lunes, 27 de abril de 2026

DE PASO POR VERACRUZ

Por Mtr. Isabel María Serrano Fuentes (1963-2023) (*)

Veracruz exhibe un malecón privilegiado por la naturaleza y por el despliegue de costumbres, artesanías y tradiciones que afloran en sus pintorescas esquinas.

Malecón de Veracruz

Caminar por el Malecón de la Ciudad de Veracruz, es un paseo obligado para todos los que visitan esta perla del Golfo de México; el olor y la brisa del mar te envuelven en un ambiente mágico; la arquitectura republicana, las palmeras y el sol, se encargan de brindar un escenario perfecto; este lugar ha sido fuente de inspiración para poetas, compositores y pintores de todas las épocas.

Desde tiempos de la colonia, estas tierras eran frecuentadas por viajeros europeos, que escribieron crónicas formidables, describiendo las expresiones culturales y religiosas de Veracruz, fundada por los españoles el 22 de abril de 1519 y a la que Hernán Cortés bautizó como “La Villa Rica de la Vera Cruz”.

Una variedad enorme de comestibles

Hoy, en plena era contemporánea, Veracruz exhibe un malecón privilegiado por la naturaleza y por el despliegue de costumbres, artesanías y tradiciones que afloran en sus pintorescas esquinas. La ancha avenida contigua al mar, posee hermosos hoteles, restaurantes y una variedad enorme de comestibles refrescantes, que hacen su efecto en medio del calor. En uno de los espacios de esa amplia calle, está la conocida Plaza Acuario, un centro comercial, con moderna infraestructura y atracciones para el disfrute de toda la familia, donde se encuentran dos lugares que gozan de las preferencias de cuantos visitan tierras veracruzanas.

Uno de ellos es el Acuario
Entrada al acuario
, que posee una gran variedad de especies marinas, un nivel profesional sobresaliente y una recreación del habitad excepcional. El otro recinto es el
Museo de Cera, una instalación joven, que cuenta con pasillos de trucaje, salón de espejos, y con unas cuantas salas de exhibición, que acogen a casi un centenar de personajes logrados en cera. Esta técnica permite, que después de estudiar y concebir la figura en plastilina y moldes de yeso, mediante el vaciado se consigue una imagen muy lograda, cuyo material fundamental es la cera de abejas; son esculturas a tamaño natural que exhiben semblantes muy cercanos a la realidad física del retratado. Este proceso es largo, cuando ya existe la pieza como tal, con gran cuidado se le inserta cabello natural, ojos de cristal y detalles específicos de la figura original, buscando la fidelidad con los rasgos y gestos de la persona.

Museo de cera de Veracruz

Allí se encuentran destacados personajes de la historia, la música, la pintura, políticos, deportistas, y figuras relevantes del ámbito nacional e internacional. Sus maquillajes, ropas, naturalidad, y el cuidadoso trabajo de las manos, dentaduras y la piel, nos sorprende; son imágenes bien planteadas, que descansan con las poses características de los personajes; en este museo reconocemos con inmediatez cada rostro, lo que quiere decir que la imitación fue conseguida en casi un 90 %, gracias a la dedicación de quienes trabajaron durante meses en cada una de las piezas.

Los Museos de Cera en todas partes del mundo son un gran atractivo, el de Veracruz no se queda atrás, por el contrario, llegar a él es entrar a un universo de ambiente diferenciado, que exhibe ejemplares en cera, concebidos con ideas ingeniosas, en cada imagen descubrimos la perfección anatómica y el esmerado tratamiento psicológico. Visitar estos lugares siempre será una buena opción, es un recorrido que se disfruta a plenitud, y nos aporta ideas nuevas del arte de la escultura en cera, que en la actualidad compite en bienales y eventos artísticos relevantes a nivel internacional.

Isabel Ma. Serrano Fuentes (1963-2023)

(*) Isabel María Serrano Fuentes (1963-2023) egresó de la Facultad de Artes y Letras de la Universidad de Oriente, Cuba como Licenciada en Historia del Arte, graduada con Diploma de Oro. Obtuvo Maestría en Ciencias de la Educación, Universidad de Camagüey, Cuba. Diplomado en Arte Virreinal de la Nueva España, Universidad Anáhuac, Veracruz, México. Diplomado en Estudios Superiores en Ciencias Pedagógicas con Mención en Enseñanza de las Ciencias UNAPEC-Universidad de Camagüey.

Realizó trabajos de Asesoría, Capacitación, Catalogación, Curaduría y Museografía en México (Plan Maestro de la Catedral de Veracruz), Ecuador (Museo Naim Isaías), República Dominicana (Museo Sacro y Museo del Carnaval, (ciudad de La Vega). Curaduría para exposiciones individuales de artistas contemporáneos.

