EL INCUNABLE
Los ojos del pueblo miraban a través de las carcomidas paredes de madera,
cuando el Doctor Quintiliano Álvarez apartó de la cuna al Viejo Oña, y su voz,
imponiéndose por sobre los gritos del recién nacido, pronosticó: «No dura un
año tu hijo». Caminaron por los cuartos, la sala y la saleta y en el portal de
la cuartería, antes de despedirse y como para que nadie tuviera dudas el médico
de la familia Oña repitió: «No dura un año».
Los cientos de ojos, que ya no estaban en las ranuras del entablado, sino
en todas las puertas de la cuartería, amontonándose al frente del portal y
haciendo maromas para no caer en la zanja enlodada -donde algún día iba a estar
la alcantarilla-, parpadearon y se fueron a otras casas, al parque, a la
barbería, a bodegas, colmados y pulperías a contar que el Viejo Oña, a galope
tendido, sobre el lomo de Rocinante, había llevado a su primogénito hasta La Charretera.
En la barbería, sobre todo los juglares, cuenteros y repentistas adornaban
la historia con un poco de Historia: «Ese que ustedes ven ahí de Doctor
Álvarez», decían, «sí que se la ganó en el parque de la catedral limpiando
zapatos. Dio el último golpe en el cajón y recibió diez centavos... pero y
quien te dice que le estaba limpiando los zapatos nada más y nada menos que al
mismísimo señor Orestes Valle, dueño de medio mundo. Y a ese hombre encumbrado
se le ocurrió olvidar su billetera en el banco del parque, ahí, cara a cara con
ese que ustedes ven ahora de Doctor Álvarez».
Quinti, como le decían, corrió a devolvérsela, y el filántropo premió ese
gesto de honestidad con una beca en la mejor escuela del mundo. «¡Médico, yo
quiero ser médico!» Fue lo que dijo el limpiabotas en su primer día de clases.
El generoso Orestes, poco después, se mandó hacer un pasquín de campaña en el
que aparecía con el niño Álvarez sobre una consigna: «Valle Presidente».
En La Charretera estaban los tipos que interpretaban mal a
Shakespeare, quienes se chupaban el dedo gordo del pie o inflaban
preservativos. También quienes iban en pijamas a los carnavales, los que tenían
la manía de lanzar huevos con tira piedras y los que oían discos de los
Beatles. Eran aquellos unos especímenes que armaban disturbios multitudinarios
en una cuarta de tierra y sonaban una bomba de carburo en cualquier sitio.
Ellos padecían la enfermedad de la contravención.
El Viejo Oña, al saber que su primer hijo tenía los días contados, no
consiguió escuchar y mucho menos entender la explicación que el Doctor
Quintiliano Álvarez intentó darle acerca de las mutaciones ocurridas en la
formación de la criatura. Sin embargo, entre tanta palabrería médica, Oña captó
que el niño había venido al mundo con el corazón en el lado derecho del tórax.
Por eso rezongó: «¡Me cágüesten la
mierda!» Y tomó de inmediato una decisión: «¡Tatuado coño... lo tendrá
tatuado!»
Las autoridades de La Charretera se
las ingeniaron para cubrir todas las formalidades de la visita lo más rápido
posible. Un niño es, o al menos lo era entonces, una emergencia. Según las
profecías, que eran tomadas muy en cuanta, obstruir el bautizo de agua,
obstaculizarlo de algún modo podía provocar muy mala suerte, tanta, que según
aseguraban algunos brujos la fatalidad podía durar hasta por diez generaciones.
El viejo Oña, mostrando su hijo, suplicó ante el alcaide, pidió misericordia y
recordó los augurios, solicitó ver a La Diabla, quien según estaba escrito
sería el padrino de agua del primogénito de la familia Oña, del recién nacido
que muy pronto estaría recién muerto según el diagnóstico del doctor Álvarez.
Viejo y primogénito fueron conducidos por un corredor en el que se repetían
puertas cerradas a un lado y otro. Cada cuatro o cinco pasos era lo mismo,
hasta que sobre el piso apareció un parpadeante haz de luz. La puerta, idéntica
a todas las demás, era batida por la brisa. «Pase», le dijeron, y el Viejo Oña
apuntó hacia la voz con un billete.
