miércoles, 3 de junio de 2026

LOS DÍAS CONTADOS DE APOLONIO OÑA (Novela casi inédita)

Ahora que está de moda otra vez el dicho aquel que durante tantos años hemos repetido los cubanos, quiero compartir el primer capítulo de mi novela LOS DÍAS CONTADOS DE APOLONIO OÑA. Ella fue publicada hace varios años en Lulu, pero la retiré por razones que no vienen al caso mencionar. Así que ahora, atacado por el miedo de que la realidad se coma mi ficción y de que se dejen de contar los días, o de que sigamos contándolos hasta las calendas subo su primer capítulo al Tren de Yaguaramas para alegría de grandes y chicos con la advertencia de que el confeti y las serpentinas no van por la casa. 

EL INCUNABLE

Los ojos del pueblo miraban a través de las carcomidas paredes de madera, cuando el Doctor Quintiliano Álvarez apartó de la cuna al Viejo Oña, y su voz, imponiéndose por sobre los gritos del recién nacido, pronosticó: «No dura un año tu hijo». Caminaron por los cuartos, la sala y la saleta y en el portal de la cuartería, antes de despedirse y como para que nadie tuviera dudas el médico de la familia Oña repitió: «No dura un año».

Los cientos de ojos, que ya no estaban en las ranuras del entablado, sino en todas las puertas de la cuartería, amontonándose al frente del portal y haciendo maromas para no caer en la zanja enlodada -donde algún día iba a estar la alcantarilla-, parpadearon y se fueron a otras casas, al parque, a la barbería, a bodegas, colmados y pulperías a contar que el Viejo Oña, a galope tendido, sobre el lomo de Rocinante, había llevado a su primogénito hasta La Charretera.

En la barbería, sobre todo los juglares, cuenteros y repentistas adornaban la historia con un poco de Historia: «Ese que ustedes ven ahí de Doctor Álvarez», decían, «sí que se la ganó en el parque de la catedral limpiando zapatos. Dio el último golpe en el cajón y recibió diez centavos... pero y quien te dice que le estaba limpiando los zapatos nada más y nada menos que al mismísimo señor Orestes Valle, dueño de medio mundo. Y a ese hombre encumbrado se le ocurrió olvidar su billetera en el banco del parque, ahí, cara a cara con ese que ustedes ven ahora de Doctor Álvarez».

Quinti, como le decían, corrió a devolvérsela, y el filántropo premió ese gesto de honestidad con una beca en la mejor escuela del mundo. «¡Médico, yo quiero ser médico!» Fue lo que dijo el limpiabotas en su primer día de clases. El generoso Orestes, poco después, se mandó hacer un pasquín de campaña en el que aparecía con el niño Álvarez sobre una consigna: «Valle Presidente».

En La Charretera   estaban los tipos que interpretaban mal a Shakespeare, quienes se chupaban el dedo gordo del pie o inflaban preservativos. También quienes iban en pijamas a los carnavales, los que tenían la manía de lanzar huevos con tira piedras y los que oían discos de los Beatles. Eran aquellos unos especímenes que armaban disturbios multitudinarios en una cuarta de tierra y sonaban una bomba de carburo en cualquier sitio. Ellos padecían la enfermedad de la contravención.

El Viejo Oña, al saber que su primer hijo tenía los días contados, no consiguió escuchar y mucho menos entender la explicación que el Doctor Quintiliano Álvarez intentó darle acerca de las mutaciones ocurridas en la formación de la criatura. Sin embargo, entre tanta palabrería médica, Oña captó que el niño había venido al mundo con el corazón en el lado derecho del tórax. Por eso rezongó: «¡Me cágüesten la mierda!» Y tomó de inmediato una decisión: «¡Tatuado coño... lo tendrá tatuado!» 