Es autora de artículos y ensayos publicados en periódicos y revistas especializadas (El Siglo, Diario de Xalapa, Artes en Santo Domingo, Cariforum, Mirada al Arte). Autora de nueve volúmenes de Artes Visuales para la Educación Artística de México, apegados a los planes y programas de la SEP. Impartió cursos de actualización a Maestros de Educación Artística en diferentes Estados de México. 

Isabel Serrano falleció el 7 de febrero de 2023 en Jiguaní, Cuba.

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martes, 7 de abril de 2026

EL PAPEL DEL HISTORIADOR DEL ARTE EN LA GESTIÓN DE COLECCIONES MUSEÍSTICAS: LOS PROCESOS DE CATALOGACIÓN (*)

Museo de Arte Moderno de la República Dominicana. @Fuente externa

Por M.C.  Isabel María Serrano Fuentes (1963-2023) (**)

Resumen

La documentación es uno de los aspectos más importantes para el asentamiento y control de colecciones resguardadas en museos. El planteamiento adecuado de los elementos de catalogación tiene como propósito fundamental, completar los archivos de bienes, tanto históricos, como artísticos, arqueológicos, científicos, culturales, entre otros; catalogar es una labor compleja, que necesita de un exhaustivo trabajo de investigación, el cual muchas veces puede quedar inconcluso por no poseer todos los datos requeridos acerca de un bien patrimonial.

La labor de investigación para catalogar colecciones museísticas -ya sean públicas o privadas- precisa de una revisión puntual de toda la documentación existente en archivos y de consultas a fuentes bibliográficas; así como, escuchar testimonios, realizar encuestas, todo ello con la finalidad de estudiar, conocer, analizar la historia de cada pieza y sus particularidades para proceder a la certificación de la obra como un bien patrimonial; en tal sentido, es esencial contar con los campos de investigación precisos para estudiar las colecciones, el desglose de las tipologías existentes con sus especificaciones, de manera que se logre un registro lo más completo posible listo para llevar a soportes físicos o digitales.

Documentar implica recopilar información que contribuya al conocimiento íntegro de una obra; en ese proceso es esencial la indagación referente al origen de una pieza museable, conocer el autor si está registrado o tiene su firma, la datación, las características generales de las obras, tendencias, estilos, procedencia, adquisición, estado de conservación; así, se logrará una ficha de catalogación lo más completa posible, un mejor registro de los bienes de la colección y la consecuente validación del objeto catalogado, procesos en los cuales un historiador del arte vinculado al proyecto juega un papel principal como especialista que conoce dichos procesos.

El catálogo de una colección constituye un gran compendio, una especie de sinopsis de lo que se tiene, tanto en exhibición, como en reservas o depósitos de los museos, y que constituyen sus fondos patrimoniales, su gran acervo. 

Palabras claves: 

Historia, Patrimonio, Colecciones, Investigación, Catalogación

Objetivos:

- Reconocer el papel del historiador del arte en su desempeño como especialista que trabaja las colecciones museísticas.

- Identificar los posibles campos de investigación a tener en cuentas para los procesos de catalogación; diferencias con los inventarios y registros.

- Profundizar en el análisis de los elementos de catalogación de obras que forman parte del patrimonio de un museo.

La labor de los museos es definida por ICOM de la siguiente forma: Un museo es una institución sin ánimo de lucro, permanente y al servicio de la sociedad, que investiga, colecciona, conserva, interpreta y exhibe el patrimonio material e inmaterial. Abiertos al público, accesibles e inclusivos, los museos fomentan la diversidad y la sostenibilidad.

En la labor de investigación sobre la colección de un museo, el historiador del arte participa de manera activa para llegar a conclusiones sobre las obras objeto de estudio. El historiador del arte posee una formación que le permite -en su desempeño profesional- acceder a un amplio perfil ocupacional, que va desde la docencia en diferentes niveles de enseñanza, su vinculación al mundo editorial a través de publicaciones periódicas especializadas, libros, etc.; trabajo en galerías de arte, participación en proyectos relacionados con arquitectura y urbanismo, asesoramiento para ambientación de presentaciones de danza, teatro, cine; hasta su trabajo en un museo, ya sea como curador, conservador, museógrafo,

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El historiador del arte posee los conocimientos para desarrollar la organización y gestión de colecciones en museos; en tal sentido, parte de las acciones que conllevaría su trabajo, se centran en el asesoramiento para la adquisición de obras, la actualización de la documentación mediante un riguroso trabajo de investigación, supervisión del estado de conservación de la colección para su posterior exhibición y difusión; hay que verlo como el especialista encargado de la colección, también llamado comisario.

Cuando el historiador del arte se desempeña como catalogador de colecciones museísticas se convierte en un valioso soporte para el establecimiento de un catálogo de los bienes que resguardan los museos; catálogo que debe recoger de manera específica la historia y características del bien catalogado. .

