martes, 19 de mayo de 2026

LA HISTORIA DE CUBA QUE EL CASTRISMO HA QUERIDO SEPULTAR

El 20 de mayo de 1902 nació la República de Cuba

Don Tomás Estrada Palma (1835-1908)

Para quienes se educaron en Cuba antes de 1959 el 20 de mayo marca el nacimiento de la República; sin embargo, para quienes fuimos adoctrinados por la tiranía, se nos repitió una y mil veces que aquella había sido una «seudo república» y una «neocolonia del imperialismo yanqui».

A continuación reproduzco un extenso artículo que se conserva en el repositorio de la OHC Colecciones Digitales en el que se describe detalladamente cómo celebraron los habaneros aquel 20 de mayo de 1902.

Bastarían algunos párrafos de esta detallada crónica para desmontar todo el sistema de propaganda castrista-goebbeliano, es por eso que documentos como este son acallados, disminuidos, sepultados, y contraatacados por una avalancha de falacias verosímiles que pretenden que si una mentira se repite obstinadamente se convierte en verdad.

La crónica respira felicidad, alegría, esperanzas y, sobre todo, respeto por el vencido y agradecimiento por la mano solidaria. Muestra cómo los bravos guerreros que habían cubierto con su sangre los campos de batalla durante más de treinta largos años, festejaban el advenimiento de la República, recibían con honores al presidente electo don Tomás Estrada Palma, y de igual modo despedían al Gobernador Militar norteamericano Leonard Wood y manifestaban sus simpatías al mayor general Máximo Gómez.

El artículo está escrito casi medio siglo después, por lo que el autor es capaz de poner en perspectiva la República y verla con ojos críticos.

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EL 20 DE MAYO DE 1902 EN LA HABANA (*)

Por Jorge Quintana

Los festejos de la proclamación de la República de Cuba, libre y soberana, comenzaron a las doce de la noche del 20 de mayo de 1902. Durante todo el día 19 la población había conmemorado, en silencio, el séptimo aniversario de la muerte de José Martí. Al duelo sucedióle la alegría. Al dar el reloj las doce campanadas un cambio súbito se produjo en toda la población cubana. En la capital las luces se encendieron por todas partes. Las campanas de las iglesias se echaron al vuelo. Las sirenas anunciaron que el día esperado había llegado. Cohetes y voladores atronaron el espacio. Los ¡Vivas! a Cuba Libre salían de las gargantas emocionadas, que así daban rienda suelta a un grito que por muchos años— casi un siglo— había sido delito que se pagaba con la vida. La Habana vivía, desde días antes, la crisis de una superpoblación transitoria. De todas partes de la Isla habían acudido cubanos que no deseaban perder un sólo detalle de aquel instante histórico en que la bandera de la estrella solitaria, "gallarda, hermosa, triunfal'', ascendiese por el mástil del castillo del Morro o en el del Palacio de los antiguos Capitanes Generales.

La bandera cubana ondea en el Castillo del Morro

Las primeras horas de la madrugada fueron de gran alborozo. Los habaneros habíanse olvidado del suceso policíaco que más conmovía a toda la isla: el secuestro, en Cienfuegos, del niño Francisco Pérez, hijo de un rico vecino de aquella ciudad. Grupos de cubanas recorrían las calles cantando los versos inmortales de Perucho Figueredo, hecho himno de la patria. Ante el Palacio, donde residía el Gobernador Militar norteamericano, muchedumbres de cubanos ebrios de alegría y patriotismo, se congregaban para vitorearle. Queríase que la despedida fuese cariñosa. Y así, mientras una manifestación bajaba otras ascendían hasta las residencias del mayor general Máximo Gómez o la del presidente electo de la República, don Tomás Estrada Palma, con la sincera aspiración de evidenciarles toda la simpatía de un pueblo que contaba los segundos que le faltaban para el instante en que la nación cubana se incorporaría al grupo de pueblos libres del mundo.

A las cinco y media de la mañana aparecieron las dianas mambisas. El eco de la corneta evocaba los tiempos de la ruda lucha en los campos. Hasta la casa donde vivía el general Máximo Gómez llegaron, con las alegres notas de la diana, una comisión de jefes y oficiales del Ejército Libertador, que había servido a sus órdenes, presidida por el general Bernabé Boza, antiguo jefe de la escolta y Estado Mayor del General en Jefe. En prueba de estimación le entregaron una medalla de oro de 18 kilates. (Esta medalla apareció después en una casa de empeño de esta capital. Adquirida por el coleccionista Federico B. Maciá pasó al Archivo Nacional, cuando esta institución adquirió su preciosa colección, donde hoy se encuentra).

Las calles tenían una fisonomía original. Todo el artificio de la pirotecnia oriental estaba presente. Aquella noche nadie cerró su casa. En todos los rostros advertíase la euforia del fin de una larga espera. Sobre el edificio del "Diario de la Marina" estaba izada, desde el amanecer, la bandera de la estrella solitaria.

El sol fue elevándose en la comba celeste, más azul y diáfana aquel día singular. La mañana fue avanzando, mientras las calles del centro de la ciudad se congestionaban de espectadores que sólo ansiaban una cosa: que el instante glorioso llegase al fin.

Una Comisión del Centro de Veteranos visitó en hora temprana al general Leonardo Wood. Iban a hacerle entrega de un lujoso machete colocado en magnífico estuche hecho con las mejores maderas del país. También esa misma mañana la fábrica de tabacos "Romeo y Julieta", hizo entrega al Gobernador Militar de mil estuches de tabaco con el ruego de que los repartiera entre los jefes y oficiales de su Estado Mayor y del Ejército de los Estados Unidos que ese día comenzarían a abandonar la Isla.