Las autoridades de La Charretera   se las ingeniaron para cubrir todas las formalidades de la visita lo más rápido posible. Un niño es, o al menos lo era entonces, una emergencia. Según las profecías, que eran tomadas muy en cuanta, obstruir el bautizo de agua, obstaculizarlo de algún modo podía provocar muy mala suerte, tanta, que según aseguraban algunos brujos la fatalidad podía durar hasta por diez generaciones. El viejo Oña, mostrando su hijo, suplicó ante el alcaide, pidió misericordia y recordó los augurios, solicitó ver a La Diabla, quien según estaba escrito sería el padrino de agua del primogénito de la familia Oña, del recién nacido que muy pronto estaría recién muerto según el diagnóstico del doctor Álvarez.

Viejo y primogénito fueron conducidos por un corredor en el que se repetían puertas cerradas a un lado y otro. Cada cuatro o cinco pasos era lo mismo, hasta que sobre el piso apareció un parpadeante haz de luz. La puerta, idéntica a todas las demás, era batida por la brisa. «Pase», le dijeron, y el Viejo Oña apuntó hacia la voz con un billete.

Era como otro país, pero mejor. «Como en las películas», pensó Oña y como si La Diabla lo estuviera escuchando le respondió: «No te guíes por las apariencias, es pura escenografía, yo mismo las diseño. Ellos verdaderamente me malcrían bastante». La Diabla se refería por supuesto a quienes lidiaban con él en La Charretera, «me porto bien y ya hice muchos favores en mi vida». Los dos, niño mediante, se abrazaron. Antes de sentarse, Oña miró a su alrededor y soltó uno de esos chascarrillos con los que solían alegrar y alegrarse en los viejos tiempos: «Este es un banco muy blanco bajo la sombra de una mata de mangos». A lo que respondió La Diabla, rápido como siempre. «Que no es lo mismo que un manco muy majo que te mata y se asombra». Y sin siquiera tomar un respiro continuó con una frase que, por el modo de subrayar cada palabra y lo afectado de su rostro, era a todas luces una ironía:

- ¡Me agrada que por fin tengas un hijo, te estaba haciendo falta desde hacía mucho tiempo!

La Diabla lo miraba fijo, mientras se quitaba el cigarro que tenía montado sobre la oreja como lápiz de bodeguero y se lo llevaba a los labios. Tenía en una de sus manos un libro que, al momento de entrar la visita, dejó marcado con su dedo índice. Sintió, en medio de tan inesperado acontecimiento, que algo lo frenaba; entonces, como para despojarse de aquellos accesorios, marcó la página con el cigarro y tiró el libro sobre el césped. Ahora se paró gesticulando, desató sus sentimientos y su lengua.

            -Eres un pendejo Oña, y no me alegro nada de que tengas un hijo... mira que aparecerse a estas alturas con un muchacho y para colmo de males al revés... no lo dudes, aquí se sabe todo como si el viento trajera las palabras. Lo único que no entiendo es para qué me lo has traído, porque no pretenderás que yo también me trague el cuento ese de «padrino de agua».

-Diabla -dijo por fin el Viejo Oña pasando por alto todos los reproches del amigo-, lo que quiero es que le pongas el corazón en su sitio.

La Diabla lo miró con tanto enojo, que de no ser por toda la historia que habían vivido juntos, el encuentro se hubiera convertido en una tragedia. Sin quitarle los ojos de encima, una avalancha de interrogantes le sobrecogió. Los más encendidos tonos de la indignación lo abrumaron. Le puso furioso pensar que era una «cama», que le tendían una celada para sacarle algo. «¡Y para colmo utilizan a mi compadre de informante!» Pero el rostro de Oña, mirado fríamente, daba lástima. La Diabla desechó la idea y volvió a estar seguro de que al compadre nunca lograrían obligarlo a prestar semejante servicio. La Inteligencia no podría cazar sus ideas con esa trampa y pasó de un estado a otro, de la locura a la razón, del crimen a la bondad y dijo:

            - ¡Ni que fuera yo mago compadre!

            - Sí, Diabla, eres mago haciendo tatuajes.

El viejo Oña respondió con tanta ternura, con tanta admiración por el amigo de los años que La Diabla volvió a la calma completamente y sintió, como en los buenos tiempos, que aún era capaz de recorrer los extremos de su alma en un santiamén. «Aún, pensó, tengo el corazón de un caballo». Y al tragarse el nudo que se le armó en la garganta se pavoneó diciendo:

            - ¡Acabáramos compadre! Usted lo ha dicho y es la verdad.