La catalogación bibliotecaria fue el primer procedimiento usado para catalogar; desde la antigüedad comenzaron ciertos registros que recogían datos referentes a documentos, para lo cual usaban métodos primitivos, que si bien no eran catalogaciones como tal, constituían valiosos inventarios, aportes para la historia de la humanidad; existen evidencias en Sumeria -región al sur de Mesopotamia- del uso de catálogos desde el año 2300 a. C. aproximadamente.

La historia del coleccionismo se remonta a tiempos de la antigüedad, cuando la intensión no era esencialmente la de coleccionar tal como lo conocimos en épocas siguientes, cuando se establecieron diferencias entre los objetos que poseían carácter utilitario y aquellos que constituían obras de arte por su gran valor y tratamiento estético; creció entonces el gusto y admiración por las obras de arte y los extraordinarios monumentos de diferentes culturas y civilizaciones. Los objetos adquirieron valor a partir de técnicas, materiales, aspecto formal, surgió cierta curiosidad por lo antiguo, por lo histórico, a lo que hay que añadir la autoría de artistas, cuyos nombres comenzaban a ganar fama.

En época del Imperio Romano se daban los primeros pasos hacia el concepto de patrimonio cultural público y su exposición ante la sociedad; nace así el interés y las primeras nociones para crear un museo de carácter público, interés que crece a partir de que Marco Vipsanio Agripa expone en el Panteón Romano varias obras que habían sido expropiadas.

Los procesos de catalogación del siglo XX

En el siglo XX, posterior a la Segunda Guerra Mundial, comenzó a plantearse en Europa la necesidad de que expertos pudieran catalogar obras de arte, muchas de ellas conseguidas como parte del botín de guerra y que pasaban a manos de nuevos propietarios, instituciones y gobernantes.

En la primera mitad del siglo XX se dieron pasos importantes para analizar y definir ciertos renglones especializados a tener en cuentas para catalogar obras de arte de diferentes estilos y escuelas, obras realizadas en diversos tiempos y contextos culturales y que formaban parte de importantes colecciones públicas y/o privadas, comenzaba así a perfeccionarse los métodos de catalogación que hasta nuestros días se aplican para las colecciones museísticas.

El proceso de catalogación de una colección es parte imprescindible de las responsabilidades y funciones propias de un museo. Las instituciones museísticas deben promover y auspiciar trabajos de investigación para la recopilación permanente de información sobre las piezas de su acervo; así como, establecer metodologías para el ordenamiento sistemático de la información concerniente a las obras y objetos resguardados como parte de sus fondos.

Para asentar la información referente a la catalogación de obras de arte, piezas arqueológicas, legajos, libros, fotografías, objetos con valor histórico y cultural, entre otros, existen procesos previos como son el registro y el inventario, que unidos a la catalogación son los tres procesos que permiten la constante búsqueda y recopilación de pruebas documentales de las colecciones; así como, la revisión de información sustentada para el completamiento de datos en las fichas de catalogación.

El proceso de catalogación de obras en museos, se realiza mediante un trabajo especializado que tiene múltiples beneficios para el manejo de las colecciones, no sólo para contextualizar una obra, también para conocer sus datos generales, su historia y su valor como un bien patrimonial; para lograr tales propósitos, sobre todo en colecciones que posean obras de arte, la labor y constancia de un historiador del arte es de gran utilidad en dicho proceso.

La Catalogación es más completa que el inventario, en su proceso de investigación se realizan amplias consultas bibliográficas para profundizar en la recopilación de información pormenorizada acerca de la colección. Incluye las correspondientes descripciones, análisis iconológicos e iconográficos y aspectos importantes a tener en cuenta para completar la ficha de catalogación, ya sea de una obra artística o de otro tipo que esté resguardada en museos, tanto en exhibición, como en los depósitos o reserva del mismo.

Concluir el catálogo de una colección permite mostrar la información precisa acerca de los bienes que se encuentran en el museo; la catalogación refleja con exactitud todos los datos relacionados con la obra e incluye fotografías de buena resolución, gráficos, esquemas en los que además de la identificación visual de la pieza, se puedan apreciar sus características y el estado de conservación de la misma, lo cual permitirá establecer recomendaciones para posibles intervenciones en caso de que sean necesarias.

La descripción minuciosa de una pintura, un dibujo, un grabado, un documento, una escultura, favorece el completamiento de datos, dicha descripción debe recoger, además de un análisis iconográfico -en el que se examinan los aspectos formales de la obra, sus características y particularidades-, un análisis iconológico, para contextualizar la obra, de modo que podamos entender lo representado y su significado, la época en que fue realizada, los hechos históricos, religiosos, culturales que marcan dicha época.

