martes, 27 de mayo de 2008

GABRIEL DEL ORBE, UN GENIO ANTILLANO DEL SIGLO XX

Música y músicos
El 18 de marzo de 1888 nació en Moca Gabriel del Orbe, quinto hijo de los esposos Manuel y Carolina. El padre ya había demostrado para entonces un talento artístico y una perseverancia que hoy pudiera parecernos hiperbólica: él construyó un piano con su voluntad como principal herramienta, un instrumento que mereció fervientes elogios. Con el mismo cuidado, amor y obstinación educó a sus hijos.

Cuando Gabriel tenía tres años de edad, comenzó sus estudios de violín guiado por su padre, y transcurridos sólo cinco de aquel inicio, el 9 de marzo de 1896 debutó en el Centro de Recreo, de Santiago de los Caballeros. Y no fueron simples piezas infantiles o grandes obras arregladas, ni piezas con los escollos borrados. El Carnaval de Venecia, de Paganini, compás por compás, nota por nota, fue interpretado de tal modo por el párvulo instrumentista que el público prorrumpió en aplausos y no supo detenerse hasta que el muchacho atacó de nuevo la espectacular obra.

Quiso la casualidad, que pocos meses antes, el genio trotamundos que fue Brindis de Salas, el Paganini Negro, anduviera de visita por la isla caribeña; pero más aun, el 11 de enero de aquel año de 1896, en el poblado de Moca, donde transcurría la infancia de quien iba a ser uno de los genios antillanos del siglo XX, tuvo lugar uno de tantos conciertos que hizo El Rey de las Octavas en inusitados lugares. Fue aquel, indudablemente, un encuentro que dejó marcado para siempre al gran violinista dominicano. Según testimonios, Brindis tocó aquella memorable noche en Moca con un instrumento propiedad de Don Manuel, instrumento que pasaría años después al invaluable arsenal de violines que poseyó Gabriel del Orbe. También sucedió que Dionisia, hermana mayor de Gabriel, fue quien acompañó al piano al Rey de las Octavas. Existe también el testimonio de que el “chevalier” Brindis regaló algunas de las piezas arregladas por él, y escritas de su puño y letra, a aquella familia de músicos que enorgullecía a toda la región.

Un año después de aquel premonitorio encuentro, el niño Gabriel hizo su debut internacional presentándose en Caracas, en el Teatro Nacional de La Habana, en el Palacio de Gobierno de San Juan y en Puerto Príncipe. En aquellas primeras apariciones ante el público de otras latitudes Gabriel fue conocido como El Prodigioso Niño y recibió sus primeras condecoraciones ultramarinas. Tal genio escalaba a pasos largos la empinada cuesta del aprendizaje y cuando en su tierra natal se bebió todo el saber, se fue al Real Conservatorio de Música de Leipzig, en Alemania, donde ingresó en 1907.

Allí, el eminente violinista y pedagogo Arnol Hilf lo tuvo entre sus pupilos favoritos, hasta que en 1909 lo graduó con las más altas distinciones; Entonces, la Real Academia de Música y Declamación de Berlín acogió al señor del Orbe como alumno. El violinista antillano continuó fortaleciendo su acervo y es en la clase del francés Henri Marteau donde sin dudas consolidó su magnífico dominio del arco, arco de fina técnica francesa.

Cursado este cuidadoso, metódico y riguroso sistema de estudios y aprobadas de manera sobresaliente todas las asignaturas, el violinista antillano, se hizo poseedor de una formación académica soberbia, la cual tuvo oportunidad de demostrar a su paso triunfal por las salas de conciertos en las que dejó su impronta ante un público que le comparó con los más grandes de aquel tiempo.

El repertorio que interpretó durante su carrera el virtuoso violinista dominicano Gabriel del Orbe, fue muy elogiado siempre por los críticos, quienes solían destacar muy a menudo que él era capaz de alcanzar la "comprensión exacta" de la Sinfonía Española de Laló; Insistían en lo "magnífico y enérgico de su arco" y en el "brillante spiccatto" exhibido al interpretar los conciertos en fa sostenido menor de Wieniawski y el de Re Mayor, de Nicolo Paganini. También resaltaban “la singular destreza” con la que abordaba la obra Tambourin Chinois, de Kreisler; y su interpretación de la Fantasía Fausto, de Sarasate, les provocaba escribir que: "las melodías que hacía brotar del divino instrumento dejaban en el ánimo de los oyentes huellas dulcísimas…".

El nombre del dominicano Gabriel del Orbe figuró junto al de los grandes instrumentistas durante las primeras décadas del siglo XX. En el catálogo de artistas y calendario de conciertos XIX de la temporada 1912-1913, de la Dirección de Conciertos Eugen Stern, de Berlín, aparecen junto al mocano el profesor Leopoldo Auer -quien fuera maestro de Heifetz entre otros grandes-, Misha Elman, Jan Kubelik y Joan Manen.

Su infinita capacidad musical dejó una estela también en la composición. Gabriel creó varias obras, entre las que se destacan las escritas para violín solo, para violín y piano, para piano solo y un libro de canciones para el cual los poetas Fabio Fiallo y Ramón Emilio Jiménez y Derop escribieron los textos. Muchas de estas obras eran incluidas con frecuencia por Gabriel en los programas de sus conciertos y nunca faltaron elogios para ellas, tanto de los auditorios más exigentes como de la crítica especializada. De su Rapsodia, el Musical Courrier, de New York, publicó: "… es una obra que debía ser oída con frecuencia en nuestras salas de conciertos", y de Tropical, el diario Excelsior, de México, dijo: "sus notas son apasionadas y tiernas como los idilios que tienen por templo las frondas nevadas del azahar…".

El célebre dominicano se presentó en las salas de concierto más importantes de su tiempo; así, su portentoso talento fue paseado por el Carnegie Hall de New York y por la sala Bluthner, de Berlín, en la que actuó acompañado por la orquesta del mismo nombre, entonces bajo la dirección del eminente Edmund von Strauss. México, Venezuela, Cuba, Haití, París, Hamburgo supieron de sus espléndidas manos.

El 5 de mayo de 1966, en la ciudad de la Vega, en la República Dominicana, expiró el Maestro que había nacido en Moca 78 años atrás. La carrera del brillante músico llegaba al fin, su prodigioso arco no volvería a frotar las cuatro finísimas cuerdas de su legendario instrumento.
Entonces su alma, su genio y su infinita humildad, quedaron como paradigma del hombre antillano del siglo XX, y ahí estará su figura por los siglos de los siglos.

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