En el Parque Central, en el pedestal donde en la época colonial se había levantado la estatua de Isabel II, la "de los tristes destinos", se instaló una estatua de aluminio que representaba a la Libertad. En ese mismo sitio, pocos años después, se colocó la estatua de José Martí que aún hoy conocemos.

Los periódicos publicaban esa mañana la carta del republicano español Antonio Hevia Contreras protestando de que el Consulado de España invitase, en esa ocasión, a los españoles, a concurrir a esas oficinas a rendir homenaje al rey Alfonso XIII, que días antes había ascendido al trono. Concluía su interesante misiva al republicano Hevia afirmando que a donde concurrirían los republicanos españoles ese 20 de mayo era "como ciudadanos libres, a compartir con nuestros hermanos los cubanos nativos, a festejar el día y gozar como éstos, de las alegrías que nos brinda nuestra patria Cuba con el advenimiento de la República

La Ceremonia

Leonard Wood (1860-1927)

Por entre vítores y aplausos cerrados fueron avanzando cinco compañías del Séptimo Regimiento de Caballería de los Estados Unidos, que habían sido encargadas de rendir los honores de ordenanza a la nueva República. Y también, por entre vítores y aplausos cerrados, desfilo detrás la tropa cubana Eran tres compañías de artillería, mandadas cada una por los capitanes Pujol, Varona y Martín Poey, colocadas todas bajo el mando supremo del capitán José Martí y Zayas Bazán.

El general Wood se despidió de su familia, la que después de una intensa vida en los últimos meses, se tomaba unas vacaciones embarcándose en el "Alfonso XII" para España. Entre diez y once de la mañana, las fuerzas militares de los Estados Unidos y Cuba llegaron a la Plaza de Armas. Los norteamericanos se situaron frente a la entrada principal. Los cubanos por un costado del edificio, frente a la entrada del Ayuntamiento, que daba a la calle de Obispo, hoy Pi y Margall.

En la puerta del Palacio, los tenientes Carpenter y Hanna, ayudantes del general Wodd, de rigurosa gala recibían a los invitados. En muchos de los pechos de oficiales y soldados de los Estados Unidos veíase la Cruz de Santiago de Cuba. Eran veteranos de la campaña que culminó con la capitulación de la capital de la provincia de Oriente. Los civiles vestían la clásica levita negra El Cuerpo Consular fue llegando con sus uniformes galoneados de oro. Los marinos lucían sus atractivos uniformes. Con el cónsul de Italia llegó el comandante del crucero "Calabria", que el Rey de Italia había enviado a La Habana como homenaje a la República Cubana. Inglaterra envió otro crucero, el "M. S. Psyche". Los Estados Unidos enviaron a un navío glorioso, el "Brooklyn", que había servido c o m o buque insignia al almirante Sampson en la batalla naval de Santiago de Cuba. Fueron los tres únicos países que se hicieron representar en esa forma. México, la única República de la América Latina que había anunciado el envío de un navío de guerra, se excusó a última hora. El "Zaragoza", que era la nave elegida por los mexicanos sufrió averías que le impidieron zarpar a tiempo.

Los veteranos fueron llegando. Presidíalos el mayor general Máximo Gómez. Eran los generales José María Rodríguez, José Miguel Gómez, Alejandro Rodríguez, Carlos García Vélez y Demetrio Castillo Duany. Al frente del Ayuntamiento llegó una comisión de concejales presidida por Juan Ramón O'Farrill. El Consejo Provincial estaba representado por los consejeros provinciales señores Ayala, Valdés Infante y Sánchez Osorio. Los bomberos enviaron una comisión presidida por su jefe, el coronel Méndez. El Rector doctor Leopoldo Berriel representaba a la Universidad de La Habana. El señor Sebastián Gelabert, a la Sociedad Económica de Amigos del País. El señor Melero, a la Escuela de Pintura. Los estudiantes de la Facultad de Derecho se hicieron representar por el joven Miguel Ángel Campa, actual Ministro de Estado. La prensa cubana también estaba presente. Rafael Bárzaga, Guillermo V. Pórtela, Víctor Muñoz y Enrique H. Moreno eran los soldados de la noticia que reportearían el acontecimiento. De todos ellos el único que vive es Moreno, quien preside, con singular acierto y escrupulosidad, la Caja del Retiro de los Periodistas, después de haber presidido la Asociación de Repórters de La Habana y ser, en el presente el Socio Número 1.

Máximo Gómez (1836-1905)

La prensa española estaba representada por el periodista Juan Dardet. Y como repórter gráfico los españoles enviaron a Rafael B. Santa Coloma, que después se quedó entre nosotros, logrando destacarse por su trabajo y su espíritu de compañerismo.

El gobernador Wood y sus ayudantes se multiplicaban atendiendo a los que iban llegando. El senador William J. Bryan, que tanto se había destacado en la defensa de la causa cubana, fue presentado al arzobispo Barnada. El propio gobernador Wood hizo la presentación. Muy pronto en los salones y pasillos no se podía dar un paso. Los senadores y representantes fueron llegando lentamente. Al frente del Congreso figuraba el vicepresidente de la República, doctor Estévez Romero.

A las once y treinta y cinco minutos de la mañana llegó don Tomás Estrada Palma a la puerta del Palacio. Le acompañaban los miembros del Gabinete designados desde el día 16 y que prestarían juramento después que él. El general Wood, avisado por su ayudante, el teniente Carpenter, se adelantó a recibirle en la misma escalera. Después de los saludos le acompañó hasta los pasillos inmediatos al Salón del Trono. En el asta mayor del edificio se encontraba izada la bandera de las barras y las estrellas. A las once y cuarenta y cinco minutos los sargentos, J. J. Kelly y F. Vandrake, del Séptimo Regimiento de Caballería, se colocaron debajo, rindiéndole la última guardia de honor.

