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domingo, 24 de mayo de 2026

¡¡¡MÁS SE PERDIÓ EN CUBA!!!

Es tiempo de que quienes en la arena internacional se han mantenido mirando a otra parte, en complicidad con esa tiranía, enfoquen sus miradas hoy hacia la pequeña isla del Caribe, la que una vez fue nombrada Llave del Nuevo Mundo y Antemural de las Indias Occidentales.

Mapa británico de las Indias Occidentales (1736) / Fuente: Wikimedia Commons.

Hace unos días, alguien reflexionaba en las redes acerca del destino tan diferente que han tenido los hijos del exilio cubano y los hijos del castrismo. En el primer grupo se cuentan decenas de compatriotas de primera, segunda y tercera generación que son y han sido personas que alcanzaron éxitos excepcionales en sus diferentes lugares de asentamiento; entre ellos, Roberto Goizueta, quien perteneció a una primera generación de desterrados y Marco Rubio, que es hijo de una segunda generación de cubanos desterrados.


Y por la otra, Fidel Castro Díaz Balart, Mariela Castro Espín -descendientes directos de los tiranos-, y Sandro, y el Cangrejo,  que pertenecen a una tercera generación de comunistas, a quienes les cabe perfectamente el mote de «hijos de la revolución» o la encarnación del «hombre nuevo» -un hombre del que se pueden rastrear antecedentes en el más antiguo nazismo de fuentes nietzscheanas-, un engendro que FC y sus cómplices impusieron con violencia a través del férreo adoctrinamiento, el trabajo infantil, la abolición de la patria potestad, la penalización de todas las libertades ciudadanas y de un genocidio cultural que no dejó en pie ni el recuerdo de lo que llegó a ser esa isla. Estos cuatro nombres, por su denominación de origen, son una pequeña, pero exacta muestra -y para muestra un botón-, de lo que ha sido capaz de engendrar el castrismo en su seno. 

Cuba, durante siglos engendró hijos como Emilio Bacardí, José María Heredia, José Martí, Félix Varela, José Lezama Lima, Manuel Saumell, Amadeo Roldán, Huber Matos, Pedro Luis Boitel y cientos más, pero secuestrada desde hace más de sesenta años por una tiranía que no representa a Cuba ni a los cubanos, exhibe como sus representantes a una generación degenerada, que llega a los más altos cargos por lazos de sangre, comulgar, aplaudir y perpetrar los más inadmisibles crímenes contra su pueblo, crímenes por demás establecidos en una constitución y unas leyes espurias, avaladas por una minoría degenerada. Negadora de todos los derechos de los cubanos que no comulguen con las ideas, siempre cambiantes, del llamado «partido comunista de Cuba» (único).

Es inadmisible que la tiranía castrista continúe borrando de nuestra Historia a cubanos tan ilustres y exhiba tal cosecha de degenerados. Es tiempo de que quienes en la arena internacional se han mantenido mirando a otra parte, en complicidad con esa tiranía, enfoquen sus miradas hoy hacia la pequeña isla del Caribe, la que una vez fue nombrada Llave del Nuevo Mundo y Antemural de las Indias Occidentales, un territorio que fue tan rico y próspero para propios y ajenos, que cuando la Corona de España la perdió, convirtió el suceso en sinónimo de catástrofe y el pueblo español creó el refrán que reza: ¡¡¡MÁS SE PERDIÓ EN CUBA!!!.

No sigamos perdiendo, propios y ajenos, lo que Cuba representó y pudiera representar otra vez en este CAMBIO DE ÉPOCA. Hágase Cuba Grande de nuevo.

martes, 19 de mayo de 2026

LA HISTORIA DE CUBA QUE EL CASTRISMO HA QUERIDO SEPULTAR

El 20 de mayo de 1902 nació la República de Cuba

Don Tomás Estrada Palma (1835-1908)

Para quienes se educaron en Cuba antes de 1959 el 20 de mayo marca el nacimiento de la República; sin embargo, para quienes fuimos adoctrinados por la tiranía, se nos repitió una y mil veces que aquella había sido una «seudo república» y una «neocolonia del imperialismo yanqui».

A continuación reproduzco un extenso artículo que se conserva en el repositorio de la OHC Colecciones Digitales en el que se describe detalladamente cómo celebraron los habaneros aquel 20 de mayo de 1902.

Bastarían algunos párrafos de esta detallada crónica para desmontar todo el sistema de propaganda castrista-goebbeliano, es por eso que documentos como este son acallados, disminuidos, sepultados, y contraatacados por una avalancha de falacias verosímiles que pretenden que si una mentira se repite obstinadamente se convierte en verdad.

La crónica respira felicidad, alegría, esperanzas y, sobre todo, respeto por el vencido y agradecimiento por la mano solidaria. Muestra cómo los bravos guerreros que habían cubierto con su sangre los campos de batalla durante más de treinta largos años, festejaban el advenimiento de la República, recibían con honores al presidente electo don Tomás Estrada Palma, y de igual modo despedían al Gobernador Militar norteamericano Leonard Wood y manifestaban sus simpatías al mayor general Máximo Gómez.

El artículo está escrito casi medio siglo después, por lo que el autor es capaz de poner en perspectiva la República y verla con ojos críticos.

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EL 20 DE MAYO DE 1902 EN LA HABANA (*)

Por Jorge Quintana

Los festejos de la proclamación de la República de Cuba, libre y soberana, comenzaron a las doce de la noche del 20 de mayo de 1902. Durante todo el día 19 la población había conmemorado, en silencio, el séptimo aniversario de la muerte de José Martí. Al duelo sucedióle la alegría. Al dar el reloj las doce campanadas un cambio súbito se produjo en toda la población cubana. En la capital las luces se encendieron por todas partes. Las campanas de las iglesias se echaron al vuelo. Las sirenas anunciaron que el día esperado había llegado. Cohetes y voladores atronaron el espacio. Los ¡Vivas! a Cuba Libre salían de las gargantas emocionadas, que así daban rienda suelta a un grito que por muchos años— casi un siglo— había sido delito que se pagaba con la vida. La Habana vivía, desde días antes, la crisis de una superpoblación transitoria. De todas partes de la Isla habían acudido cubanos que no deseaban perder un sólo detalle de aquel instante histórico en que la bandera de la estrella solitaria, "gallarda, hermosa, triunfal'', ascendiese por el mástil del castillo del Morro o en el del Palacio de los antiguos Capitanes Generales.

La bandera cubana ondea en el Castillo del Morro

Las primeras horas de la madrugada fueron de gran alborozo. Los habaneros habíanse olvidado del suceso policíaco que más conmovía a toda la isla: el secuestro, en Cienfuegos, del niño Francisco Pérez, hijo de un rico vecino de aquella ciudad. Grupos de cubanas recorrían las calles cantando los versos inmortales de Perucho Figueredo, hecho himno de la patria. Ante el Palacio, donde residía el Gobernador Militar norteamericano, muchedumbres de cubanos ebrios de alegría y patriotismo, se congregaban para vitorearle. Queríase que la despedida fuese cariñosa. Y así, mientras una manifestación bajaba otras ascendían hasta las residencias del mayor general Máximo Gómez o la del presidente electo de la República, don Tomás Estrada Palma, con la sincera aspiración de evidenciarles toda la simpatía de un pueblo que contaba los segundos que le faltaban para el instante en que la nación cubana se incorporaría al grupo de pueblos libres del mundo.

