miércoles, 3 de junio de 2026

LOS DÍAS CONTADOS DE APOLONIO OÑA (Novela casi inédita)

Ahora que está de moda otra vez el dicho aquel que durante tantos años hemos repetido los cubanos, quiero compartir el primer capítulo de mi novela LOS DÍAS CONTADOS DE APOLONIO OÑA. Ella fue publicada hace varios años en Lulu, pero la retiré por razones que no vienen al caso mencionar. Así que ahora, atacado por el miedo de que la realidad se coma mi ficción y de que se dejen de contar los días, o de que sigamos contándolos hasta las calendas subo su primer capítulo al Tren de Yaguaramas para alegría de grandes y chicos con la advertencia de que el confeti y las serpentinas no van por la casa. 

EL INCUNABLE

Los ojos del pueblo miraban a través de las carcomidas paredes de madera, cuando el Doctor Quintiliano Álvarez apartó de la cuna al Viejo Oña, y su voz, imponiéndose por sobre los gritos del recién nacido, pronosticó: «No dura un año tu hijo». Caminaron por los cuartos, la sala y la saleta y en el portal de la cuartería, antes de despedirse y como para que nadie tuviera dudas el médico de la familia Oña repitió: «No dura un año».

Los cientos de ojos, que ya no estaban en las ranuras del entablado, sino en todas las puertas de la cuartería, amontonándose al frente del portal y haciendo maromas para no caer en la zanja enlodada -donde algún día iba a estar la alcantarilla-, parpadearon y se fueron a otras casas, al parque, a la barbería, a bodegas, colmados y pulperías a contar que el Viejo Oña, a galope tendido, sobre el lomo de Rocinante, había llevado a su primogénito hasta La Charretera.

En la barbería, sobre todo los juglares, cuenteros y repentistas adornaban la historia con un poco de Historia: «Ese que ustedes ven ahí de Doctor Álvarez», decían, «sí que se la ganó en el parque de la catedral limpiando zapatos. Dio el último golpe en el cajón y recibió diez centavos... pero y quien te dice que le estaba limpiando los zapatos nada más y nada menos que al mismísimo señor Orestes Valle, dueño de medio mundo. Y a ese hombre encumbrado se le ocurrió olvidar su billetera en el banco del parque, ahí, cara a cara con ese que ustedes ven ahora de Doctor Álvarez».

Quinti, como le decían, corrió a devolvérsela, y el filántropo premió ese gesto de honestidad con una beca en la mejor escuela del mundo. «¡Médico, yo quiero ser médico!» Fue lo que dijo el limpiabotas en su primer día de clases. El generoso Orestes, poco después, se mandó hacer un pasquín de campaña en el que aparecía con el niño Álvarez sobre una consigna: «Valle Presidente».

En La Charretera   estaban los tipos que interpretaban mal a Shakespeare, quienes se chupaban el dedo gordo del pie o inflaban preservativos. También quienes iban en pijamas a los carnavales, los que tenían la manía de lanzar huevos con tira piedras y los que oían discos de los Beatles. Eran aquellos unos especímenes que armaban disturbios multitudinarios en una cuarta de tierra y sonaban una bomba de carburo en cualquier sitio. Ellos padecían la enfermedad de la contravención.

El Viejo Oña, al saber que su primer hijo tenía los días contados, no consiguió escuchar y mucho menos entender la explicación que el Doctor Quintiliano Álvarez intentó darle acerca de las mutaciones ocurridas en la formación de la criatura. Sin embargo, entre tanta palabrería médica, Oña captó que el niño había venido al mundo con el corazón en el lado derecho del tórax. Por eso rezongó: «¡Me cágüesten la mierda!» Y tomó de inmediato una decisión: «¡Tatuado coño... lo tendrá tatuado!» 

Las autoridades de La Charretera   se las ingeniaron para cubrir todas las formalidades de la visita lo más rápido posible. Un niño es, o al menos lo era entonces, una emergencia. Según las profecías, que eran tomadas muy en cuanta, obstruir el bautizo de agua, obstaculizarlo de algún modo podía provocar muy mala suerte, tanta, que según aseguraban algunos brujos la fatalidad podía durar hasta por diez generaciones. El viejo Oña, mostrando su hijo, suplicó ante el alcaide, pidió misericordia y recordó los augurios, solicitó ver a La Diabla, quien según estaba escrito sería el padrino de agua del primogénito de la familia Oña, del recién nacido que muy pronto estaría recién muerto según el diagnóstico del doctor Álvarez.

Viejo y primogénito fueron conducidos por un corredor en el que se repetían puertas cerradas a un lado y otro. Cada cuatro o cinco pasos era lo mismo, hasta que sobre el piso apareció un parpadeante haz de luz. La puerta, idéntica a todas las demás, era batida por la brisa. «Pase», le dijeron, y el Viejo Oña apuntó hacia la voz con un billete.

Era como otro país, pero mejor. «Como en las películas», pensó Oña y como si La Diabla lo estuviera escuchando le respondió: «No te guíes por las apariencias, es pura escenografía, yo mismo las diseño. Ellos verdaderamente me malcrían bastante». La Diabla se refería por supuesto a quienes lidiaban con él en La Charretera, «me porto bien y ya hice muchos favores en mi vida». Los dos, niño mediante, se abrazaron. Antes de sentarse, Oña miró a su alrededor y soltó uno de esos chascarrillos con los que solían alegrar y alegrarse en los viejos tiempos: «Este es un banco muy blanco bajo la sombra de una mata de mangos». A lo que respondió La Diabla, rápido como siempre. «Que no es lo mismo que un manco muy majo que te mata y se asombra». Y sin siquiera tomar un respiro continuó con una frase que, por el modo de subrayar cada palabra y lo afectado de su rostro, era a todas luces una ironía:

- ¡Me agrada que por fin tengas un hijo, te estaba haciendo falta desde hacía mucho tiempo!

La Diabla lo miraba fijo, mientras se quitaba el cigarro que tenía montado sobre la oreja como lápiz de bodeguero y se lo llevaba a los labios. Tenía en una de sus manos un libro que, al momento de entrar la visita, dejó marcado con su dedo índice. Sintió, en medio de tan inesperado acontecimiento, que algo lo frenaba; entonces, como para despojarse de aquellos accesorios, marcó la página con el cigarro y tiró el libro sobre el césped. Ahora se paró gesticulando, desató sus sentimientos y su lengua.

            -Eres un pendejo Oña, y no me alegro nada de que tengas un hijo... mira que aparecerse a estas alturas con un muchacho y para colmo de males al revés... no lo dudes, aquí se sabe todo como si el viento trajera las palabras. Lo único que no entiendo es para qué me lo has traído, porque no pretenderás que yo también me trague el cuento ese de «padrino de agua».

-Diabla -dijo por fin el Viejo Oña pasando por alto todos los reproches del amigo-, lo que quiero es que le pongas el corazón en su sitio.

La Diabla lo miró con tanto enojo, que de no ser por toda la historia que habían vivido juntos, el encuentro se hubiera convertido en una tragedia. Sin quitarle los ojos de encima, una avalancha de interrogantes le sobrecogió. Los más encendidos tonos de la indignación lo abrumaron. Le puso furioso pensar que era una «cama», que le tendían una celada para sacarle algo. «¡Y para colmo utilizan a mi compadre de informante!» Pero el rostro de Oña, mirado fríamente, daba lástima. La Diabla desechó la idea y volvió a estar seguro de que al compadre nunca lograrían obligarlo a prestar semejante servicio. La Inteligencia no podría cazar sus ideas con esa trampa y pasó de un estado a otro, de la locura a la razón, del crimen a la bondad y dijo:

            - ¡Ni que fuera yo mago compadre!

            - Sí, Diabla, eres mago haciendo tatuajes.

El viejo Oña respondió con tanta ternura, con tanta admiración por el amigo de los años que La Diabla volvió a la calma completamente y sintió, como en los buenos tiempos, que aún era capaz de recorrer los extremos de su alma en un santiamén. «Aún, pensó, tengo el corazón de un caballo». Y al tragarse el nudo que se le armó en la garganta se pavoneó diciendo:

            - ¡Acabáramos compadre! Usted lo ha dicho y es la verdad.

La Diabla no tenía alternativa, juntos habían pasado mucho hasta que lo cogieron a él en aquello de contravenir. Fueron uno hasta ese mismo día. Oña, fue el primero en decirle a grito limpio el apodo satánico que al principio fue motivo de duelos perrunos. «¡La madre del que le diga La Diabla a mi socio!» Vociferó Oña un día en presencia del enjambre de muchachos y La Diabla no tuvo más respuesta que: «La tuya».

Eran compadres, aunque no por el primogénito de Oña, eso vino después a «remachar», como decían en la cuartería. Se habían puesto de acuerdo en cuanto al primer compadrazgo, mientras celebraban el alumbramiento de una hija de La Diabla. Habían pasado muchas botellas de aguardiente y muchos pucheros de ajiaco cuando el padre de la recién nacida, levantándose del taburete en el que había permanecido tragando sin pestañear durante dos días, agarró por el cuello al Viejo Oña y le dijo: «Serás su padrino. Si tan intimado te crees conmigo que me dices ese santísimo nombrete donde quiera… sin que te rompa la crisma, vas a tener que rociarle la mollera a.…» Y se cayó como una palma. El estruendo de La Diabla contra el piso resonó por sobre el ruido de platos que constantemente iban a los calderos, por sobre el ruido de las botellas que titilaban en varios kilómetros a la redonda, por sobre los berridos de los muchachos que en bandadas y en cueros retozaban sin descanso, por encima de los interminables versos con que pugilateaban los repentistas. Se hizo una pausa en la bacanal para ver qué había sucedido y al descubrir que no era nada cada cual siguió en lo suyo. El caído durmió durante los próximos tres días que duró el guateque.