Cuando faltaban cinco minutos para los doce del día el general Wood avanzó hacia la puerta izquierda, seguido de su Estado Mayor, penetrando en el antiguo Salón del Trono. En ese mismo instante, por la puerta opuesta, hacía su entrada al mismo salón, el Presidente electo de la República de Cuba. Entre el Gobernador y el Presidente se colocó el mayor general Máximo Gómez, general en jefe del Ejército Libertador. Apenas si el reloj comenzó a tocar las primeras campanadas, que señalaban la llegada de la hora fijada para el acto de la trasmisión de poderes, el general Wood comenzó a leer el documento firmado por el Presidente de la República de los Estados Unidos, en el que se le ordenaba hacer entrega del gobierno de la Isla de Cuba, al Presidente electo de la República de Cuba. Como buen militar, el general Wood fue parco y escueto. No agregó ni una sola palabra al documento que acababa de leer. Don Tomás Estrada Palma escuchó con atención las frases del texto del documento. Después contestó a nombre de la República.

La bandera en Palacio

La bandera cubana ondea sobre el Palacio de los Capitanes Generales

En tanto esa ceremonia se verificaba en el Salón del Trono, los cañones de la vetusta fortaleza de La Cabaña comenzaron a disparar las salvas de saludo. El primer disparo lo efectuó un cañón llamado "Carlos IV", construido en Toledo el 16 de mayo de 1875. En la azotea del Palacio de los Capitanes Generales, • ahora Palacio Presidencial, el teniente McCoy aguardaba, al pie del asta, la orden para arriar su bandera. A las doce y diez minutos el general Wood le ordenó:

—En nombre de los Estados Unidos de América izad la bandera de la República de Cuba.

Las tropas, formadas en atención, presentaron sus armas. Las bandas de música comenzaron a tocar "The Star Sprangled Banner". Un minuto y siete segundos demoraron los sargentos en arriar la bandera. Después las bandas comenzaron a tocar el Himno Nacional de Cuba y por el asta libre comenzó a ascender la bandera de una nación libre. A las doce y catorce minutos ya estaba izada. Quince minutos más tarde volvió a arriarse aquella bandera que era histórica, pues era la misma que se había izado en el edificio donde se inauguró la Convención Constituyente de 1901, en Palacio, cuando se abrieron las sesiones del Congreso de la República y en el Morro de La Habana, el día que llegó a la capital de la República el barco que conducía al presidente electo, don Tomás Estrada Palma, y había el propósito de obsequiarla, como un trofeo, al general Leonardo Wood. Desde luego, que no fue ese solo el único trofeo que el militar estadounidense se llevara, como un recuerdo de su mando en Cuba. Además del machete que le regalaron los veteranos de la Guerra de Independencia, se le obsequió también con la bandera que estaba izada en la popa del "Maine", el día de su hundimiento.

USS Maine, La Habana 1898

En el Morro

En la fortaleza del Morro la ceremonia fue mucho más emocionante. Desde temprana hora comenzaron a llegar los invitados. En sus alrededores situáronse todos los espectadores que pudieron llegar. En el canal, en la bahía, mar afuera había plétora de embarcaciones atestadas de gente. A lo largo del Malecón, a la sazón recién construido una multitud inmensa aguardaba impaciente. Al pie del asta del Morro, el teniente Edward A. Stuart, con unos gemelos, miraba hacia el Palacio del Gobierno. Tan pronto vio descender la enseña de su patria en aquel edificio, contó los cuarenta y cinco cañonazos de la salva y dio órdenes para que se arriara la bandera que estaba izada. Eran las doce y diez minutos cuando se escuchó su orden. Los veteranos que se hallaban congregados en la base del asta se precipitaron a su encuentro para no dejarla tocar tierra. Comenzóse después a izar, tirada la cuerda por manos de veteranos de la Guerra de Independencia, presididos por el general Emilio Núñez, la bandera de la patria redimida. Un griterío ensordecedor la fue saludando mientras ascendía desplegada al viento del mar. La emoción llegó a su colmo. Hubo quienes se arrojaron al agua. Hubo quienes lanzaron los sombreros, las prendas de vestir, los zapatos. En todos los ojos había lágrimas de alegría. En todos los rostros había emoción cubana.

Inmediatamente, una guardia militar cubana, al mando del sargento interino de artillería Mario Roldán, se hizo cargo de la fortaleza.

En la Cabaña

La ceremonia en La Cabaña no dejó de tener lucimiento. En sus fosos la sangre cubana había corrido a raudales. En sus galeras el cubano había sufrido injustas y prolongadas prisiones. Si alguna fortaleza cubana representaba al despotismo español, en la misma medida que la Bastilla representaba al despotismo de los Capeto, era la Cabaña. Y, desgraciadamente, en la República ha seguido representándolo. Cuando un gobierno tiránico ha pretendido implantar el terror, sus galeras han vuelto a llenarse de presos y en sus mazmorras se ha continuado asesinando impunemente a los amantes de la libertad y de la democracia. Tal vez el mejor homenaje que podría rendírsele a la República, en este año del Cincuentenario, fuese el de demoler esa vieja fortaleza de La Cabaña, liquidándose así un viejo fantasma de negras amenazas.

Tan pronto el capitán Brown, del ejército norteamericano, vio arriar la bandera de su patria del edificio del antiguo Palacio de los Capitanes Generales y en el Morro, dispuso que en aquella fortaleza también se arriase. El teniente de artillería cubana, Manuel Portuondo, joven veterano de la Guerra de Independencia, asumió el mando como comandante de la fortaleza, izando la bandera cubana. Este mismo oficial pocos años después, ya capitán, pereció en una reyerta vulgar entre artilleros y policías, en una de las calles de La Habana Vieja.

