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martes, 5 de agosto de 2025

LA INFINITA RED DEL CONOCIMIENTO SE TEJE CON PALABRAS

Dale agua a ese dominó

Con palabras se teje una infinita red de conocimientos que nos puede llevar -cuando en multitud las aprehendemos-, hasta la más luminosa capacidad para entender la realidad y seguir con acierto el camino de la verdad, o…

Cuenta la leyenda que Albert Einstein, cuestionado por un ingenuo admirador acerca de cuán fácil o difícil sería el entendimiento de su Teoría de la Relatividad, el genial hombrecillo respondió: «Mi teoría es tan fácil como freír un huevo». Lo que provocó en el ingenuo una explosión en el centro que desde el cerebro controla las expresiones de dudas en el rostro. Entonces, el genio, al percibir el atolondramiento de su inquisidor, no tuvo más remedio que rematar con una nota al margen, la que según cuenta la leyenda decía así: «El asunto es que usted debería tener en cuenta que no sabe lo que es un huevo, no sabe lo que significa freír y mucho menos cómo se hace».

La leyenda, hasta donde la conozco, no explica qué sucedió después con el ingenuo admirador, lo que sí sé es que hoy amanecí con una palabrita en la mente, algo que desde hace algún tiempo me sucede con frecuencia, y la palabrita de marras es: Capicúa. Y por esas cosas que dicen que nada sucede por nada o que todo sucede por algo, a partir de ese hilo comencé a buscar la madeja y mire usted hasta dónde llegué. Una palabra sencilla, aparentemente, puede contener toda una teoría del conocimiento, si se entiende el conocimiento como la información adquirida por diversos medios y que nos pone en capacidad de relacionar todos esos conocimientos para encaminarnos a la verdad y a la más precisa interpretación de la realidad.

En fin, que si un ingenuo admirador me preguntara que tan difícil es hacer capicúa, le diría que tan fácil como jugar dominó, y si se repitiera la historia del genio y el ingenuo, tendría que rematar diciendo: Pero fíjese, el asunto es que usted no sabe lo que es dominó, no sabe lo que es una ficha, no conoce tampoco los números, no sabe lo que es una mesa, y muchísimo menos cómo se le da agua al dominó, en fin, que para conocer que «capicúa en el dominó es poner en la mesa una ficha que puede ir por las dos cabezas», le ocuparía una buena parte de sus entendederas.

Lo mismo sucede con cada palabra que decimos o escuchamos, porque con ellas se teje una infinita red de conocimientos que nos puede llevar -cuando en multitud las aprehendemos-, hasta la más luminosa capacidad para entender la realidad y seguir con acierto el camino de la verdad, o, a la más miserable incapacidad -cuando apenas balbuceamos unas cuantas-, para entender la teoría de la relatividad, freír un huevo o hacer capicúa en el dominó. 

Disponible en: Hypermedia
y en Cuesta Libro

viernes, 25 de junio de 2021

Derrocar a la dictadura, esa es la cuestión

Con la lengua muerta y la mente tropelosa

Bloqueo es otro fetiche esgrimido hasta la saciedad y ante el cual la lengua se le pone estropajosa a más de uno, y les confunde de tal modo que les impide pensar en la palabra embargo, palabra esta última que pudiera abrir las puertas del conocimiento.

Sin ánimo de andar por las fundamentaciones académicas, que han de conocer los que lean, el más importante y eficiente escudo que tiene el castrismo para torcer en su favor el pensamiento, es la palabra, la que no gratuitamente utilizó a troche y moche el extinto dictador histórico, quien según algunas leyendas impuso récord en aquello de prolongar sus discursos, los que utilizó para implantar el método.

Durante los últimos sesenta y pico de años, la dictadura castrista impuso palabras que han obrado como talismanes ante todos en mayor o menor grado, durante más o menos tiempo, ante propios y extraños, talismanes ante los que hemos tenido que rendir nuestros votos y hacer patente nuestra pleitesía.

Sin ánimo de anotar todo el diccionario castrista me referiré solo a los talismanes más vistos, y el primero que me viene a la memoria es el estado cubano, una máscara nada sutil para encubrir lo que en toda regla es una dictadura, la cual tampoco definiré porque esa la han de conocer quienes lean.

Bloqueo es otro fetiche esgrimido hasta la saciedad y ante el cual la lengua se le pone estropajosa a más de uno, y les confunde de tal modo que les impide pensar en la palabra embargo, palabra esta última que pudiera abrir las puertas del conocimiento.

Y para no hacer esta nota más larga, mencionaré el talismán de los talismanes: la palabra revolución. Ante esta, quien no presenta sus ofrendas corre el riesgo de ser reprimido, perseguido y condenado. Ante este talismán, quien no es convencido es vencido, es aplastado con fuerza, es sometido con intransigencia revolucionaria. Y así ha sido, porque quien llegara a descubrir que cambiando en todos los discursos la palabra revolución por dictadura, pudiera comprender de qué lado están sus devociones, pudiera descubrir que ser revolucionario es beatificar la dictadura.

Sin embargo, la única palabra que escapa de los diccionarios de propios y extraños es la palabra derrocar, única que convoca ideas capaces de descubrir el método para acabar con los sufrimientos que padecen quienes son hostigados por la dictadura.

En Cuba existe una dictadura y a las dictaduras se derrocan, mientras esas dos palabras, al menos, no sean aprehendidas por propios y extraños, nos mantendremos en este limbo en el que nada avanza ni retrocede, sino todo lo contrario. 