La Diabla aprendió a dibujar la piel a través de un curso por correspondencia que se anunciaba en la revista Vanidades. Su familia no pudo encontrar otra cosa mejor para él. «Nunca pensé que ganaría tanto dinero», comentaba, cuando muchos años después se puso de moda aquello de grabarse en el cuerpo dolorosas anclas, mujeres desnudas, mariposas multicolores, crucifijos y letreros alegóricos al amor filial, carnal, musical y tantos otros. Los clientes, llegados de todas partes, hacían las colas más organizadas, inevitables e interminables para que el más grande genio de Las Artes Dérmicas pintara sus pieles como lienzos.

El primogénito de la familia Oña regresó a la cuartería en medio de una verdadera marcha triunfal. «¡Ya lo enderecé!» Gritaba el Viejo Oña por el camino y les mostraba a todos el carmín encendido que latía sobre la tetilla izquierda de la criatura. «¡Derecho como una vela carajo, aunque se muera mañana!» En La Charretera, La Diabla fumaba a la sombra mientras leía.

Lo que nadie pudo imaginar entonces, fue que el niño, impar desde lo más profundo de sus entrañas, sobreviviría a todo y a todos. Nadie pudo suponer que el médico de la familia Oña equivocaría un pronóstico, era imposible vislumbrar entonces que el Niño Oña llegaría a tocar el infinito y que su estigma y epónimo quedarían grabados para siempre en la Cultura Universal.

El Niño vivió hasta los ocho años sin nombre propio. No se ponían de acuerdo en la familia, y registraban santoral arriba y santoral abajo sin conseguirle un santo y seña. La algazara se extendió más allá de las fronteras de la cuartería y durante largos meses se convirtió en un Deporte Nacional aquello de llevarle a la puerta de la casa un papelito con una palabra escrita, un conjunto de letras que pudiera identificar a quien pronto iba a morir. Las jóvenes casaderas cambiaron sus juegos habituales y se apartaron de la gallinita ciega, el juego de las prendas, las cartas y toda esa banal perdedera de tiempo para, en todos los idiomas, ir combinando sílabas que sonaran aparentes para ser asentadas en la fe de bautismo del primogénito. Los varones abandonaron sus rondas de enamorados y se unieron a los jugadores de la Lotería Nacional, quienes idearon una variante de la charada china, dándole a cada letra del alfabeto un número de clave. Estas combinaciones de números premiados cada semana por el Ministerio de Hacienda, al traducirse a sílabas, formaban grupos de sonidos que, evaluados por una Junta Consultiva, eran decantados hasta alcanzar sólo diez nominaciones o candidatos.

Ya estaba convocado el Sufragio Universal, estaba concertado que se votaría de manera directa y secreta, ya un grupo de Organizaciones no Gubernamentales se habían puesto de acuerdo para observar la limpieza del torneo cuando el Viejo Oña puso fin a la batahola: «Que se lo busque él mismo caray, ¡qué tanto lío es ese por el nombre de un muchacho!» Y ni una palabra más se volvió a escuchar sobre el tema.

Las cuarterías, fueron construcciones en las que bajo un mismo techo se ordenaban, una al lado de la otra y dividiéndose por tabiques, varias habitaciones. La familia Oña vivió en una de madera y tejas, compartida con muchos vecinos, y para el día en que el primogénito Oña cumplió su onomástico octavo la edificación se mantenía fuerte y gallarda.

Los Oña llegaron allí gracias a una botija llena de prendas y un lingote de oro catorce, que el entonces mozalbete señor Oña se encontró. Andaba él enrolado en eso de cavar fosas para escusados, cuando el pico, que tantas veces hirió la tierra bajo sus pies, le descubrió una fortuna. El operario Oña tuvo la feliz idea entonces de comprarse un techo... bueno, en realidad una parte del techo de la cuartería. «¡Esta es mi casa repinga!» Estallaba colérico el Viejo Oña cada vez que el cobrador de alquileres se le aparecía en la puerta por equivocación.

La cuartería estaba muy bien ubicada desde su fundación, tanto, que en el traspatio tenía un pozo para uso de los inquilinos. Era una potencial fuente de especulación. En una época en que la herencia estuvo en pleitos a causa de la muerte del dueño, hasta los usufructuarios se aprovecharon de aquellas ventajas geográficas. Los inquilinos asumieron la venta del agua, su administración y distribución, y organizaron un Consejo de Vecinos del cual el señor Oña era el Presidente. «Por mi condición de único propietario en el ínterin y mientras se averigua», alegó. La señora Oña era la Tesorera y quien controlaba los precios, los costos y las ganancias, los salarios y la seguridad social.

Los comerciantes, quienes siempre han tenido un olfato muy agudo para asentarse cerca de las aguadas, fueron colocando sus negocios lo más cerca posible de la cuartería; sin embargo, quienes le sacaron mejor partido fueron precisamente los Partidos Políticos. Todos los candidatos en sus campañas prometían convertir el pozo en un acueducto comunitario, demoler la cuartería para hacer allí el Ayuntamiento, y otorgarle a quienes la habitaban modernas y confortables viviendas.

«¡Una cosa se dice en la campaña y otra bien distinta después de la campaña!» Dijo La Diabla durante una refriega de ideas tumultuarias en el parque. Y ese fue el último alegato incendiario que se le escuchó en mucho tiempo. En medios oficiales se divulgó que «lo tenían en cuidados intensivos, que estaba un poco enfermito».

Valle estuvo muy metido en aquello de prometer agua, caminos, escuelas, potencias médicas, potencias culturales y hasta el copón bendito. Prometió la luna a quien se la pidió, pero cuando se sentó en la silla del Ayuntamiento, aquello fue otro cantar.

El primer acto civil en el que participó La Diabla, después que le dieran el alta en La Charretera, fue el cumpleaños del Niño Oña. Era un plan muy viejo, era lo que tenía en mente desde que le grabó el pecho -él nunca creyó en los días contados-, y al llegar al borde de la zanja -donde algún día iba a estar la alcantarilla-, se encontró con el muchacho que jugaba con fango y un palito.

            -Felicidades –le dijo-, hoy cumples ocho años.

El Niño Oña, a quien ya por entonces comenzaba a darle lo mismo un jabón que hilo negro, lo miró y quiso dar media vuelta e irse a otro lugar donde no lo molestaran extraños, pero sintió que cinco estacas se le clavaban en la cabeza. La Diabla lo frenó y afirmó mirándolo fijamente:

            -Eres la mismitica cara de tu padre... vamos a ver, ya que aún no se han cumplido los augurios, si llegas a tener las condiciones de ese bestia.

            - ¡Mi tío, si me sigue apretando así voy a ver a Dios por la boqueun güiro! -fue todo lo que pudo decir el Niño.

La Diabla fue aflojando, y del tosco apretón pasó a una tierna caricia, a unas cachetadas cariñosas, a mostrarle un regalo que traía en un extrañísimo envoltorio.

            -Es un obsequio por tu cumpleaños, vamos para la casa -Le dijo al chiquillo.

Con el apretón que le dieron en la cabeza, el Niño Oña no necesitó ninguna otra muestra de las artes persuasivas de aquel grandulón, y, haciéndole el camino, se dirigió a una de las muchas puertas de la casa de vecindad. Él hubiera querido voltearse para ver de nuevo el regalo, hubiera querido pedírselo. «¿Para qué me lo enseñó si no me lo va a dar?», pensó, y al entrar en el portal escuchó a sus espaldas: «Lávese las manos si quiere comer de esto». Al menos supo que el regalo se comía.

El Niño Oña empujó la puerta y corrió hasta el traspatio de la casa llamando al padre. En la saleta, La Diabla se sentó en uno de los cuatro o cinco taburetes que andaban por allí y puso el regalo sobre otro.

            -Papá, le busca un propio -dijo el muchacho sin la menor esperanza de que le escucharan.

El Viejo Oña dormitaba en una hamaca que se desplegaba entre una mata de aguacates y otra de guayabas. En cada tronco había amarrada una argolla, y entre ellas pendía el fresco y autóctono tálamo.

            -El día que te caiga uno de esos en la cabeza esto va a ser del carajo –Murmuró entre dientes el Niño Oña.

            -No ha nacido todavía el aguacate que me rompa a mí la cabeza carajo y póngase de penitencia por mal agüero –Dijo el padre sin abrir los ojos.

            En la saleta, La Diabla y el Viejo Oña se volvieron a abrazar después de mucho tiempo.

            -Hoy tu hijo cumple ocho años -Dijo La Diabla.

            -Muchacho, le quito la penitencia y venga acá, que esta visita es suya también -Dijo el Viejo Oña para que el muchacho escuchara, allá donde estaba hincado sobre dos chapas de refresco Jupiña.