Catalogar una obra de arte es detallar sus partes esenciales e identificar datos como: título y autor, datación, técnica, soporte, dimensiones, descripciones formales, contenido o tema representado. Estos aspectos constituyen la memoria de la obra, la catalogación debe incluir gráficos, fotografías para poder hacer la identificación de la obra con mayor facilidad, incluso rescatarla en caso de robos o que haya salido del museo sin consentimiento y sin la correspondiente ficha y documentación por concepto de préstamo.

Para catalogar una obra de arte es preciso desarrollar una metodología de trabajo en la que se establezca el diseño de los campos a analizar, que éstos permitan el acopio de información acertada, documentada; es fundamental establecer los parámetros a medir, dentro de los cuales destacan como fundamentales: los números de inventarios –anteriores si lo tuvieran y actual-, el título de la obra si se conoce, autor, técnicas, soportes, dimensiones, procedencia, ubicación en el museo, descripción física, estado de conservación, imágenes de la obra, gráficos si fueran necesarios.

Para nuestra investigación, ahondamos en la catalogación de colecciones de dos prestigiosos Museos de Arte de Santo Domingo, capital de la República Dominicana, seleccionamos un museo público y uno privado; trabajamos en el año 2020 mediante investigación, consultas y encuestas a sus directoras Maria Elena Ditrén (Museo de Arte Moderno) MAM y Myrna Guerrero (Museo Bellapart).

El Museo de Arte Moderno de Santo Domingo fue inaugurado el 15 de diciembre de 1976 como Galería de Arte Moderno. En el 1992 mediante Decreto del Poder Ejecutivo, recibió el nombre de Museo de Arte Moderno. Es la principal institución del Estado dominicano dedicada a la conservación, puesta en valor y divulgación del arte moderno y contemporáneo nacional e internacional. Posee obras destacadas de los precursores de la plástica dominicana. El total de sus obras están debidamente catalogadas con sus correspondientes descripciones técnicas. La catalogación se encuentra en una plataforma digital, no disponible para el público en el momento en que hicimos nuestra investigación.

El Museo Bellapart es el primer Museo de Artes Plásticas, de carácter privado en la República Dominicana. Fue fundado en el año 1999 por el empresario de origen español Juan José Bellapart. Posee una colección especializada en obras de artistas dominicanos desde finales del siglo XIX hasta la década de 1960. Su colección está catalogada en su totalidad.

Conclusiones

El historiador del arte juega un papel fundamental como especialista que se vincula a la gestión y conservación de colecciones museísticas. Por sus conocimientos realiza aportes a los procesos de catalogación que incluyan campos de investigación especializados para tales fines.

Lograr la información integra de los bienes existentes y el registro de datos precisos de los mismos, son requisitos básicos para la catalogación; toda información que se pueda obtener sobre la colección tiene una acción de continuidad mediante procesos de investigación, por tanto, siempre se podrá profundizar en los estudios y análisis acerca de una obra, con la finalidad de actualizar la documentación existente en un museo.

La catalogación de colecciones de los dos Museos de Arte de Santo Domingo con los que trabajamos para esta investigación, está completa, con sus fichas actualizadas y abiertas a la continuidad investigativa para enriquecer sus catálogos.

(*) Ponencia presentada a la 1ra. Jornada de Historiadores del Arte de la República Dominicana, organizada en Santo Domingo por la Asociación Dominicana de Historiadores de Arte (ADHA) los días 19 y 20 de noviembre de 2022.

Isabel Serrano (1963-2023)
(**) M. C. † Isabel María Serrano Fuentes (1963-2023)  egresó de la Facultad de Artes y Letras de la Universidad de Oriente, Cuba como Licenciada en Historia del Arte, graduada con Diploma de Oro. Obtuvo Maestría en Ciencias de la Educación, Universidad de Camagüey, Cuba. Diplomado en Arte Virreinal de la Nueva España, Universidad Anáhuac, Veracruz, México. Diplomado en Estudios Superiores en Ciencias Pedagógicas con Mención en Enseñanza de las Ciencias UNAPEC-Universidad de Camagüey.

Realizó trabajos de Asesoría, Capacitación, Catalogación, Curaduría y Museografía en México (Plan Maestro de la Catedral de Veracruz), Ecuador (Museo Nahim Isaías), República Dominicana (Museo Sacro y Museo del Carnaval, (ciudad de La Vega). Curaduría para exposiciones individuales de artistas contemporáneos.

Es autora de artículos y ensayos publicados en periódicos y revistas especializadas (El Siglo, Diario de Xalapa, Artes en Santo Domingo, Cariforum, Mirada al Arte). Autora de nueve volúmenes de Artes Visuales para la Educación Artística de México, apegados a los planes y programas de la SEP. Impartió cursos de actualización a Maestros de Educación Artística en diferentes Estados de México. 