Era como otro país, pero mejor. «Como en las películas», pensó Oña y como
si La Diabla lo estuviera escuchando le respondió: «No te guíes por las
apariencias, es pura escenografía, yo mismo las diseño. Ellos verdaderamente me
malcrían bastante». La Diabla se refería por supuesto a quienes lidiaban con él
en La Charretera, «me porto bien y ya
hice muchos favores en mi vida». Los dos, niño mediante, se abrazaron. Antes de
sentarse, Oña miró a su alrededor y soltó uno de esos chascarrillos con los que
solían alegrar y alegrarse en los viejos tiempos: «Este es un banco muy blanco
bajo la sombra de una mata de mangos». A lo que respondió La Diabla, rápido
como siempre. «Que no es lo mismo que un manco muy majo que te mata y se
asombra». Y sin siquiera tomar un respiro continuó con una frase que, por el
modo de subrayar cada palabra y lo afectado de su rostro, era a todas luces una
ironía:
- ¡Me agrada que por fin tengas un hijo, te estaba
haciendo falta desde hacía mucho tiempo!
La Diabla lo miraba fijo, mientras se quitaba el cigarro que tenía montado
sobre la oreja como lápiz de bodeguero y se lo llevaba a los labios. Tenía en
una de sus manos un libro que, al momento de entrar la visita, dejó marcado con
su dedo índice. Sintió, en medio de tan inesperado acontecimiento, que algo lo
frenaba; entonces, como para despojarse de aquellos accesorios, marcó la página
con el cigarro y tiró el libro sobre el césped. Ahora se paró gesticulando,
desató sus sentimientos y su lengua.
-Eres un pendejo Oña, y no
me alegro nada de que tengas un hijo... mira que aparecerse a estas alturas con
un muchacho y para colmo de males al revés... no lo dudes, aquí se sabe todo
como si el viento trajera las palabras. Lo único que no entiendo es para qué me
lo has traído, porque no pretenderás que yo también me trague el cuento ese de
«padrino de agua».
-Diabla -dijo por fin el Viejo Oña pasando por alto
todos los reproches del amigo-, lo que quiero es que le pongas el corazón en su
sitio.
La Diabla lo miró con tanto enojo, que de no ser por toda la historia que
habían vivido juntos, el encuentro se hubiera convertido en una tragedia. Sin
quitarle los ojos de encima, una avalancha de interrogantes le sobrecogió. Los
más encendidos tonos de la indignación lo abrumaron. Le puso furioso pensar que
era una «cama», que le tendían una celada para sacarle algo. «¡Y para colmo
utilizan a mi compadre de informante!» Pero el rostro de Oña, mirado fríamente,
daba lástima. La Diabla desechó la idea y volvió a estar seguro de que al
compadre nunca lograrían obligarlo a prestar semejante servicio. La
Inteligencia no podría cazar sus ideas con esa trampa y pasó de un estado a
otro, de la locura a la razón, del crimen a la bondad y dijo:
- ¡Ni que fuera yo mago
compadre!
- Sí, Diabla, eres mago
haciendo tatuajes.
El viejo Oña respondió con tanta ternura, con tanta admiración por el amigo
de los años que La Diabla volvió a la calma completamente y sintió, como en los
buenos tiempos, que aún era capaz de recorrer los extremos de su alma en un
santiamén. «Aún, pensó, tengo el corazón de un caballo». Y al tragarse el nudo
que se le armó en la garganta se pavoneó diciendo:
- ¡Acabáramos compadre!
Usted lo ha dicho y es la verdad.
La Diabla no tenía alternativa, juntos habían pasado mucho hasta que lo
cogieron a él en aquello de contravenir. Fueron uno hasta ese mismo día. Oña,
fue el primero en decirle a grito limpio el apodo satánico que al principio fue
motivo de duelos perrunos. «¡La madre del que le diga La Diabla a mi socio!»
Vociferó Oña un día en presencia del enjambre de muchachos y La Diabla no tuvo
más respuesta que: «La tuya».