A las cinco y media de la mañana aparecieron las dianas mambisas. El eco de la corneta evocaba los tiempos de la ruda lucha en los campos. Hasta la casa donde vivía el general Máximo Gómez llegaron, con las alegres notas de la diana, una comisión de jefes y oficiales del Ejército Libertador, que había servido a sus órdenes, presidida por el general Bernabé Boza, antiguo jefe de la escolta y Estado Mayor del General en Jefe. En prueba de estimación le entregaron una medalla de oro de 18 kilates. (Esta medalla apareció después en una casa de empeño de esta capital. Adquirida por el coleccionista Federico B. Maciá pasó al Archivo Nacional, cuando esta institución adquirió su preciosa colección, donde hoy se encuentra).

Las calles tenían una fisonomía original. Todo el artificio de la pirotecnia oriental estaba presente. Aquella noche nadie cerró su casa. En todos los rostros advertíase la euforia del fin de una larga espera. Sobre el edificio del "Diario de la Marina" estaba izada, desde el amanecer, la bandera de la estrella solitaria.

El sol fue elevándose en la comba celeste, más azul y diáfana aquel día singular. La mañana fue avanzando, mientras las calles del centro de la ciudad se congestionaban de espectadores que sólo ansiaban una cosa: que el instante glorioso llegase al fin.

Una Comisión del Centro de Veteranos visitó en hora temprana al general Leonardo Wood. Iban a hacerle entrega de un lujoso machete colocado en magnífico estuche hecho con las mejores maderas del país. También esa misma mañana la fábrica de tabacos "Romeo y Julieta", hizo entrega al Gobernador Militar de mil estuches de tabaco con el ruego de que los repartiera entre los jefes y oficiales de su Estado Mayor y del Ejército de los Estados Unidos que ese día comenzarían a abandonar la Isla.

En el Parque Central, en el pedestal donde en la época colonial se había levantado la estatua de Isabel II, la "de los tristes destinos", se instaló una estatua de aluminio que representaba a la Libertad. En ese mismo sitio, pocos años después, se colocó la estatua de José Martí que aún hoy conocemos.

Los periódicos publicaban esa mañana la carta del republicano español Antonio Hevia Contreras protestando de que el Consulado de España invitase, en esa ocasión, a los españoles, a concurrir a esas oficinas a rendir homenaje al rey Alfonso XIII, que días antes había ascendido al trono. Concluía su interesante misiva al republicano Hevia afirmando que a donde concurrirían los republicanos españoles ese 20 de mayo era "como ciudadanos libres, a compartir con nuestros hermanos los cubanos nativos, a festejar el día y gozar como éstos, de las alegrías que nos brinda nuestra patria Cuba con el advenimiento de la República

La Ceremonia

Leonard Wood (1860-1927)

Por entre vítores y aplausos cerrados fueron avanzando cinco compañías del Séptimo Regimiento de Caballería de los Estados Unidos, que habían sido encargadas de rendir los honores de ordenanza a la nueva República. Y también, por entre vítores y aplausos cerrados, desfilo detrás la tropa cubana Eran tres compañías de artillería, mandadas cada una por los capitanes Pujol, Varona y Martín Poey, colocadas todas bajo el mando supremo del capitán José Martí y Zayas Bazán.

El general Wood se despidió de su familia, la que después de una intensa vida en los últimos meses, se tomaba unas vacaciones embarcándose en el "Alfonso XII" para España. Entre diez y once de la mañana, las fuerzas militares de los Estados Unidos y Cuba llegaron a la Plaza de Armas. Los norteamericanos se situaron frente a la entrada principal. Los cubanos por un costado del edificio, frente a la entrada del Ayuntamiento, que daba a la calle de Obispo, hoy Pi y Margall.

En la puerta del Palacio, los tenientes Carpenter y Hanna, ayudantes del general Wodd, de rigurosa gala recibían a los invitados. En muchos de los pechos de oficiales y soldados de los Estados Unidos veíase la Cruz de Santiago de Cuba. Eran veteranos de la campaña que culminó con la capitulación de la capital de la provincia de Oriente. Los civiles vestían la clásica levita negra El Cuerpo Consular fue llegando con sus uniformes galoneados de oro. Los marinos lucían sus atractivos uniformes. Con el cónsul de Italia llegó el comandante del crucero "Calabria", que el Rey de Italia había enviado a La Habana como homenaje a la República Cubana. Inglaterra envió otro crucero, el "M. S. Psyche". Los Estados Unidos enviaron a un navío glorioso, el "Brooklyn", que había servido c o m o buque insignia al almirante Sampson en la batalla naval de Santiago de Cuba. Fueron los tres únicos países que se hicieron representar en esa forma. México, la única República de la América Latina que había anunciado el envío de un navío de guerra, se excusó a última hora. El "Zaragoza", que era la nave elegida por los mexicanos sufrió averías que le impidieron zarpar a tiempo.

Los veteranos fueron llegando. Presidíalos el mayor general Máximo Gómez. Eran los generales José María Rodríguez, José Miguel Gómez, Alejandro Rodríguez, Carlos García Vélez y Demetrio Castillo Duany. Al frente del Ayuntamiento llegó una comisión de concejales presidida por Juan Ramón O'Farrill. El Consejo Provincial estaba representado por los consejeros provinciales señores Ayala, Valdés Infante y Sánchez Osorio. Los bomberos enviaron una comisión presidida por su jefe, el coronel Méndez. El Rector doctor Leopoldo Berriel representaba a la Universidad de La Habana. El señor Sebastián Gelabert, a la Sociedad Económica de Amigos del País. El señor Melero, a la Escuela de Pintura. Los estudiantes de la Facultad de Derecho se hicieron representar por el joven Miguel Ángel Campa, actual Ministro de Estado. La prensa cubana también estaba presente. Rafael Bárzaga, Guillermo V. Pórtela, Víctor Muñoz y Enrique H. Moreno eran los soldados de la noticia que reportearían el acontecimiento. De todos ellos el único que vive es Moreno, quien preside, con singular acierto y escrupulosidad, la Caja del Retiro de los Periodistas, después de haber presidido la Asociación de Repórters de La Habana y ser, en el presente el Socio Número 1.

Máximo Gómez (1836-1905)

La prensa española estaba representada por el periodista Juan Dardet. Y como repórter gráfico los españoles enviaron a Rafael B. Santa Coloma, que después se quedó entre nosotros, logrando destacarse por su trabajo y su espíritu de compañerismo.

El gobernador Wood y sus ayudantes se multiplicaban atendiendo a los que iban llegando. El senador William J. Bryan, que tanto se había destacado en la defensa de la causa cubana, fue presentado al arzobispo Barnada. El propio gobernador Wood hizo la presentación. Muy pronto en los salones y pasillos no se podía dar un paso. Los senadores y representantes fueron llegando lentamente. Al frente del Congreso figuraba el vicepresidente de la República, doctor Estévez Romero.

A las once y treinta y cinco minutos de la mañana llegó don Tomás Estrada Palma a la puerta del Palacio. Le acompañaban los miembros del Gabinete designados desde el día 16 y que prestarían juramento después que él. El general Wood, avisado por su ayudante, el teniente Carpenter, se adelantó a recibirle en la misma escalera. Después de los saludos le acompañó hasta los pasillos inmediatos al Salón del Trono. En el asta mayor del edificio se encontraba izada la bandera de las barras y las estrellas. A las once y cuarenta y cinco minutos los sargentos, J. J. Kelly y F. Vandrake, del Séptimo Regimiento de Caballería, se colocaron debajo, rindiéndole la última guardia de honor.