El Niño saltó de la postración, la más corta en toda su vida, y al llegar a la saleta lo primero que buscó fue el regalo que el visitante le mostró al llegar y pudo verlo en su raro estuche todavía.

El Viejo Oña, que ya estaba sentado en su taburete, al ver a su hijo, lo agarró por una mano e hizo que se acercara.

            -Este fue quien te puso el corazón en su lugar –Le decía mientras golpeaba el pecho a La Diabla con el dorso de la mano.

Desde el fondo de la casa, venía acercándose la voz de la Vieja Oña y se le escuchaba decir:

            -Verdaderamente aquí ya nadie se acuerda del día en que vive.

Y cuando apareció en la saleta, La Diabla se paró como un resorte y saludó muy respetuosamente a la concubina de su amigo.

Ya los cuatro estaban sentados y el jolgorio comenzaba a incubarse cuando una mesa, que salió del anonimato de un rincón para convertirse en el mueble más importante durante toda la visita, recibió la primera botella de aguardiente.

- Este muchacho va a dar mucha guerra todavía compadre. – Dijo el Viejo Oña-. Parece que Quinti falló.

- Pero Viejo, no me mencione la soga en casa del ahorcado. – Terció la señora Oña.

La Diabla dijo otra cosa al respecto y de allí continuó la conversación por otros muchos derroteros, la escancia se volvía cada vez más profusa y lo del regalo nada. El Niño Oña, atosigado por la curiosidad y viendo que los adultos andaban en lo suyo, sin encomendarse a nadie desenvolvió su aguinaldo y lo plantó sobre la mesa.

            - ¡Ñó... y mira eso... con letricas! –Dijo el muchacho.

Los mayores, más por el olor que por el asombro del Niño, se pusieron de pie y rodearon la mesa donde estaba el regalo. Era un apetitoso cake de nata, a la vista del cual todos tuvieron una sorpresa enorme. Más que asombrados, sus estados de ánimos quedaron desordenados, sin posibilidad de concilio aparente. Para cada uno de ellos, que tantas cosas tenían en común, el hecho resultó ser un fenómeno completamente distinto. Así, el primogénito pensó: «¿¡Y Qué dirá ahí!?»; la señora Oña: «¡La Diabla no cambia!»; el Viejo Oña: «¡Qué gran amigo es La Diabla, me sacó del bache otra vez!», y La Diabla: «¿¡Y eso quién lo escribió!?»

Ante el mismo hecho, todos reaccionaron de diferentes maneras porque cada cual tenía una información parcial o distorsionada de las causas por las cuales, el delicioso cake de nata tenía una dedicatoria. El matrimonio Oña, casi al unísono, como solían ellos pensar, llegó a una conclusión: «Que bien conoce mis (sus) malas pulgas, sabe que cuando digo (dice) por ahí... no hay quien me (lo) pare».

Ellos estaban convencidos de que el compadre acababa de sugerir, con aquel obsequio que traía una sutil inscripción, la manera decorosa de solucionar el viejo asunto del nombre del muchacho. Sin menoscabo de los principios y caprichos de la familia Oña, La Diabla estaba poniendo, literalmente, una posibilidad sobre la mesa.

Nadie se atrevía a hablar, pero todos pensaban descocadamente. Las conjeturas iban y venían en tropel sin encontrar asideros realmente sólidos. El Niño Oña, quien se sentía muy feliz, pensaba: «Lo cierto es que todo cake de cumpleaños que se respete debe tener un garabato encima».

La Diabla era el único que no encontraba ni siquiera hipótesis. En primer lugar, no podía suponer que el niño aun no tuviera nombre, para él aquello se había resuelto hacía mucho tiempo. Nadie tuvo la ocurrencia de contarle. A nadie se le ocurrió decirle que estaba determinado que se lo buscara él mismo. «Cuando lo compré en el Shopping Center no decía nada». Fue todo lo que pudo pensar La Diabla. Nada más.

Lo que pasó por sus mentes en aquella ocasión nunca fue dicho, nunca ellos confrontaron sus ideas al respecto. Cada cual tomó como ciertas y válidas sus especulaciones. Para el resto de sus vidas, todo lo que allí supusieron fue la verdad.

Así, quedó oculta la realidad durante muchísimos años, y si no hubiera sido por el amor y el orgullo que sentía la señora Oña al mostrar a los demás todo lo relacionado con el fruto de su vientre, hoy sería imposible conocer el origen de tan controvertido epónimo.

La madre Oña, sintió gran pasión por la vida y obra de su hijo, por lo que atesoró gran cantidad de objetos insignificantes, menudencias que de algún modo estuvieron relacionadas con él. Entre aquellos simples recuerdos, la señora Oña salvó para la posteridad el raro pliego que envolvió el cake de nata, obsequio de La Diabla al Niño Oña en su octavo cumpleaños. Cuando llegó a mis manos el envoltorio de marras, estaba grasiento y apestoso, y tenía grabados estos caracteres: УБОГОИЮ

Un detallado examen sobre la época arrojó que: «producto de la crisis financiera, la Directiva de la casa expendedora del cake de nata, se vio en la necesidad de violar el Código del Comercio, el cual constituía un verdadero cepo para los indolentes y un salvavidas para los consumidores. En uno de los mandamientos el Código establecía: No venderás ningún artículo desempacado; pero, las condiciones objetivas estrangulaban la economía interna y obligaban a las maromas más inverosímiles, obligaban a luchar tesoneramente y a trabajar sin descanso para no contravenir, así que, cuando no fue posible conseguir ningún suplidor que abasteciera los mercados con los deficitarios materiales para envoltorios, se hizo correr la voz de: «A empaquetar con cualquier cosa».

«Hubo muestras de elevado espíritu de superación y surgió La Gran Iniciativa. Se propuso oficialmente, en todas las instancias, que se valorara la posibilidad de crear una comisión para recuperar los pergamino, lienzos, gasas, papel vegetal y todo cuanto era incinerado bajo el rótulo de PIEZAS INSALVABLES, en el Museo de Documentos Antiquísimos (MUDOCAN). Esta propuesta fue aprobada tras extensas discusiones y, considerada viable finalmente, gracias a la contundente exposición de la principal promotora del proyecto, quien según consta en una de las pruebas documentales: Al expresarse con tal convicción ante el plenario y cruzadas algunas miradas entre los Miembros de la Presidencia, consiguió todos los voto».

«Con la aplicación de tal mecanismo económico, subieron en flecha los índices de rentabilidad y junto a ellos el prestigio del Shopping Center. Fue entonces que comenzaron a aparecer, en cualquier casa de vecinos, páginas del Libro de los Muertos, lienzos provenientes de las pirámides de Egipto, prendas íntimas de bellas mujeres célebres y útiles de campañas históricas. Se supo de un pañuelo de María Antonieta, de la hamaca de Alejandro Magno y hasta de un trozo del Manto Sagrado.

El Gran Arqueólogo, quien pidió no ser identificado, me expresó su parecer sobre el origen de la pieza que envolvió el cake de nata. Según él, era «la página de un incunable con caracteres sibilinos». Sin embargo, los pigmentos con los que fueron elaboradas las tintas se habían podido reconocer perfectamente, y de todo un larguísimo informe, sólo me sirvió un dato: Eran resistentes al agua, pero fácilmente se podían diluir en grasas. Ese fue el punto al cual no pudo llegar nadie antes que yo.

Debo confesar, que desentrañar el misterio de aquel cumpleaños se convirtió para mí en una obsesión. Muchas veces estuve a punto de dejar todo a un lado y abandonar mi investigación sobre la Era Oña. Me fue tan difícil llegar hasta el fondo, cuando los protagonistas prefirieron callar y aceptar las apariencias como si estas fueran la verdad, que me sentí frustrado muchas veces. Sólo la perseverancia y la casualidad me permitieron conocer, claramente, por qué, en el principio de los días, nuestros próceres vieron grabada una dedicatoria sobre el delicioso cake de nata.

Muchas veces, con el informe sobre la mesa de trabajo y el incunable plastificado en mis manos, me entretenía repitiendo una frase del Gran Arqueólogo, una frase que desde el primer momento se me quedó atorada en la memoria: «Resistente al agua y soluble en grasa». Al no tener absolutamente ninguna idea para solucionar el enigma, repetía sin fin el estribillo: «Resistente al agua y soluble en grasa». Es probable que aquel período estéril fuera más largo de lo que hoy puedo calcular, porque en realidad perdí la noción del tiempo y no la he vuelto a recuperar jamás. Y así, como me hundí en un éxtasis improductivo, un buen día, mirándome al espejo, una de esas mañanas de modorra, después de salir de la ducha, quedé tocado por la luz. La imagen invertida detrás de mí convocó recuerdos que llegaron en tropel por intrincados recovecos. Rememoré la escena donde un tipógrafo y su espejo hacían rutinarias pruebas de galeras. Eso había sucedido. Al envolver el cake de nata, con un papel escrito con tintas solubles en grasas, había quedado estampada una inscripción, había aparecido, por un evento fortuito, el nombre de una Era.

Lo próximo que se volvió a escuchar en la casa de los Oña, aquel lejano y memorable día, fue apenas un susurro. Alguien, deletreó la inscripción que afloraba sobre el suculento pastel, y el Niño, rápido como era, repitió con voz potente y que se escuchó por todo el vecindario: «¡APOLONIO!»