Eran compadres, aunque no por el primogénito de Oña, eso vino después a
«remachar», como decían en la cuartería. Se habían puesto de acuerdo en cuanto
al primer compadrazgo, mientras celebraban el alumbramiento de una hija de La
Diabla. Habían pasado muchas botellas de aguardiente y muchos pucheros de
ajiaco cuando el padre de la recién nacida, levantándose del taburete en el que
había permanecido tragando sin pestañear durante dos días, agarró por el cuello
al Viejo Oña y le dijo: «Serás su padrino. Si tan intimado te crees conmigo que
me dices ese santísimo nombrete donde quiera… sin que te rompa la crisma, vas a
tener que rociarle la mollera a.…» Y se cayó como una palma. El estruendo de La
Diabla contra el piso resonó por sobre el ruido de platos que constantemente
iban a los calderos, por sobre el ruido de las botellas que titilaban en varios
kilómetros a la redonda, por sobre los berridos de los muchachos que en
bandadas y en cueros retozaban sin descanso, por encima de los interminables
versos con que pugilateaban los repentistas. Se hizo una pausa en la bacanal
para ver qué había sucedido y al descubrir que no era nada cada cual siguió en
lo suyo. El caído durmió durante los próximos tres días que duró el guateque.
La Diabla aprendió a dibujar la piel a través de un curso por
correspondencia que se anunciaba en la revista Vanidades. Su familia no pudo
encontrar otra cosa mejor para él. «Nunca pensé que ganaría tanto dinero»,
comentaba, cuando muchos años después se puso de moda aquello de grabarse en el
cuerpo dolorosas anclas, mujeres desnudas, mariposas multicolores, crucifijos y
letreros alegóricos al amor filial, carnal, musical y tantos otros. Los
clientes, llegados de todas partes, hacían las colas más organizadas,
inevitables e interminables para que el más grande genio de Las Artes Dérmicas
pintara sus pieles como lienzos.
El primogénito de la familia Oña regresó a la cuartería en medio de una
verdadera marcha triunfal. «¡Ya lo enderecé!» Gritaba el Viejo Oña por el
camino y les mostraba a todos el carmín encendido que latía sobre la tetilla
izquierda de la criatura. «¡Derecho como una vela carajo, aunque se muera
mañana!» En La Charretera, La Diabla
fumaba a la sombra mientras leía.
Lo que nadie pudo imaginar entonces, fue que el niño, impar desde lo más
profundo de sus entrañas, sobreviviría a todo y a todos. Nadie pudo suponer que
el médico de la familia Oña equivocaría un pronóstico, era imposible vislumbrar
entonces que el Niño Oña llegaría a tocar el infinito y que su estigma y
epónimo quedarían grabados para siempre en la Cultura Universal.
El Niño vivió hasta los ocho años sin nombre propio. No se ponían de
acuerdo en la familia, y registraban santoral arriba y santoral abajo sin
conseguirle un santo y seña. La algazara se extendió más allá de las fronteras
de la cuartería y durante largos meses se convirtió en un Deporte Nacional
aquello de llevarle a la puerta de la casa un papelito con una palabra escrita,
un conjunto de letras que pudiera identificar a quien pronto iba a morir. Las
jóvenes casaderas cambiaron sus juegos habituales y se apartaron de la
gallinita ciega, el juego de las prendas, las cartas y toda esa banal perdedera
de tiempo para, en todos los idiomas, ir combinando sílabas que sonaran
aparentes para ser asentadas en la fe de bautismo del primogénito. Los varones
abandonaron sus rondas de enamorados y se unieron a los jugadores de la Lotería
Nacional, quienes idearon una variante de la charada china, dándole a cada
letra del alfabeto un número de clave. Estas combinaciones de números premiados
cada semana por el Ministerio de Hacienda, al traducirse a sílabas, formaban
grupos de sonidos que, evaluados por una Junta Consultiva, eran decantados
hasta alcanzar sólo diez nominaciones o candidatos.
Ya estaba convocado el Sufragio Universal, estaba concertado que se votaría
de manera directa y secreta, ya un grupo de Organizaciones no Gubernamentales
se habían puesto de acuerdo para observar la limpieza del torneo cuando el
Viejo Oña puso fin a la batahola: «Que se lo busque él mismo caray, ¡qué tanto
lío es ese por el nombre de un muchacho!» Y ni una palabra más se volvió a
escuchar sobre el tema.