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sábado, 14 de noviembre de 2020

BUEYES VOLANDO

Buscando perlas en periódicos viejos

Muchas son las frases en nuestro idioma castellano que se convierten en metáforas; sin embargo, casi todas, en principio, no lo fueron. Andando por ahí encontré esta perla publicada en un periódico de 1852 que explica la manera prosaica en que nació la metáfora que da título a esta nota, y dice así:

Bueyes volando. Más de una vez que por casualidad nos hemos hallado en el muelle a horas de trabajo hemos creído que ciertamente los bueyes que tiran de las carretas que conducen bocoyes de moscabado y otros volúmenes semejantes tenían cierta propensión a volar, pudiendo asegurar al menos que con bastante indignación los hemos visto en el aire suspendidos del pértigo a guisa de malhechores. La causa de esa suspensión es tan sencilla como inhumana y ainda mais denota el poco meollo que debe contener el cerebro de los individuos que entienden en la operación. Resulta pues que al bajar los bocoyes de moscabado, que frecuentemente pesan la friolera de unas ochenta arrobas, estando en vago la parte trasera de la cama de la carreta hace esta el oficio de palanca y de aquí al gravitar sobre esa parte el bocoy se eleven los bueyes suspendidos por el pértigo, y bramen y se torturen mientras acaso se ríen los que contemplan el triste papel que representan. En el campo y donde quiera que los que andan con carretas demuestran que abrigan sentimientos de humanidad respecto de los animales y que saben su oficio, colocan puntales o estacas en ambos extremos de la carreta y entonces sin temor de desnucar a los bueyes cargan o descargan volúmenes diez veces más pesados que un bocoy de moscabado.

miércoles, 2 de septiembre de 2020

LA PALABRA GUAGUA ENTRE CUBANOS

A estas alborotadas horas los buques despachados levan sus anclas para transportar nuestros preciosos frutos a países lejanos; los vapores de Regla comienzan su incesante crucero de una banda a  otra de la bahía, así como las guaguas lo verifican desde Marianao a la plaza de armas.

Apeadero de guaguas en la Plaza de la Catedral.
Fuente externa: Foto 1900 Anónima
En Cuba, el ómnibus de sangre o guagua fue, durante buena parte del siglo XIX -y deplorablemente lo ha vuelto a ser desde finales del siglo XX-, un medio de transporte público y colectivo que se utilizó para dar solución a la necesidad de mover, en un espacio urbano cada vez más extenso, en el que se desarrollaba un vertiginoso comercio, a grupos numerosos de pasajeros que no disponían de un medio de transporte privado. En cuanto a la aparición de aquellos carruajes en las calles de La Habana José María de la Torre[1], nos dice que:

Los ómnibus (cuyo origen se remonta al siglo pasado), se establecieron primero desde Regla a Guanabacoa en 1839 y después desde el Cerro a la Habana, en 1840; los de Jesús del Monte en 1844; los de Príncipe en 1850, y los del Cerro a Marianao, en 1855.

En cuanto al significado de la palabra guagua entre cubanos, Esteban Pichardo[2] registra en su Diccionario tres acepciones; la primera, «cualquier cosa que no cuesta dinero ni trabajo, o de precio baratísimo, y cuando se espresa en modo de adverbio De guagua», y especifica en cuanto a esta acepción que «antes se decía de Guaguanche[3], de gorra»; la segunda, «Insectillo especie de cochinilla[4]»; y la tercera, «especie de coche u ómnibus usados en la Habana para viajar a los suburbios por un estipendio tan barato que le ha merecido la aplicación de aquella palabra, o quizá por la Inglesa Wagon».

De estas tres acepciones es posible encontrar numerosas referencias en la prensa periódica, en la literatura, en documentos y en diccionarios de la época. Las siguientes las he tomado del Diario de la Marina y en ellas se puede apreciar el uso de la palabra guagua como sinónimo de gratis o barato

Noticias Locales. Tacón. Escauriza. El Circo.  (DM, 7 mar. 1848). [...]. Escauriza rebosaba de gente, los paganos[5] estaban en razón de tres a uno con los «guagüeros[6]». [...].

Crónica Local. Guagua. (DM, 10 mar. 1852) Con este título nos remite un suscriptor lo siguiente: «Toda persona que quiera rapé sin que le cueste nada puede ocurrir a la calle de Factoría esquina a la de Vives, en cuya azotea ciernen picadura al viento».

En esta otra se relacionan los precios baratísimos con la guagua:

Crónica Habanera. (DM, 18 jul. 1847). [...]. No fue en Cuba donde existió el Paraíso, por más que digan los poetas. Sin mosquiteros, sin nieve y sin carruajes, no es una morada agradable nuestra patria.

Esto lo repetimos cada día, cuando achicharrados por el sol y casi ahogados con el polvo, entramos en la Lonja y apuramos un vaso del exquisito agraz helado que allí se destila, tomando después asiento en la económica Guagua para ir a respirar los aires del Cerro o de Jesús del Monte. [...].

Y en la siguiente se juega con dos de las acepciones de la palabra guagua: como gratis y ómnibus:

Noticias Locales. Guaguas de guagua. (DM, 19 nov. 1848). Por inconvenientes que no ha podido allanar la empresa no se estrenan ya mañana los coches de la nueva línea de Jesús del Monte, y los aficionados a la guagua tendrán que esperar algunos días para hacer el vieje redondo gratis.

En su obra citada[7], José María de la Torre nos dejó una hermosa página en la que podemos leer la palabra guagua como sinónimo de ómnibus, y ver, como en un grabado de Federico Mialhe, el vertiginoso comercio que se desarrollaba cada día en La Habana:

El panadero y el malojero. 
F. Mihale. 1883. Fuente externa.