-Tú lo has dicho –dijo el Viejo Oña-, así lo has decidido y desde hoy y por siempre te llamarás Apolonio Oña.

Fin del primer capítulo de la novela LOS DÍAS CONTADOS DE APOLONIO OÑA, de Antonio Gómez Sotolongo.

miércoles, 27 de mayo de 2026

SIN PERDER LA ESENCIA

Funcionalidad vs solemnidad del culto

Por M. C. † Isabel María Serrano Fuentes (1963-2023) (*)

En sentido general, las iglesias construidas durante el siglo XX, se encaminaron a la realización de una arquitectura más funcional y existen muchos ejemplares valiosos; pero, con este criterio constructivo la arquitectura civil alcanzó más éxitos que la arquitectura religiosa.

La Sagrada Familia. Barcelona, España @Fuente externa

La arquitectura religiosa, es el lugar adecuado donde el hombre puede satisfacer sus necesidades espirituales. Las construcciones de iglesias, monasterios, catedrales y conventos, han sido puntos culminantes en la Historia del Arte. Desde la antigüedad se construyeron excelentes templos, mezquitas y sinagogas bajo códigos específicos; pero, la expresión casi perfecta de esta manifestación se produjo al final de la Edad Media, con la aparición del estilo gótico, por lo que muchas de las construcciones religiosas realizadas desde entonces miran hacia ese estilo como un arquetipo.

Disponible en Amazon

Sin embargo, durante la época del renacimiento el gusto arquitectónico favoreció el retorno a las formas clásicas, tan gratas al humanismo y al ambiente arqueológico de sus estudios e investigaciones, y descubrimientos filológicos. Luego, la aparición del barroco en el siglo XVII cambió por completo el panorama arquitectónico de Europa, pues las formas se retorcieron y los espacios se recargaron de elementos decorativos para ofrecernos edificaciones completamente diferentes. Sin embargo, el movimiento romántico desarrollado en el siglo XIX volvió a poner el gótico en el primer rango entre las construcciones de carácter religioso, argumentando que este era el estilo que constituía la expresión arquitectónica más precisa y más netamente cristiana.

Disponible en Hypermedia
y en Cuesta Libro


Si bien en los inicios del siglo XX las construcciones religiosas tuvieron la tendencia a apartarse un poco del gótico y sus versiones hacia el bizantino, no podemos negar que todos los estilos tradicionales usados desde el cristianismo primitivo, y hasta la aparición del nuevo gótico -unas veces puros y otras mezclados-, han influenciado la arquitectura religiosa de este período, cuyos magníficos ejemplares sobresalen en Europa, donde cabe resaltar La Catedral de La Sagrada Familia, realizada en Barcelona-España por uno de los grandes maestros de la arquitectura contemporánea: Antonio Gaudí. Estas tendencias también se expresaron en obras realizadas en el norte de África y en varias regiones de América.

En sentido general, las iglesias construidas durante el siglo XX, se encaminaron a la realización de una arquitectura más funcional y existen muchos ejemplares valiosos; pero, con este criterio constructivo la arquitectura civil alcanzó más éxitos que la arquitectura religiosa. Se buscó una especie de nueva armonía entre ambas tipologías tratando de responder a las exigencias de la era contemporánea. Pero, la recreación de los estilos “no tradicionales” en las construcciones religiosas de la actualidad es un trabajo de mucho cuidado para no crear obras que por ser tan funcionales no sean aparentes para la solemnidad del culto que es en definitiva la esencia misma de estos recintos.

Isabel Serrano (1963-2023)
(*) M.C. † Isabel María Serrano Fuentes (1963-2023) egresó de la Facultad de Artes y Letras de la Universidad de Oriente, Cuba como Licenciada en Historia del Arte, graduada con Diploma de Oro. Obtuvo Maestría en Ciencias de la Educación, Universidad de Camagüey, Cuba. Diplomado en Arte Virreinal de la Nueva España, Universidad Anáhuac, Veracruz, México. Diplomado en Estudios Superiores en Ciencias Pedagógicas con Mención en Enseñanza de las Ciencias UNAPEC-Universidad de Camagüey.

Realizó trabajos de Asesoría, Capacitación, Catalogación, Curaduría y Museografía en México (Plan Maestro de la Catedral de Veracruz), Ecuador (Museo Nahim Isaías), República Dominicana (Museo Sacro y Museo del Carnaval, (ciudad de La Vega). Curaduría para exposiciones individuales de artistas contemporáneos.

Es autora de artículos y ensayos publicados en periódicos y revistas especializadas (El Siglo, Diario de Xalapa, Artes en Santo Domingo, Cariforum, Mirada al Arte). Autora de nueve volúmenes de Artes Visuales para la Educación Artística de México, apegados a los planes y programas de la SEP. Impartió cursos de actualización a Maestros de Educación Artística en diferentes Estados de México. 

domingo, 24 de mayo de 2026

¡¡¡MÁS SE PERDIÓ EN CUBA!!!

Es tiempo de que quienes en la arena internacional se han mantenido mirando a otra parte, en complicidad con esa tiranía, enfoquen sus miradas hoy hacia la pequeña isla del Caribe, la que una vez fue nombrada Llave del Nuevo Mundo y Antemural de las Indias Occidentales.

Mapa británico de las Indias Occidentales (1736) / Fuente: Wikimedia Commons.

Hace unos días, alguien reflexionaba en las redes acerca del destino tan diferente que han tenido los hijos del exilio cubano y los hijos del castrismo. En el primer grupo se cuentan decenas de compatriotas de primera, segunda y tercera generación que son y han sido personas que alcanzaron éxitos excepcionales en sus diferentes lugares de asentamiento; entre ellos, Roberto Goizueta, quien perteneció a una primera generación de desterrados y Marco Rubio, que es hijo de una segunda generación de cubanos desterrados.


Y por la otra, Fidel Castro Díaz Balart, Mariela Castro Espín -descendientes directos de los tiranos-, y Sandro, y el Cangrejo,  que pertenecen a una tercera generación de comunistas, a quienes les cabe perfectamente el mote de «hijos de la revolución» o la encarnación del «hombre nuevo» -un hombre del que se pueden rastrear antecedentes en el más antiguo nazismo de fuentes nietzscheanas-, un engendro que FC y sus cómplices impusieron con violencia a través del férreo adoctrinamiento, el trabajo infantil, la abolición de la patria potestad, la penalización de todas las libertades ciudadanas y de un genocidio cultural que no dejó en pie ni el recuerdo de lo que llegó a ser esa isla. Estos cuatro nombres, por su denominación de origen, son una pequeña, pero exacta muestra -y para muestra un botón-, de lo que ha sido capaz de engendrar el castrismo en su seno. 

Cuba, durante siglos engendró hijos como Emilio Bacardí, José María Heredia, José Martí, Félix Varela, José Lezama Lima, Manuel Saumell, Amadeo Roldán, Huber Matos, Pedro Luis Boitel y cientos más, pero secuestrada desde hace más de sesenta años por una tiranía que no representa a Cuba ni a los cubanos, exhibe como sus representantes a una generación degenerada, que llega a los más altos cargos por lazos de sangre, comulgar, aplaudir y perpetrar los más inadmisibles crímenes contra su pueblo, crímenes por demás establecidos en una constitución y unas leyes espurias, avaladas por una minoría degenerada. Negadora de todos los derechos de los cubanos que no comulguen con las ideas, siempre cambiantes, del llamado «partido comunista de Cuba» (único).

Es inadmisible que la tiranía castrista continúe borrando de nuestra Historia a cubanos tan ilustres y exhiba tal cosecha de degenerados. Es tiempo de que quienes en la arena internacional se han mantenido mirando a otra parte, en complicidad con esa tiranía, enfoquen sus miradas hoy hacia la pequeña isla del Caribe, la que una vez fue nombrada Llave del Nuevo Mundo y Antemural de las Indias Occidentales, un territorio que fue tan rico y próspero para propios y ajenos, que cuando la Corona de España la perdió, convirtió el suceso en sinónimo de catástrofe y el pueblo español creó el refrán que reza: ¡¡¡MÁS SE PERDIÓ EN CUBA!!!.

No sigamos perdiendo, propios y ajenos, lo que Cuba representó y pudiera representar otra vez en este CAMBIO DE ÉPOCA. Hágase Cuba Grande de nuevo.

martes, 19 de mayo de 2026

LA HISTORIA DE CUBA QUE EL CASTRISMO HA QUERIDO SEPULTAR

El 20 de mayo de 1902 nació la República de Cuba

Don Tomás Estrada Palma (1835-1908)

Para quienes se educaron en Cuba antes de 1959 el 20 de mayo marca el nacimiento de la República; sin embargo, para quienes fuimos adoctrinados por la tiranía, se nos repitió una y mil veces que aquella había sido una «seudo república» y una «neocolonia del imperialismo yanqui».

A continuación reproduzco un extenso artículo que se conserva en el repositorio de la OHC Colecciones Digitales en el que se describe detalladamente cómo celebraron los habaneros aquel 20 de mayo de 1902.

Bastarían algunos párrafos de esta detallada crónica para desmontar todo el sistema de propaganda castrista-goebbeliano, es por eso que documentos como este son acallados, disminuidos, sepultados, y contraatacados por una avalancha de falacias verosímiles que pretenden que si una mentira se repite obstinadamente se convierte en verdad.