Las cuarterías, fueron construcciones en las que bajo un mismo techo se
ordenaban, una al lado de la otra y dividiéndose por tabiques, varias
habitaciones. La familia Oña vivió en una de madera y tejas, compartida con
muchos vecinos, y para el día en que el primogénito Oña cumplió su onomástico
octavo la edificación se mantenía fuerte y gallarda.
Los Oña llegaron allí gracias a una botija llena de prendas y un lingote de
oro catorce, que el entonces mozalbete señor Oña se encontró. Andaba él
enrolado en eso de cavar fosas para escusados, cuando el pico, que tantas veces
hirió la tierra bajo sus pies, le descubrió una fortuna. El operario Oña tuvo
la feliz idea entonces de comprarse un techo... bueno, en realidad una parte
del techo de la cuartería. «¡Esta es mi casa repinga!» Estallaba colérico el Viejo Oña cada vez que el cobrador
de alquileres se le aparecía en la puerta por equivocación.
La cuartería estaba muy bien ubicada desde su fundación, tanto, que en el
traspatio tenía un pozo para uso de los inquilinos. Era una potencial fuente de
especulación. En una época en que la herencia estuvo en pleitos a causa de la
muerte del dueño, hasta los usufructuarios se aprovecharon de aquellas ventajas
geográficas. Los inquilinos asumieron la venta del agua, su administración y
distribución, y organizaron un Consejo de Vecinos del cual el señor Oña era el
Presidente. «Por mi condición de único propietario en el ínterin y mientras se
averigua», alegó. La señora Oña era la Tesorera y quien controlaba los precios,
los costos y las ganancias, los salarios y la seguridad social.
Los comerciantes, quienes siempre han tenido un olfato muy agudo para
asentarse cerca de las aguadas, fueron colocando sus negocios lo más cerca
posible de la cuartería; sin embargo, quienes le sacaron mejor partido fueron
precisamente los Partidos Políticos. Todos los candidatos en sus campañas
prometían convertir el pozo en un acueducto comunitario, demoler la cuartería
para hacer allí el Ayuntamiento, y otorgarle a quienes la habitaban modernas y
confortables viviendas.
«¡Una cosa se dice en la campaña y otra bien distinta después de la
campaña!» Dijo La Diabla durante una refriega de ideas tumultuarias en el
parque. Y ese fue el último alegato incendiario que se le escuchó en mucho
tiempo. En medios oficiales se divulgó que «lo tenían en cuidados intensivos,
que estaba un poco enfermito».
Valle estuvo muy metido en aquello de prometer agua, caminos, escuelas,
potencias médicas, potencias culturales y hasta el copón bendito. Prometió la
luna a quien se la pidió, pero cuando se sentó en la silla del Ayuntamiento,
aquello fue otro cantar.
El primer acto civil en el que participó La Diabla, después que le dieran
el alta en La Charretera, fue el
cumpleaños del Niño Oña. Era un plan muy viejo, era lo que tenía en mente desde
que le grabó el pecho -él nunca creyó en los días contados-, y al llegar al
borde de la zanja -donde algún día iba a estar la alcantarilla-, se encontró
con el muchacho que jugaba con fango y un palito.
-Felicidades –le dijo-,
hoy cumples ocho años.
El Niño Oña, a quien ya por entonces comenzaba a darle lo mismo un jabón
que hilo negro, lo miró y quiso dar media vuelta e irse a otro lugar donde no
lo molestaran extraños, pero sintió que cinco estacas se le clavaban en la
cabeza. La Diabla lo frenó y afirmó mirándolo fijamente:
-Eres la mismitica cara de tu padre... vamos a
ver, ya que aún no se han cumplido los augurios, si llegas a tener las
condiciones de ese bestia.
- ¡Mi tío, si me sigue
apretando así voy a ver a Dios por la boqueun
güiro! -fue todo lo que pudo decir el Niño.
La Diabla fue aflojando, y del tosco apretón pasó a una tierna caricia, a
unas cachetadas cariñosas, a mostrarle un regalo que traía en un extrañísimo
envoltorio.
-Es un obsequio por tu
cumpleaños, vamos para la casa -Le dijo al chiquillo.