En la bahía

El espectáculo en la bahía no pudo ser más emocionante. A las doce del día todos los barcos, completamente empavesados, izaron en el tope de su mástil mayor, la bandera cubana, mientras saludaban el advenimiento de la nueva República con sus sirenas tocadas hasta quedarse exhaustas. El “Brooklyn” inició las salvas, secundándole el “Calabria” y el “M. S. Psyche”.

En la Cortina de Valdés el público invadió una amplia gradería levantada por el concesionario senador José Antonio Frías, que iniciaba así una serie de actividades que le producirían pingües ganancias.

En el Castillo de la Fuerza

Castillo de la Real Fuerza

En el Castillo de la Fuerza, una de las más Viejas fortalezas de La Habana, se hallaba instalado, a la sazón, el Archivo Nacional. A la hora señalada de las doce del día todo el personal del Archivo presente, presididos por su director, el doctor Vidal Morales, se reunió para proceder a la ceremonia de izar la bandera cubana en aquel edificio. El insigne historiador llamó entonces al joven empleado del Archivo señor Joaquín Llaverías y le pidió que izase la bandera, porque a su juicio, ninguno de los presentes tenía más derecho ni más méritos, ya que era el único miembro del Ejército Libertador que trabajaba allí.

Y el entonces joven capitán Llaverías izó, con sus manos, la enseña nacional en la vieja fortaleza española, que desde aquel instante, pasaba a ser propiedad del Estado cubano.

En la Universidad de La Habana

En la antigua Loma de la Pirotecnia, donde se había instalado la casi bicentenaria Universidad de La Habana los estudiantes estaban reunidos a las doce del día, para la ceremonia de izar la bandera. La máxima autoridad del Claustro lo era el antiguo político autonomista licenciado Pablo Gómez de la Maza, que desempeñaba la Secretaría General.

A la hora señalada, profesores y estudiantes, procedieron a izar la bandera, saludándola con vivas y aplausos.

Inmediatamente el licenciado Gómez de la Maza, todo formulismo, procedió a levantar acta del suceso, suscribiéndola, por los estudiantes, los entonces alumnos universitarios José Manuel Cortina, Manuel Carnesoltas, Carlos Miguel de Céspedes, Juan Lanza, Gonzalo Pérez Abreu, Joaquín Rodríguez Lanza, Luis de Soto. Esteban Mulkay, Antonio Mesa Valdés y Germán Wolter del Rio.

El Primer barco que salió

A las doce y quince minutos cruzó por delante del Morro el barco norteamericano "Olivette". Con su bandera cubana en el palo mayor, resultó ser el primer barco que abandonaba el puerto habanero después del cambio de bandera y de soberanía.

Al cruzar con su bandera norteamericana de la popa saludó a la enseña cubana izada en el 'Morro.

Poco después entraba un costero inglés. Fue el primer barco que tomó puerto bajo la soberanía cubana.

El General Wood se embarca

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Cuarenta minutos habían pasado después de la ceremonia de la entrega del gobierno en el Palacio Presidencial, cuando el general Leonardo Wood, acompañado por el presidente Estrada Palma y los miembros del Gabinete y del Congreso, atravesaban la puerta del Palacio que daba a la Plaza de Armas, dirigiéndose al muelle de Caballería. Delante marchaban, montados a caballos, abriéndole paso, el capitán Tavel y el teniente Félix Pereira, de la Policía cubana.

El pueblo, apostado a lo largo del recorrido lo aplaudía delirantemente. El general Wood, con gesto reposado saludaba, mientras avanzaba con actitud marcial hacia el muelle.

El último apretón de manos ese día -y el último que se darían en la vida— se lo dieron el general Wood y el presidente Estrada Palma en el Muelle de Caballería. El presidente retornó inmediatamente a Palacio para atender múltiples obligaciones de su cargo. Pero muchas personas tomaron botes para acompañar hasta la misma escala del "Brooklyn" al ya ex gobernador norteamericano de Cuba. A las doce y cincuenta minutos el general Wood ascendía por la escala del "Brooklyn", mientras los cañones del barco le saludaban.

La ciudad

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Toda la ciudad estaba embanderada. Banderas de Cuba, Estados Unidos, las naciones latinoamericanas y España estaban izadas en las astas o colgadas de los balcones. Era una nota de color y alegría.

Los arcos triunfales constituyeron otra nota singular. Jamás la ciudad levantó tantos. Ni después se ha conmemorado una efeméride con tanta profusión de arcos. Algunos, como el que el Partido Republicano comenzó a levantar a la entrada del Paseo del Prado o el que el Partido Nacional inició frente a la Plaza de Monserrate, quedaron sin terminarse. La perfumería "La Constancia" levantó uno, frente a sus oficinas, en estilo árabe, todo de hierro, adornado con las enseñas nacionales de las Repúblicas americanas. En Empedrado, frente al Parque de San Juan de Dios, la compañía de seguros "El Iris", levantó uno que mereció elogios. En Aguiar, entre Empedrado y Tejadillo, el Consejo Escolar y los maestros de La Habana, construyeron uno de doble estrella, todo iluminado. En la estación del Carmelo, en el Vedado, se levantó un arco iluminado. A la entrada de la Catedral de La Habana, se alzó un triple arco. En el del centro se leía: "A la proclamación de la República. El Clero Catedral". En el de la derecha, en latín, se escribió: "Donde existe el espíritu de Dios, allí existe la libertad". En el de la izquierda, las humanísimas y tiernas palabras del "Gloria a Dios en las alturas y Paz en la tierra a los hombres de buena voluntad".

Los bomberos de La Habana levantaron, frente a la Estación Central, en la esquina de Prado y San José, un arco triunfal. La empresa y los empleados de los Ferrocarriles Unidos lo levantaron en Dragones, frente a la Estación de Villanueva.