La Diabla no tenía alternativa, juntos habían pasado mucho hasta que lo cogieron a él en aquello de contravenir. Fueron uno hasta ese mismo día. Oña, fue el primero en decirle a grito limpio el apodo satánico que al principio fue motivo de duelos perrunos. «¡La madre del que le diga La Diabla a mi socio!» Vociferó Oña un día en presencia del enjambre de muchachos y La Diabla no tuvo más respuesta que: «La tuya».

Eran compadres, aunque no por el primogénito de Oña, eso vino después a «remachar», como decían en la cuartería. Se habían puesto de acuerdo en cuanto al primer compadrazgo, mientras celebraban el alumbramiento de una hija de La Diabla. Habían pasado muchas botellas de aguardiente y muchos pucheros de ajiaco cuando el padre de la recién nacida, levantándose del taburete en el que había permanecido tragando sin pestañear durante dos días, agarró por el cuello al Viejo Oña y le dijo: «Serás su padrino. Si tan intimado te crees conmigo que me dices ese santísimo nombrete donde quiera… sin que te rompa la crisma, vas a tener que rociarle la mollera a.…» Y se cayó como una palma. El estruendo de La Diabla contra el piso resonó por sobre el ruido de platos que constantemente iban a los calderos, por sobre el ruido de las botellas que titilaban en varios kilómetros a la redonda, por sobre los berridos de los muchachos que en bandadas y en cueros retozaban sin descanso, por encima de los interminables versos con que pugilateaban los repentistas. Se hizo una pausa en la bacanal para ver qué había sucedido y al descubrir que no era nada cada cual siguió en lo suyo. El caído durmió durante los próximos tres días que duró el guateque.

La Diabla aprendió a dibujar la piel a través de un curso por correspondencia que se anunciaba en la revista Vanidades. Su familia no pudo encontrar otra cosa mejor para él. «Nunca pensé que ganaría tanto dinero», comentaba, cuando muchos años después se puso de moda aquello de grabarse en el cuerpo dolorosas anclas, mujeres desnudas, mariposas multicolores, crucifijos y letreros alegóricos al amor filial, carnal, musical y tantos otros. Los clientes, llegados de todas partes, hacían las colas más organizadas, inevitables e interminables para que el más grande genio de Las Artes Dérmicas pintara sus pieles como lienzos.

El primogénito de la familia Oña regresó a la cuartería en medio de una verdadera marcha triunfal. «¡Ya lo enderecé!» Gritaba el Viejo Oña por el camino y les mostraba a todos el carmín encendido que latía sobre la tetilla izquierda de la criatura. «¡Derecho como una vela carajo, aunque se muera mañana!» En La Charretera, La Diabla fumaba a la sombra mientras leía.

Lo que nadie pudo imaginar entonces, fue que el niño, impar desde lo más profundo de sus entrañas, sobreviviría a todo y a todos. Nadie pudo suponer que el médico de la familia Oña equivocaría un pronóstico, era imposible vislumbrar entonces que el Niño Oña llegaría a tocar el infinito y que su estigma y epónimo quedarían grabados para siempre en la Cultura Universal.

El Niño vivió hasta los ocho años sin nombre propio. No se ponían de acuerdo en la familia, y registraban santoral arriba y santoral abajo sin conseguirle un santo y seña. La algazara se extendió más allá de las fronteras de la cuartería y durante largos meses se convirtió en un Deporte Nacional aquello de llevarle a la puerta de la casa un papelito con una palabra escrita, un conjunto de letras que pudiera identificar a quien pronto iba a morir. Las jóvenes casaderas cambiaron sus juegos habituales y se apartaron de la gallinita ciega, el juego de las prendas, las cartas y toda esa banal perdedera de tiempo para, en todos los idiomas, ir combinando sílabas que sonaran aparentes para ser asentadas en la fe de bautismo del primogénito. Los varones abandonaron sus rondas de enamorados y se unieron a los jugadores de la Lotería Nacional, quienes idearon una variante de la charada china, dándole a cada letra del alfabeto un número de clave. Estas combinaciones de números premiados cada semana por el Ministerio de Hacienda, al traducirse a sílabas, formaban grupos de sonidos que, evaluados por una Junta Consultiva, eran decantados hasta alcanzar sólo diez nominaciones o candidatos.