Con el apretón que le dieron en la cabeza, el Niño Oña no necesitó ninguna
otra muestra de las artes persuasivas de aquel grandulón, y, haciéndole el
camino, se dirigió a una de las muchas puertas de la casa de vecindad. Él
hubiera querido voltearse para ver de nuevo el regalo, hubiera querido
pedírselo. «¿Para qué me lo enseñó si no me lo va a dar?», pensó, y al entrar
en el portal escuchó a sus espaldas: «Lávese las manos si quiere comer de esto».
Al menos supo que el regalo se comía.
El Niño Oña empujó la puerta y corrió hasta el traspatio de la casa
llamando al padre. En la saleta, La Diabla se sentó en uno de los cuatro o
cinco taburetes que andaban por allí y puso el regalo sobre otro.
-Papá, le busca un propio
-dijo el muchacho sin la menor esperanza de que le escucharan.
El Viejo Oña dormitaba en una hamaca que se desplegaba entre una mata de
aguacates y otra de guayabas. En cada tronco había amarrada una argolla, y
entre ellas pendía el fresco y autóctono tálamo.
-El día que te caiga uno
de esos en la cabeza esto va a ser del carajo –Murmuró entre dientes el Niño
Oña.
-No ha nacido todavía el
aguacate que me rompa a mí la cabeza carajo y póngase de penitencia por mal
agüero –Dijo el padre sin abrir los ojos.
En la saleta, La Diabla y
el Viejo Oña se volvieron a abrazar después de mucho tiempo.
-Hoy tu hijo cumple ocho
años -Dijo La Diabla.
-Muchacho, le quito la
penitencia y venga acá, que esta visita es suya también -Dijo el Viejo Oña para
que el muchacho escuchara, allá donde estaba hincado sobre dos chapas de
refresco Jupiña.
El Niño saltó de la postración, la más corta en toda su vida, y al llegar a
la saleta lo primero que buscó fue el regalo que el visitante le mostró al
llegar y pudo verlo en su raro estuche todavía.
El Viejo Oña, que ya estaba sentado en su taburete, al ver a su hijo, lo
agarró por una mano e hizo que se acercara.
-Este fue quien te puso el
corazón en su lugar –Le decía mientras golpeaba el pecho a La Diabla con el
dorso de la mano.
Desde el fondo de la casa, venía acercándose la voz de la Vieja Oña y se le
escuchaba decir:
-Verdaderamente aquí ya
nadie se acuerda del día en que vive.
Y cuando apareció en la saleta, La Diabla se paró como un resorte y saludó
muy respetuosamente a la concubina de su amigo.
Ya los cuatro estaban sentados y el jolgorio comenzaba a incubarse cuando
una mesa, que salió del anonimato de un rincón para convertirse en el mueble
más importante durante toda la visita, recibió la primera botella de
aguardiente.
- Este muchacho va a dar mucha guerra todavía
compadre. – Dijo el Viejo Oña-. Parece que Quinti falló.
- Pero Viejo, no me mencione la soga en casa del
ahorcado. – Terció la señora Oña.
La Diabla dijo otra cosa al respecto y de allí continuó la conversación por
otros muchos derroteros, la escancia se volvía cada vez más profusa y lo del
regalo nada. El Niño Oña, atosigado por la curiosidad y viendo que los adultos
andaban en lo suyo, sin encomendarse a nadie desenvolvió su aguinaldo y lo
plantó sobre la mesa.
- ¡Ñó... y mira eso... con
letricas! –Dijo el muchacho.
Los mayores, más por el olor que por el asombro del Niño, se pusieron de
pie y rodearon la mesa donde estaba el regalo. Era un apetitoso cake de nata, a la vista del cual todos
tuvieron una sorpresa enorme. Más que asombrados, sus estados de ánimos
quedaron desordenados, sin posibilidad de concilio aparente. Para cada uno de
ellos, que tantas cosas tenían en común, el hecho resultó ser un fenómeno
completamente distinto. Así, el primogénito pensó: «¿¡Y Qué dirá ahí!?»; la
señora Oña: «¡La Diabla no cambia!»; el Viejo Oña: «¡Qué gran amigo es La
Diabla, me sacó del bache otra vez!», y La Diabla: «¿¡Y eso quién lo
escribió!?»