No bien resuena el estampido del bronce poco antes de despuntar el día cuando entran por las puertas de la ciudad los alegres campesinos, que con sus ayes lastimeros vienen de las inmediaciones, a abastecer los mercados con todo lo que un fertilísimo suelo ayudado del arte produce para sustento y regalo del hombre. Otros circulando por las calles de intra y extramuros, permanecen durante la mañana, ocupados en la venta por menor de sus provisiones. A estas alborotadas horas los buques despachados levan sus anclas para transportar nuestros preciosos frutos a países lejanos; los vapores de Regla comienzan su incesante crucero de una banda a  otra de la bahía, así como las guaguas (ómnibus) lo verifican desde Marianao a la plaza de armas; los vaqueros y lecheros invaden las plazas; los ligeros repartidores de periódicos serpentean por las calles introduciendo los periódicos por entre las rendijas de las cerradas puertas y ventanas; las iglesias van llenándose de ancianas, beatas y madrugadoras que corren a la primera misa de la mañana; los encargados de la limpieza de la ciudad comienzan la higiénica tarea de despejar las calles de cajones y barriles de pestilente basura: los cocineros salen con sus canastas a proveerse en los mercados, que progresivamente van llenándose de toda clase de gentes ocupadas en la venta por menudeo; las bodegas se abren para dar entrada a la multitud de jornaleros y obreros que concurren a ellas, bien a tomar la mañana, bien a desayunarse una taza de café, para marchar en seguida a sus respectivos trabajos.

Fue este vertiginoso comercio el que hizo necesario el uso de un tipo de transporte colectivo capaz de mover a numerosos grupos de pasajeros en una ciudad que se expandió rápidamente. Así que, visto lo visto, y leído lo leído, me es posible concluir que fue durante la primera mitad del siglo XIX, en La Habana, donde se comenzó a utilizar la palabra guagua para significar el ómnibus o diligencia, y muy probablemente fue extraída, por asociaciones metafóricas, de la síntesis de dos palabras: Wagon y guaguanche, y no solamente de la palabra inglesa como se ha repetido una y otra vez.


[1] Torre, José María de la. 1857. Lo que fuimos y lo que somos o la Habana antigua y moderna. Habana: Imprenta de Spencer y Compañía, p. 120

[2] Pichardo, Esteban. 1862. Diccionario provincial casi razonado de vozes cubanas. Tercera edición, notablemente aumentada y corregida. Habana: Imprenta La Antillana, p. 120

[3] Pichardo registra en la misma obra y página que el guaguanche era un pez muy abundante en los mares de Cuba, y que la palabra se utilizaba como modismo que significaba «lo mismo que de guagua».

[4] En la actualidad se conoce en Cuba la Guagua verde de los cítricos, un insecto que ataca a las plantaciones jóvenes.

[5] Los que pagaron el billete de entrada.

[6] Los que no pagaron

[7] De la Torre 1857, 174


martes, 6 de agosto de 2019

¿LOCURA, DEMENCIA O FANATISMO? ¿HAY ALGO DE ESTO EN LOS HOMICIDAS?


Recordando el asedio a Waco y estremecido por la tragedia de El Paso y Dayton

• ¿Qué mueve a estos asesinos, la locura, la demencia o el fanatismo? ¿Es la privación del juicio o la razón?, ¿la degeneración de las células cerebrales?, ¿o el apasionamiento desmedido en la defensa de creencias u opiniones, especialmente religiosas o políticas?


Desde hace dos artículos estoy loco con el uso y significado de las palabras, así que vuelvo al punto y esta vez, según he podido escudriñar, locura no es demencia, locura y demencia no son sinónimos. La locura no es una patología y la demencia sí. La locura, según la RAE, es privación del juicio o del uso de la razón, que por lo general suele ser temporal, lo dice el refrán: de poetas y locos todos tenemos un poco, por lo que la locura tiene un fuerte componente sicosocial. Nuestras locuras están en estrecha relación con el mundo exterior, no es un mal que viene de adentro hacia afuera, sino al revés, viene del medio hacia la mente y allá vamos nosotros a querer ensartar molinos de viento como si fueran gigantes, pero la demencia es una degeneración de las células cerebrales, es un daño interior, un mal funcionamiento del cerebro.

Por su parte, el fanatismo, la perla menos publicitada de las tres palabritas, hasta donde sé, y sé bien poco, ninguna cultura le ha dedicado un refrán como a los locos… - Ah, ¿recuerdan el Elogio de la Locura de Erasmo de Rotterdam? –; entonces, si el fanatismo no es ni locura ni demencia, ¿qué cosa es?; pues bien, según la RAE, es un estado de «apasionamiento y tenacidad desmedida en la defensa de creencias u opiniones, especialmente religiosas o políticas».

Mount Carmel Center, cede de los davidianos en Waco
al momento de estallar en llamas
Entonces, probablemente, los davidianos que se atrincheraron en Waco y soportaron el asedio del FBI fueran fanáticos, David Koresh quizás fue un demente, pero la policía, en un rapto de locura propició que ellos se hicieran volar en pedazos -uno de los suicidios colectivos más grandes de la historia- solamente unos 12 davidianos sobrevivieron y fueron juzgados, pero no sé si en esa, que ha sido una de las tragedias más publicitadas (Las cadenas de TV transmitieron las 24 horas desde el 28 de febrero hasta el 19 de abril de 1993) la justicia consiguió estudiar a aquellos seres humanos que, apasionados hasta morir, defendían las ideas de su líder.