En los barrios hubo competencia por arreglar sus arcos lo mejor posible. La prensa se hizo eco del levantado en Reina y Escobar, en la Plaza del Cristo, en la calle Suarez, en Someruelos y Corrales, en Monte y Antón Recio, y en Gloria y Vives. Otras calles, especialmente las comerciales, hicieron alarde de sus cortinas y banderolas. Así las de Muralla, que remataban en un arco en Puerta de Tierra, frente a la Plazoleta de las- Ursulinas; Obispo, que también levantó otro arco en la Plazoleta de Monserrate, al costado de la estatua de Albear; O'Reilly, San Rafael, Galiano, la Calzada de Monte, etc. Al alcalde de La Habana don Carlos de la Torre, la prensa de aquellos días le censuraba la pobreza de las colgaduras que había adquirido para el edificio de los antiguos Capitanes Generales, las cuales, a las pocas horas de haberse colgado ya se habían desteñido. "¿Es que el Ayuntamiento más rico de América, preguntaba el periódico "El Mundo", no ha podido adquirir cortinajes decorosos para la consagración de la República?".

La Plaza del Vapor mereció nota singular con las informaciones de esos días por su espléndida iluminación. El Convento de las Ursulinas colgó en su azotea, cubriendo todo el frente del edificio, una monumental bandera cubana, mereciendo algunas censuras el hecho de que en el centro de la estrella solitaria las monjas hubiesen bordado el Corazón de Jesús.

En Figuras esquina a Manrique se ofreció una nota típica. Los vecinos levantaron un bohío cubano.

El Círculo Nacional tuvo mayores pretensiones. No levantó arco alguno, sino que seleccionó la esquina de Carlos III e Infanta para edificar, con carácter permanente, un arco triunfal que fuese una reproducción del Arco de la Estrella, de París. El 21, con asistencia de las autoridades, se colocaba la primera piedra, pero el proyecto no pasó de ahí.

La Manzana de Gómez, que no era, desde luego, el edificio que es hoy, se engalanó profusamente con bombillos eléctricos y banderas nacionales. La Tesorería de la República cubrió su fachada principal con numerosas luces eléctricas de colores. Y los hoteles Telégrafos e Inglaterra, el edificio donde estaban instaladas las oficinas del Círculo Nacional, los altos del Delmónico y la cubanísima sociedad El Pilar, hicieron alarde de iluminación y engalanamiento.

A las tres de la tarde, los supervivientes del 27 de noviembre de 1871, presididos por el doctor Fermín Valdés Domínguez y el catedrático doctor Domingo Fernández Cubas, concurrieron junto a los lienzos de pared donde se habían situado los ocho estudiantes fusilados en esa ocasión, colocando coronas de laurel y palma. La ceremonia fue sencilla. No hubo discursos y, en realidad, fue el único acto de ese día en que se evocó a los mártires de la patria.

La salida del general Wood

A las tres y quince minutos de la tarde, las tropas norteamericanas de ocupación comenzáronse a embarcar en el "Morro Castle". Un viejo cubano que había perdido a sus tres hijos en la guerra, al verlos desfilar rumbo al puerto, exclamó ahíto de emoción:

-¡Ya puedo morir tranquilo!-

A su paso, los hombres aplaudían; las mujeres arrojaban flores. Pocas veces una fuerza de ocupación, al retirarse, se llevaba consigo la simpatía popular en forma tan unánime.

A las tres y treinta minutos, el "Brooklyn", llevando a bordo al general Leonardo Wood, enfilaba el canal buscando la salida del puerto. Una verdadera flotilla de barcos, remolcadores y botes y lanchas de todas clases le seguía despidiendo al Gobernador norteamericano. En el puente de mando del acorazado estadounidense el general Wood, con la gorra en la mano, saludaba a los que tanta devoción le manifestaban y con tanto entusiasmo lo despedían.

A las tres y cuarenta minutos abandonaba el puerto el "Alfonso XII", rumbo a España. Al cruzar junto al castillo del Morro llevaba en su palo mayor la bandera cubana y con la bandera española que llevaba en la popa, hizo los saludos reglamentarios. Era el primer barco español que le rendía ese homenaje a la enseña patria.

La sesión del Senado.

Luis Estévez Romero (1849-1909)

El Senado celebró una sesión, a las cuatro de la tarde. Era la primera reunión de ese cuerpo colegislador después de establecida la República.

Presidió el vicepresidente de la República, doctor Luis Estévez Romero. Apenas si se había abierto la sesión se suscitó un debate entre los' senadores doctor Alfredo Zayas y el señor Manuel Sanguily. El primero sostenía que a la luz de una interpretación del texto constitucional, la Alta Cámara no podía celebrar sesión si la de Representantes no se reunía al mismo tiempo. Sanguily opuso sólidos argumentos y la sesión continuó liquidándose así el debate. Se procedió entonces al sorteo de los senadores que deberían desempeñar el período de cuatro años. Resultaron así electos para el período corto Ricardo Dolz y Antonio González Beltrán, por Pinar del Río; Carlos Párraga y Nicasio Estrada Mora, por La Habana; Luis Fortún y Domingo Méndez Capote, por Matanzas; José Antonio Frías y José de Jesús Monteagudo, por Santa Clara; Manuel R. Silva y Augusto Betancourt, por Camagüey y Antonio Bravo Correoso y José Fernández Rondán, por Oriente.

No concluyó la sesión sin que don Manuel Sanguily, con aquel su espíritu crítico, le endilgara la primera censura al Presidente Estrada Palma. A juicio de Sanguily los Secretarios de Despacho no debieron haber jurado, en la forma que lo habían hecho esa mañana, en presencia del Presidente de la República. Le salió esta vez al paso Ricardo Dolz, quien alegó que las fórmulas del juramento de los Secretarios de Despacho se ajustaban a lo escrito en decretos del Gobernador Militar, publicados previamente en la Gaceta Oficial. Y la sesión se liquidó sin mayores consecuencias.