Isabel Serrano falleció el 7 de febrero de 2023 en Jiguaní, Cuba.

sábado, 4 de abril de 2026

MI PRIMER TRABAJO PROFESIONAL COMO CONTRABAJISTA

 A la memoria de Alberto García

Es imposible olvidar aquellas pocas palabras, dichas por Albertico como quien no quiere las cosas.

Alberto García Alfonso (¿?-2026). En la puerta de la Sala White, en Matanzas (ca. 1978) @AGS

Yo conocí a Alberto García en 1977, más o menos, y además de la buena amistad y el estrecho lazo profesional que creció años después entre nosotros, Albertico viene a mi memoria, además de por haber sido un gran músico, un tipo cabal, y excelente persona, porque fue con él con quien realicé mi primer trabajo profesional como músico, fue tocando en un grupo con él y otros entrañables amigos, que recibí mis primeros honorarios por tocar el contrabajo. Pero dicho así, puede parecer algo intrascendente porque todo el mundo ha tenido un primer pago por su trabajo, pero la cosa no fue tan fácil.

Aquel día en el que fue a verme para que integrara su grupo yo estaba acabado de llegar de los campos de caña de Camagüey -sí, no estás leyendo mal, así es en Cuba todavía-, a donde había ido a parar reclutado en una de aquellas llamadas «brigadas juveniles del trabajo» en las que durante varias semanas nos tenían haciendo trabajos agrícolas no remunerados.

Yo, con un buen batallón de compañeros de estudios de la Escuela Nacional de Arte (ENA), estuvimos en un campamento en los montes cercanos a un batey llamado Hatuey -como el indio y la cerveza, pero a quienes nunca vimos por aquellos lares-. Nuestra misión había sido, con guataca, machete o las manos, quitar las yerbas que crecían a través de los surcos de las plantaciones de caña, así que después de tres semanas dedicado a estos menesteres, mis manos quedaron en un estado deplorable para tocar el contrabajo.

Con este preámbulo, cuando Albertico me propuso tocar en su grupo, mi primera respuesta fue un no rotundo, claro, en esos momentos yo pensaba que se trataba de alguna tocadera de música de cámara, algún concierto en la Sala White de Matanzas, en alguna presentación en un pueblo cercano, o a las diez de últimas en un acto del Partido o de la Juventud.

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Pero entre otras virtudes, Albertico tenía ese don del gran pedagogo que es convencer a cualquiera con un gran optimismo, y aquel «no rotundo» que me escuchó decir no significó absolutamente nada para él, así que siguió tratando y me explicó que lo único que le faltaba era un contrabajista y que él había pensado en mí porque yo era un joven serio y que según le habían dicho me iba muy bien en la ENA -donde él también había tomado cursos de postgrado, como le llamaban entonces-, y que lo único que le faltaba para firmar el contrato era que yo dijera que sí y comenzáramos a ensayar. 

Pero yo nada, en mis trece. Yo a que no y el a que sí, pero cuando vio que ninguno de sus argumentos hacían que me olvidara de las ampollas de las manos y los dolores acumulados por un trabajo tan invasivo, de una «misión» que me había alejado de la práctica habitual de mi instrumento y que me tenía al punto de la minusvalía, Albertico sacó su carta ganadora de debajo de la manga, y ese sí fue un as al que me fue imposible vencer. 

Por lo que sin salir de mi asombro, olvidando todos los dolorosos lastres que arrastraba en mi sistema osteomuscular, desde la coronilla hasta la punta del dedo gordo del pie, le dije:

-Compadre, pero hubieras comenzado por ahí, pues claro que sí, no faltaría más, cuenta con mi apoyo para esa tarea. ¿Cuándo comenzamos a ensayar?

Es imposible olvidar aquellas pocas palabras, dichas por Albertico como quien no quiere las cosas.

-Nada, pues tendré que llamar al Hotel Internacional de Varadero para decirles que cancelen nuestras presentaciones durante un mes en el Cabaret del Hotel (1). Que la sopa (2) que íbamos a hacer allí ya no va, y que además cancelen las reservaciones en el hotelito en el que nos íbamos a hospedar. Ah, y llamar a la Unidad Presupuestada para que suspendan los pagos que ya estaban programados.

Demás está decir que aquellos fueron días más que placenteros, eran mis 24 años de edad y mi primer trabajo en lo que aún quedaba de Varadero, que no era todo lo que hubo, pero que todavía, a finales de la séptima década del pasado siglo XX, era un lugar espectacular. 

Dicho todo esto, cómo no recordar a Albertico. 