Cuando faltaban cinco minutos para los doce del día el general Wood avanzó hacia la puerta izquierda, seguido de su Estado Mayor, penetrando en el antiguo Salón del Trono. En ese mismo instante, por la puerta opuesta, hacía su entrada al mismo salón, el Presidente electo de la República de Cuba. Entre el Gobernador y el Presidente se colocó el mayor general Máximo Gómez, general en jefe del Ejército Libertador. Apenas si el reloj comenzó a tocar las primeras campanadas, que señalaban la llegada de la hora fijada para el acto de la trasmisión de poderes, el general Wood comenzó a leer el documento firmado por el Presidente de la República de los Estados Unidos, en el que se le ordenaba hacer entrega del gobierno de la Isla de Cuba, al Presidente electo de la República de Cuba. Como buen militar, el general Wood fue parco y escueto. No agregó ni una sola palabra al documento que acababa de leer. Don Tomás Estrada Palma escuchó con atención las frases del texto del documento. Después contestó a nombre de la República.

La bandera en Palacio

La bandera cubana ondea sobre el Palacio de los Capitanes Generales

En tanto esa ceremonia se verificaba en el Salón del Trono, los cañones de la vetusta fortaleza de La Cabaña comenzaron a disparar las salvas de saludo. El primer disparo lo efectuó un cañón llamado "Carlos IV", construido en Toledo el 16 de mayo de 1875. En la azotea del Palacio de los Capitanes Generales, • ahora Palacio Presidencial, el teniente McCoy aguardaba, al pie del asta, la orden para arriar su bandera. A las doce y diez minutos el general Wood le ordenó:

—En nombre de los Estados Unidos de América izad la bandera de la República de Cuba.

Las tropas, formadas en atención, presentaron sus armas. Las bandas de música comenzaron a tocar "The Star Sprangled Banner". Un minuto y siete segundos demoraron los sargentos en arriar la bandera. Después las bandas comenzaron a tocar el Himno Nacional de Cuba y por el asta libre comenzó a ascender la bandera de una nación libre. A las doce y catorce minutos ya estaba izada. Quince minutos más tarde volvió a arriarse aquella bandera que era histórica, pues era la misma que se había izado en el edificio donde se inauguró la Convención Constituyente de 1901, en Palacio, cuando se abrieron las sesiones del Congreso de la República y en el Morro de La Habana, el día que llegó a la capital de la República el barco que conducía al presidente electo, don Tomás Estrada Palma, y había el propósito de obsequiarla, como un trofeo, al general Leonardo Wood. Desde luego, que no fue ese solo el único trofeo que el militar estadounidense se llevara, como un recuerdo de su mando en Cuba. Además del machete que le regalaron los veteranos de la Guerra de Independencia, se le obsequió también con la bandera que estaba izada en la popa del "Maine", el día de su hundimiento.

USS Maine, La Habana 1898

En el Morro

En la fortaleza del Morro la ceremonia fue mucho más emocionante. Desde temprana hora comenzaron a llegar los invitados. En sus alrededores situáronse todos los espectadores que pudieron llegar. En el canal, en la bahía, mar afuera había plétora de embarcaciones atestadas de gente. A lo largo del Malecón, a la sazón recién construido una multitud inmensa aguardaba impaciente. Al pie del asta del Morro, el teniente Edward A. Stuart, con unos gemelos, miraba hacia el Palacio del Gobierno. Tan pronto vio descender la enseña de su patria en aquel edificio, contó los cuarenta y cinco cañonazos de la salva y dio órdenes para que se arriara la bandera que estaba izada. Eran las doce y diez minutos cuando se escuchó su orden. Los veteranos que se hallaban congregados en la base del asta se precipitaron a su encuentro para no dejarla tocar tierra. Comenzóse después a izar, tirada la cuerda por manos de veteranos de la Guerra de Independencia, presididos por el general Emilio Núñez, la bandera de la patria redimida. Un griterío ensordecedor la fue saludando mientras ascendía desplegada al viento del mar. La emoción llegó a su colmo. Hubo quienes se arrojaron al agua. Hubo quienes lanzaron los sombreros, las prendas de vestir, los zapatos. En todos los ojos había lágrimas de alegría. En todos los rostros había emoción cubana.

Inmediatamente, una guardia militar cubana, al mando del sargento interino de artillería Mario Roldán, se hizo cargo de la fortaleza.

En la Cabaña

La ceremonia en La Cabaña no dejó de tener lucimiento. En sus fosos la sangre cubana había corrido a raudales. En sus galeras el cubano había sufrido injustas y prolongadas prisiones. Si alguna fortaleza cubana representaba al despotismo español, en la misma medida que la Bastilla representaba al despotismo de los Capeto, era la Cabaña. Y, desgraciadamente, en la República ha seguido representándolo. Cuando un gobierno tiránico ha pretendido implantar el terror, sus galeras han vuelto a llenarse de presos y en sus mazmorras se ha continuado asesinando impunemente a los amantes de la libertad y de la democracia. Tal vez el mejor homenaje que podría rendírsele a la República, en este año del Cincuentenario, fuese el de demoler esa vieja fortaleza de La Cabaña, liquidándose así un viejo fantasma de negras amenazas.

Tan pronto el capitán Brown, del ejército norteamericano, vio arriar la bandera de su patria del edificio del antiguo Palacio de los Capitanes Generales y en el Morro, dispuso que en aquella fortaleza también se arriase. El teniente de artillería cubana, Manuel Portuondo, joven veterano de la Guerra de Independencia, asumió el mando como comandante de la fortaleza, izando la bandera cubana. Este mismo oficial pocos años después, ya capitán, pereció en una reyerta vulgar entre artilleros y policías, en una de las calles de La Habana Vieja.

En la bahía

El espectáculo en la bahía no pudo ser más emocionante. A las doce del día todos los barcos, completamente empavesados, izaron en el tope de su mástil mayor, la bandera cubana, mientras saludaban el advenimiento de la nueva República con sus sirenas tocadas hasta quedarse exhaustas. El “Brooklyn” inició las salvas, secundándole el “Calabria” y el “M. S. Psyche”.

En la Cortina de Valdés el público invadió una amplia gradería levantada por el concesionario senador José Antonio Frías, que iniciaba así una serie de actividades que le producirían pingües ganancias.

En el Castillo de la Fuerza

Castillo de la Real Fuerza

En el Castillo de la Fuerza, una de las más Viejas fortalezas de La Habana, se hallaba instalado, a la sazón, el Archivo Nacional. A la hora señalada de las doce del día todo el personal del Archivo presente, presididos por su director, el doctor Vidal Morales, se reunió para proceder a la ceremonia de izar la bandera cubana en aquel edificio. El insigne historiador llamó entonces al joven empleado del Archivo señor Joaquín Llaverías y le pidió que izase la bandera, porque a su juicio, ninguno de los presentes tenía más derecho ni más méritos, ya que era el único miembro del Ejército Libertador que trabajaba allí.

Y el entonces joven capitán Llaverías izó, con sus manos, la enseña nacional en la vieja fortaleza española, que desde aquel instante, pasaba a ser propiedad del Estado cubano.