La crónica respira felicidad, alegría, esperanzas y, sobre todo, respeto por el vencido y agradecimiento por la mano solidaria. Muestra cómo los bravos guerreros que habían cubierto con su sangre los campos de batalla durante más de treinta largos años, festejaban el advenimiento de la República, recibían con honores al presidente electo don Tomás Estrada Palma, y de igual modo despedían al Gobernador Militar norteamericano Leonard Wood y manifestaban sus simpatías al mayor general Máximo Gómez.

El artículo está escrito casi medio siglo después, por lo que el autor es capaz de poner en perspectiva la República y verla con ojos críticos.

…………………………………………………………….

EL 20 DE MAYO DE 1902 EN LA HABANA (*)

Por Jorge Quintana

Los festejos de la proclamación de la República de Cuba, libre y soberana, comenzaron a las doce de la noche del 20 de mayo de 1902. Durante todo el día 19 la población había conmemorado, en silencio, el séptimo aniversario de la muerte de José Martí. Al duelo sucedióle la alegría. Al dar el reloj las doce campanadas un cambio súbito se produjo en toda la población cubana. En la capital las luces se encendieron por todas partes. Las campanas de las iglesias se echaron al vuelo. Las sirenas anunciaron que el día esperado había llegado. Cohetes y voladores atronaron el espacio. Los ¡Vivas! a Cuba Libre salían de las gargantas emocionadas, que así daban rienda suelta a un grito que por muchos años— casi un siglo— había sido delito que se pagaba con la vida. La Habana vivía, desde días antes, la crisis de una superpoblación transitoria. De todas partes de la Isla habían acudido cubanos que no deseaban perder un sólo detalle de aquel instante histórico en que la bandera de la estrella solitaria, "gallarda, hermosa, triunfal'', ascendiese por el mástil del castillo del Morro o en el del Palacio de los antiguos Capitanes Generales.

La bandera cubana ondea en el Castillo del Morro

Las primeras horas de la madrugada fueron de gran alborozo. Los habaneros habíanse olvidado del suceso policíaco que más conmovía a toda la isla: el secuestro, en Cienfuegos, del niño Francisco Pérez, hijo de un rico vecino de aquella ciudad. Grupos de cubanas recorrían las calles cantando los versos inmortales de Perucho Figueredo, hecho himno de la patria. Ante el Palacio, donde residía el Gobernador Militar norteamericano, muchedumbres de cubanos ebrios de alegría y patriotismo, se congregaban para vitorearle. Queríase que la despedida fuese cariñosa. Y así, mientras una manifestación bajaba otras ascendían hasta las residencias del mayor general Máximo Gómez o la del presidente electo de la República, don Tomás Estrada Palma, con la sincera aspiración de evidenciarles toda la simpatía de un pueblo que contaba los segundos que le faltaban para el instante en que la nación cubana se incorporaría al grupo de pueblos libres del mundo.

A las cinco y media de la mañana aparecieron las dianas mambisas. El eco de la corneta evocaba los tiempos de la ruda lucha en los campos. Hasta la casa donde vivía el general Máximo Gómez llegaron, con las alegres notas de la diana, una comisión de jefes y oficiales del Ejército Libertador, que había servido a sus órdenes, presidida por el general Bernabé Boza, antiguo jefe de la escolta y Estado Mayor del General en Jefe. En prueba de estimación le entregaron una medalla de oro de 18 kilates. (Esta medalla apareció después en una casa de empeño de esta capital. Adquirida por el coleccionista Federico B. Maciá pasó al Archivo Nacional, cuando esta institución adquirió su preciosa colección, donde hoy se encuentra).

Las calles tenían una fisonomía original. Todo el artificio de la pirotecnia oriental estaba presente. Aquella noche nadie cerró su casa. En todos los rostros advertíase la euforia del fin de una larga espera. Sobre el edificio del "Diario de la Marina" estaba izada, desde el amanecer, la bandera de la estrella solitaria.

El sol fue elevándose en la comba celeste, más azul y diáfana aquel día singular. La mañana fue avanzando, mientras las calles del centro de la ciudad se congestionaban de espectadores que sólo ansiaban una cosa: que el instante glorioso llegase al fin.

Una Comisión del Centro de Veteranos visitó en hora temprana al general Leonardo Wood. Iban a hacerle entrega de un lujoso machete colocado en magnífico estuche hecho con las mejores maderas del país. También esa misma mañana la fábrica de tabacos "Romeo y Julieta", hizo entrega al Gobernador Militar de mil estuches de tabaco con el ruego de que los repartiera entre los jefes y oficiales de su Estado Mayor y del Ejército de los Estados Unidos que ese día comenzarían a abandonar la Isla.

En el Parque Central, en el pedestal donde en la época colonial se había levantado la estatua de Isabel II, la "de los tristes destinos", se instaló una estatua de aluminio que representaba a la Libertad. En ese mismo sitio, pocos años después, se colocó la estatua de José Martí que aún hoy conocemos.

Los periódicos publicaban esa mañana la carta del republicano español Antonio Hevia Contreras protestando de que el Consulado de España invitase, en esa ocasión, a los españoles, a concurrir a esas oficinas a rendir homenaje al rey Alfonso XIII, que días antes había ascendido al trono. Concluía su interesante misiva al republicano Hevia afirmando que a donde concurrirían los republicanos españoles ese 20 de mayo era "como ciudadanos libres, a compartir con nuestros hermanos los cubanos nativos, a festejar el día y gozar como éstos, de las alegrías que nos brinda nuestra patria Cuba con el advenimiento de la República

La Ceremonia

Leonard Wood (1860-1927)

Por entre vítores y aplausos cerrados fueron avanzando cinco compañías del Séptimo Regimiento de Caballería de los Estados Unidos, que habían sido encargadas de rendir los honores de ordenanza a la nueva República. Y también, por entre vítores y aplausos cerrados, desfilo detrás la tropa cubana Eran tres compañías de artillería, mandadas cada una por los capitanes Pujol, Varona y Martín Poey, colocadas todas bajo el mando supremo del capitán José Martí y Zayas Bazán.

El general Wood se despidió de su familia, la que después de una intensa vida en los últimos meses, se tomaba unas vacaciones embarcándose en el "Alfonso XII" para España. Entre diez y once de la mañana, las fuerzas militares de los Estados Unidos y Cuba llegaron a la Plaza de Armas. Los norteamericanos se situaron frente a la entrada principal. Los cubanos por un costado del edificio, frente a la entrada del Ayuntamiento, que daba a la calle de Obispo, hoy Pi y Margall.

En la puerta del Palacio, los tenientes Carpenter y Hanna, ayudantes del general Wodd, de rigurosa gala recibían a los invitados. En muchos de los pechos de oficiales y soldados de los Estados Unidos veíase la Cruz de Santiago de Cuba. Eran veteranos de la campaña que culminó con la capitulación de la capital de la provincia de Oriente. Los civiles vestían la clásica levita negra El Cuerpo Consular fue llegando con sus uniformes galoneados de oro. Los marinos lucían sus atractivos uniformes. Con el cónsul de Italia llegó el comandante del crucero "Calabria", que el Rey de Italia había enviado a La Habana como homenaje a la República Cubana. Inglaterra envió otro crucero, el "M. S. Psyche". Los Estados Unidos enviaron a un navío glorioso, el "Brooklyn", que había servido c o m o buque insignia al almirante Sampson en la batalla naval de Santiago de Cuba. Fueron los tres únicos países que se hicieron representar en esa forma. México, la única República de la América Latina que había anunciado el envío de un navío de guerra, se excusó a última hora. El "Zaragoza", que era la nave elegida por los mexicanos sufrió averías que le impidieron zarpar a tiempo.

Los veteranos fueron llegando. Presidíalos el mayor general Máximo Gómez. Eran los generales José María Rodríguez, José Miguel Gómez, Alejandro Rodríguez, Carlos García Vélez y Demetrio Castillo Duany. Al frente del Ayuntamiento llegó una comisión de concejales presidida por Juan Ramón O'Farrill. El Consejo Provincial estaba representado por los consejeros provinciales señores Ayala, Valdés Infante y Sánchez Osorio. Los bomberos enviaron una comisión presidida por su jefe, el coronel Méndez. El Rector doctor Leopoldo Berriel representaba a la Universidad de La Habana. El señor Sebastián Gelabert, a la Sociedad Económica de Amigos del País. El señor Melero, a la Escuela de Pintura. Los estudiantes de la Facultad de Derecho se hicieron representar por el joven Miguel Ángel Campa, actual Ministro de Estado. La prensa cubana también estaba presente. Rafael Bárzaga, Guillermo V. Pórtela, Víctor Muñoz y Enrique H. Moreno eran los soldados de la noticia que reportearían el acontecimiento. De todos ellos el único que vive es Moreno, quien preside, con singular acierto y escrupulosidad, la Caja del Retiro de los Periodistas, después de haber presidido la Asociación de Repórters de La Habana y ser, en el presente el Socio Número 1.

Máximo Gómez (1836-1905)

La prensa española estaba representada por el periodista Juan Dardet. Y como repórter gráfico los españoles enviaron a Rafael B. Santa Coloma, que después se quedó entre nosotros, logrando destacarse por su trabajo y su espíritu de compañerismo.