Escena de la Mazurca de la Sombrilla en el escenario del Teatro Sauto de Matanzas.
En el foso, de espalda, Alberto García, Director. De frente, en los contrabajos,
Antonio Gómez Sotolongo y Ricardo (Papito) Fernández. @Bernal

Grupo Oasis de Matanzas. De derecha a izquierda: Antonio Gómez, Alberto García,
Diéguez, Alberto Iznaga, Elvira Santiago, Jesús Avilés,
Luis Celestrín y Manzano. @Fuente externa.

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(1) El cabaret del Hotel Internacional de Varadero, que ya no existe, tenía, como todos los que recuerdo en Cuba, un espectáculo que comenzaba con la cena, convirtiendo el cabaret en restaurante hasta el comienzo del primer show.

(2) En el argot de los músicos cubanos, por aquellos años, se le decía «hacer sopa» a tocar música ambiental en un restaurante.  

lunes, 30 de marzo de 2026

El ENTIERRO DE CRISTÓBAL

Por Camilo Muñoz (*)


Cristóbal fue sepultado a las cuatro de la tarde de un viernes caluroso. Ese día, familiares y amigos rodeaban el ataúd a orillas de la fosa, mientras algunos hombres miraban la escena, acuclillados, desde unas matas de higuerilla cercanas. Los mozos que cavaron el sepulcro se habían alejado a la espera de ser llamados para bajar el féretro.

Pese al sol inclemente, los asistentes permanecían quietos y sudorosos, esperando el desarrollo de los acontecimientos. A un lado se había organizado un grupo de católicos carismáticos dispuestos a cantar, mientras, al otro lado de la fosa, un grupo de evangélicos sostenían sus himnarios con intención de adelantarse con sus cantos. Carismáticos y evangélicos querían dar el último adiós.

En la familia de Cristóbal las creencias religiosas eran diversas. Una hija era católica, precisamente de los mismos carismáticos cantores. Otra, era evangélica pentecostés, como los del grupo que rodeaba la fosa, mientras el hijo varón decía ser ateoAsí las cosas, en el hogar se solían dar discusiones acaloradas, donde cada uno defendía sus creencias con vehemencia.

Cristóbal no profesaba religión alguna pero se sumaba a cualquier bando, según lo que se discutía. Había trabajado por años en una ferretería de la ciudad hasta que se jubiló hastiado de ser tendero. Desde entonces, comenzó a juntarse con los guarusas del barrio que noche y día se reunían cerca de su vivienda hasta que se convirtió en otro borrachito más del lugar.

Sin embargo, todos lo querían, pues el dinero de su pensión había cambiado el aguardiente barato que tomaba la tropa por un ron de mejor calidad que corrió durante meses por sus gargantas. Así se había ganado la admiración y amistad de los guarusos.

En el cementerio los carismáticos cantaron primero. Después, el principal de ellos habló con voz alta y solemne diciendo que Cristóbal no se iría solo al más allá. Lo dijo, mientras colocaba un crucifijo de plata sobre su pecho, a la vez que rodeaba su cuello con el collar.

Los asistentes expectantes guardaron un largo silencio. Entonces, los evangélicos arrancaron con su himno escogido para la ocasión. Cantaron con fervor mirando al cielo, convencidos de que su momento trascendía a todo lo que había ocurrido antes. Lágrimas y sollozos acompañaron aquel momento.

El Pastor soltó la guitarra y habló con voz alta diciendo a la concurrencia que la Palabra divina acompañaría a Cristóbal en su última morada. Lo dijo mientras colocaba una biblia de tapas negras en las manos del difunto. 

Se hizo otro largo silencio. Los sepultureros regresaron con timidez y se prepararon con sigilo para bajar el ataúd. Alguien tosió cuando el arrastre de las palas rompió la calma espectral. Sollozos circundaban el momento. El sol estaba menos severo. Familiares y amigos abrazaban a la viuda y a los hijos de Cristóbal. El tiempo parecía haberse detenido. Los movimientos de todos eran lentos. Ningún ruido se escuchaba y solo se esperaba la conclusión de aquel ritual.

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Los sepultureros tomaron los cables a uno y otro lado por debajo del ataúd. Intercambiaron miradas para ponerse de acuerdo antes del estirón de las sogas. Algunas personas tomaron flores de las coronas cercanas, esperando lanzarlas a Cristóbal cuando éste bajara a la tumba. Solo faltaba la señal del hijo ateo para bajar los restos a la cripta que esperaba con su boca abierta. El hijo miró a todos lados para cerciorarse de que nada más retrasaba el enterramiento. Entonces, dio a los sepultureros la señal esperada.

El silencio se hizo más penetrante. Nadie olvidaría aquel instante. Los cables rozaron el ataúd y las miradas se centraron en la caja donde Cristóbal cruzaría su Rubicón.

- ¡Esperen un momento!

La voz llegó clara desde las higuerillas cercanas.