En la Universidad de La Habana

En la antigua Loma de la Pirotecnia, donde se había instalado la casi bicentenaria Universidad de La Habana los estudiantes estaban reunidos a las doce del día, para la ceremonia de izar la bandera. La máxima autoridad del Claustro lo era el antiguo político autonomista licenciado Pablo Gómez de la Maza, que desempeñaba la Secretaría General.

A la hora señalada, profesores y estudiantes, procedieron a izar la bandera, saludándola con vivas y aplausos.

Inmediatamente el licenciado Gómez de la Maza, todo formulismo, procedió a levantar acta del suceso, suscribiéndola, por los estudiantes, los entonces alumnos universitarios José Manuel Cortina, Manuel Carnesoltas, Carlos Miguel de Céspedes, Juan Lanza, Gonzalo Pérez Abreu, Joaquín Rodríguez Lanza, Luis de Soto. Esteban Mulkay, Antonio Mesa Valdés y Germán Wolter del Rio.

El Primer barco que salió

A las doce y quince minutos cruzó por delante del Morro el barco norteamericano "Olivette". Con su bandera cubana en el palo mayor, resultó ser el primer barco que abandonaba el puerto habanero después del cambio de bandera y de soberanía.

Al cruzar con su bandera norteamericana de la popa saludó a la enseña cubana izada en el 'Morro.

Poco después entraba un costero inglés. Fue el primer barco que tomó puerto bajo la soberanía cubana.

El General Wood se embarca

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Cuarenta minutos habían pasado después de la ceremonia de la entrega del gobierno en el Palacio Presidencial, cuando el general Leonardo Wood, acompañado por el presidente Estrada Palma y los miembros del Gabinete y del Congreso, atravesaban la puerta del Palacio que daba a la Plaza de Armas, dirigiéndose al muelle de Caballería. Delante marchaban, montados a caballos, abriéndole paso, el capitán Tavel y el teniente Félix Pereira, de la Policía cubana.

El pueblo, apostado a lo largo del recorrido lo aplaudía delirantemente. El general Wood, con gesto reposado saludaba, mientras avanzaba con actitud marcial hacia el muelle.

El último apretón de manos ese día -y el último que se darían en la vida— se lo dieron el general Wood y el presidente Estrada Palma en el Muelle de Caballería. El presidente retornó inmediatamente a Palacio para atender múltiples obligaciones de su cargo. Pero muchas personas tomaron botes para acompañar hasta la misma escala del "Brooklyn" al ya ex gobernador norteamericano de Cuba. A las doce y cincuenta minutos el general Wood ascendía por la escala del "Brooklyn", mientras los cañones del barco le saludaban.

La ciudad

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Toda la ciudad estaba embanderada. Banderas de Cuba, Estados Unidos, las naciones latinoamericanas y España estaban izadas en las astas o colgadas de los balcones. Era una nota de color y alegría.

Los arcos triunfales constituyeron otra nota singular. Jamás la ciudad levantó tantos. Ni después se ha conmemorado una efeméride con tanta profusión de arcos. Algunos, como el que el Partido Republicano comenzó a levantar a la entrada del Paseo del Prado o el que el Partido Nacional inició frente a la Plaza de Monserrate, quedaron sin terminarse. La perfumería "La Constancia" levantó uno, frente a sus oficinas, en estilo árabe, todo de hierro, adornado con las enseñas nacionales de las Repúblicas americanas. En Empedrado, frente al Parque de San Juan de Dios, la compañía de seguros "El Iris", levantó uno que mereció elogios. En Aguiar, entre Empedrado y Tejadillo, el Consejo Escolar y los maestros de La Habana, construyeron uno de doble estrella, todo iluminado. En la estación del Carmelo, en el Vedado, se levantó un arco iluminado. A la entrada de la Catedral de La Habana, se alzó un triple arco. En el del centro se leía: "A la proclamación de la República. El Clero Catedral". En el de la derecha, en latín, se escribió: "Donde existe el espíritu de Dios, allí existe la libertad". En el de la izquierda, las humanísimas y tiernas palabras del "Gloria a Dios en las alturas y Paz en la tierra a los hombres de buena voluntad".

Los bomberos de La Habana levantaron, frente a la Estación Central, en la esquina de Prado y San José, un arco triunfal. La empresa y los empleados de los Ferrocarriles Unidos lo levantaron en Dragones, frente a la Estación de Villanueva.

En los barrios hubo competencia por arreglar sus arcos lo mejor posible. La prensa se hizo eco del levantado en Reina y Escobar, en la Plaza del Cristo, en la calle Suarez, en Someruelos y Corrales, en Monte y Antón Recio, y en Gloria y Vives. Otras calles, especialmente las comerciales, hicieron alarde de sus cortinas y banderolas. Así las de Muralla, que remataban en un arco en Puerta de Tierra, frente a la Plazoleta de las- Ursulinas; Obispo, que también levantó otro arco en la Plazoleta de Monserrate, al costado de la estatua de Albear; O'Reilly, San Rafael, Galiano, la Calzada de Monte, etc. Al alcalde de La Habana don Carlos de la Torre, la prensa de aquellos días le censuraba la pobreza de las colgaduras que había adquirido para el edificio de los antiguos Capitanes Generales, las cuales, a las pocas horas de haberse colgado ya se habían desteñido. "¿Es que el Ayuntamiento más rico de América, preguntaba el periódico "El Mundo", no ha podido adquirir cortinajes decorosos para la consagración de la República?".

La Plaza del Vapor mereció nota singular con las informaciones de esos días por su espléndida iluminación. El Convento de las Ursulinas colgó en su azotea, cubriendo todo el frente del edificio, una monumental bandera cubana, mereciendo algunas censuras el hecho de que en el centro de la estrella solitaria las monjas hubiesen bordado el Corazón de Jesús.

En Figuras esquina a Manrique se ofreció una nota típica. Los vecinos levantaron un bohío cubano.

El Círculo Nacional tuvo mayores pretensiones. No levantó arco alguno, sino que seleccionó la esquina de Carlos III e Infanta para edificar, con carácter permanente, un arco triunfal que fuese una reproducción del Arco de la Estrella, de París. El 21, con asistencia de las autoridades, se colocaba la primera piedra, pero el proyecto no pasó de ahí.

La Manzana de Gómez, que no era, desde luego, el edificio que es hoy, se engalanó profusamente con bombillos eléctricos y banderas nacionales. La Tesorería de la República cubrió su fachada principal con numerosas luces eléctricas de colores. Y los hoteles Telégrafos e Inglaterra, el edificio donde estaban instaladas las oficinas del Círculo Nacional, los altos del Delmónico y la cubanísima sociedad El Pilar, hicieron alarde de iluminación y engalanamiento.

A las tres de la tarde, los supervivientes del 27 de noviembre de 1871, presididos por el doctor Fermín Valdés Domínguez y el catedrático doctor Domingo Fernández Cubas, concurrieron junto a los lienzos de pared donde se habían situado los ocho estudiantes fusilados en esa ocasión, colocando coronas de laurel y palma. La ceremonia fue sencilla. No hubo discursos y, en realidad, fue el único acto de ese día en que se evocó a los mártires de la patria.