Víctima del atentado en París
Las conductas se repiten, aunque por estos días ya no son sectas atrincheradas con armamento de alto calibre enfrentando a las fuerzas del orden, sino «lobos solitarios» los que atacan a quemarropa, con armas de alto poder a personas indefensas. ¿Qué mueve a estos asesinos, la locura, la demencia o el fanatismo? ¿Es la privación del juicio o la razón?, ¿la degeneración de las células cerebrales?, ¿o el apasionamiento desmedido en la defensa de creencias u opiniones, especialmente religiosas o políticas?

Entiendo que tipificar un crimen de manera equivocada, obviar o poner bajo la alfombra sus causas, no nos está haciendo ningún bien. No sé si los que juzgan tantos crímenes al día tendrán paciencia y/o conocimientos e interés en determinar la salud mental de los homicidas que pasan por sus cortes, no sé si se toman el tiempo necesario para endilgarles un estigma, no sé si tipificar a los homicidas inadecuadamente, sin apenas mirar sus ojos, nos hace cada vez más vulnerables. No lo sé ¿Y tú?

lunes, 5 de agosto de 2019

LIMPIANDO LAS NOCHES DE LA HABANA ¿Ya se acabó la diversión?

Este mercado es de propiedad privada 

No son palabras mal dichas, sino bien dinamitadas

• Han expropiado y seguirán expropiando, demostrándoles a la nueva izquierda, al socialismo del siglo XXI, a las feministas, a los trans y X, a los separatistas, a los anti «hetero» y a todos los anti sistema que sí se puede, que los anti capitalistas expropian los medios de producción y, dinamitando las palabras, también las ideas, que se puede alcanzar la hegemonía aunque después no tengan ni puta idea de qué hacer con ella, como en la isla.

En el capítulo 3: La batalla psico-política de El Libro Negro de la Nueva Izquierda, escrito por Nicolás Márquez, el autor analiza el diálogo como trampa de persuasión, algo que en mi opinión es tan viejo como los totalitarismos. Orwell le llamó neolengua, pero más recientemente varios autores tanto de izquierda como de derecha, entre ellos, Plinio Correa, citado por Márquez, han escrito obras contundentes teniendo por objeto de estudio el uso camuflado del lenguaje para inocular con anestesia las ideologías en pacientes desprevenidos.

En su obra Trasbordo ideológico inadvertido y diálogo, de 1965, Plinio señala que en la estrategia comunicacional revolucionaria para engañar a la población existen vocablos que él denomina «Palabras-Talismán», que resultan simpáticos y nobles que logran que un «anticomunista fogoso pueda ser «trasbordado» a un anticomunista adepto, son eufemismos de alto vuelo. No es casualidad que en Cuba, desde hace más de seis décadas las palabras muten sus significados, es ley de vida para los totalitarismos, la palabra es el ladrillo en la construcción del pensamiento, y si nos dinamitan las palabras hacen estallar nuestros criterios, así que de eufemismos y disfemismos estamos llenos. Tan valiosa como un misil o una bala es la palabra, tanto que:

Según la teoría del lenguaje de Sapir-Whorf, la comunicación humana a nivel verbal, el uso del lenguaje en el ser humano, no se limita a expresar nuestros contenidos mentales. Para esta teoría el lenguaje tiene un papel de gran relevancia a la hora de configurar nuestra forma de pensar e incluso nuestra percepción de la realidad, determinando o influyendo en nuestra visión del mundo. [1] 

Son muchas, muchísimas, pero siempre hay para algo más, a cada vuelta en la espiral de la miseria aparecen algunas. Todo depende de quién esté en el centro del colimador y por estos días están los «cuentapropistas», un engendro propio de la isla del Dr. Moreau, que pretende referir a algún tipo de actividad económica no pública, pero que no es más que un celaje de lo que debe ser la propiedad privada.

Entre las «Palabra-Talismán» muy usadas en Cuba está «Libreta de abastecimiento» que es ni más ni menos que una cartilla que se usa, desde hace sesenta años, a causa precisamente del desabastecimiento. Otra que aún resuena en los oídos es «Período Especial en Tiempos de Paz», para referirse a una crisis económica y social tanto o más profunda que la sufrida por el mundo en 1929. Otra muy pintoresca y compulsiva es «Llegaron los mandados del mes», una «Palabra-Talismán» que impide que la gente se pregunte ¿¡Cómo que llegaron los mandados!?, y se responda: ellos siempre deben estar en el mercado para que yo pueda adquirirlos con el salario que obtengo por mi trabajo en el momento en que yo los necesite.

Pues bien, hace meses que están dándole atrás a la catalina [2] y persiguiendo a todos aquellos emprendedores que imaginaron bailar en casa del trompo, o acumular capital en la finca del Empedrado, así que las autoridades competentes han volcado contra ellos los más pintorescos y denigrantes epítetos bajo el paraguas, por ahora, de la «ilegalidad».

Ya no se les menciona como propietarios privados como lo reconoce la Constitución en el Artículo 22, inciso d, sino que se les endilga el disfemismo de «cuentapropistas», y a su modo de producción «Modalidad» o «Forma de gestión no estatal», todo va por el mismo y repetido camino, es la noria que no se detiene, hace años fueron las operaciones Pitirre en el alambre, Maceta y otras que recordar no quiero, y ahora vuelve el decomiso de propiedades y las expropiaciones como la del mercado del Mónaco.

