jueves, 15 de mayo de 2008

¿Y QUIÉN ME LO VA A CREER?

Música y músicos.


Cómo dudar de Paul, si vendió un millón de discos en menos de tres meses, si su vídeo en youtube ha sido visitado por multitudes, y cómo creer en otros eventos que buscan destacadas voces para la ópera, como Operalia que auspicia Placido Domingo, si cantantes como Paul no pasaron por él y ni siquiera por las clases de una modesta y anónima maestra de canto.
 



El sábado 13 de octubre Richard Clayderman y Raúl Di Blasio se presentaron en un show histórico en el Teatro Nacional de Santo Domingo. Así lo calificaron porque fue la primera vez en la carrera de ambos entretenedores que aparecieron juntos sobre un escenario, y lo hicieron para festejar el sexagésimo aniversario de la fundación del Banco Central de la República Dominicana. En sus palabras de elogio, el Presidente de la institución los calificó como: “dos virtuosos pianistas” y a Clayderman como “símbolo de buen gusto”.

El concierto, desde su anuncio, provocó en los medios expresiones de disgusto por su alto costo, lo que algunos consideraron excesivo sobre todo teniendo en cuenta la indigencia de la Orquesta Sinfónica Nacional entre otras instituciones culturales dominicanas.

Pero quién puede creer lo inocuo del suceso para la cultura musical dominicana, o lo económicamente pernicioso del evento si todo se hizo a las mil maravillas y el público aplaudió a rabiar, cómo dudar del virtuosismo pianístico de ambos si sus discos se venden por millones. Cómo creer entonces que ambos son entretenedores y no pianistas virtuosos, como creer que su show nada tiene que ver con el arte musical.

Alguien pudiera argüir que eso sucede porque Santo Domingo es aun, en el concierto de las naciones, un pueblito allá en el Caribe. Pues no es así -como diría Adal Ramones en su Otro Rollo-, eso sucede porque quienes tienen en sus manos algunos de los cabos más poderosos en la creación de estrellas están interesados en codificar, entre los públicos numerosísimos del orbe, la cultura laigt, una cultura que identifique a una moldeable clase media y la convierta en incapaz de someterse al estrés, la conmoción y la adicción a pensar libremente que provoca el arte.

Gracias a Carmen Aristegui y su magnífico espacio en CNN, el pasado domingo 28 de octubre pude conocer lo último y más grandioso en cuanto a esta creación de falsos íconos: “el tenor Paul Potts, cantante de ópera”. Cómo dudar de Paul, si vendió un millón de discos en menos de tres meses, si su vídeo en youtube ha sido visitado por multitudes, y cómo creer en otros eventos que buscan destacadas voces para la ópera, como Operalia que auspicia Placido Domingo, si cantantes como Paul no pasaron por él y ni siquiera por las clases de una modesta y anónima maestra de canto.

¿Cuántas óperas tuvo que cantar Paul para que califique como cantante de ópera, y que comparta el mismo rubro con Plácido Domingo, un artista que ha cantado y dirigido más óperas que otro ser humano sobre la faz de la tierra, que comparta categoría con José Carreras, Pavarotti, María Callas, Monserrat Caballé, Ezio Pinza, Alfredo Kraus y Lawrence Tibbet sólo por mencionar a algunos de los más famosos cantantes de ópera de los últimos tiempos?

Nadie me va a creer que Paul Potts es un bluff, una creación de la industria del entretenimiento que sólo trata de hacernos pasar gato por liebre y castrar nuestra capacidad de pensar. Nadie me va a creer si digo que Paul es fruto del ingenio de creadores de celebridades instantáneas, de fabricantes de mitos a través de la magia del cine-televisión. Nadie me lo va a creer si digo que Paul es el resultado de la manipulación de la imagen, de la codificación de sensaciones engañosas mediante brillantes ediciones en las que se subrayan los gestos apropiados en los momentos oportunos, nadie me creerá que Paul, y muchos como él, son la ficción más real que ha conquistado el ingenio humano en los últimos tiempos.

Estoy seguro que no me creerán nada de eso, como tampoco me creerán, sobre todo algunos políticos, benefactores y filántropos, que a causa de estas ficciones el arte seguirá siendo para un grupo de elegidos, un grupo cada vez menor, para una pequeña porción de la humanidad que está instruida para su disfrute y dispuesta a enrostrar sus consecuencias. No me creerán tampoco que el arte seguirá siendo para una élite, puesto que así lo quieren nuestros flamantes próceres creadores de estrellas, nuestros certificadores de virtuosos, puesto que es el propósito expreso de quienes tienen en sus manos los más impresionantes medios para suplantar la realidad por la ficción. Nadie me lo creerá pero lo escribo.

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