luis Diez Navarro. No hay que dudar que en toda el área centroamericana el país donde más arraigo logró el estilo neoclásico fue Guatemala.

Casa de la pólvora
@Fuente externa

Hace unos días conversaba con un amigo guatemalteco que emocionado me hablaba con orgullo de los valores arquitectónicos y de las ricas tradiciones de su país; en nuestra conversación,  decidimos “hacer un recorrido” por los lugares más impresionantes de su querida Guatemala. Comenzamos por El Peten y por supuesto, vino a nuestra memoria el Parque Nacional de Tikal, donde el esplendor de la cultura Maya llegó a su clímax, este es uno de los centros arqueológicos más importante del Nuevo Mundo, por lo cual ha sido declarado por la UNESCO Patrimonio de la Humanidad. Luego, nos fuimos a la Antigua Guatemala, máximo exponente del período colonial, una ciudad que estuvo expuesta a frecuentes terremotos y finalmente fue destruida por el terremoto llamado Santa Marta el 29 de Julio de 1773, motivo por el cual la capital fue trasladada, pero allí, quedan las huellas de la que fue la tercera ciudad en importancia de las colonias españolas en América, allí comenzamos a movernos entre templos, conventos, casonas y plazas, que nos revelan el acierto constructivo de estos tesoros. Terminamos nuestra plática deseosos de estar allá físicamente y admirados por la grandiosidad de esta pequeña nación.

Hoy día la cultura guatemalteca tiene dos manifestaciones bien acentuadas, una vinculada a la cultura occidental y la otra propia de las comunidades indígenas. La primera se centraliza en Ciudad Guatemala, moderna y cosmopolita, y la segunda en la región del altiplano principalmente, en las que resaltan las costumbres y tradiciones de cada población cada una con sus trajes de espléndida policromía, sus artesanías y la celebración de sus fiestas religiosas, folklóricas, sociales y deportivas, grandes espectáculos que los identifican y en los que no falta la Marimba como instrumento nacional.

M. C. Isabel Ma. Serrano Fuentes
(1963-2023)
(*) M.C. † Isabel María Serrano Fuentes (1963-2023) egresó de la Facultad de Artes y Letras de la Universidad de Oriente, Cuba como Licenciada en Historia del Arte, graduada con Diploma de Oro. Obtuvo Maestría en Ciencias de la Educación, Universidad de Camagüey, Cuba. Diplomado en Arte Virreinal de la Nueva España, Universidad Anáhuac, Veracruz, México. Diplomado en Estudios Superiores en Ciencias Pedagógicas con Mención en Enseñanza de las Ciencias UNAPEC-Universidad de Camagüey.

Realizó trabajos de Asesoría, Capacitación, Catalogación, Curaduría y Museografía en México (Plan Maestro de la Catedral de Veracruz), Ecuador (Museo Nahim Isaías), República Dominicana (Museo Sacro y Museo del Carnaval, (ciudad de La Vega). Curaduría para exposiciones individuales de artistas contemporáneos.

Es autora de artículos y ensayos publicados en periódicos y revistas especializadas (El Siglo, Diario de Xalapa, Artes en Santo Domingo, Cariforum, Mirada al Arte). Autora de nueve volúmenes de Artes Visuales para la Educación Artística de México, apegados a los planes y programas de la SEP. Impartió cursos de actualización a Maestros de Educación Artística en diferentes Estados de México.  

Isabel María Serrano Fuentes falleció en Jiguaní, Cuba, el 7 de febrero de 2023.

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BRITO: «LO QUE HAY QUE BUSCAI SIEMPRE (SON) LAS COSAS BONITAS DE LA VIDA».

@AGS

Durante seis noches de agosto (21, 22, 23, 28, 29, 30) en la sala Ravelo del Teatro Nacional Eduardo Brito, de Santo Domingo, estuvo en cartelera la obra teatral Brito, escrita por Reynaldo Disla, bajo la dirección de Manuel Chapuseaux con las actuaciones de Héctor Aníbal Estrella, Elvira Taveras, Ernesto Báez, Augusto Feria, Michelle Cruz, Orestes Amador y Lidia Ariza; las escenografías de Liliana Soto, los vestuarios de Laura Guerrero y las coreografías de Wyleydy Contreras.