La salida del general Wood

A las tres y quince minutos de la tarde, las tropas norteamericanas de ocupación comenzáronse a embarcar en el "Morro Castle". Un viejo cubano que había perdido a sus tres hijos en la guerra, al verlos desfilar rumbo al puerto, exclamó ahíto de emoción:

-¡Ya puedo morir tranquilo!-

A su paso, los hombres aplaudían; las mujeres arrojaban flores. Pocas veces una fuerza de ocupación, al retirarse, se llevaba consigo la simpatía popular en forma tan unánime.

A las tres y treinta minutos, el "Brooklyn", llevando a bordo al general Leonardo Wood, enfilaba el canal buscando la salida del puerto. Una verdadera flotilla de barcos, remolcadores y botes y lanchas de todas clases le seguía despidiendo al Gobernador norteamericano. En el puente de mando del acorazado estadounidense el general Wood, con la gorra en la mano, saludaba a los que tanta devoción le manifestaban y con tanto entusiasmo lo despedían.

A las tres y cuarenta minutos abandonaba el puerto el "Alfonso XII", rumbo a España. Al cruzar junto al castillo del Morro llevaba en su palo mayor la bandera cubana y con la bandera española que llevaba en la popa, hizo los saludos reglamentarios. Era el primer barco español que le rendía ese homenaje a la enseña patria.

La sesión del Senado.

Luis Estévez Romero (1849-1909)

El Senado celebró una sesión, a las cuatro de la tarde. Era la primera reunión de ese cuerpo colegislador después de establecida la República.

Presidió el vicepresidente de la República, doctor Luis Estévez Romero. Apenas si se había abierto la sesión se suscitó un debate entre los' senadores doctor Alfredo Zayas y el señor Manuel Sanguily. El primero sostenía que a la luz de una interpretación del texto constitucional, la Alta Cámara no podía celebrar sesión si la de Representantes no se reunía al mismo tiempo. Sanguily opuso sólidos argumentos y la sesión continuó liquidándose así el debate. Se procedió entonces al sorteo de los senadores que deberían desempeñar el período de cuatro años. Resultaron así electos para el período corto Ricardo Dolz y Antonio González Beltrán, por Pinar del Río; Carlos Párraga y Nicasio Estrada Mora, por La Habana; Luis Fortún y Domingo Méndez Capote, por Matanzas; José Antonio Frías y José de Jesús Monteagudo, por Santa Clara; Manuel R. Silva y Augusto Betancourt, por Camagüey y Antonio Bravo Correoso y José Fernández Rondán, por Oriente.

No concluyó la sesión sin que don Manuel Sanguily, con aquel su espíritu crítico, le endilgara la primera censura al Presidente Estrada Palma. A juicio de Sanguily los Secretarios de Despacho no debieron haber jurado, en la forma que lo habían hecho esa mañana, en presencia del Presidente de la República. Le salió esta vez al paso Ricardo Dolz, quien alegó que las fórmulas del juramento de los Secretarios de Despacho se ajustaban a lo escrito en decretos del Gobernador Militar, publicados previamente en la Gaceta Oficial. Y la sesión se liquidó sin mayores consecuencias.

Te Deum en la Catedral

A la misma hora - las cuatro de la tarde— en que el Senado iniciaba su sesión, el presidente Estrada Palma llegaba a la Catedral de La Habana para asistir al Te Deum anunciado en acción de gracias a Dios para celebrar la inauguración de la República, y la toma de posesión de su primer Presidente.

En la puerta de la iglesia esperaron al Presidente de la República, el Arzobispo, quien procedió a rociarlo con agua bendita. Después bajo palio conducido por seis sacerdotes, avanzaron la máxima autoridad civil de la República y el jefe de la iglesia católica por el centro del templo, hasta el Presbiterio, sentándose don Tomás Estrada Palma en el trono que se le tenía dispuesto, mientras se cantaba una antífona. A continuación el Arzobispo inició una serie de invocaciones, a las que respondía un coro. Finalmente se rezó una oración, a cuya conclusión el Arzobispo fue a colocarse en el trono episcopal, entonando solemne Te Deum.

Terminada la ceremonia el Presidente Estrada Palma rogó al Arzobispo que al retirarse no lo hiciesen bajo palio, a lo que accedió el prelado. Así concluyó aquel acto en que la iglesia católica de Cuba evidenciaba su acatamiento a la República, y borraba su antigua adhesión al régimen colonial que España había mantenido en la isla, contra la voluntad de los cubanos.

Un bautizo

Los periódicos de aquellos días recogen la nota simpática del señor Enrique Leal, que aguardó a que la fecha del 20 de mayo de 1902 llegara para bautizar a su pequeña hija Lilia Ester Avelina en la iglesia del Pilar, sacando una fotografía del acto -una novedad en aquellos tiempos— para enviarla como recuerdo al Presidente de la República.

Catedral de La Habana, por Leopoldo Méndez

Bailes

Por la noche la alegría se mantuvo en todos los ámbitos de la ciudad. La cubanísima sociedad "La Divina Caridad" abrió sus salones y el Centro Gallego de La Habana hizo otro tanto. En el baile de los gallegos amenizó el acto la orquesta de Felipe Valdés. El Presidente Estrada Palma, que salió a recorrer la ciudad acompañado del doctor Gonzalo de Quesada, de los secretarios de despacho Manuel Luciano Díaz y Emilio Terry y de su ayudante de campo el oficial Leandro de la Torriente, después de visitar la españolísima calle de la Muralla, pasaron a hacer una visita al Centro Gallego. En la puerta lo recibió el Presidente de la institución licenciado Secundino Baños. Lo orquesta toco el Himno Nacional. Estrada Palma y sus acompañantes pasaron al salón donde se brindó con champagne por la prosperidad de la República, pronunciando sendos discursos Gonzalo de Quesada, el licenciado Baños y, finalmente el presidente Estrada Palma. Mientras se llevaban a cabo estos agasajos, la orquesta tocó un zapateo cubano y después una muñeira gallega.

A lo largo del Paseo del Prado, por lo que es hoy el frente del Capitolio

Nacional, se instaló una feria popular.

Los Teatros

Teatro Albisu (1870-1918)

El "Albizu, que parece haber sido el único que celebró función ese día, llevó a escena, en la matinée "La Boda" y "El Pobre Diablo" y por la noche, en la primera tanda, "El Juicio Oral", en la segunda "Doloretes" y en tercera "Al Agua Patos".

El "director del teatro "Tacón", señor Ramón Gutiérrez hizo publicar en este día del 20 de mayo de 1902 una nota en los periódicos, anunciando que a partir de esa fecha, aquel coliseo cambiaba su nombre por el de teatro "Nacional".

Incidentes

No faltaron los integristas intransigentes que trataron de acentuar la nota discordante. Frente al Palacio Presidencial, en los instantes mismos en que tomaba posesión don Tomás Estrada Palma se presentó un español en aire de reto. En la solapa del saco, insolentemente, ostentaba un retrato del odiado Valeriano Weyler. El teniente Félix Pereira, Veterano de nuestra guerra de Independencia y a la sazón joven oficial policíaco, le obligó a retirarse de aquel lugar, evitando así una alteración del orden.

Frente al Frontón del Jai-Alai también surgió un incidente, cuando la empresa se negó a izar la bandera cubana en el lugar de honor, prefiriendo la bandera de la monarquía española.

El periódico "El Mundo" denunciaba en sus páginas a un español llamado Gabino Galbán, encargado de la casa de Empedrado y Aguacate, por haber prohibido a los vecinos de la misma colocar banderas cubanas, en sus balcones.