Ya estaba convocado el Sufragio Universal, estaba concertado que se votaría de manera directa y secreta, ya un grupo de Organizaciones no Gubernamentales se habían puesto de acuerdo para observar la limpieza del torneo cuando el Viejo Oña puso fin a la batahola: «Que se lo busque él mismo caray, ¡qué tanto lío es ese por el nombre de un muchacho!» Y ni una palabra más se volvió a escuchar sobre el tema.

Las cuarterías, fueron construcciones en las que bajo un mismo techo se ordenaban, una al lado de la otra y dividiéndose por tabiques, varias habitaciones. La familia Oña vivió en una de madera y tejas, compartida con muchos vecinos, y para el día en que el primogénito Oña cumplió su onomástico octavo la edificación se mantenía fuerte y gallarda.

Los Oña llegaron allí gracias a una botija llena de prendas y un lingote de oro catorce, que el entonces mozalbete señor Oña se encontró. Andaba él enrolado en eso de cavar fosas para escusados, cuando el pico, que tantas veces hirió la tierra bajo sus pies, le descubrió una fortuna. El operario Oña tuvo la feliz idea entonces de comprarse un techo... bueno, en realidad una parte del techo de la cuartería. «¡Esta es mi casa repinga!» Estallaba colérico el Viejo Oña cada vez que el cobrador de alquileres se le aparecía en la puerta por equivocación.

La cuartería estaba muy bien ubicada desde su fundación, tanto, que en el traspatio tenía un pozo para uso de los inquilinos. Era una potencial fuente de especulación. En una época en que la herencia estuvo en pleitos a causa de la muerte del dueño, hasta los usufructuarios se aprovecharon de aquellas ventajas geográficas. Los inquilinos asumieron la venta del agua, su administración y distribución, y organizaron un Consejo de Vecinos del cual el señor Oña era el Presidente. «Por mi condición de único propietario en el ínterin y mientras se averigua», alegó. La señora Oña era la Tesorera y quien controlaba los precios, los costos y las ganancias, los salarios y la seguridad social.

Los comerciantes, quienes siempre han tenido un olfato muy agudo para asentarse cerca de las aguadas, fueron colocando sus negocios lo más cerca posible de la cuartería; sin embargo, quienes le sacaron mejor partido fueron precisamente los Partidos Políticos. Todos los candidatos en sus campañas prometían convertir el pozo en un acueducto comunitario, demoler la cuartería para hacer allí el Ayuntamiento, y otorgarle a quienes la habitaban modernas y confortables viviendas.

«¡Una cosa se dice en la campaña y otra bien distinta después de la campaña!» Dijo La Diabla durante una refriega de ideas tumultuarias en el parque. Y ese fue el último alegato incendiario que se le escuchó en mucho tiempo. En medios oficiales se divulgó que «lo tenían en cuidados intensivos, que estaba un poco enfermito».

Valle estuvo muy metido en aquello de prometer agua, caminos, escuelas, potencias médicas, potencias culturales y hasta el copón bendito. Prometió la luna a quien se la pidió, pero cuando se sentó en la silla del Ayuntamiento, aquello fue otro cantar.

El primer acto civil en el que participó La Diabla, después que le dieran el alta en La Charretera, fue el cumpleaños del Niño Oña. Era un plan muy viejo, era lo que tenía en mente desde que le grabó el pecho -él nunca creyó en los días contados-, y al llegar al borde de la zanja -donde algún día iba a estar la alcantarilla-, se encontró con el muchacho que jugaba con fango y un palito.

            -Felicidades –le dijo-, hoy cumples ocho años.

El Niño Oña, a quien ya por entonces comenzaba a darle lo mismo un jabón que hilo negro, lo miró y quiso dar media vuelta e irse a otro lugar donde no lo molestaran extraños, pero sintió que cinco estacas se le clavaban en la cabeza. La Diabla lo frenó y afirmó mirándolo fijamente:

            -Eres la mismitica cara de tu padre... vamos a ver, ya que aún no se han cumplido los augurios, si llegas a tener las condiciones de ese bestia.