Para escuchar este disco pinche aquí

Después de haber visto (23 ago. 2026) la obra y leído algunas de las críticas publicadas, siento que algo falta por subrayar y es lo que voy a argumentar a continuación. Teniendo en cuenta que esta es la primera vez que se registra el estreno mundial de una obra teatral basada en la vida y obra de Eduardo Brito, un artista dominicano que durante la primera mitad del siglo XX brilló en los escenarios más exigentes de su época, de quien se conserva una muestra más que fehaciente de su gran popularidad en cada una de las sesenta grabaciones que registra la Discografía de grabaciones históricas estadounidenses, teniendo en cuenta el brillo, la energía, el fulgor y el latir de esa voz que aún hoy nos retumba en el pecho al escucharla, no merecía que el golpe de vista de la escena en la que se desnudaba su vida fuera tan lúgubre.

Para escuchar este disco pinche aquí
Una de las líneas que Disla pone en boca de Brito dice lo siguiente: «Lo que hay que buscai siempre (son) las cosas bonitas de la vida, las cosas feas y desagradables de la vida, no hay que buscailas, poique vienen solas», y ese debió ser el horcón para sostener la obra; sin embargo, el autor optó por buscar las cosas que vienen solas.

El autor optó por remachar en la memoria las leyendas urbanas, las que se conservan en una nube de dichos y testimonios verdaderos o falsos, removiendo la supuesta o cierta animadversión del tirano hacia la figura del gran artista, optó por replantear la verdadera o falsa enfermedad y locura, optó por buscar las cosas feas y eso en mi criterio como espectador no es bueno cuando se trata de una vida que alcanzó un fulgor intenso, un brillo que competía con el de las más refulgentes estrellas de su época.

Eduardo Brito merece una investigación profunda de su muerte, envuelta en una nube de supuestos y dichos no documentados debidamente. Las más socorridas referencias proceden de un texto testimonial escrito, muchos años después de la muerte del barítono, por el siquiatra Antonio Zaglul, titulado Mis 500 Locos, y recogido en sus Obras selectas, Tomo I, págs. 164-165, publicadas en 2011 en Santo Domingo, por el Archivo General de la Nación, pero nunca se ha realizado un estudio forense a los restos del Cantante Nacional para documentar debidamente su enfermedad y muerte.

Pero más que eso, Eduardo Brito merece una exaltación de sus bien documentados éxitos, de sus talentos excepcionales, de la divulgación de sus grabaciones disponibles y la búsqueda de las que aún esperan por ser descubiertas.  

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NOTA: Para acceder a las 60 grabaciones registradas hasta ahora en la Discografía de grabaciones históricas estadounidenses con la participación de Eduardo Brito haga clic aquí.

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Artículos relacionados en este blog: 

Eduardo Brito. Los cien músicos del siglo

Eduardo Brito. El cantante nacional

Eduardo Brito: La voz perdurable de una corta vida

Críticas de esta obra publicadas por:

María Mercedes

José Rafael Sosa

Carmen Heredia de Guerrero

Beatriz Bienzobas

Alfonso Quiñones

jueves, 27 de agosto de 2026

LA FORTALEZA DE SAN FELIPE

Un edificio colonial en Puerto Plata

Por M. C. † Isabel María Serrano Fuentes (1963-2023) (*)

La Fortaleza, Torreón o Castillo, nombres con que es conocido el monumento, se levanta en la puntilla o punta fortaleza; un pedazo de costa que avanza hacia el mar, con una extensión de 20,000 metros cuadrados.