Todos vieron a aquel hombre levantarse y dirigirse a la fosa con pasos tímidos. Sostenía un paquete en sus manos.

Los sepultureros sostuvieron con firmeza las sogas.

Esperen un momento. También nosotros queremos despedir a nuestro amigo Cristóbal. Con él compartimos muchos momentos de alegría que tal vez no sean comprendidos por ustedes. Queremos despedirlo para cumplir su voluntad de llevarse en sus manos a la eternidad aquello que nos mantuvo unidos.

Y diciendo esto, sacó del paquete una botella de ron del que bebían todos los días y la colocó con delicadeza en el pecho de Cristóbal. Nadie se movió. Nadie dijo nada. Nadie hizo objeción alguna. Los sepultureros miraron de reojo a los deudos del difunto y sin más, procedieron a bajar el ataúd. Después, sellaron el nicho y terminaron rellenando la fosa con tierra hasta dejar un túmulo donde los asistentes pusieron sus flores.

El sol claudicaba en su ocaso y la tarde se volvió gris anunciando el fin de aquel viernes caluroso.

Así se fue Cristóbal de este mundo, con una biblia, un crucifijo y una botella de ron en su pecho. – 22 diciembre 2025.



 

jueves, 19 de marzo de 2026

EL CAMINANTE DE NAZARET, de Rafael Danilo Grullón, primera ópera sacra dominicana

El Caminante de Nazaret, del compositor dominicano Rafael Danilo Grullón, se presentará en la Sala Carlos Piantini del Teatro Nacional de Santo Domingo los días 28 (8:30 pm) y 29 de marzo (4:30 pm).

La aparición de El Caminante de Nazaret en el panorama musical de Santo Domingo, ha representado un suceso trascendental, porque es, mientras no se pueda demostrar lo contrario, la primera ópera sacra compuesta por un dominicano. Así la ha catalogado, con toda claridad, el director de orquesta e investigador Jorge Lockward[1]

El Caminante de Nazaret tuvo su estreno mundial (en concierto) el día 7 de abril de 1996 en la Primera Iglesia Metodista Unida, en Corona, Nueva York; desde entonces se estrenó en el Centro de Bellas Artes de Guaynabo, Puerto Rico el 15 de abril de 2011; en la Sala Máximo Avilés Blonda del Palacio de Bellas Artes el 24 agosto de 2018; en la Iglesia Santa Elizabeth de New York el día 14 de abril de 2019; en el Teatro Mariano Matamoros de Morelia, Michoacán, México el 12 de abril de 2022, donde se presentó como ópera en escena utilizando escenografía, luces, vestuarios y la orquesta en el foso. Durante estos treinta años la obra ha sido dirigida por los maestros Jorge Lockward, Juan Vázquez y Edwin Disla.

Si bien es cierto que en la historiografía dominicana se menciona que Pablo Claudio compuso óperas en el siglo XIX[2], y que en 1954 se estrenó por radio y televisión la zarzuela La Bruta de la Loma, de Julio Alberto Hernández, ninguna de estas obras ha llegado completa a nuestros días. Así que, hasta ahora, las únicas obras dominicanas que he podido documentar y que comparten con el Caminante de Nazaret el rubro de música vocal e instrumental dominicana son: La Muerte de Cristo (según San Mateo) Op. 144, oratorio a cuatro partes y coros, de José de Jesús Ravelo que tuvo su estreno mundial bajo la conducción del autor el 7 de abril de 1939, en la Catedral Primada de Santo Domingo, y la ópera ítalo-dominicana 1492. Epopeya Lírica de América. Drama Histórico en cuatro actos y doce escenas, de Antonio Braga, cuyo estreno mundial se realizó en el Teatro Nacional de Santo Domingo el 13 de octubre de 1992, bajo la conducción del maestro Carlos Piantini.

La otra partitura que he podido conocer es Anacaona. Leyenda dramática quisqueyana en 3 episodios, con música de Adriano la Rosa y libreto de Franklin Domínguez que permanece sin estrenar, y de la que se conserva la partitura completa, copiada a mano por el propio autor y autografiada en 1960.

Dicho esto, ninguna de estas grandes obras dominicanas se pueden catalogar, ni por sus contenidos ni por sus formas, en el género de ópera sacra. 

Debo anotar antes de seguir adelante en mi argumentación, que el único documento que valida la existencia de una obra musical es su partitura o su grabación, y en casos muy específicos su conservación a través de la tradición oral. La partitura auténtica es la realidad investigada, sin la cual los resultados de cualquier análisis musicológico pierde toda legitimidad académica. Esta falta de fuentes documentales más de una vez ha sido un obstáculo para los investigadores de la música y ha servido de báculo a leyendas y especulaciones.

