Santo
Domingo. 30.11.2025. Teatro Nacional Eduardo Brito. Sala Ravelo. Dos viejos
Pánicos, Virgilio Piñera; Producción General, Dunia De Windt - DW Producciones;
Asistente de Producción y Dirección, Éricka Martínez; Dirección, Raúl Martín;
Orestes Amador, Tabo; Elvira Taveras, Tuta (sic); Escenografía, Fidel López –
Skene; Diseño de Vestuario, Raúl Martín; Luces, Raúl Martín; Arreglos
Musicales, Edel Almeida Mompié; Maquillaje – Peluquería, Warden Brea; Diseño
afiche – Programa de mano, Mayo Oviedo; Fotografías, Mika Pasco.
«Porque te has pasado los años con los brazos en alto frente al cañón de una pistola».
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| @AGS |
Hay obras, como
todas las de Virgilio Piñera, que necesitan una preparación para enfrentarlas y
sacarles el máximo provecho, para poder disfrutarlas en sus más diversas
lecturas. Por eso, hice mis apuntes previos y
pude llegar a la sala dispuesto a llevarme todo cuanto pudiera. Y así me
resultó, llené mis alforjas con lo que en mi opinión son aportes a la obra
original; entre estos, edad y nombre de los personajes, escenografía, tramoya y
música. Por otra parte, lo meramente interpretativo: dirección de actores,
expresión corporal, coreografías, movimiento escénico, voces, dicción y
actuación. Y, como de comentar se trata, así lo haré. El armonioso
conjunto visual y la fuerza de cada uno de los signos que impactan al público
hacen que la puesta en escena nos amarre la soga al cuello. Una sensación que a
lo largo de una hora y tantos minutos se va apretando hasta la catarsis, hasta
sentir que un nudo en la garganta nos provoca la risa y/o el llanto.
La obra, que no es
para nada una comedia -sino un juego escénico desde el absurdo cotidiano-
provocó risas en la mayor parte del público durante un buen trecho. Y es justo
porque el arte, cuando consigue hacerse valer, es polisémico, tiene muchas
capas de lecturas y por supuesto, la más superficial que nos entrega Virgilio
Piñera en Dos viejos pánicos, es el ridículo que hacen dos viejos
peleándose en la escena. Elvira Taveras (Tuta) (sic) y Orestes Amador (Tabo),
no fueron culpables de esas hilaridades, sus señales eran algo más que eso.
No puedo decir que
es una adaptación, y muchísimo menos una versión libre del original, pero sí
una interpretación bien informada de la obra de Piñera. Según lo que recuerdo
haber visto en La Habana y de lo que brota del texto original, la parquedad de
la escena es fundamental en la estética piñeriana; sin embargo, esta puesta en
escena trajo aportes, algo bien difícil de hacer con lo que ya es un clásico
del teatro americano.
La edad y nombre de
los personajes cambia, ellos tienen 60 años en el original, pero lógicamente
hoy en día una persona de esa edad aún no se considera un anciano. En el
original, ella es Tota, pero ese nombre, en el imaginario dominicano tiene
otras connotaciones que perturbarían la idea piñeriana del personaje. La escenografía,
que en el original es minimalista, aquí se convierte en la magnificación de un
signo. El total empapelado de las paredes y el piso con fotos de recortes de
periódicos y revistas, amplifica la acción de Tabo, quien como venganza -por
envidia, miedo y resentimiento-, se ha impuesto la misión de recortar y quemar
las imágenes de niños y jóvenes. La escenografía se convierte en un signo
abrumador de los sentimientos de Tabo, por supuesto que en este caso la
tecnología jugó un papel primordial, porque si en 1968 lo más factible era
colgar algunas «fotos de caras masculinas y femeninas en las paredes», hoy es
viable empapelar toda la escena con fotos de recortes de periódicos y revistas.
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| @AGS |
Según Piñera, la escenografía incluía solo «dos camas de una plaza», las que
fueron sustituidas por dos artefactos idénticos ideados por el director y
construidos por el escenógrafo, unos muebles que adquieren múltiples
significados a través de la obra, formando parte tanto de la escenografía como
de la tramoya: Sarcófago, cama, panteón y tribuna, dos enseres que son movidos
por ambos actores mediante coreografías ágiles y muy bien logradas.
Aquí también me
parece que la tecnología puso su mano, porque para construir un mueble de tales
dimensiones, flexible y resistente, con el peso adecuado para que cada actor lo
pudiera manipular sin grandes esfuerzos, debió existir un material apropiado
que quizás en 1968 no era factible obtener o imaginar.
La música, que
tanto abunda en la escena cubana, Piñera decidió omitirla, no aparece ni
siquiera la palabra en boca de los personajes; sin embargo, al entrar a la sala
nos recibe una selección de grabaciones del dúo Hermanas Martí y de manera
incidental, arreglos de otras obras acompañan algunas escenas.