Fortaleza, Torreón o Castillo de San Felipe, Puerto Plata, República Dominicana 

La arquitectura caribeña, en general, ha tenido dos grandes etapas de desarrollo. La primera coincide con el período colonial y la segunda con el neocolonial. Fue en el primer período cuando, al calor del gran sincretismo cultural acaecido, del desarrollo de las estructuras sociales, de la adaptación de un hombre étnica y culturalmente diferente a un medio también diferente, se forjaron los cimientos de nuestra arquitectura, que nació de la nada y con todo, tal como lo hizo nuestra cultura en general.

Una parte importante de la arquitectura colonial la constituyen, como ya se ha referido, las fortificaciones que en este continente nacieron y crecieron en áreas aledañas a las costas, adecuadas a condiciones climáticas y topográficas similares. La cercanía con el mar proporcionó en general la utilización de la piedra coralina, cuyas texturas y solidez identificaron su origen; la madera y otros materiales secundarios también fueron extraídos de las propias regiones. Los diseños del complejo fueron trazados, en su mayoría, por ingenieros y arquitectos europeos, los cuales imprimieron una expresividad y una homogeneidad especial en el área del Caribe.

Garitas para proteger a los centinelas del fuerte

La particularidad de cada región fue dada por su condicionamiento económico y geográfico, es decir, por su relación con el tráfico marítimo y por las características de las bahías, los ríos, las elevaciones y sinuosidades del terreno, los cuales fueron factores determinantes para desarrollar la estrategia militar de las ciudades conquistadas.

El plan de fortificaciones de La Española, acogido a las normas antes mencionadas, no sólo contempló a la ciudad de Santo Domingo, otras ciudades también se acogieron al plan defensivo; tal es el caso de la silueta severa y rotunda de la Fortaleza de San Felipe, que es tal vez la única nota colonial visible en la apariencia predominantemente victoriana de la arquitectura de Puerto Plata, ciudad ubicada al norte de la República Dominicana.

La Fortaleza, Torreón o Castillo, nombres con que es conocido el monumento, se levanta en la puntilla o punta fortaleza; un pedazo de costa que avanza hacia el mar, con una extensión de 20,000 mts cuadrados, cedió una décima parte de su terreno, o sea, dos mil metros, al recinto de la fortaleza, cuya planta cuadrangular y rectas murallas contrastan con la volumetría curva del torreón principal, de las dos torrecillas y de las garitas agregadas.

Torres o tambores almenados destinados a defender la puerta interior

Tal como corresponde a un edificio de tipo militar, la arquitectura de la Fortaleza de San Felipe es maciza, pesada, casi totalmente desprovista de vanos. Tiene un aspecto medieval y sus murallas reconstruidas se abren sólo en la sencilla puerta que da paso a la Plaza de Armas de forma rectangular.

En los dos ángulos del frente, se yerguen sendas torres o tambores almenados destinados a defender la puerta interior. En los ángulos que miran al mar se han construido dos garitas que se supone que existieron como elemento de control visual para proteger a los centinelas del fuerte.

El foso, hoy seco, con un fondo erizado de rocas coralinas de agudos e irregulares salientes, se cruza por un puente de madera que, en su tiempo, se levantaba con cadenas accionadas desde el techo del torreón central, considerado como el elemento principal del conjunto militar; este torreón posee una planta circular de unos 80 pies de diámetro y su nivel de piso es más bajo que el de la plaza de armas.

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En el exterior de la torre principal hoy leemos en una lápida: “Dio fin a esta fortaleza el capitán Don Pedro Rengifo Alcaide de ella en 1577”. Pero, en realidad, la fabricación de este recinto militar fue oficialmente considerada concluida por el gobernador de Santo Domingo Don Cristóbal de Ovalle, el 25 de Enero de 1585.

Esta fortaleza, como muchas de las realizadas en el Caribe, tiene las características del baluarte, formado por dos caras, dos flancos, y la gola, que es el elemento más importante impuesto por la fortificación; éste permitía mayor radio de acción en los espacios internos y externos y a diversas alturas. Por ejemplo, la invención del baluarte con dobles flancos con orejones exigía un flanco bajo y otro a la altura de la fortaleza y el caballero; era la obra puesta en el propio baluarte a un nivel superior para alcanzar un objetivo en el campo exterior. Además, por la capacidad del baluarte, la artillería pesada podía manipularse y moverse mejor; a través de las caras y flancos se combinaban recíprocamente los tiros directos, flanqueados y cruzados.