Una bomba en el Parque Central

A las diez y media de la noche una bomba cargada de municiones y metralla hizo explosión en el Parque Central hiriendo a once personas, en su mayoría jovencitos y niños. Los heridos fueron: Pablo Hernández, Bernardo Rodríguez, Manuel Marrero, Antonio Peril, Rogelio Pórtela, Francisco Estévez, L. Manuel Dueñas, Gregorio Tolón, Eugenio Ibarra, Ramón Vidal y Eladio Martínez. A la policía declararon los heridos y numerosos testigos que el artefacto había sido arrojado desde la azotea del "Cosmopolita", pero las investigaciones no lograron descubrir al autor de este salvaje atentado terrorista, el primero que se llevara a cabo después de establecida la República.

Lesionados

Imposible que festejos tan magníficos se llevaran a cabo sin su consiguiente

saldo de heridos. La policía reportó que Virginia Garrido Araujo, de Lealtad 17 fue alcanzada por una bala perdida en una mano y que Benjamín Jiménez González, Raimundo Soto González, Juan Rabelo, Miguel A. Valdés Navarrete, Manuel López Gutiérrez y Pio Taboada sufrieron lesiones al explotarle en las manos cohetes o pequeñas bombas que creían apagadas.

El vigilante Maximiliano Raventós tuvo la desgracia ese día de caer debajo de las ruedas de un tranvía que le cercenó varios dedos de los pies, teniendo que ser recluido en el Hospital Mercedes.

José Pago Álvarez se cayó de un laurel del Parque Central donde se había subido para presenciar los festejos. Manuel Daple fue reportado por la policía por haber sufrido lesiones al caer al pavimento en la vía pública.

También la policía del puerto reportó que en la bahía y debido a un fuerte brisote, había zozobrado, en horas de la tarde, el balandro "Amalia", sin tenerse que lamentar desgracias personales.

El primer Homicidio

A las dos y treinta de la tarde, en la escalinata de la Capitanía del Puerto, el joven de 19 años Carlos Diego Baños asestó dos puñaladas en el pecho a un desconocido con quien reñía. La policía y el público allí presente lo detuvieron. La prensa no ofrece más detalles, sino que el agredido llegó cadáver al centro de socorros a donde fuera conducido. Fue este el primer homicidio realizado en La Habana ese día, después de establecida la República.

Otras fechorías menores, como robos, aprovechando el entusiasmo popular, etc. fueron incluidos entre los incidentes policíacos del día.

El primer Veterano Asesinado

No fue precisamente el 20 de mayo de 1902, sino al día siguiente, osease el 21, cuando un veterano de la Guerra de Independencia pereció asesinado, siendo el primer miembro del Ejército Libertador que desaparecía trágicamente en la capital de la República, después de su establecimiento definitivo.

La víctima fue el joven Leopoldo Collazo Hernández quien en la fecha de su muerte tenía 20 años, lo que revela que tenía catorce años, cuando el 6 de julio de 1896 se incorporó a las fuerzas de su primo Aurelio Collazo, jefe del Regimiento "Calixto García" que tan brillantes campañas llevara a cabo en el Sur de la Provincia de La Habana.

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Al concluirse la guerra Leopoldo Collazo ingresó en el cuerpo de Guardias Urbanos. Estaba de servicio en el Vivac de La Habana la noche del 21 de mayo, cuando acertó a pasar por el Mercado del Polvorín, en el instante mismo en que se producía un violento incidente en uno de los bailes que allí se celebraban esa noche, como parte de los festejos conmemorativos de la instauración de la República, que dicho sea de paso, no quedaron reducidos exclusivamente a los actos del día 20. Dada su condición de autoridad Collazo intervino tratando de restablecer el orden. Para ello tuvo que hacer uso del machete que portaba. Uno de los contendientes llamado Ramón Valdés (a) Manda Manda se retiró del lugar, escondiéndose en actitud vigilante del paso del guardia Collazo. Cuando éste, ya restablecido el orden, se retiraba, el hampón Manda Manda lo atacó por la espalda con una navaja degollándolo. Collazo murió casi instantáneamente. Su agresor fue detenido pocos días después por miembros de la Policía Secreta que tomaron a su cargo las investigaciones.

Tales fueron los hechos que ocurrieron y el aspecto que tuvo la capital de la República aquel histórico 20 de mayo de 1902.

(*) Tomado de OHC Colecciones Digitales. Aparecido en La Voz del Veterano el 30 de mayo de 1953

sábado, 14 de febrero de 2026

CARTA DE MÁXIMO GÓMEZ AL PRESIDENTE DE LOS EE.UU

Máximo Gómez Báez (1836-1905) @Fuente externa

El ayer de hoy. SOS Cuba 1897-2026

Algunos, lectores me recriminaron porque en mi artículo del pasado 5 de febrero titulado La intervención y el gatopardismo, escribí: "Estamos hace muchos años en la misma situación que los mambises de las dos guerras de independencia: Incapacitados para vencer, por lo que es imprescindible una intervención extranjera igual que en 1898. No hay que darle más vueltas, sucedió en el 68 y en el 95, y ha sucedido durante 67 años nuevamente". 

En el artículo de marras ciertamente no sustenté tales afirmaciones; sin embargo, el pasado 10 de febrero Juan Manuel Cao en su programa Cao Live, recordó la carta que Máximo Gómez le escribiera al entonces presidente de los Estados Unidos, y ese sí que es un documento contundente para sustentar mis afirmaciones. 

En 1897 la guerra de independencia de Cuba, la que con tanto sacrificio emprendieron los cubanos organizados por José Martí en 1895, estaba estancada de tal modo, que mientras la nación se desangraba y la economía colapsaba a extremos nunca antes vistos, no se perfilaba el triunfo de los mambises y tampoco el de la corona de España, todo indicaba que por aquellos caminos la nación continuaría desangrándose por muchos años más, por lo que el generalísimo Máximo Gómez, haciendo uso de su inmensa estatura moral y de su aguda inteligencia, envió una carta al entonces presidente de los Estados Unidos, Grover Cleveland, en la que sin rodeos solicitó la ayuda del pueblo americano para solucionar el conflicto y para que los cubanos tuvieran al fin una república. Le ruego, escribió Gómez, que no la considere como una solicitud de intervención en nuestros asuntos. Y continúa: "Los cubanos nos hemos lanzado a esta guerra, confiados en nuestra fuerza. Solo la sabiduría del pueblo americano debe decidir qué curso de acción deben tomar".

Más adelante Gómez subraya que "el pueblo americano marcha legítimamente a la cabeza del continente occidental, y no debe tolerar más el asesinato frío y sistemático de americanos indefensos, a menos que la historia les impute participación en estas atrocidades". Y le recuerda: "Usted ha declarado que el pueblo americano no puede contemplar con culpable indiferencia el lento pero completo exterminio de millares de americanos inocentes y que tales actos de barbarie no deben permitirse ni tolerarse.  

Y a continuación, le recuerda que su conducta estaría basada "sólidamente en la Doctrina Monroe, la que no puede referirse solamente a la usurpación de territorios americanos y no a la defensa del pueblo americano contra las naciones europeas".