Han expropiado y seguirán expropiando, demostrándoles a la nueva izquierda, al socialismo del siglo XXI, a las feministas, a los trans y X, a los separatistas, a los anti «hetero» y a todos los anti sistema que sí se puede, que los anti capitalistas expropian los medios de producción y, dinamitando las palabras, también las ideas, que se puede alcanzar la hegemonía aunque después no tengan ni puta idea de qué hacer con ella, como en la isla.

Al llegar al anterior punto, que debió ser un punto final, veo que el Granma de hoy arremete contra quienes sin permiso del estado trabajan  en la «industria» del entretenimiento y les endilga un par de disfemismos de rechupete, ellos, según el tabloide oficial, son unos «reparteros» y «seudocantantes», dos perlas más para la colección de neolinguismos enajenantes, anestésicos y «expropiantes cognitivos», dos nuevos petardos para travestir ideas, que nos llegan por la generosidad combativa de Oni Acosta Llerena, en un artículo titulado: Música y nocturnidad: ¿vampiros al acecho? Y si usted pudo leer hasta aquí, intente leer la historia que Oni le ha preparado y probablemente pueda descubrir que no hay palabra mal dicha, sino mal comprendida.



[1] Castillero Mimenza, Oscar. 2019. «La Teoría del lenguaje de Sapir-Whorf». Revista Psicología y Mente [En Línea] [Consultado el 5 de agosto de 2019] Disponible en:

[2] En principio debe usarse la palabra «catalina» en su segunda acepción, aunque en definitiva, la que mejor le pega es la primera. Cfr. Diccionario de la lengua española. [En línea] [Consultado el 5 de agosto de 2019] Disponible en https://dle.rae.es/?id=7tubtZM|7u0cj9M

martes, 17 de abril de 2018

LA NOCHE EN QUE EL TRADUCTOR CALVO TRAICIONÓ A MÚSORGSKI EN LA MONTAÑA

Muchas veces el título de esta obra de Músorgski se traduce del ruso al inglés y de este al castellano como Una noche en el monte calvo o Una noche en el monte pelado utilizando acepciones de las palabras anglosajonas «bald» (calvo) y/o «bare» (pelado) y del ruso «лысой» que significa «calvo» en una de sus acepciones.

«Ночь на лысой горе» (Una noche en la montaña calva)

Modest Músorgski (1839-1881)
Foto: Fuente externa

Hace muchos años, cuando vi por primera vez la película Fantasía, de Walt Disney, en el Cinecito de La Habana, sentí una profunda impresión con todos los cuentos, incluso por aquellas abstracciones de arcos y violines que concibió el genial dibujante para la Tocata y fuga de Bach, y recuerdo perfectamente el tremendo aquelarre -por supuesto que entonces no conocía la palabra «aquelarre», pero sí entendí que era una fiesta de brujas y muertos en una montaña-, que se desarrollaba sobre la música de Modest Músorgski a la que, en aquella versión de 1940, habían traducido al castellano como: Noche en la árida montaña.

De un tiempo a esta parte he podido leer y escuchar que también se ha traducido como: Una noche en el monte pelado o Una noche en el monte calvo, pero eso; en principio, me molestó al oído, y después, por esas tozudeces quizás innecesarias e inútiles que se me posan en la sesera, comencé a averiguar por qué me sonaba mal y cuál sería la causa, si la había, de que mi oído fuera tan quisquilloso.

Me lancé a la red y al primero que encontré con los mismos caprichos fue a Paco Lema, quien administra el blog Lema-Traductores y ha publicado un artículo con el título Traductor ¿traidor?. Y según su investigación, el adagio que reza: Traduttori, traditore (traductor, traidor), es de uso extendido y por supuesto viene del italiano. Según Lema, a pesar de que existen errores y traiciones en las traducciones, ese no debe ser en realidad el trabajo del traductor, sino el de llevar a otras lenguas la esencia de lo que los autores han querido decir en realidad.

Sus ejemplos son ilustrativos, entre ellos el cambio del significado de las palabras esenciales en un pasaje del Antiguo Testamento, que «decía en hebreo que una muchacha concebiría y pariría a un niño que sería el hijo de Dios (Isaías 7, 14). Sin embargo, los traductores de esa parte al griego tradujeron «muchacha» por «virgen» y ya sabemos lo que todo esto trajo por consecuencia. Pero no me pude quedar con su visión solamente, porque en todo caso su oficio es traducir y aún lo tenía bajo sospecha y me fui a buscar a alguna víctima.

Y encontré lo que buscaba, fue en la reseña que publica Espéculo, Revista de estudios literarios de la Facultad de Ciencias de la Información de la Universidad Complutense de Madrid en su No. 40, año XIV, noviembre 2008-febrero 2009, donde aparece una reseña de Alexander Caro Villanueva del libro Decir casi lo mismo, de Umberto Eco[1], y solamente con el título me hubiera bastado para responder a mis dudas y a las de mi oído, pero Caro Villanueva cita a Eco y con eso me responde por qué las palabras «calvo» o «pelado» me resultan infieles al texto, al contexto y a la cultura de la que proceden los signos que han sido traducidos. Según Eco la fidelidad expresa «la convicción de que la traducción es una de las formas de la interpretación y que debe apuntar siempre, aun partiendo de la sensibilidad y de la cultura del lector, a reencontrarse no ya con la intención del autor, sino con la intención del texto, con lo que el texto dice o sugiere con relación a la lengua en que se expresa y al contexto cultural en que ha nacido». (Eco 2008, 22)

Muchas veces el título de esta obra de Músorgski se traduce del ruso al inglés y de este al castellano como Una noche en el monte calvo o Una noche en el monte pelado utilizando acepciones de las palabras anglosajonas «bald» (calvo) y/o «bare» (pelado) y del ruso «лысой» que significa «calvo» en una de sus acepciones; sin embargo, en ruso la palabra «лысой» en este contexto puede ser también sinónimo de «árido»; por tanto, como las montañas no pueden ser ni «calvas» ni «peladas», prefiero usar la palabra «árida» que en castellano sí denota una cualidad que puede tener una montaña.