Los muros, presentan la característica de levantarse más resistentes con la utilización de grandes macizos de piedra colocados en sillares; el espesor aumenta por la penetración y precisión del tiro del cañón, lo cual conducía a levantar los muros en talud. Por otra parte, se hicieron más bajos para evitar que el enemigo hiciera el blanco.

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Las casamatas utilizadas para el flanqueo bajo se abrieron como casi siempre en los flancos de los baluartes, para defender el foso; al mismo tiempo se colocaron aberturas en los laterales para la expulsión de los gases de los cañones; estas aberturas se conocen como respiraderos.

Para la defensa de mar se repitió el frente defensivo con la cortina y los medios baluartes, y se cerró con la unión de grandes lienzos de murallas que parten de las sinuosidades de una superficie rocosa y escarpada; cada ángulo abierto ofrece mejor disponibilidad para colocar la artillería y permite disparar hacia una diversidad de puntos estratégicos. Podemos afirmar que el Fuerte de San Felipe es uno de los ejemplares más importantes de la arquitectura militar de esta capital de Las Indias Occidentales.

Como hemos visto, la arquitectura caribeña supo adaptarse de una manera no igualada aún a las necesidades de todo tipo del nuevo hombre y del nuevo contexto; así lo atestiguan las construcciones militares, que constituyen un elemento clave del desarrollo arquitectónico de la época colonial y, por ende, del Patrimonio Cultural de cada pueblo de esta región.

Isabel Serrano (1963-2023)

(*) M.C. † Isabel María Serrano Fuentes (1963-2023) egresó de la Facultad de Artes y Letras de la Universidad de Oriente, Cuba como Licenciada en Historia del Arte, graduada con Diploma de Oro. Obtuvo Maestría en Ciencias de la Educación, Universidad de Camagüey, Cuba. Diplomado en Arte Virreinal de la Nueva España, Universidad Anáhuac, Veracruz, México. Diplomado en Estudios Superiores en Ciencias Pedagógicas con Mención en Enseñanza de las Ciencias UNAPEC-Universidad de Camagüey.

Realizó trabajos de Asesoría, Capacitación, Catalogación, Curaduría y Museografía en México (Plan Maestro de la Catedral de Veracruz), Ecuador (Museo Nahim Isaías), República Dominicana (Museo Sacro y Museo del Carnaval, (ciudad de La Vega). Curaduría para exposiciones individuales de artistas contemporáneos.

Es autora de artículos y ensayos publicados en periódicos y revistas especializadas (El Siglo, Diario de Xalapa, Artes en Santo Domingo, Cariforum, Mirada al Arte). Autora de nueve volúmenes de Artes Visuales para la Educación Artística de México, apegados a los planes y programas de la SEP. Impartió cursos de actualización a Maestros de Educación Artística en diferentes Estados de México.  

domingo, 16 de agosto de 2026

MÉXICO: A CIEN AÑOS DE LAS GUERRAS CRISTERAS

La lección histórica continúa vigente: ningún régimen puede gobernar las conciencias.

Por Enrique Krauze

Ejército Unión Popular Cristera. Museo Nacional Cristero. 1928

Hubo un día en que el gobierno quiso acabar con la libertad de creencia e imponer una verdad única. Olvidó que el catolicismo –corazón de la espiritualidad popular en México– arraigó particularmente en el occidente de nuestro país. Cuando el poder pasó del desprecio a la persecución, los campesinos se levantaron en armas. Estalló hace exactamente cien años: la Guerra de los Cristeros.

Tenemos la fortuna de contar con una obra maestra que la recreó con rigor y conmovedora empatía. Me refiero a La Cristiada de Jean Meyer. Sus tres volúmenes (publicados a principios de los años setenta) rescatan los más diversos avatares de la guerra, pero ante todo resaltan la fe del modesto campesino, cuyas hazañas recuerdan aún sus bisnietos.