Y termina diciendo: "Corone su honorable trayectoria como estadista con un noble acto de caridad cristiana. Dígale a España que el asesinato debe cesar, que la crueldad debe cesar, y ponga el sello de su autoridad en lo que diga. Miles de corazones invocarán bendiciones eternas en su memoria, y Dios, el sumamente misericordioso, verá en ella la obra más meritoria de toda su vida". 

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Hoy estamos viendo que por fin, en muchos años, un presidente de los Estados Unidos pone la libertad y la democracia de Cuba entre sus intereses, y si en el 97 la solicitud de ayuda al presidente de entonces estuvo firmada por el dominico cubano Máximo Gómez, uno de los hombres más prestigiosos entre los que luchaban por la independencia de la Isla, hoy la solicitud de ayuda lleva sin dudas la firma de Marco Rubio, un norteamericano de origen cubano que ha conocido los horrores cometidos por la tiranía castrista. Ojalá que la solicitud llegue a convocar acciones, y como en el 98, el presidente de los Estados Unidos, basado sólidamente en la Doctrina Monroe, "ponga el sello de su autoridad en lo que diga".

Presidente Grover Cleveland (1837-1908).@Fuente externa

Sancti Spíritus, February 9, 1897

Mr. Grover Cleveland

President of the United States

Sir:

Permit a man whose soul is torn within him by the contemplation of unutterable crimes to raise his voice to the supreme chief of a people-free, cultivated, and powerful.

Do not, I beg, regard this action as an inopportune act of officialism. You yourself authorized it when you conceded to me a place in your last message to Congress.

Even more, I beg you, do not regard it as a request for intervention in our affairs. We Cubans have thrown ourselves into this war, confident in our strength. The wisdom of the American people should alone decide what course of action you should take.

I will not speak of the Cubans in arms. No; I raise my voice only in the name of unarmed Americans-victims of a frightful cruelty. I raise it in the name of weakness and of innocence sacrificed, with forgetfulness of the elementary principles of humanity and the external maxims of Christian morality-sacrificed brutally in the closing days of the nineteenth century, at the very gates of the great nation which stands so high in modern culture; sacrificed there by a decaying European monarchy, which has the sad glory of setting forth the horrors of the middle ages.

Our struggle with Spain has an aspect very interesting to that humanity of which you are so noble an exemplar, and to this aspect I wish to call your illustrious attention.

Look through the world and you will see how all people, with the possible exception of the Americans, contemplate with indifference, or with sentimental Platonism, the war which makes red the beautiful fields of fertile Cuba as if it were a thing foreign to their interests and to those of modern culture; as if it were not a crime to forget in this manner the duties of social brotherhood.

But you know it is not Cuba alone; it is America, it is all Christian hood, it is all humanity, that sees itself outraged by Spain's horrible barbarity.

Well, it is that the Spanish struggle with desperation, and that they are ashamed to explain the methods they employ in this war. But we know them, and we expected them.

We accept it all as a fresh sacrifice on the altar of Cuban independence.

It is logical that such should be the conduct of the nation that expelled the Jews and the Moors; that instituted and built up the terrible Inquisition; that established the tribunals of blood in the Netherlands; that annihilated the Indians and exterminated the first settlers of Cuba; that assassinated thousands of her subjects in the wars of South American independence, and that filled the cup of iniquity in the last war in Cuba.

It is natural that a people should proceed thus who, by hint of superstitious and fanatical education, and through the vicissitudes of its social and political life, have fallen into a sort of physiological deterioration, which has caused it to fall back whole centuries on the ladder of civilization.

It is not strange that such a people should proclaim murder as a system and as a means of putting down a war caused by its desires for money and power. To kill the suspect, to kill the criminal, to kill the defenseless prisoner, to kill the helpless wounded, to kill all who are able to impede its desolating action-all this is comprehensible as the way that the Spaniards have always understood and carried on warfare.

But not to pause at the holy and venerated hearth, personification of all most peaceful and noble; nor at women, emblem of weakness; nor at children, overwhelming symbol of inoffensive innocence. To bring upon these destruction, ruin and murder, constant and cruel; ah, sir, how horrible this is! The pen falls from my hand when I think of it, and I doubt at times human nature, in contemplating with my eyes dim with tears, so many hearts outraged, so many women sacrificed, so many children cruelly and uselessly destroyed by the Spanish columns.

The Spanish, unable to exercise acts of sovereignty over the interior of Cuba, have forced the peasants to concentrate in villages, where it is hoped misery will force them to serve in the armies of a Government which they abhor. Not only are these unhappy ones forced to abandon the only means by which they can live; not only are they forced to die of starvation, but they are branded as decided supporters of our arms, and against them, their wives and children, is directed a fearful and cruel persecution.

Ought such facts to be tolerated by a civilized people? Can human powers, forgetting the fundamental principles of Christian community, permit these things go on? Is it possible that civilized people will consent to the sacrifice of unarmed and defenseless men? Can the American people view with culpable indifference the slow but complete extermination of thousands of innocent Americans? No. You have declared that they can not; that such acts of barbarity ought not to be permitted nor tolerated. We see the brilliant initiative you have taken in protesting strongly against the killing of Europeans and Christians in Armenia and in China, denouncing them with evidence of heartfelt energy.

Knowing this, I today frankly and legally appeal to you, and declare that I can not completely prevent the acts of vandalism that I deplore.

It does not suffice that I protect the families of Cubans who join us, and that my troops, following the example of civilization, respect and put at immediate liberty prisoners of war, cure and restore the enemy's wounded, and prevent reprisals. It still appears that the Spaniard are amenable to no form of persuasion that is not backed up by force.

Ah, sir, the vicissitudes of this cruel struggle have caused much pain to the heart of an old and unfortunate father, but nothing has made me suffer so much as the horrors which I recite unless it is to see that you remain indifferent to them.

Say to the Spaniards that they may struggle with us and treat us as they please, but that they must respect the pacific population; that they must not outrage women nor butcher innocent children.

You have a high and beautiful precedent for such action. Read the sadly famous proclamation of the Spanish general, Balmaceda, of 1869, proclaiming, practically, the reproduction of this war, and remember the honorable and high-minded protest that the Secretary of State formulated against it.

The American people march legitimately at the head of the Western Continent, and they should no longer tolerate the cold and systematic assassination of defenseless Americans less history impute to them a participation in these atrocities.

Imitate the high example that I have indicated above. Your conduct, furthermore, will be based solidly on the Monroe doctrine, for this can not refer only to the usurpation of American territories and not to the defense of the people of America against European ambitions. It can not mean to protect American soil and leave its helpless dwellers exposed to the cruelties of a sanguinary and despotic European power. It must extend to the defense of the principles which animate modern civilization and form an integral part of the culture and life of the American people.

Crown your honorable history of statesmanship with a noble act of Christian charity. Say to Spain that murder must stop, that cruelty must cease, and put the stamp of your authority on what you say. Thousands of hearts will call down eternal benedictions on your memory, and God, the supremely merciful, will see in it the most meritorious work of your entire life.

I am, your humble servant,

Máximo Gómez

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CARTA DE GÓMEZ AL PRESIDENTE DEL LOS ESTADOS UNIDOS GROVER CLEVELAND (TRADUCCIÓN AL ESPAÑOL)

Sancti Spíritus, 9 de febrero de 1897

Sr. Grover Cleveland

Presidente de los Estados Unidos

Señor:

Permita que un hombre, cuya alma se desgarra ante la contemplación de crímenes indecibles, levante la voz ante el jefe supremo de un pueblo libre, culto y poderoso.