El gobernador Wood y sus ayudantes se multiplicaban atendiendo a los que iban llegando. El senador William J. Bryan, que tanto se había destacado en la defensa de la causa cubana, fue presentado al arzobispo Barnada. El propio gobernador Wood hizo la presentación. Muy pronto en los salones y pasillos no se podía dar un paso. Los senadores y representantes fueron llegando lentamente. Al frente del Congreso figuraba el vicepresidente de la República, doctor Estévez Romero.

A las once y treinta y cinco minutos de la mañana llegó don Tomás Estrada Palma a la puerta del Palacio. Le acompañaban los miembros del Gabinete designados desde el día 16 y que prestarían juramento después que él. El general Wood, avisado por su ayudante, el teniente Carpenter, se adelantó a recibirle en la misma escalera. Después de los saludos le acompañó hasta los pasillos inmediatos al Salón del Trono. En el asta mayor del edificio se encontraba izada la bandera de las barras y las estrellas. A las once y cuarenta y cinco minutos los sargentos, J. J. Kelly y F. Vandrake, del Séptimo Regimiento de Caballería, se colocaron debajo, rindiéndole la última guardia de honor.

Cuando faltaban cinco minutos para los doce del día el general Wood avanzó hacia la puerta izquierda, seguido de su Estado Mayor, penetrando en el antiguo Salón del Trono. En ese mismo instante, por la puerta opuesta, hacía su entrada al mismo salón, el Presidente electo de la República de Cuba. Entre el Gobernador y el Presidente se colocó el mayor general Máximo Gómez, general en jefe del Ejército Libertador. Apenas si el reloj comenzó a tocar las primeras campanadas, que señalaban la llegada de la hora fijada para el acto de la trasmisión de poderes, el general Wood comenzó a leer el documento firmado por el Presidente de la República de los Estados Unidos, en el que se le ordenaba hacer entrega del gobierno de la Isla de Cuba, al Presidente electo de la República de Cuba. Como buen militar, el general Wood fue parco y escueto. No agregó ni una sola palabra al documento que acababa de leer. Don Tomás Estrada Palma escuchó con atención las frases del texto del documento. Después contestó a nombre de la República.

La bandera en Palacio

La bandera cubana ondea sobre el Palacio de los Capitanes Generales

En tanto esa ceremonia se verificaba en el Salón del Trono, los cañones de la vetusta fortaleza de La Cabaña comenzaron a disparar las salvas de saludo. El primer disparo lo efectuó un cañón llamado "Carlos IV", construido en Toledo el 16 de mayo de 1875. En la azotea del Palacio de los Capitanes Generales, • ahora Palacio Presidencial, el teniente McCoy aguardaba, al pie del asta, la orden para arriar su bandera. A las doce y diez minutos el general Wood le ordenó:

—En nombre de los Estados Unidos de América izad la bandera de la República de Cuba.

Las tropas, formadas en atención, presentaron sus armas. Las bandas de música comenzaron a tocar "The Star Sprangled Banner". Un minuto y siete segundos demoraron los sargentos en arriar la bandera. Después las bandas comenzaron a tocar el Himno Nacional de Cuba y por el asta libre comenzó a ascender la bandera de una nación libre. A las doce y catorce minutos ya estaba izada. Quince minutos más tarde volvió a arriarse aquella bandera que era histórica, pues era la misma que se había izado en el edificio donde se inauguró la Convención Constituyente de 1901, en Palacio, cuando se abrieron las sesiones del Congreso de la República y en el Morro de La Habana, el día que llegó a la capital de la República el barco que conducía al presidente electo, don Tomás Estrada Palma, y había el propósito de obsequiarla, como un trofeo, al general Leonardo Wood. Desde luego, que no fue ese solo el único trofeo que el militar estadounidense se llevara, como un recuerdo de su mando en Cuba. Además del machete que le regalaron los veteranos de la Guerra de Independencia, se le obsequió también con la bandera que estaba izada en la popa del "Maine", el día de su hundimiento.

USS Maine, La Habana 1898

En el Morro

En la fortaleza del Morro la ceremonia fue mucho más emocionante. Desde temprana hora comenzaron a llegar los invitados. En sus alrededores situáronse todos los espectadores que pudieron llegar. En el canal, en la bahía, mar afuera había plétora de embarcaciones atestadas de gente. A lo largo del Malecón, a la sazón recién construido una multitud inmensa aguardaba impaciente. Al pie del asta del Morro, el teniente Edward A. Stuart, con unos gemelos, miraba hacia el Palacio del Gobierno. Tan pronto vio descender la enseña de su patria en aquel edificio, contó los cuarenta y cinco cañonazos de la salva y dio órdenes para que se arriara la bandera que estaba izada. Eran las doce y diez minutos cuando se escuchó su orden. Los veteranos que se hallaban congregados en la base del asta se precipitaron a su encuentro para no dejarla tocar tierra. Comenzóse después a izar, tirada la cuerda por manos de veteranos de la Guerra de Independencia, presididos por el general Emilio Núñez, la bandera de la patria redimida. Un griterío ensordecedor la fue saludando mientras ascendía desplegada al viento del mar. La emoción llegó a su colmo. Hubo quienes se arrojaron al agua. Hubo quienes lanzaron los sombreros, las prendas de vestir, los zapatos. En todos los ojos había lágrimas de alegría. En todos los rostros había emoción cubana.

Inmediatamente, una guardia militar cubana, al mando del sargento interino de artillería Mario Roldán, se hizo cargo de la fortaleza.

En la Cabaña

La ceremonia en La Cabaña no dejó de tener lucimiento. En sus fosos la sangre cubana había corrido a raudales. En sus galeras el cubano había sufrido injustas y prolongadas prisiones. Si alguna fortaleza cubana representaba al despotismo español, en la misma medida que la Bastilla representaba al despotismo de los Capeto, era la Cabaña. Y, desgraciadamente, en la República ha seguido representándolo. Cuando un gobierno tiránico ha pretendido implantar el terror, sus galeras han vuelto a llenarse de presos y en sus mazmorras se ha continuado asesinando impunemente a los amantes de la libertad y de la democracia. Tal vez el mejor homenaje que podría rendírsele a la República, en este año del Cincuentenario, fuese el de demoler esa vieja fortaleza de La Cabaña, liquidándose así un viejo fantasma de negras amenazas.

Tan pronto el capitán Brown, del ejército norteamericano, vio arriar la bandera de su patria del edificio del antiguo Palacio de los Capitanes Generales y en el Morro, dispuso que en aquella fortaleza también se arriase. El teniente de artillería cubana, Manuel Portuondo, joven veterano de la Guerra de Independencia, asumió el mando como comandante de la fortaleza, izando la bandera cubana. Este mismo oficial pocos años después, ya capitán, pereció en una reyerta vulgar entre artilleros y policías, en una de las calles de La Habana Vieja.

En la bahía

El espectáculo en la bahía no pudo ser más emocionante. A las doce del día todos los barcos, completamente empavesados, izaron en el tope de su mástil mayor, la bandera cubana, mientras saludaban el advenimiento de la nueva República con sus sirenas tocadas hasta quedarse exhaustas. El “Brooklyn” inició las salvas, secundándole el “Calabria” y el “M. S. Psyche”.

En la Cortina de Valdés el público invadió una amplia gradería levantada por el concesionario senador José Antonio Frías, que iniciaba así una serie de actividades que le producirían pingües ganancias.

En el Castillo de la Fuerza

Castillo de la Real Fuerza

En el Castillo de la Fuerza, una de las más Viejas fortalezas de La Habana, se hallaba instalado, a la sazón, el Archivo Nacional. A la hora señalada de las doce del día todo el personal del Archivo presente, presididos por su director, el doctor Vidal Morales, se reunió para proceder a la ceremonia de izar la bandera cubana en aquel edificio. El insigne historiador llamó entonces al joven empleado del Archivo señor Joaquín Llaverías y le pidió que izase la bandera, porque a su juicio, ninguno de los presentes tenía más derecho ni más méritos, ya que era el único miembro del Ejército Libertador que trabajaba allí.

Y el entonces joven capitán Llaverías izó, con sus manos, la enseña nacional en la vieja fortaleza española, que desde aquel instante, pasaba a ser propiedad del Estado cubano.

En la Universidad de La Habana

En la antigua Loma de la Pirotecnia, donde se había instalado la casi bicentenaria Universidad de La Habana los estudiantes estaban reunidos a las doce del día, para la ceremonia de izar la bandera. La máxima autoridad del Claustro lo era el antiguo político autonomista licenciado Pablo Gómez de la Maza, que desempeñaba la Secretaría General.

A la hora señalada, profesores y estudiantes, procedieron a izar la bandera, saludándola con vivas y aplausos.

Inmediatamente el licenciado Gómez de la Maza, todo formulismo, procedió a levantar acta del suceso, suscribiéndola, por los estudiantes, los entonces alumnos universitarios José Manuel Cortina, Manuel Carnesoltas, Carlos Miguel de Céspedes, Juan Lanza, Gonzalo Pérez Abreu, Joaquín Rodríguez Lanza, Luis de Soto. Esteban Mulkay, Antonio Mesa Valdés y Germán Wolter del Rio.