            - ¡Mi tío, si me sigue apretando así voy a ver a Dios por la boqueun güiro! -fue todo lo que pudo decir el Niño.

La Diabla fue aflojando, y del tosco apretón pasó a una tierna caricia, a unas cachetadas cariñosas, a mostrarle un regalo que traía en un extrañísimo envoltorio.

            -Es un obsequio por tu cumpleaños, vamos para la casa -Le dijo al chiquillo.

Con el apretón que le dieron en la cabeza, el Niño Oña no necesitó ninguna otra muestra de las artes persuasivas de aquel grandulón, y, haciéndole el camino, se dirigió a una de las muchas puertas de la casa de vecindad. Él hubiera querido voltearse para ver de nuevo el regalo, hubiera querido pedírselo. «¿Para qué me lo enseñó si no me lo va a dar?», pensó, y al entrar en el portal escuchó a sus espaldas: «Lávese las manos si quiere comer de esto». Al menos supo que el regalo se comía.

El Niño Oña empujó la puerta y corrió hasta el traspatio de la casa llamando al padre. En la saleta, La Diabla se sentó en uno de los cuatro o cinco taburetes que andaban por allí y puso el regalo sobre otro.

            -Papá, le busca un propio -dijo el muchacho sin la menor esperanza de que le escucharan.

El Viejo Oña dormitaba en una hamaca que se desplegaba entre una mata de aguacates y otra de guayabas. En cada tronco había amarrada una argolla, y entre ellas pendía el fresco y autóctono tálamo.

            -El día que te caiga uno de esos en la cabeza esto va a ser del carajo –Murmuró entre dientes el Niño Oña.

            -No ha nacido todavía el aguacate que me rompa a mí la cabeza carajo y póngase de penitencia por mal agüero –Dijo el padre sin abrir los ojos.

            En la saleta, La Diabla y el Viejo Oña se volvieron a abrazar después de mucho tiempo.

            -Hoy tu hijo cumple ocho años -Dijo La Diabla.

            -Muchacho, le quito la penitencia y venga acá, que esta visita es suya también -Dijo el Viejo Oña para que el muchacho escuchara, allá donde estaba hincado sobre dos chapas de refresco Jupiña.

El Niño saltó de la postración, la más corta en toda su vida, y al llegar a la saleta lo primero que buscó fue el regalo que el visitante le mostró al llegar y pudo verlo en su raro estuche todavía.

El Viejo Oña, que ya estaba sentado en su taburete, al ver a su hijo, lo agarró por una mano e hizo que se acercara.

            -Este fue quien te puso el corazón en su lugar –Le decía mientras golpeaba el pecho a La Diabla con el dorso de la mano.

Desde el fondo de la casa, venía acercándose la voz de la Vieja Oña y se le escuchaba decir:

            -Verdaderamente aquí ya nadie se acuerda del día en que vive.

Y cuando apareció en la saleta, La Diabla se paró como un resorte y saludó muy respetuosamente a la concubina de su amigo.

Ya los cuatro estaban sentados y el jolgorio comenzaba a incubarse cuando una mesa, que salió del anonimato de un rincón para convertirse en el mueble más importante durante toda la visita, recibió la primera botella de aguardiente.

- Este muchacho va a dar mucha guerra todavía compadre. – Dijo el Viejo Oña-. Parece que Quinti falló.

- Pero Viejo, no me mencione la soga en casa del ahorcado. – Terció la señora Oña.

La Diabla dijo otra cosa al respecto y de allí continuó la conversación por otros muchos derroteros, la escancia se volvía cada vez más profusa y lo del regalo nada. El Niño Oña, atosigado por la curiosidad y viendo que los adultos andaban en lo suyo, sin encomendarse a nadie desenvolvió su aguinaldo y lo plantó sobre la mesa.

            - ¡Ñó... y mira eso... con letricas! –Dijo el muchacho.