No considere, le ruego, esta acción como un acto inoportuno de oficialismo. Usted mismo la autorizó al concederme un lugar en su último mensaje al Congreso.

Más aún, le ruego, no la considere como una solicitud de intervención en nuestros asuntos. Los cubanos nos hemos lanzado a esta guerra, confiados en nuestra fuerza. Solo la sabiduría del pueblo americano debe decidir qué curso de acción deben tomar.

No hablaré de los cubanos en armas. No; alzo mi voz solo en nombre de los americanos desarmados, víctimas de una crueldad espantosa. Lo levanto en nombre de la debilidad y la inocencia sacrificadas, con el olvido de los principios elementales de la humanidad y las máximas externas de la moral cristiana, sacrificadas brutalmente en los últimos días del siglo XIX, a las mismas puertas de la gran nación que se yergue tan encumbrada en la cultura moderna; sacrificada allí por una monarquía europea en decadencia, que tiene la triste gloria de representar los horrores de la Edad Media.

Nuestra lucha con España tiene un aspecto muy interesante para esa humanidad de la que usted es tan noble ejemplo, y sobre este aspecto deseo llamar su ilustre atención.

Mire a través del mundo y verá cómo todos, con la posible excepción de los americanos, contemplan con indiferencia, o con platonismo sentimental, la guerra que enrojece los hermosos campos de la fértil Cuba como si fuera algo ajeno a sus intereses y a los de la cultura moderna; como si no fuera un crimen olvidar de esta manera los deberes de la fraternidad social.

Pero usted sabe que no se trata solo de Cuba; es América, es toda la cristiandad, es toda la humanidad, la que se ve indignada por la horrible barbarie de España.

Pues bien, los españoles luchan con desesperación y les avergüenza explicar los métodos que emplean en esta guerra. Pero los conocíamos y los esperábamos.

Lo aceptamos todo como un nuevo sacrificio en el altar de la independencia cubana.

Es lógico que tal sea la conducta de la nación que expulsó a los judíos y a los moros; que instituyó y fortaleció la terrible Inquisición; que fundaron los tribunales de sangre en los Países Bajos; que aniquiló a los indios y exterminó a los primeros pobladores de Cuba; que asesinó a miles de sus súbditos en las guerras de independencia sudamericana, y que colmó la copa de la iniquidad en la última guerra en Cuba.

Es natural que proceda así un pueblo que, por el mero hecho de una educación supersticiosa y fanática, y por las vicisitudes de su vida social y política, ha caído en una especie de deterioro fisiológico que le ha hecho retroceder siglos enteros en la escala de la civilización.

No es extraño que un pueblo así proclame el asesinato como sistema y como medio para sofocar una guerra causada por sus ansias de dinero y poder. Matar al sospechoso, matar al criminal, matar al prisionero indefenso, matar al herido indefenso, matar a todo aquel que pueda impedir su acción desoladora: todo esto es comprensible como la forma en que los españoles siempre han entendido y llevado a cabo la guerra.

Pero no detenerse en el hogar sagrado y venerado, personificación de todo lo más pacífico y noble; ni en las mujeres, emblema de la debilidad; ni en los niños, símbolo abrumador de la inocencia inofensiva. Atraer sobre ellos destrucción, ruina y asesinato, constante y cruel; ¡ah, señor, qué horrible es esto! La pluma se me cae de las manos al pensarlo, y a veces dudo de la naturaleza humana al contemplar, con los ojos empañados por las lágrimas, tantos corazones ultrajados, tantas mujeres sacrificadas, tantos niños cruel e inútilmente destruidos por las columnas españolas.

Los españoles, incapaces de ejercer soberanía sobre el interior de Cuba, han obligado a los campesinos a concentrarse en aldeas, donde se espera que la miseria los obligue a servir en los ejércitos de un gobierno que aborrecen. No solo se obliga a estos infelices a abandonar el único medio de vida que les permite vivir; no solo se les obliga a morir de hambre, sino que se les tilda de firmas partidarias de nuestras armas, y contra ellos, sus esposas e hijos, se dirige una persecución terrible y cruel.

¿Debe un pueblo civilizado tolerar estos hechos? ¿Pueden los poderes humanos, olvidando los principios fundamentales de la comunidad cristiana, permitir que esto continúe? ¿Es posible que un pueblo civilizado consienta el sacrificio de hombres desarmados e indefensos? ¿Puede el pueblo americano contemplar con culpable indiferencia el lento pero completo exterminio de millares de americanos inocentes? No. Usted ha declarado que no puede; que tales actos de barbarie no deben permitirse ni tolerarse. Vemos la brillante iniciativa que ha tomado al protestar enérgicamente contra la matanza de europeos y cristianos en Armenia y China, denunciándolos con sincera energía.

Sabiendo esto, hoy me dirijo a usted con franqueza y legalidad, y declaro que no puedo evitar por completo los actos de vandalismo que deploro.

No basta con proteger a las familias de los cubanos que se unen a nosotros, ni con que mis tropas, siguiendo el ejemplo de la civilización, respeten y liberen inmediatamente a los prisioneros de guerra, curen y recuperen a los heridos del enemigo y eviten las represalias. Parece que los españoles no se dejan persuadir por ninguna forma de persuasión que no esté respaldada por la fuerza.

Ah, señor, las vicisitudes de esta cruel lucha han causado mucho dolor en el corazón de un anciano y desafortunado padre, pero nada me ha hecho sufrir tanto como los horrores que le cuento, a menos que sea ver que usted permanece indiferente ante ellos.

Dígale a los españoles que pueden luchar contra nosotros y tratarnos como les plazca, pero que deben respetar a la población pacífica; que no deben ultrajar a las mujeres ni masacrar a niños inocentes.

Tienen un precedente noble y admirable para tal acción. Lean la tristemente famosa proclama del general español Balmaceda, de 1869, que proclamaba, prácticamente, la reproducción de esta guerra, y recuerden la honorable y noble protesta que el Secretario de Estado formuló contra ella.

El pueblo americano marcha legítimamente a la cabeza del continente occidental, y no debe tolerar más el asesinato frío y sistemático de americanos indefensos, a menos que la historia les impute participación en estas atrocidades.

Imite el noble ejemplo que indicó anteriormente. Su conducta, además, se basará sólidamente en la Doctrina Monroe, pues esta no puede referirse solo a la usurpación de territorios americanos y no a la defensa del pueblo americano contra las ambiciones europeas. No puede significar proteger el suelo americano y dejar a sus indefensos habitantes expuestos a las crueldades de una potencia europea sanguinaria y despótica. Debe extenderse a la defensa de los principios que animan la civilización moderna y forman parte integral de la cultura y la vida del pueblo americano.

Corone su honorable trayectoria como estadista con un noble acto de caridad cristiana. Dígale a España que el asesinato debe cesar, que la crueldad debe cesar, y ponga el sello de su autoridad en lo que diga. Miles de corazones invocarán bendiciones eternas en su memoria, y Dios, el sumamente misericordioso, verá en ella la obra más meritoria de toda su vida.

Soy su humilde servidor

Máximo Gómez.

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¿MENOS ESTADO? (*)

  Por Emilio Hernández (**) @Fuente externa Menos Estado es un tema que confunde. Para unos, significa menor control sobre la violación de l...