El Primer barco que salió

A las doce y quince minutos cruzó por delante del Morro el barco norteamericano "Olivette". Con su bandera cubana en el palo mayor, resultó ser el primer barco que abandonaba el puerto habanero después del cambio de bandera y de soberanía.

Al cruzar con su bandera norteamericana de la popa saludó a la enseña cubana izada en el 'Morro.

Poco después entraba un costero inglés. Fue el primer barco que tomó puerto bajo la soberanía cubana.

El General Wood se embarca

Disponible en Amazon
y en Cuesta Libro
 

Cuarenta minutos habían pasado después de la ceremonia de la entrega del gobierno en el Palacio Presidencial, cuando el general Leonardo Wood, acompañado por el presidente Estrada Palma y los miembros del Gabinete y del Congreso, atravesaban la puerta del Palacio que daba a la Plaza de Armas, dirigiéndose al muelle de Caballería. Delante marchaban, montados a caballos, abriéndole paso, el capitán Tavel y el teniente Félix Pereira, de la Policía cubana.

El pueblo, apostado a lo largo del recorrido lo aplaudía delirantemente. El general Wood, con gesto reposado saludaba, mientras avanzaba con actitud marcial hacia el muelle.

El último apretón de manos ese día -y el último que se darían en la vida— se lo dieron el general Wood y el presidente Estrada Palma en el Muelle de Caballería. El presidente retornó inmediatamente a Palacio para atender múltiples obligaciones de su cargo. Pero muchas personas tomaron botes para acompañar hasta la misma escala del "Brooklyn" al ya ex gobernador norteamericano de Cuba. A las doce y cincuenta minutos el general Wood ascendía por la escala del "Brooklyn", mientras los cañones del barco le saludaban.

La ciudad

Disponible en Amazon

Toda la ciudad estaba embanderada. Banderas de Cuba, Estados Unidos, las naciones latinoamericanas y España estaban izadas en las astas o colgadas de los balcones. Era una nota de color y alegría.

Los arcos triunfales constituyeron otra nota singular. Jamás la ciudad levantó tantos. Ni después se ha conmemorado una efeméride con tanta profusión de arcos. Algunos, como el que el Partido Republicano comenzó a levantar a la entrada del Paseo del Prado o el que el Partido Nacional inició frente a la Plaza de Monserrate, quedaron sin terminarse. La perfumería "La Constancia" levantó uno, frente a sus oficinas, en estilo árabe, todo de hierro, adornado con las enseñas nacionales de las Repúblicas americanas. En Empedrado, frente al Parque de San Juan de Dios, la compañía de seguros "El Iris", levantó uno que mereció elogios. En Aguiar, entre Empedrado y Tejadillo, el Consejo Escolar y los maestros de La Habana, construyeron uno de doble estrella, todo iluminado. En la estación del Carmelo, en el Vedado, se levantó un arco iluminado. A la entrada de la Catedral de La Habana, se alzó un triple arco. En el del centro se leía: "A la proclamación de la República. El Clero Catedral". En el de la derecha, en latín, se escribió: "Donde existe el espíritu de Dios, allí existe la libertad". En el de la izquierda, las humanísimas y tiernas palabras del "Gloria a Dios en las alturas y Paz en la tierra a los hombres de buena voluntad".

Los bomberos de La Habana levantaron, frente a la Estación Central, en la esquina de Prado y San José, un arco triunfal. La empresa y los empleados de los Ferrocarriles Unidos lo levantaron en Dragones, frente a la Estación de Villanueva.

En los barrios hubo competencia por arreglar sus arcos lo mejor posible. La prensa se hizo eco del levantado en Reina y Escobar, en la Plaza del Cristo, en la calle Suarez, en Someruelos y Corrales, en Monte y Antón Recio, y en Gloria y Vives. Otras calles, especialmente las comerciales, hicieron alarde de sus cortinas y banderolas. Así las de Muralla, que remataban en un arco en Puerta de Tierra, frente a la Plazoleta de las- Ursulinas; Obispo, que también levantó otro arco en la Plazoleta de Monserrate, al costado de la estatua de Albear; O'Reilly, San Rafael, Galiano, la Calzada de Monte, etc. Al alcalde de La Habana don Carlos de la Torre, la prensa de aquellos días le censuraba la pobreza de las colgaduras que había adquirido para el edificio de los antiguos Capitanes Generales, las cuales, a las pocas horas de haberse colgado ya se habían desteñido. "¿Es que el Ayuntamiento más rico de América, preguntaba el periódico "El Mundo", no ha podido adquirir cortinajes decorosos para la consagración de la República?".

La Plaza del Vapor mereció nota singular con las informaciones de esos días por su espléndida iluminación. El Convento de las Ursulinas colgó en su azotea, cubriendo todo el frente del edificio, una monumental bandera cubana, mereciendo algunas censuras el hecho de que en el centro de la estrella solitaria las monjas hubiesen bordado el Corazón de Jesús.

En Figuras esquina a Manrique se ofreció una nota típica. Los vecinos levantaron un bohío cubano.

El Círculo Nacional tuvo mayores pretensiones. No levantó arco alguno, sino que seleccionó la esquina de Carlos III e Infanta para edificar, con carácter permanente, un arco triunfal que fuese una reproducción del Arco de la Estrella, de París. El 21, con asistencia de las autoridades, se colocaba la primera piedra, pero el proyecto no pasó de ahí.

La Manzana de Gómez, que no era, desde luego, el edificio que es hoy, se engalanó profusamente con bombillos eléctricos y banderas nacionales. La Tesorería de la República cubrió su fachada principal con numerosas luces eléctricas de colores. Y los hoteles Telégrafos e Inglaterra, el edificio donde estaban instaladas las oficinas del Círculo Nacional, los altos del Delmónico y la cubanísima sociedad El Pilar, hicieron alarde de iluminación y engalanamiento.

A las tres de la tarde, los supervivientes del 27 de noviembre de 1871, presididos por el doctor Fermín Valdés Domínguez y el catedrático doctor Domingo Fernández Cubas, concurrieron junto a los lienzos de pared donde se habían situado los ocho estudiantes fusilados en esa ocasión, colocando coronas de laurel y palma. La ceremonia fue sencilla. No hubo discursos y, en realidad, fue el único acto de ese día en que se evocó a los mártires de la patria.

La salida del general Wood

A las tres y quince minutos de la tarde, las tropas norteamericanas de ocupación comenzáronse a embarcar en el "Morro Castle". Un viejo cubano que había perdido a sus tres hijos en la guerra, al verlos desfilar rumbo al puerto, exclamó ahíto de emoción:

-¡Ya puedo morir tranquilo!-

A su paso, los hombres aplaudían; las mujeres arrojaban flores. Pocas veces una fuerza de ocupación, al retirarse, se llevaba consigo la simpatía popular en forma tan unánime.

A las tres y treinta minutos, el "Brooklyn", llevando a bordo al general Leonardo Wood, enfilaba el canal buscando la salida del puerto. Una verdadera flotilla de barcos, remolcadores y botes y lanchas de todas clases le seguía despidiendo al Gobernador norteamericano. En el puente de mando del acorazado estadounidense el general Wood, con la gorra en la mano, saludaba a los que tanta devoción le manifestaban y con tanto entusiasmo lo despedían.

A las tres y cuarenta minutos abandonaba el puerto el "Alfonso XII", rumbo a España. Al cruzar junto al castillo del Morro llevaba en su palo mayor la bandera cubana y con la bandera española que llevaba en la popa, hizo los saludos reglamentarios. Era el primer barco español que le rendía ese homenaje a la enseña patria.

La sesión del Senado.

Luis Estévez Romero (1849-1909)

El Senado celebró una sesión, a las cuatro de la tarde. Era la primera reunión de ese cuerpo colegislador después de establecida la República.

Presidió el vicepresidente de la República, doctor Luis Estévez Romero. Apenas si se había abierto la sesión se suscitó un debate entre los' senadores doctor Alfredo Zayas y el señor Manuel Sanguily. El primero sostenía que a la luz de una interpretación del texto constitucional, la Alta Cámara no podía celebrar sesión si la de Representantes no se reunía al mismo tiempo. Sanguily opuso sólidos argumentos y la sesión continuó liquidándose así el debate. Se procedió entonces al sorteo de los senadores que deberían desempeñar el período de cuatro años. Resultaron así electos para el período corto Ricardo Dolz y Antonio González Beltrán, por Pinar del Río; Carlos Párraga y Nicasio Estrada Mora, por La Habana; Luis Fortún y Domingo Méndez Capote, por Matanzas; José Antonio Frías y José de Jesús Monteagudo, por Santa Clara; Manuel R. Silva y Augusto Betancourt, por Camagüey y Antonio Bravo Correoso y José Fernández Rondán, por Oriente.

No concluyó la sesión sin que don Manuel Sanguily, con aquel su espíritu crítico, le endilgara la primera censura al Presidente Estrada Palma. A juicio de Sanguily los Secretarios de Despacho no debieron haber jurado, en la forma que lo habían hecho esa mañana, en presencia del Presidente de la República. Le salió esta vez al paso Ricardo Dolz, quien alegó que las fórmulas del juramento de los Secretarios de Despacho se ajustaban a lo escrito en decretos del Gobernador Militar, publicados previamente en la Gaceta Oficial. Y la sesión se liquidó sin mayores consecuencias.