Te Deum en la Catedral

A la misma hora - las cuatro de la tarde— en que el Senado iniciaba su sesión, el presidente Estrada Palma llegaba a la Catedral de La Habana para asistir al Te Deum anunciado en acción de gracias a Dios para celebrar la inauguración de la República, y la toma de posesión de su primer Presidente.

En la puerta de la iglesia esperaron al Presidente de la República, el Arzobispo, quien procedió a rociarlo con agua bendita. Después bajo palio conducido por seis sacerdotes, avanzaron la máxima autoridad civil de la República y el jefe de la iglesia católica por el centro del templo, hasta el Presbiterio, sentándose don Tomás Estrada Palma en el trono que se le tenía dispuesto, mientras se cantaba una antífona. A continuación el Arzobispo inició una serie de invocaciones, a las que respondía un coro. Finalmente se rezó una oración, a cuya conclusión el Arzobispo fue a colocarse en el trono episcopal, entonando solemne Te Deum.

Terminada la ceremonia el Presidente Estrada Palma rogó al Arzobispo que al retirarse no lo hiciesen bajo palio, a lo que accedió el prelado. Así concluyó aquel acto en que la iglesia católica de Cuba evidenciaba su acatamiento a la República, y borraba su antigua adhesión al régimen colonial que España había mantenido en la isla, contra la voluntad de los cubanos.

Un bautizo

Los periódicos de aquellos días recogen la nota simpática del señor Enrique Leal, que aguardó a que la fecha del 20 de mayo de 1902 llegara para bautizar a su pequeña hija Lilia Ester Avelina en la iglesia del Pilar, sacando una fotografía del acto -una novedad en aquellos tiempos— para enviarla como recuerdo al Presidente de la República.

Catedral de La Habana, por Leopoldo Méndez

Bailes

Por la noche la alegría se mantuvo en todos los ámbitos de la ciudad. La cubanísima sociedad "La Divina Caridad" abrió sus salones y el Centro Gallego de La Habana hizo otro tanto. En el baile de los gallegos amenizó el acto la orquesta de Felipe Valdés. El Presidente Estrada Palma, que salió a recorrer la ciudad acompañado del doctor Gonzalo de Quesada, de los secretarios de despacho Manuel Luciano Díaz y Emilio Terry y de su ayudante de campo el oficial Leandro de la Torriente, después de visitar la españolísima calle de la Muralla, pasaron a hacer una visita al Centro Gallego. En la puerta lo recibió el Presidente de la institución licenciado Secundino Baños. Lo orquesta toco el Himno Nacional. Estrada Palma y sus acompañantes pasaron al salón donde se brindó con champagne por la prosperidad de la República, pronunciando sendos discursos Gonzalo de Quesada, el licenciado Baños y, finalmente el presidente Estrada Palma. Mientras se llevaban a cabo estos agasajos, la orquesta tocó un zapateo cubano y después una muñeira gallega.

A lo largo del Paseo del Prado, por lo que es hoy el frente del Capitolio

Nacional, se instaló una feria popular.

Los Teatros

Teatro Albisu (1870-1918)

El "Albizu, que parece haber sido el único que celebró función ese día, llevó a escena, en la matinée "La Boda" y "El Pobre Diablo" y por la noche, en la primera tanda, "El Juicio Oral", en la segunda "Doloretes" y en tercera "Al Agua Patos".

El "director del teatro "Tacón", señor Ramón Gutiérrez hizo publicar en este día del 20 de mayo de 1902 una nota en los periódicos, anunciando que a partir de esa fecha, aquel coliseo cambiaba su nombre por el de teatro "Nacional".

Incidentes

No faltaron los integristas intransigentes que trataron de acentuar la nota discordante. Frente al Palacio Presidencial, en los instantes mismos en que tomaba posesión don Tomás Estrada Palma se presentó un español en aire de reto. En la solapa del saco, insolentemente, ostentaba un retrato del odiado Valeriano Weyler. El teniente Félix Pereira, Veterano de nuestra guerra de Independencia y a la sazón joven oficial policíaco, le obligó a retirarse de aquel lugar, evitando así una alteración del orden.

Frente al Frontón del Jai-Alai también surgió un incidente, cuando la empresa se negó a izar la bandera cubana en el lugar de honor, prefiriendo la bandera de la monarquía española.

El periódico "El Mundo" denunciaba en sus páginas a un español llamado Gabino Galbán, encargado de la casa de Empedrado y Aguacate, por haber prohibido a los vecinos de la misma colocar banderas cubanas, en sus balcones.

Una bomba en el Parque Central

A las diez y media de la noche una bomba cargada de municiones y metralla hizo explosión en el Parque Central hiriendo a once personas, en su mayoría jovencitos y niños. Los heridos fueron: Pablo Hernández, Bernardo Rodríguez, Manuel Marrero, Antonio Peril, Rogelio Pórtela, Francisco Estévez, L. Manuel Dueñas, Gregorio Tolón, Eugenio Ibarra, Ramón Vidal y Eladio Martínez. A la policía declararon los heridos y numerosos testigos que el artefacto había sido arrojado desde la azotea del "Cosmopolita", pero las investigaciones no lograron descubrir al autor de este salvaje atentado terrorista, el primero que se llevara a cabo después de establecida la República.