Con esta conclusión mi oído y mi tozudez quedaron en calma. Por ahora. 





[1] Decir casi lo mismo. Experiencias de traducción. Umberto Eco, Lumen, Barcelona, 2008. 537 pp. Traducción: Helena Lozano Millares.


viernes, 8 de agosto de 2014

EL ESPECTÁCULO DE UNA CIVILIZACIÓN SIN PARADIGMAS

Una cosa es democratizar el conocimiento de la cultura artística y literaria; y otra bien distinta, es pretender que las expresiones instintivas, al margen del yugo de las leyes estéticas, tienen por fuerza que suplantar la ética.

Uno de los recuerdos que con más devoción atesoro, es la curiosidad que me causaba ver a mi abuelo sentado ante el televisor escuchando los comentarios de Luis Gómez Wangüemert o los de Mario Kuchilán. Por supuesto, que todos los días a las ocho de la noche había toque de queda en su casa, y hasta mi abuela tenía que hacer mutis a la hora del noticiero, pero los comentarios internacionales de Wangüemert o Kuchilán ponían a mi abuelo en tensión. Quizás mi abuelo imaginaba preguntas  y respuestas -como es posible hacer hoy utilizando las llamadas redes sociales-, ante aquellos análisis. Me parecía entonces, que su atención a lo dicho en la pantalla le impedía verme o escucharme.

No recuerdo que me pidiera alguna vez que lo acompañara en aquellos momentos; sin embargo, su estado me obligó un día a sentarme junto a él y tratar de entender aquello que tanta curiosidad le causaba.

Un día él se fue, pero aquella costumbre de prestar atención, sobre todo a lo desconocido, se me pegó en la sesera, y quizás pude hacerme algunas de las preguntas que él se hacía ante aquellos dos comentaristas de gran fuste. ¿Cómo podría ser cierta la libertad de expresión, como afirmaba el entonces líder de la llamada “revolución” y proclamaban los mismos comentaristas, si ambos, Kuchilán y Wangüemert, eran militantes activos de la ideología oficial y ningún otro análisis en contrario podía acceder a los medios de información? ¿Cómo era posible que quienes pusieran en riesgo sus vidas, Kuchilán y Wangüemert, por una patria con todos y para el bien de todos carecieran de la sensatez suficiente como para darse cuenta de la traición y condenarla?

Acabo de leer “La civilización del espectáculo”, de Mario Vargas Llosa, con la misma atención que mi abuelo veía aquellos comentarios por la televisión cubana durante los primeros años de la segunda mitad del siglo XX, y después de tantas preguntas y respuestas, puedo ver que ese olvidar o no tener ejemplos, paradigmas o caminos ciertos que enrumbar, es la médula de estos tiempos, en los que la Gironda no pretende ascender a las montañas, ni los valles tratan de aproximarse a las altas cumbres, sino donde la fama rápida, fácil y efímera, que enriquece lícitamente, se han convertido en el camino para mantenerse en el pantano y enaltecerlo. Y esta es una opción peligrosa, porque produce poderes desmedidos, muchos más que los adjudicados a los buenos ejemplos, los valores morales y las buenas costumbres. Es peligroso porque la balanza se va de un solo lado, la correlación de fuerzas entre el bien y el mal está descosida.

Los valles han pretendido, por intereses mezquinos de políticos y líderes inescrupulosos, hacernos ver que no existen élites, que en nombre de la igualdad debemos hacernos igualitarios, que en nombre de la libertad debemos hacer el libertinaje y en nombre de la fraternidad destrozarnos unos contra otros.

Eso que desde algunas importantes atalayas con desprecio llaman “élites”, no son más que los compartimientos estancos en los que durante siglos se conservaron, en las diferentes sociedades, las más importantes conquistas de la Humanidad. Sin embargo, como escribe MVL, “El político de nuestros días, si quiere conservar su popularidad, está obligado a dar una atención primordial al gesto, que importa más que sus valores y convicciones”, y los gestos de hoy van contra esas llamadas “élites”, porque supuestamente son la prueba de la “opresión”, cuando en realidad son la luz hacia la que deberíamos andar.

Una cosa es sacar a la luz todo el conocimiento que sobrevive, para que todos seamos iguales ante la oportunidad de acceder a ellos; y otra bien distinta, es fusilar públicamente el valor de sacrificarse personalmente para adquirir esos conocimientos y disfrutar de lo más depurado de las artes y la cultura. Una cosa es democratizar el conocimiento de la cultura artística y literaria; y otra bien distinta, es pretender que las expresiones instintivas, al margen del yugo de las leyes estéticas, tienen por fuerza que suplantar la ética. Una cosa es tener iguales oportunidades para adquirir los conocimientos; y otra bien distinta, es acusar y condenar por  “elitistas” a quienes con su aptitud y actitud aprehendieron lo necesario para ascender a las cumbres del saber.