Los mayores, más por el olor que por el asombro del Niño, se pusieron de pie y rodearon la mesa donde estaba el regalo. Era un apetitoso cake de nata, a la vista del cual todos tuvieron una sorpresa enorme. Más que asombrados, sus estados de ánimos quedaron desordenados, sin posibilidad de concilio aparente. Para cada uno de ellos, que tantas cosas tenían en común, el hecho resultó ser un fenómeno completamente distinto. Así, el primogénito pensó: «¿¡Y Qué dirá ahí!?»; la señora Oña: «¡La Diabla no cambia!»; el Viejo Oña: «¡Qué gran amigo es La Diabla, me sacó del bache otra vez!», y La Diabla: «¿¡Y eso quién lo escribió!?»

Ante el mismo hecho, todos reaccionaron de diferentes maneras porque cada cual tenía una información parcial o distorsionada de las causas por las cuales, el delicioso cake de nata tenía una dedicatoria. El matrimonio Oña, casi al unísono, como solían ellos pensar, llegó a una conclusión: «Que bien conoce mis (sus) malas pulgas, sabe que cuando digo (dice) por ahí... no hay quien me (lo) pare».

Ellos estaban convencidos de que el compadre acababa de sugerir, con aquel obsequio que traía una sutil inscripción, la manera decorosa de solucionar el viejo asunto del nombre del muchacho. Sin menoscabo de los principios y caprichos de la familia Oña, La Diabla estaba poniendo, literalmente, una posibilidad sobre la mesa.

Nadie se atrevía a hablar, pero todos pensaban descocadamente. Las conjeturas iban y venían en tropel sin encontrar asideros realmente sólidos. El Niño Oña, quien se sentía muy feliz, pensaba: «Lo cierto es que todo cake de cumpleaños que se respete debe tener un garabato encima».

La Diabla era el único que no encontraba ni siquiera hipótesis. En primer lugar, no podía suponer que el niño aun no tuviera nombre, para él aquello se había resuelto hacía mucho tiempo. Nadie tuvo la ocurrencia de contarle. A nadie se le ocurrió decirle que estaba determinado que se lo buscara él mismo. «Cuando lo compré en el Shopping Center no decía nada». Fue todo lo que pudo pensar La Diabla. Nada más.

Lo que pasó por sus mentes en aquella ocasión nunca fue dicho, nunca ellos confrontaron sus ideas al respecto. Cada cual tomó como ciertas y válidas sus especulaciones. Para el resto de sus vidas, todo lo que allí supusieron fue la verdad.

Así, quedó oculta la realidad durante muchísimos años, y si no hubiera sido por el amor y el orgullo que sentía la señora Oña al mostrar a los demás todo lo relacionado con el fruto de su vientre, hoy sería imposible conocer el origen de tan controvertido epónimo.

La madre Oña, sintió gran pasión por la vida y obra de su hijo, por lo que atesoró gran cantidad de objetos insignificantes, menudencias que de algún modo estuvieron relacionadas con él. Entre aquellos simples recuerdos, la señora Oña salvó para la posteridad el raro pliego que envolvió el cake de nata, obsequio de La Diabla al Niño Oña en su octavo cumpleaños. Cuando llegó a mis manos el envoltorio de marras, estaba grasiento y apestoso, y tenía grabados estos caracteres: УБОГОИЮ

Un detallado examen sobre la época arrojó que: «producto de la crisis financiera, la Directiva de la casa expendedora del cake de nata, se vio en la necesidad de violar el Código del Comercio, el cual constituía un verdadero cepo para los indolentes y un salvavidas para los consumidores. En uno de los mandamientos el Código establecía: No venderás ningún artículo desempacado; pero, las condiciones objetivas estrangulaban la economía interna y obligaban a las maromas más inverosímiles, obligaban a luchar tesoneramente y a trabajar sin descanso para no contravenir, así que, cuando no fue posible conseguir ningún suplidor que abasteciera los mercados con los deficitarios materiales para envoltorios, se hizo correr la voz de: «A empaquetar con cualquier cosa».