Lesionados

Imposible que festejos tan magníficos se llevaran a cabo sin su consiguiente

saldo de heridos. La policía reportó que Virginia Garrido Araujo, de Lealtad 17 fue alcanzada por una bala perdida en una mano y que Benjamín Jiménez González, Raimundo Soto González, Juan Rabelo, Miguel A. Valdés Navarrete, Manuel López Gutiérrez y Pio Taboada sufrieron lesiones al explotarle en las manos cohetes o pequeñas bombas que creían apagadas.

El vigilante Maximiliano Raventós tuvo la desgracia ese día de caer debajo de las ruedas de un tranvía que le cercenó varios dedos de los pies, teniendo que ser recluido en el Hospital Mercedes.

José Pago Álvarez se cayó de un laurel del Parque Central donde se había subido para presenciar los festejos. Manuel Daple fue reportado por la policía por haber sufrido lesiones al caer al pavimento en la vía pública.

También la policía del puerto reportó que en la bahía y debido a un fuerte brisote, había zozobrado, en horas de la tarde, el balandro "Amalia", sin tenerse que lamentar desgracias personales.

El primer Homicidio

A las dos y treinta de la tarde, en la escalinata de la Capitanía del Puerto, el joven de 19 años Carlos Diego Baños asestó dos puñaladas en el pecho a un desconocido con quien reñía. La policía y el público allí presente lo detuvieron. La prensa no ofrece más detalles, sino que el agredido llegó cadáver al centro de socorros a donde fuera conducido. Fue este el primer homicidio realizado en La Habana ese día, después de establecida la República.

Otras fechorías menores, como robos, aprovechando el entusiasmo popular, etc. fueron incluidos entre los incidentes policíacos del día.

El primer Veterano Asesinado

No fue precisamente el 20 de mayo de 1902, sino al día siguiente, osease el 21, cuando un veterano de la Guerra de Independencia pereció asesinado, siendo el primer miembro del Ejército Libertador que desaparecía trágicamente en la capital de la República, después de su establecimiento definitivo.

La víctima fue el joven Leopoldo Collazo Hernández quien en la fecha de su muerte tenía 20 años, lo que revela que tenía catorce años, cuando el 6 de julio de 1896 se incorporó a las fuerzas de su primo Aurelio Collazo, jefe del Regimiento "Calixto García" que tan brillantes campañas llevara a cabo en el Sur de la Provincia de La Habana.

Al concluirse la guerra Leopoldo Collazo ingresó en el cuerpo de Guardias Urbanos. Estaba de servicio en el Vivac de La Habana la noche del 21 de mayo, cuando acertó a pasar por el Mercado del Polvorín, en el instante mismo en que se producía un violento incidente en uno de los bailes que allí se celebraban esa noche, como parte de los festejos conmemorativos de la instauración de la República, que dicho sea de paso, no quedaron reducidos exclusivamente a los actos del día 20. Dada su condición de autoridad Collazo intervino tratando de restablecer el orden. Para ello tuvo que hacer uso del machete que portaba. Uno de los contendientes llamado Ramón Valdés (a) Manda Manda se retiró del lugar, escondiéndose en actitud vigilante del paso del guardia Collazo. Cuando éste, ya restablecido el orden, se retiraba, el hampón Manda Manda lo atacó por la espalda con una navaja degollándolo. Collazo murió casi instantáneamente. Su agresor fue detenido pocos días después por miembros de la Policía Secreta que tomaron a su cargo las investigaciones.

Tales fueron los hechos que ocurrieron y el aspecto que tuvo la capital de la República aquel histórico 20 de mayo de 1902.

(*) Tomado de OHC Colecciones Digitales. Aparecido en La Voz del Veterano el 30 de mayo de 1953

lunes, 18 de mayo de 2026

NO ES MALA EJECUCIÓN, ES SU ESENCIA (*)

Por Dagoberto Valdés Hernández (**)

Monumento a las víctimas del comunismo en Praga. Escultor: Olbram Zoubek (2002)

El marxismo, el socialismo, el comunismo, tal como lo hemos conocido en la práctica, es un desastre, un fracaso. Va contra la naturaleza humana y contra los valores fundacionales y la matriz de inspiración cristiana de nuestra cultura y nacionalidad.

No ha sido un fracaso porque ha sido mal aplicado sino porque, en su esencia, intenta organizar la sociedad, por lo menos, sobre seis factores que van contra la dignidad humana, la convivencia pacífica y la libre búsqueda del bien común:

1. Va contra la naturaleza humana, porque va contra la libertad que es inherente de toda persona. Hace de los seres humanos un instrumento al servicio del Estado.

2. Va contra el carácter emprendedor y los anhelos de progreso y desarrollo de todo ser humano, instaurando un engendro que llama economía estatalizada y centralizada, que ha sido ineficiente y empobrecedora, que no ha funcionado.

3. Va contra la sociedad, porque intenta basar las relaciones humanas sobre la lucha de clases, busca eliminar al oponente, promueve el odio y la exclusión al que piensa y actúa diferente, fomenta la delación entre vecinos y compañeros de estudio o de trabajo. Usa la represión para aplastar toda discrepancia. Va contra la amistad cívica y la paz social, porque no puede haber paz sin justicia y sin libertad.

4. Va contra la vida en la verdad y contra la virtud, porque instaura la vida en la mentira, la simulación y la doble moral. Fomenta la pérdida de valores morales y destruye las virtudes cívicas, cayendo en un relativismo moral en el que “vale todo” con tal de alcanzar sus fines.

5. Impone la ideología socialista como única e irrevocable, como precepto constitucional inviolable, como “dogma de fe” y como único modo de vida, como si fuera una “religión secular” en una especie de “teocracia” o “ideocracia”: una sola ideología impuesta por la fuerza del poder.

6. Va contra la espiritualidad, la fe en Dios y la religión, porque deseca el alma con un materialismo llamado “histórico” y considerado “dialéctico”, que ha sido negado por la misma historia y por la verdadera dialéctica. Inculca un ateísmo militante, persigue a la religión y va contra toda apertura del ser humano a su propia trascendencia y a la libre búsqueda del Trascendente Dios.