Los antecedentes son conocidos. La necesaria separación de la Iglesia y el Estado así como la plena libertad de creencia habían sido consagradas en la Constitución liberal de 1857. La virtud de ambos preceptos se convirtió en franca intolerancia con la Constitución de 1917 cuyo objetivo era erradicar la religión. El 3° asentaba: «Ninguna corporación religiosa […] podrá establecer o dirigir escuelas de instrucción primaria…». El 130° negaba toda posible personalidad de las «denominadas Iglesias», impedía a los ministros ejercer el voto y facultaba al Estado a determinar el número de sacerdotes.

Aunque los gobiernos de Carranza y de Obregón no ocultaban sus convicciones jacobinas, se abstuvieron de llevar ambos artículos a sus últimas consecuencias. Todo cambió en el período de Plutarco Elías Calles cuya decisión –manifestada a los obispos– fue irrevocable: «No hay otro camino […] que someterse a […] la ley». El 2 de julio de 1926, el Diario Oficial publicó la llamada «Ley Calles», con las reformas al Código Penal que incluían delitos relativos a la enseñanza confesional y cultos. El artículo 19, el más delicado, obligaba a los sacerdotes a inscribirse para que pudieran ejercer su ministerio.

Enrique Gorostieta (1890-1929)

La respuesta fue inmediata. La Liga Defensora de la Libertad Religiosa –el principal organismo de resistencia civil de los católicos– organizó un eficaz boicot económico. Por su parte, los obispos emitieron una pastoral que anunciaba la suspensión de cultos a partir del momento en que la Ley Calles entrara en vigor. El 31 de julio fue el último día de cultos en todo el país. Los fieles se arremolinaron frente a los templos. Calles declaró que «naturalmente» no pensaba suavizar siquiera las reformas. Ingenuamente, confiaba en que «cada semana sin ejercicios religiosos haría perder a la religión católica 2% de sus fieles».

El 21 de agosto, el presidente sostuvo una entrevista con Leopoldo Ruiz, obispo de Michoacán, y Pascual Díaz, obispo de Tabasco. La actitud de los obispos era conciliadora y hasta cierto punto humilde. Pero Calles fue lacerante y áspero. Su visión del papel del clero en la historia de México era absolutamente negra: «con toda franqueza», creía que el clero mexicano había evidenciado estar siempre del lado del opresor. «No se hagan ilusiones –les dijo–, están perdiendo a los campesinos. Todas las agrupaciones de campesinos de la Revolución han protestado su adhesión a mi gobierno […] y considerado a los sacerdotes como sus enemigos». Y terminó con un reto: «Yo les voy a demostrar que no hay problema […] el único que podrían crear sería lanzarse a la rebelión y en este caso el Gobierno está perfectamente preparado para vencerlos». Al despedirse, los obispos expresaron que no fomentaban ninguna rebelión. Pero la decisión ya no era de ellos.

Calles esperaba suprimir el «fanatismo» del pueblo, pero un amplio sector del pueblo campesino en Michoacán, Jalisco, Guanajuato, Aguascalientes y varias otras zonas se rebeló espontáneamente.

La Guerra de los Cristeros se prolongó por casi tres años. Sin organización central hasta el arribo tardío del general Gorostieta, los cristeros libraron una guerra de guerrillas similar a la zapatista y no menos efectiva. En el momento de los arreglos con Roma en junio de 1929 –en los que intervino el embajador estadounidense Dwight Morrow– había cerca de 50 mil campesinos en armas. Otros 25 mil habían muerto en combate.

Fusilamiento de José Ramón Miguel Agustín Pro Juárez

El saldo final fue atroz. Sangrienta e injusta, aquella guerra no solo costó a México, en total, 70 mil vidas; provocó, además, una severa caída de la producción agrícola (38% entre 1926 y 1930) y la emigración de unas 200 mil personas.

La lección histórica continúa vigente: ningún régimen puede gobernar las conciencias. ~

Publicado en Reforma el 9/VIII/26

Tomado de: Letras Libres

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