«Hubo muestras de elevado espíritu de superación y surgió La Gran Iniciativa. Se propuso oficialmente, en todas las instancias, que se valorara la posibilidad de crear una comisión para recuperar los pergamino, lienzos, gasas, papel vegetal y todo cuanto era incinerado bajo el rótulo de PIEZAS INSALVABLES, en el Museo de Documentos Antiquísimos (MUDOCAN). Esta propuesta fue aprobada tras extensas discusiones y, considerada viable finalmente, gracias a la contundente exposición de la principal promotora del proyecto, quien según consta en una de las pruebas documentales: Al expresarse con tal convicción ante el plenario y cruzadas algunas miradas entre los Miembros de la Presidencia, consiguió todos los voto».

«Con la aplicación de tal mecanismo económico, subieron en flecha los índices de rentabilidad y junto a ellos el prestigio del Shopping Center. Fue entonces que comenzaron a aparecer, en cualquier casa de vecinos, páginas del Libro de los Muertos, lienzos provenientes de las pirámides de Egipto, prendas íntimas de bellas mujeres célebres y útiles de campañas históricas. Se supo de un pañuelo de María Antonieta, de la hamaca de Alejandro Magno y hasta de un trozo del Manto Sagrado.

El Gran Arqueólogo, quien pidió no ser identificado, me expresó su parecer sobre el origen de la pieza que envolvió el cake de nata. Según él, era «la página de un incunable con caracteres sibilinos». Sin embargo, los pigmentos con los que fueron elaboradas las tintas se habían podido reconocer perfectamente, y de todo un larguísimo informe, sólo me sirvió un dato: Eran resistentes al agua, pero fácilmente se podían diluir en grasas. Ese fue el punto al cual no pudo llegar nadie antes que yo.

Debo confesar, que desentrañar el misterio de aquel cumpleaños se convirtió para mí en una obsesión. Muchas veces estuve a punto de dejar todo a un lado y abandonar mi investigación sobre la Era Oña. Me fue tan difícil llegar hasta el fondo, cuando los protagonistas prefirieron callar y aceptar las apariencias como si estas fueran la verdad, que me sentí frustrado muchas veces. Sólo la perseverancia y la casualidad me permitieron conocer, claramente, por qué, en el principio de los días, nuestros próceres vieron grabada una dedicatoria sobre el delicioso cake de nata.

Muchas veces, con el informe sobre la mesa de trabajo y el incunable plastificado en mis manos, me entretenía repitiendo una frase del Gran Arqueólogo, una frase que desde el primer momento se me quedó atorada en la memoria: «Resistente al agua y soluble en grasa». Al no tener absolutamente ninguna idea para solucionar el enigma, repetía sin fin el estribillo: «Resistente al agua y soluble en grasa». Es probable que aquel período estéril fuera más largo de lo que hoy puedo calcular, porque en realidad perdí la noción del tiempo y no la he vuelto a recuperar jamás. Y así, como me hundí en un éxtasis improductivo, un buen día, mirándome al espejo, una de esas mañanas de modorra, después de salir de la ducha, quedé tocado por la luz. La imagen invertida detrás de mí convocó recuerdos que llegaron en tropel por intrincados recovecos. Rememoré la escena donde un tipógrafo y su espejo hacían rutinarias pruebas de galeras. Eso había sucedido. Al envolver el cake de nata, con un papel escrito con tintas solubles en grasas, había quedado estampada una inscripción, había aparecido, por un evento fortuito, el nombre de una Era.

Lo próximo que se volvió a escuchar en la casa de los Oña, aquel lejano y memorable día, fue apenas un susurro. Alguien, deletreó la inscripción que afloraba sobre el suculento pastel, y el Niño, rápido como era, repitió con voz potente y que se escuchó por todo el vecindario: «¡APOLONIO!»

-Tú lo has dicho –dijo el Viejo Oña-, así lo has decidido y desde hoy y por siempre te llamarás Apolonio Oña.

Fin del primer capítulo de la novela LOS DÍAS CONTADOS DE APOLONIO OÑA, de Antonio Gómez Sotolongo.

LOS DÍAS CONTADOS DE APOLONIO OÑA (Novela casi inédita)

Ahora que está de moda otra vez el dicho aquel que durante tantos años hemos repetido los cubanos, quiero compartir el primer capítulo de mi...