Es muy común escuchar y leer aquello de “llevar el arte hacia las masas”, es un eslogan que da votos a los políticos y funcionarios que pretenden hacerse con el favor del llamado “pueblo”, y esto lo hacen sin darse cuenta -o quizás con pleno conocimiento de causa-, que con esto no están elevando el pueblo a las cimas del arte, sino todo lo contrario, están limpiando el arte de todas sus cualidades esenciales para ponerlo “a la carta” en la mesa de unos comensales que solamente tienen apetito ante el entretenimiento.

Lo esencial en las obras de los clásicos debería ser aprendido en las escuelas, pero eso no les va a los políticos ni a los líderes prosaicos, porque eso tiene costos que sobrepasan sus intereses personales. Y si esto se ve en los países de larga historia, en los que la Democracia y las ideas de República han calado profundamente, ¿¡cómo será en algunas de nuestras patrias, que por no dejar de olvidar, han olvidado ser  países para convertirse en paisajes!?

Quizás la Humanidad deba vivir un nuevo Renacimiento, esta vez sería un Renacimiento Posmoderno que nos convocaría a volver la mirada hacia el siglo XV. No sé si estaremos a tiempo, pero pensando que la Humanidad ha estado tantas veces al borde de la extinción, y constatando que la tozudez y la casualidad aun nos mantienen sobre el planeta, muy probablemente algún día, el sueño de que los valles se eleven hacia las cumbres se vuelva realidad. Y nunca más la ignorancia pretenda ahogar la Inteligencia Humana. Nunca más se les falte a los mayores, verdaderos recipientes estancos en quienes se conservan los valores más puros de la Humanidad.

Quizás debamos vivir un Renacimiento Posmoderno, para que nunca más se discrimine, acuse y condene a la élite en la que se condensa el saber de nuestras sociedades, donde se preservan los paradigmas sagrados del conocimiento.


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viernes, 6 de julio de 2012

EL SÍNDROME CUBANO DEL ENVASE VACÍO

Una hipótesis no científica

Los cubanos somos un pueblo con costumbres muy bien definidas, incluso los estudiosos saben exactamente cómo, dónde y cuándo las hemos adquirido, porque entre otras cosas, los cubanos tenemos la costumbre de documentarlo todo. No es gratuita esa vocación tan acendrada por el coleccionismo.

En estos momentos, entre los museos de arte más importantes de la región, aparecen el Museo Nacional de Bellas Artes, en La Habana, con sus dos majestuosas edificaciones -que paradójicamente nunca nadie sabrá cuánto le costó a los cubanos reconstruirlas y ponerlas en uso-, una inmensa y bella dedicada solamente al arte cubano, y otra no menos imponente y acogedora dedicada al arte universal. El Museo está nutrido con cientos de obras adquiridas durante siglos por ricos empresarios que emplearon parte de sus fortunas en atesorar obras imperecederas, y que en su momento las donaron al Patrimonio de la Nación –y quienes no las donaron, fueron expropiados por quien usted sabe-.

Dicen los especialistas que el museo napoleónico más completo fuera de Francia es el que está en La Habana, fruto de una obsesión de Julio Lobo, quien tuvo la delicadeza de adquirir miles de piezas de todo tipo relacionadas con la vida al estilo Imperio, y donde se puede uno encontrar lo mismo con el escritorio de campaña de Napoleón Bonaparte, como con un ramillete de siemprevivas nacidas y criadas en los alrededores de la tumba del Emperador francés en Santa Elena.

Así, también existen otros en el interior de la República como el museo Emilio Bacardí, en Santiago de Cuba, donde entre hamacas de campaña de los mambises, obras del arte universal y momias prehispánicas uno puede reconstruir el mundo basado en los objetos que tuvieron vida antes de nuestras vidas.

Pero toda esta introducción es para comentar, brevemente, un síndrome que como consecuencia de esta manía por atesorar el pasado quedó en muchos cubanos de mi generación. Aun los especialistas no se ponen de acuerdo en cómo nombrarlo, pero como el hecho existe, es palpable, documentable y reconocible, a mi se me ocurre, por no tener otro mejor, el de síndrome del envase vacío… pudiera ser pomo vacío, pero la palabra pomo tiene otras acepciones más familiares entre los hispanoparlantes y pudiera llegar a confundir, así que me quedo con el título de: “Síndrome del Envase Vacío”.

Ese síndrome, viene asociado a una costumbre adquirida mientras el llamado socialismo cubano lo iba destruyendo todo en su tránsito demoledor por la isla, e hizo perder de vista los envases de todo tipo, y los productos que lánguidamente llegaban a las lánguidas bodegas lo hacían a granel, en tumulto, colectivamente, en caos, sin individualidad ni personalidad, amontonados en sacos de yute o nailon, en barriles de madera o en tanques plásticos preferiblemente blancos.

Así que para adquirir en mi bodega lo que me tocaba por mi libreta, yo tenía que llevar el pomo para el aceite, la lata para la manteca y los cartuchos para los frijoles, el arroz, los chícharos, el café etc.,… productos que al parecer llegaron a odiarse tanto entre ellos, que era imposible verlos llegar todos al mismo tiempo… cada cual llegaba por su cuenta… “Oye fulanita llegó el café”, es una expresión que para otros hispanoparlantes seguramente resulta obscura; sin embargo, entre cubanos eso quiere decir que en ese momento y en ese lugar que se especifica hay café, lo cual indica además que no hubo antes ni habrá después… ni en ese ni en otro lugar… esa y otras lindezas que pueblan el lenguaje del cubano desde hace más de medio siglo complementan el síndrome que, como queda dicho, también afecta al lenguaje…

Y para concluir, cuando conseguí mudarme al mundo real, donde los productos no llegan, sino que siempre están, donde los envases son la esencia sine qua non del artículo -donde es él en su individualidad, habitante único de un determinado continente-, comencé a sufrir el síndrome. Los envases vacíos comenzaron a poblar mi espacio, se fueron adueñando de mi lugar, y hubo momentos en los que tuve más envases vacíos que envases llenos, me daba una gran pena tirar el continente. Mi inconsciente estaba marcado, yo sufría la duda del día después, trataba de reivindicar los derechos del continente, de su necesidad de volver a ser útil.