Esta crítica no es solo teórica, sino que ha sido la experiencia de vida de muchos pueblos, y también de nosotros los cubanos durante estos últimos 67 años. Esta crítica no va contra las personas que han “creído” en esta ideología con buena voluntad, es un llamado de alerta frente a lo que puede volver disfrazado de “nueva versión”, de “nuevo experimento”, de otro “ahora sí vamos a construir el socialismo”, de una “mejor ejecución” evitando “los errores y tendencias negativas” del experimento anterior que tuvo más de seis décadas para rectificarlos, pero que no pudo, porque no quiso y porque no puede, porque no se puede cambiar la esencia del sistema que es por naturaleza irreformable.

Propuestas

Dicho lo anterior, no podemos quedarnos en el lamento y la queja infértil. Cuba tiene en sus raíces fundacionales, en el alma de la nación y en las enseñanzas de sus patricios, especialmente del Padre Varela y de José Martí, todos los fundamentos filosóficos y antropológicos, políticos, cívicos y económicos, que necesitamos para reconstruir nuestra Patria y sanar el daño antropológico causado por el totalitarismo comunista.

Hoy quisiera centrarme en los cimientos humanistas del Apóstol de Cuba con las siguientes propuestas que hago en mi tesis doctoral, y que responden a cada una de los daños anteriormente relacionados:

1. Ante la despersonalización inducida y el colectivismo masificador en Cuba, que lesionan o debilitan sus facultades: cognitiva, emocional y volitiva, así como sus dimensiones ética, social y espiritual, consideramos que pueda servir de inspiración: la primacía, la dignidad y el desarrollo integral de la persona humana, primer eje y fundamento del humanismo martiano. Lo que podemos resumir en el muy conocido y ya citado pensamiento de Martí de que «la ley primera de la República sea el culto de los cubanos a la dignidad plena del hombre», que no es un postulado aislado, sino la esencia y el pivote central de toda su antropología.

2. Ante la vida en la mentira, la doblez, la crisis de valores y virtudes, la ausencia de una eticidad que aporte coherencia a la vida, que han sido consecuencia de la opresión y el intento de simulación y reescritura de la historia, puede servir de inspiración y base, el segundo eje del humanismo del Apóstol que es el edificio de la eticidad martiana cuyas columnas son los principios, los valores y las virtudes, especialmente: el amor, la dignidad, la libertad, la justicia, la verdad, la bondad, la belleza, el perdón, la paz y la felicidad.

3. Ante la lucha de clases implantada como forma de vida de la nación, la exclusión del diferente, la criminalización de la discrepancia, y la depauperación extrema del país, sumergiéndolo en unas condiciones infrahumanas de vida, pudiera servir de inspiración y base la búsqueda del bien común que podemos resumir en aquella «fórmula del amor triunfante: con todos y para el bien de todos». Tampoco esto es un postulado aislado de Martí, sino que, precisamente propone inscribirlo en los emblemas nacionales porque es el tercer gran pivote de su antropología.

4. Ante el materialismo reductivo de la condición humana, el ateísmo y la superstición que asfixia, esteriliza y seca al cubano y a la nación, sumiéndolos en una inmanencia infértil, puede servir de inspiración y base el cuarto eje del humanismo martiano: la dimensión trascendente de la persona humana, el cultivo de su espiritualidad, de su fe, de su religiosidad de inspiración cristiana. Esta dimensión airea, fecunda y eleva los otros tres ejes del proyecto antropológico martiano, dando cohesión e integración holística a todas las facultades y dimensiones de la persona del cubano.

5. En resumen, que ante el fracaso de una filosofía marxista leninista con perfiles caribeños propios, léase más “voluntarista” y pragmática, acomodaticia y por su aplicación totalitaria en un sistema articulado, con una doctrina impuesta con todo el poder del Estado y una “ideología” justificadora convertida en “religión secular” proponemos, como iluminación y motivación, los fundamentos filosóficos antropológicos de Martí.

En efecto, proponemos este proyecto humanista de José Martí para que sirva de inspiración y base para los procesos de conversión y sanación antropológica, especialmente orientando los proyectos educativos que contribuyan a

promover un desarrollo humano integral, una ecología humana para el bien de todos, que conduzcan a la nación cubana a una verdadera democracia de calidad.

Cuba tiene todo lo que necesita para reconstruir la nación y sanar su alma sin recurrir, nunca más, a ideologías y sistemas extraños a nuestra cultura e identidad.

Hasta el próximo lunes, si Dios quiere.

(Ilustración: Monumento a las víctimas del comunismo en Praga. Escultor: Olbram Zoubek (2002).

(*) Tomado de: https://centroconvivencia.org/no-es-mala-ejecucion-es-su-esencia/

(**) Dagoberto Valdés Hernández (Pinar del Río, 1955).

Doctor en Humanidades por la Universidad Francisco de Vitoria, Madrid, España. Máster en Ciencias Sociales por la Universidad Francisco de Vitoria, Madrid, España. Ingeniero agrónomo.

Premios “Jan Karski al Valor y la Compasión” 2004, “Tolerancia Plus” 2007, A la Perseverancia “Nuestra Voz” 2011 y Premio Patmos 2017.

Dirigió el Centro Cívico y la revista Vitral desde su fundación en 1993 hasta 2007. Fue miembro del Pontificio Consejo “Justicia y Paz” desde 1999 hasta 2006. Trabajó como yagüero (recolección de hojas de palma real) durante 10 años. Es miembro fundador del Consejo de Redacción de Convivencia y su Director. Director del Centro de Estudios Convivencia (CEC). Reside en Pinar del Río.

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