La dirección de
actores, hasta donde pude comprender, propició que cada actor sacara lo mejor
de sí en cada línea y estuviera para el otro en todo momento, que la expresión
corporal fuera armónica, la de dos ancianos a veces torpes, ni uno más ni otro
menos; la fluida coordinación de las complejas coreografías, sobre todo las que
incluían los dos raros muebles antes mencionados, lo que convierte la
coreografía en todo un movimiento escénico; las muestras de rechazo, pero sobre
todo las de afecto contenido, sugerido y otras veces -como hacia el final de la
obra-, explícitos y entrañables.
Las voces y la
dicción de Elvira (Tuta) y Orestes (Tabo) no dejaron nada que desear, cada
palabra, cada sílaba se pudo escuchar claramente, marcando cada una de ellas,
con sus significados, el sentido preciso del discurso dramático, del desarrollo
de la historia, del espíritu que Piñera plasmó en esos textos. Todo lo cual fue
construyendo el estado más propicio para el momento que, en mi opinión, se da
el do de pecho en la obra, el momento en el que Tabo enfrenta al público con
los brazos en cruz y dice:
Tener que despertar y tener que vivir con este miedo
y tener que jugar para no tenerlo y cuando no entiendes nada de lo que te pasa
y cuando juegas lo mismo tienes miedo y no entiendes nada de lo que pasa y solo
sabes que el miedo está aquí (Se toca la cabeza) o aquí (Se toca el pecho) o
aquí (Se toca el estómago) Y él apretando, apretando y tú crees que lo has
matado por ti, por mí, pero matas nada y piensas que si lograras matarlo sería
una reparación, una reparación que la vida te da, porque te has pasado los años
con las manos en alto frente al cañón de una pistola.
Entonces se vio
sacar los pañuelos y una que otra respiración profunda en el patio de butacas,
había sucedido lo que siempre he sentido como el clímax de la obra, sobre todo
ese remate con la última frase: «porque te has pasado los años con las manos en
alto frente al cañón de una pistola». Este fue el más fuerte apretón de la
soga, el más vívido contacto de la imagen con la imaginación del público.
Orestes Amador consiguió aquí una actuación que le movió el piso a todos los
presentes, ambos artistas habían preparado los espíritus para este momento y
ocurrió la catarsis.
A partir de esta
escena Piñera va cerrando la historia, va desatando los nudos que tejió y
comienza el final, el último tema: La planilla. Y aquí debo repetir lo que ya
escribí en los apuntes, aquí tampoco hay nada metafórico para Virgilio Piñera,
incluso, por esos mismos años, en la novela Las Iniciales de la Tierra, Jesús Díaz, basó su historia en el enfrentamiento del
protagonista con lo que llegó a conocerse en Cuba como el «cuentametuvida», una
planilla en la que los individuos debían escribir todas sus intimidades, a
riesgo de ser estigmatizados, perseguidos y encarcelados por declarar ideas que
pudieran considerarse contrarias a la ideología hegemónica.
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Virgilio Piñera (1912-1979) @Fuente externa |
Seguidamente juegan
a la «transfiguración», justo lo necesario para evadir las consecuencias de
decir la verdad en la «planilla», justo lo imprescindible para sobrevivir un
día más en semejante régimen carcelario. La transfiguración, la mentira o la
doble moral es la solución para poder dormir una noche más, para poder vivir
una noche más.
Para el público que
asistió la tarde del domingo 30 de noviembre a la sala Ravelo a ver la puesta
en escena de Dos viejos pánicos, las metáforas, las imágenes, los
símiles y todos los recursos literarios y dramáticos con los que juega Piñera
en la obra, fueron signos que cada cual significó de acuerdo a su imaginación y
sus realidades; sin embargo, como ya escribí la semana pasada, «cuando se
adelanta hacia el proscenio la prosaica existencia de quien cargaba en su
mochila todos los delitos condenados por la nueva tiranía, la metáfora se
esfuma, se pierde entre el difumino de la poesía, la palabra, y la realidad.
Cuando el absurdo adquiere la categoría de lógico, la metáfora se ensuelve y la
realidad juega a ser metáfora».
Qué bueno que este
excelente equipo decidió abordar con tan buen tino esta obra, una pieza que,
siendo un clásico de las letras hispanoamericanas, aún es poco conocida. Bravo
por hacerlo y hacerlo bien, por contribuir a perpetuar la obra de uno de los más
importantes escritores de este lado del mundo, y ojalá que se repita, que
puedan llevarla por otros países y presentarla en los más importantes
festivales de teatro del mundo. Ojalá se abran nuevos mercados para tan buen
producto. Ojalá.