miércoles, 13 de julio de 2011

SATURNO DEVORA A SUS HIJOS y el castrismo también.

Hoy vuelve a ser 13 de julio, se cumplen veintidós años del fusilamiento de Arnaldo Ochoa, un suceso que estremeció a Cuba y marcó el inicio de muchos cambios en la ideología de los cubanos. Fue el detonador que en mi generación provocó nuevas tomas de conciencia.

El preludio de aquel proceso fue el discurso de Raúl Castro, rocambolesco, desatinado, vacío, lleno de acertijos que con los días se fueron descubriendo en un desastroso proceso circense con saldo trágico.
Una de las claves de aquella crisis la descubrí en el discurso de marras: Completamente perdido el hilo de su discurso, el Jefe del Ejercito cubano, espetó a través de la pantalla del televisor una frase estremecedora: “No se preocupen, que la versión oficial de lo que yo diga aquí saldrá mañana en el Granma”.  Así eran las cosas en mi país, así habían sido y así serían, la realidad la proclamaba el órgano oficial, lo que allí no se decía no existía, la palabra de papel había sido, era y seguiría siendo el oráculo, era la voz de la Revolución Cubana, y quienes no la siguieran en sus vaivenes serían colocados en la celda de los “contrarrevolucionarios”.
Por casualidades de la vida, en la madrugada de hoy terminé de leer un libro clave para la comprensión de la Historia de Cuba durante esta larguísima dictadura: Fidel y Raúl mis hermanos, la historia secreta. Memorias de Juanita Castro contadas a María Antonieta Collins. La voz de una persona sensata, inteligente con vivencias excepcionales, transcritas por una periodista brillante, capaz de poner en palabras las infinitas emociones que provocan esos testimonios, la voz de una persona que proporciona múltiples claves para conformar el pensamiento y llenar con datos de primera mano los espacios que el Granma ha pretendido ocultar, metamorfosear y retorcer.
Veintidós años después de la muerte de uno de los más avezados guerreros por el castrismo, infunde pavor lo despiadado de un hombre que por limpiarse el camino devora a sus propios hijos. Da pavor que algunas de las cosas que intuí aquel día ante el televisor se cotejaran de manera tan brutal con la realidad de los hechos. La revolución que Fidel Castro inició, apoyado por la gran mayoría de los cubanos, fue traicionada punto por punto, y él fue capaz de devorar a todos los que a su paso trataron de oponérsele, lo mismo a quienes lo hicieron con un gesto, una palabra o un bombardero. Y a pesar de que él se oculta en rocambolescas razones que el Granma publica para devorar a sus hijos como Saturno, la Historia lo va descubriendo.

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