Pero claro, todos los dolores se superan, ¿cómo no superar la pérdida del producto sin envase? Sin embargo, superar esa pena me ha costado años, sobre todo porque he seguido moviéndome entre personas que también padecen el Síndrome. Por ejemplo, hace algunos días veo en mi cocina un rezago del pasado, veo que nadie se ha atrevido a tirar un envase que ya terminó su vida útil por ahora –el asunto del reciclaje es otro tema, digno de otro artículo que reivindique la necesidad de renovar el continente-.

En fin, que con esa costumbre que tenemos los cubanos de coleccionarlo todo, y además documentarlo, hice la foto de lugar y me deshice del envase vacío, no sin lamentar que a nadie le importe reciclarlo.

PE.: Si a usted le ha sucedido lo mismo, pues ahí tiene una hipótesis no científica.

martes, 3 de agosto de 2010

VALGA LA ACLARACIÓN: El cuentapropista

El argot de la economía castrista

Cuando Castro se refiere a "trabajo por cuenta propia" nada tiene que ver con la posibilidad de que los cubanos puedan adquirir propiedad privada, crear plusvalía y acumular capital, sino algo muy parecido al llamado comercio informal que existe en países capitalistas en vías de desarrollo, y comprende, entre otros empleos: Rellenar encendedores (fosforeras), vender frutas en jaba, hacer trabajos de handyman, poner inyecciones a domicilio, o arreglar bicicletas en la acera.

Y cuando se refiere a: "eliminar algunas prohibiciones" significa que se legalizará una buena parte del mercado negro que existe desde que toda iniciativa productiva individual fue criminalizada.

Para más información escuchar Son del cuentapropista, de Pedro Luis Ferrer. Escuchar un fragmento de este tema (0:30)

viernes, 7 de mayo de 2010

LA COSTUMBRE HACE LA LEY Y EL LENGUAJE SINTETIZA LOS CONCEPTOS

La legalización de la unión homosexual

El tema de la legalización de las parejas de individuos del mismo sexo acapara la atención pública desde hace mucho tiempo en diversos puntos de la geografía mundial. Por ignorancia, más que por otra cosa, en nuestro país aun no se tocan esos temas, pero sería muy bueno que legisladores, activistas e interesados vayan poniendo oídos a lo que en el resto del mundo sucede para que no les tome de sorpresa cuando les toque opinar y legislar acerca de ello.

Entre los muchos escollos que encuentra el tema está el lingüístico, porque, por lo general, las parejas del mismo sexo no se refieren al otro como esposo o esposa y mucho menos a esa unión como matrimonio. Al parecer, estos deseos de igualar los derechos de las parejas homosexuales con los de las parejas heterosexuales ha metido a legisladores y activistas en un escollo que de no salir de él podrá, en el futuro inmediato, desembocar en otros desaguisados o por lo menos en situaciones desagradables. Según entiendo no han tenido en cuenta la fuerza de la costumbre y la capacidad del lenguaje para sintetizar un concepto.

Es sabido que cuando se nos llena un formulario, nunca se nos pregunta el sexo, el censor traza una cruz en el que a todas luces nos corresponde y sigue de largo para no herir susceptibilidades, no nos preguntan para no molestarnos, porque siempre suponemos que nuestro sexo es evidente -aunque no lo sea nuestra sexualidad-, y suele molestarnos un cuestionamiento acerca de lo que presumimos es obvio para cualquier prójimo.

De tal modo, la Ley que reconozca la unión entre personas del mismo sexo, ineludiblemente deberá adoptar otro nombre distinto al de matrimonio. Por la fuerza de una milenaria costumbre el matrimonio se efectúa entre personas de distinto sexo, es decir, quienes se unen en matrimonio adquieren el estado civil de casados, lo cual denota sin dudas al matrimonio heterosexual, por lo que al llenar una forma en la que se nos pregunte el estado civil, la respuesta es única: soltero(a), casado(a) o viudo(a) y en algunas legislaciones que lo contemplen divorciado(a).

Si la unión legal entre parejas del mismo sexo se adopta bajo la figura del matrimonio puede acarrear entuertos y preguntas que pudieran ser irritantes tanto para homosexuales como para heterosexuales.

Por ejemplo:

Pregunta: ¿Cuál es su Estado Civil?

Respuesta: Casado(a)

Pregunta (inevitable en ciertas circunstancias): ¿Con un hombre o una mujer?

En algunos contextos se utilizan ciertas palabras que definen conceptualmente la relación homosexual; entre otras, “pareja” o “compromiso”. Hay mucha inteligencia en la comunidad homosexual, y si bien es cierto que los derechos reclamados son justos, no lo es así la figura legal a la que se quiere ajustar. Ya en muchos Estados las uniones homosexuales se han legalizado bajo la figura del matrimonio, algo que seguramente provocará muchos entuertos que nada tienen que ver con la homofobia sino con el uso de las palabras.

UN PALACIO AL DESNUDO

Por M. C. † Isabel María Serrano Fuentes (1963-2023) (*) Todo el edificio fue restaurado en 1929. En aquella ocasión se le retiró, no sin po...