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| Teatro Coliseo (1776-1792) / Principal (1803-1846) |
«En 1774, la isla de
Cuba contaba con una población de 96,430 habitantes blancos y 75,180 pardos, de
los cuales 44,633 eran esclavos. Ocho años antes, un tal Gelabert había fomentado
un primer cafetal, no lejos de La Habana», así que cuando «un gobernador
ilustrado, Felipe Fondesviela y Ondeano (Marqués de la Torre), invitó a
los principales comerciantes de
la Habana para que aportasen dinero a fin de construir el primer teatro de la
capital», la ciudad había dejado de ser solo un lugar de tránsito, «un mero
descanso de navegantes» y la burguesía criolla se había enriquecido produciendo
azúcar, tabaco, maderas y minerales y «necesitaba diversiones públicas a
ejemplo de la práctica introducida en todas las poblaciones bien arregladas».
Fueron años en los que
Cuba, a consecuencia de la degollina que en nombre de la «libertad» guio
Toussaint L`Ouverture en Haití, emergió como la primera productora de azúcar
del mundo. Los campos de caña y las fábricas haitianas quedaron en la ruina de
por vida, y los hacendados cubanos aprovecharon al máximo los altos precios
que, a consecuencia de esto, llegó a tener el azúcar. Se multiplicó la
producción en Cuba y la riqueza de la burguesía cubana llegó a ser suficiente
como para pagar entretenimientos muy caros.
Así que La Habana
disfrutó de muchas de las diversiones públicas que las poblaciones mejor
arregladas del orbe solían tener. Tuvo su primer teatro desde el 20 de enero de
1776, El Coliseo, que fuera
renombrado Principal en 1792.
Construido al final de la Alameda, llevó a su escenario tal cantidad de obras
que la ciudad se convirtió en una de las «plazas más importantes de la
actividad teatral, rivalizando con México, Lima y Buenos Aires». Cada año se
presentaban allí las obras «del género operático francés y compañías españolas
que hacían el llamado teatro del Siglo de Oro» (Ídem).
El 12 de octubre de 1775
subió al escenario del teatro Coliseo la ópera Dido abandonada,
de Metastasio, «que según la autorizada voz de Jorge Antonio González, es la
primera ópera cantada en Cuba hasta que se pueda demostrar lo contrario», «el
29 de octubre de 1791 se estrenó la zarzuela El alcalde de Mairena, de
don Joseph Fallótico, primera obra de su género representada en Cuba», y el 8
de septiembre de 1807, se estrenó el drama heroico Apolo y América, con
letra de Manuel de Zequeira y Arango, y música de autor desconocido, siendo
esta la «primera ópera compuesta en Cuba hasta que se demuestre lo contrario»
(Lapique 2008, 95).
El
Coliseo tuvo una intensa, pero corta vida, a poco más de una década de su apertura
«estaba en estado ruinoso y hubo que esperar a 1803 a que, una vez reparado,
volviera a abrir con el nombre de El
Principal». En cuanto a ópera se refiere, el Diario de La Habana
anunció los días 30 de diciembre de 1810, 13 de enero de 1811, 30 de noviembre
del mismo año y 25 de diciembre de 1819 la presentación en El Principal, de la ópera en dos actos La Travesura, que
fuera estrenada en los caños del peral de Madrid el año de 1803, según lo dio a
conocer el Diario de Madrid de 30 de enero de 1803.
El 6 de enero, también
del año 1811, se anunció la ópera El Califa de Bagdad, una ópera cómica
en un acto atribuida a María Rosa Gálvez, que se había estrenado en el Teatro
Nacional de la Ópera Cómica de París el 16 de septiembre de 1800.
En el teatro, también,
se iban sintetizando las estéticas y costumbres criollas con las peninsulares,
como se puede deducir del título de algunas de las piezas que se anunciaban;
entre ellas, «la graciosa y siempre aplaudida tonadilla» Los Majos del Rumbo
y el «precioso capricho […] Los cuatro negritos».
A
partir de 1830 aproximadamente comienza una época de gran florecimiento teatral
en La Habana, y muchas de las obras compuestas por entonces se inscriben en la
modalidad de la comedia de costumbres, entre las que encontramos Los portales del
gobierno (1834), de Miguel G. Orihuela (1802-1834), Una volante, de
Juan A. Cobo, o Yo no me caso, de Francisco Gavino. Otras siguen la
línea del sainete, pero esta línea tendrá su mayor desarrollo en las décadas
posteriores. En esta época fue muy importante la rebelión romántica cubana,
donde se ubican los tres mejores autores del período, Milanés, La Avellaneda y
Luaces, que fueron los responsables de elevar la escena por encima de los
sainetes de Covarrubias. En 1838 Jacinto Milanés estrena El conde Alarcos.
Como apunta Magdalena
Pérez Asencio en el párrafo anterior, en época tan temprana como la tercera
década del siglo XIX ya había en Cuba intelectuales de profundos conocimientos
estéticos, capaces de influir con sus obras y sus acciones en el público. Es en
esta década del 1830 al 1840 cuando aparecen, primero en Matanzas y después en
La Habana, las tertulias de Domingo del Monte, que tanto influirían en la vida
cultural cubana y de las cuales nacería en el siglo XX la «Sociedad de
Conferencias que influyó notablemente en la orientación de nuestra cultura»
(Pascual 1964, 59).
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| Domingo del Monte (1804-1853) |

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El Principal, que llegó a compararse «con los mejores teatros europeos, no sobrevivió» a la tormenta que azotó la capital cubana el 10 de octubre de 1846, una de las más terribles que sufriera la ciudad por entonces, y aunque hubo ciertos amagos por reconstruirlo, nunca se llevaron a cabo los proyectos que esporádicamente anunciaba la prensa y nunca más volvió a existir en la Alameda de Paula un teatro de ópera.
Tomado de Historia de la Música Popular Cubana. De las danzas habaneras a la salsa (1829-1975). Disponible en:
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