Ópera sacra 

Inscribir El Caminante de Nazaret como ópera sacra pudiera ser arriesgado; sin embargo, las formas en el arte no son moldes de acero, están hechas para ser destrozadas siempre y cuando el artista las haya conocido a cabalidad, como sucede en la obra de Rafael Danilo Grullón. Para este prolífico y aún poco divulgado compositor dominicano, las formas están al servicio de los contenidos y pueden ser tan flexibles como lo permita el ondulante ritmo entre tensión y distensión, un recurso que en la estética del compositor está muy bien cuidado, tanto en lo interno de cada uno de los números que integran la obra como en su continuidad entre cuadros y escenas, herramienta eficazmente utilizada por el compositor para mantener la atención del público de principio a fin.

El compositor ha utilizado en la obra elementos de diversas formas establecidas, ha visitado al menos tres géneros bien definidos a través de la Historia de la Música: La pasión, la ópera y el arte sacro, tres grandes formas que le sirven de estructura para insertar contenidos de procedencia popular y folclórica. Algo que, como bien concluye Jorge Lockward en su análisis, está determinado por la prolongada gestación de la obra, que tuvo su «núcleo germinal en la cantata sagrada Camino de Sangre y de Victoria»[3] estrenada en la década del 70 del siglo XX, y donde desde entonces el autor acude a diversas formas; entre ellas, la mangulina y el merengue pambiche.

La sacralidad de la obra

El arte sacro nació desde los comienzos del cristianismo y desde entonces ha producido muy diversas formas musicales; entre otras, la misa, el réquiem, el Te Deum, el magnificat, el Stábat Mater, el oratorio, y la cantanta y, a pesar de que en la actualidad «han surgido dudas sobre su terminología»[4], ha sido creada para interpretarse en los contextos litúrgicos o religiosos[5].

Por su parte, El Caminante de Nazaret convoca el misterio de la fe y la contemplación estética, es para teólogos, laicos y profanos un punto de encuentro, una estación en la que se comparten las emociones y el espíritu humano y esto sucede porque como nos dice Giorgio de Chirico[6]: el arte siempre es sagrado, incluso cuando trata un tema profano. Y es esa una cualidad que tiene El Caminante de Nazaret, la de conservar su sacralidad incluso fuera del templo, y lo consigue porque la música y el drama que ha concebido el compositor resuena en el teatro como si cada espectador fuera un templo.

De la pasión a la ópera

La pasión, que ya había reunido una serie de estilos musicales, se caracteriza como género por la musicalización de algunos pasajes bíblicos relacionados con la Crucifixión de Cristo[7], y los más antiguos ejemplos que se conservan tuvieron su origen en la Alemania protestante del siglo XVIII, entre ellos la monumental Pasión según San Mateo, de Johann Sebastián Bach.

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Grullón toma de ese género la musicalización del texto bíblico; sin embargo, da una vuelta más a la forma y la narración se convierte en un drama teatral, en una ópera con todos sus elementos: escenografía, luces, música, vestuarios, actuación y la orquesta en el foso. La obra no se queda ni en un drama con música incidental ni en la pasión, sino que se planta firme en los terrenos de la ópera.

Dicho todo esto, debo subrayar que la obra concebida por el compositor dominicano Rafael Danilo Grullón, vuelve a emocionar al público cada vez que se presenta, vuelve a convocar a la reflexión, a inflamar la fe, a resonar como si cada espectador fuera un templo en el que cada día resucita el Caminante de Nazaret.

Nota: La obra está registrada en la Oficina de Derechos de Autor de los Estados Unidos con el número: PAu 3-549-345, efectivo desde el 24 de marzo de 2011.


[1] Reseña publicada en el programa de mano de los conciertos presentados en la Sala Carlos Piantini del Teatro Nacional de Santo Domingo los días 23 y 24 de marzo de 2024.

[2] Cfr.: Incháustegui, Arístides. 1995. Por Amor al Arte. Notas sobre música, compositores e intérpretes dominicanos. Santo Domingo: Secretaría de Educación, Bellas Artes y Cultos. P 4

[3] Ídem nota 1

[4] Cfr.: Melo Silveira, Alletón de. Música sacra, conceptos y terminología. [En línea] [Fecha de consulta 16 feb. 2026] Disponible en: https://www.faje.edu.br/simposio2018/arquivos/comunicacoes/nao_doutores/ALLETON%20DE%20MELO%20SILVEIRA.pdf

[5] Cfr.: Música sacra. Wikipedia. [En línea] [Fecha de consulta 16 feb. 2026] Disponible en: https://es.wikipedia.org/wiki/M%C3%BAsica_sacra

[6] Cfr.: Giorgio de Chirico, Discorso sull’arte sacra, 1945

[7] Cfr.: Lathan, Alison. 2008. Diccionario enciclopédico de la música. Fondo de Cultura Económica: México DF Oxford p 55

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