Te Deum en la Catedral

A la misma hora - las cuatro de la tarde— en que el Senado iniciaba su sesión, el presidente Estrada Palma llegaba a la Catedral de La Habana para asistir al Te Deum anunciado en acción de gracias a Dios para celebrar la inauguración de la República, y la toma de posesión de su primer Presidente.

En la puerta de la iglesia esperaron al Presidente de la República, el Arzobispo, quien procedió a rociarlo con agua bendita. Después bajo palio conducido por seis sacerdotes, avanzaron la máxima autoridad civil de la República y el jefe de la iglesia católica por el centro del templo, hasta el Presbiterio, sentándose don Tomás Estrada Palma en el trono que se le tenía dispuesto, mientras se cantaba una antífona. A continuación el Arzobispo inició una serie de invocaciones, a las que respondía un coro. Finalmente se rezó una oración, a cuya conclusión el Arzobispo fue a colocarse en el trono episcopal, entonando solemne Te Deum.

Terminada la ceremonia el Presidente Estrada Palma rogó al Arzobispo que al retirarse no lo hiciesen bajo palio, a lo que accedió el prelado. Así concluyó aquel acto en que la iglesia católica de Cuba evidenciaba su acatamiento a la República, y borraba su antigua adhesión al régimen colonial que España había mantenido en la isla, contra la voluntad de los cubanos.

Un bautizo

Los periódicos de aquellos días recogen la nota simpática del señor Enrique Leal, que aguardó a que la fecha del 20 de mayo de 1902 llegara para bautizar a su pequeña hija Lilia Ester Avelina en la iglesia del Pilar, sacando una fotografía del acto -una novedad en aquellos tiempos— para enviarla como recuerdo al Presidente de la República.

Catedral de La Habana, por Leopoldo Méndez

Bailes

Por la noche la alegría se mantuvo en todos los ámbitos de la ciudad. La cubanísima sociedad "La Divina Caridad" abrió sus salones y el Centro Gallego de La Habana hizo otro tanto. En el baile de los gallegos amenizó el acto la orquesta de Felipe Valdés. El Presidente Estrada Palma, que salió a recorrer la ciudad acompañado del doctor Gonzalo de Quesada, de los secretarios de despacho Manuel Luciano Díaz y Emilio Terry y de su ayudante de campo el oficial Leandro de la Torriente, después de visitar la españolísima calle de la Muralla, pasaron a hacer una visita al Centro Gallego. En la puerta lo recibió el Presidente de la institución licenciado Secundino Baños. Lo orquesta toco el Himno Nacional. Estrada Palma y sus acompañantes pasaron al salón donde se brindó con champagne por la prosperidad de la República, pronunciando sendos discursos Gonzalo de Quesada, el licenciado Baños y, finalmente el presidente Estrada Palma. Mientras se llevaban a cabo estos agasajos, la orquesta tocó un zapateo cubano y después una muñeira gallega.

A lo largo del Paseo del Prado, por lo que es hoy el frente del Capitolio

Nacional, se instaló una feria popular.

Los Teatros

Teatro Albisu (1870-1918)

El "Albizu, que parece haber sido el único que celebró función ese día, llevó a escena, en la matinée "La Boda" y "El Pobre Diablo" y por la noche, en la primera tanda, "El Juicio Oral", en la segunda "Doloretes" y en tercera "Al Agua Patos".

El "director del teatro "Tacón", señor Ramón Gutiérrez hizo publicar en este día del 20 de mayo de 1902 una nota en los periódicos, anunciando que a partir de esa fecha, aquel coliseo cambiaba su nombre por el de teatro "Nacional".

Incidentes

No faltaron los integristas intransigentes que trataron de acentuar la nota discordante. Frente al Palacio Presidencial, en los instantes mismos en que tomaba posesión don Tomás Estrada Palma se presentó un español en aire de reto. En la solapa del saco, insolentemente, ostentaba un retrato del odiado Valeriano Weyler. El teniente Félix Pereira, Veterano de nuestra guerra de Independencia y a la sazón joven oficial policíaco, le obligó a retirarse de aquel lugar, evitando así una alteración del orden.

Frente al Frontón del Jai-Alai también surgió un incidente, cuando la empresa se negó a izar la bandera cubana en el lugar de honor, prefiriendo la bandera de la monarquía española.

El periódico "El Mundo" denunciaba en sus páginas a un español llamado Gabino Galbán, encargado de la casa de Empedrado y Aguacate, por haber prohibido a los vecinos de la misma colocar banderas cubanas, en sus balcones.

Una bomba en el Parque Central

A las diez y media de la noche una bomba cargada de municiones y metralla hizo explosión en el Parque Central hiriendo a once personas, en su mayoría jovencitos y niños. Los heridos fueron: Pablo Hernández, Bernardo Rodríguez, Manuel Marrero, Antonio Peril, Rogelio Pórtela, Francisco Estévez, L. Manuel Dueñas, Gregorio Tolón, Eugenio Ibarra, Ramón Vidal y Eladio Martínez. A la policía declararon los heridos y numerosos testigos que el artefacto había sido arrojado desde la azotea del "Cosmopolita", pero las investigaciones no lograron descubrir al autor de este salvaje atentado terrorista, el primero que se llevara a cabo después de establecida la República.

Lesionados

Imposible que festejos tan magníficos se llevaran a cabo sin su consiguiente

saldo de heridos. La policía reportó que Virginia Garrido Araujo, de Lealtad 17 fue alcanzada por una bala perdida en una mano y que Benjamín Jiménez González, Raimundo Soto González, Juan Rabelo, Miguel A. Valdés Navarrete, Manuel López Gutiérrez y Pio Taboada sufrieron lesiones al explotarle en las manos cohetes o pequeñas bombas que creían apagadas.

El vigilante Maximiliano Raventós tuvo la desgracia ese día de caer debajo de las ruedas de un tranvía que le cercenó varios dedos de los pies, teniendo que ser recluido en el Hospital Mercedes.

José Pago Álvarez se cayó de un laurel del Parque Central donde se había subido para presenciar los festejos. Manuel Daple fue reportado por la policía por haber sufrido lesiones al caer al pavimento en la vía pública.

También la policía del puerto reportó que en la bahía y debido a un fuerte brisote, había zozobrado, en horas de la tarde, el balandro "Amalia", sin tenerse que lamentar desgracias personales.

El primer Homicidio

A las dos y treinta de la tarde, en la escalinata de la Capitanía del Puerto, el joven de 19 años Carlos Diego Baños asestó dos puñaladas en el pecho a un desconocido con quien reñía. La policía y el público allí presente lo detuvieron. La prensa no ofrece más detalles, sino que el agredido llegó cadáver al centro de socorros a donde fuera conducido. Fue este el primer homicidio realizado en La Habana ese día, después de establecida la República.

Otras fechorías menores, como robos, aprovechando el entusiasmo popular, etc. fueron incluidos entre los incidentes policíacos del día.

El primer Veterano Asesinado

No fue precisamente el 20 de mayo de 1902, sino al día siguiente, osease el 21, cuando un veterano de la Guerra de Independencia pereció asesinado, siendo el primer miembro del Ejército Libertador que desaparecía trágicamente en la capital de la República, después de su establecimiento definitivo.

La víctima fue el joven Leopoldo Collazo Hernández quien en la fecha de su muerte tenía 20 años, lo que revela que tenía catorce años, cuando el 6 de julio de 1896 se incorporó a las fuerzas de su primo Aurelio Collazo, jefe del Regimiento "Calixto García" que tan brillantes campañas llevara a cabo en el Sur de la Provincia de La Habana.

Disponible en
Tel: 809- 221-9111
ext.
3653 / 3654

Al concluirse la guerra Leopoldo Collazo ingresó en el cuerpo de Guardias Urbanos. Estaba de servicio en el Vivac de La Habana la noche del 21 de mayo, cuando acertó a pasar por el Mercado del Polvorín, en el instante mismo en que se producía un violento incidente en uno de los bailes que allí se celebraban esa noche, como parte de los festejos conmemorativos de la instauración de la República, que dicho sea de paso, no quedaron reducidos exclusivamente a los actos del día 20. Dada su condición de autoridad Collazo intervino tratando de restablecer el orden. Para ello tuvo que hacer uso del machete que portaba. Uno de los contendientes llamado Ramón Valdés (a) Manda Manda se retiró del lugar, escondiéndose en actitud vigilante del paso del guardia Collazo. Cuando éste, ya restablecido el orden, se retiraba, el hampón Manda Manda lo atacó por la espalda con una navaja degollándolo. Collazo murió casi instantáneamente. Su agresor fue detenido pocos días después por miembros de la Policía Secreta que tomaron a su cargo las investigaciones.

Tales fueron los hechos que ocurrieron y el aspecto que tuvo la capital de la República aquel histórico 20 de mayo de 1902.

(*) Tomado de OHC Colecciones Digitales. Aparecido en La Voz del Veterano el 30 de mayo de 1953

LOS DÍAS CONTADOS DE APOLONIO OÑA (Novela casi inédita)

Ahora que está de moda otra vez el dicho aquel que durante tantos años hemos repetido los cubanos, quiero compartir el primer capítulo de mi...