Ante el mismo hecho, todos reaccionaron de diferentes maneras porque cada
cual tenía una información parcial o distorsionada de las causas por las
cuales, el delicioso cake de nata
tenía una dedicatoria. El matrimonio Oña, casi al unísono, como solían ellos
pensar, llegó a una conclusión: «Que bien conoce mis (sus) malas pulgas, sabe
que cuando digo (dice) por ahí... no hay quien me (lo) pare».
Ellos estaban convencidos de que el compadre acababa de sugerir, con aquel
obsequio que traía una sutil inscripción, la manera decorosa de solucionar el
viejo asunto del nombre del muchacho. Sin menoscabo de los principios y
caprichos de la familia Oña, La Diabla estaba poniendo, literalmente, una
posibilidad sobre la mesa.
Nadie se atrevía a hablar, pero todos pensaban descocadamente. Las
conjeturas iban y venían en tropel sin encontrar asideros realmente sólidos. El
Niño Oña, quien se sentía muy feliz, pensaba: «Lo cierto es que todo cake de cumpleaños que se respete debe
tener un garabato encima».
La Diabla era el único que no encontraba ni siquiera hipótesis. En primer
lugar, no podía suponer que el niño aun no tuviera nombre, para él aquello se
había resuelto hacía mucho tiempo. Nadie tuvo la ocurrencia de contarle. A
nadie se le ocurrió decirle que estaba determinado que se lo buscara él mismo.
«Cuando lo compré en el Shopping Center
no decía nada». Fue todo lo que pudo pensar La Diabla. Nada más.
Lo que pasó por sus mentes en aquella ocasión nunca fue dicho, nunca ellos
confrontaron sus ideas al respecto. Cada cual tomó como ciertas y válidas sus
especulaciones. Para el resto de sus vidas, todo lo que allí supusieron fue la
verdad.
Así, quedó oculta la realidad durante muchísimos años, y si no hubiera sido
por el amor y el orgullo que sentía la señora Oña al mostrar a los demás todo
lo relacionado con el fruto de su vientre, hoy sería imposible conocer el
origen de tan controvertido epónimo.
La madre Oña, sintió gran pasión por la vida y obra de su hijo, por lo que
atesoró gran cantidad de objetos insignificantes, menudencias que de algún modo
estuvieron relacionadas con él. Entre aquellos simples recuerdos, la señora Oña
salvó para la posteridad el raro pliego que envolvió el cake de nata, obsequio de La Diabla al Niño Oña en su octavo
cumpleaños. Cuando llegó a mis manos el envoltorio de marras, estaba grasiento
y apestoso, y tenía grabados estos caracteres: УБОГОИЮ
Un detallado examen sobre la época arrojó que: «producto de la crisis
financiera, la Directiva de la casa expendedora del cake de nata, se vio en la necesidad de violar el Código del
Comercio, el cual constituía un verdadero cepo para los indolentes y un
salvavidas para los consumidores. En uno de los mandamientos el Código
establecía: No venderás ningún artículo desempacado; pero, las condiciones
objetivas estrangulaban la economía interna y obligaban a las maromas más
inverosímiles, obligaban a luchar tesoneramente y a trabajar sin descanso para
no contravenir, así que, cuando no fue posible conseguir ningún suplidor que
abasteciera los mercados con los deficitarios materiales para envoltorios, se
hizo correr la voz de: «A empaquetar con cualquier cosa».
«Hubo muestras de elevado espíritu de superación y surgió La Gran
Iniciativa. Se propuso oficialmente, en todas las instancias, que se valorara
la posibilidad de crear una comisión para recuperar los pergamino, lienzos,
gasas, papel vegetal y todo cuanto era incinerado bajo el rótulo de PIEZAS
INSALVABLES, en el Museo de Documentos Antiquísimos (MUDOCAN). Esta propuesta
fue aprobada tras extensas discusiones y, considerada viable finalmente,
gracias a la contundente exposición de la principal promotora del proyecto,
quien según consta en una de las pruebas documentales: Al expresarse con tal
convicción ante el plenario y cruzadas algunas miradas entre los Miembros de la
Presidencia, consiguió todos los voto».
«Con la aplicación de tal mecanismo económico, subieron en flecha los
índices de rentabilidad y junto a ellos el prestigio del Shopping Center. Fue entonces que comenzaron a aparecer, en
cualquier casa de vecinos, páginas del Libro de los Muertos, lienzos
provenientes de las pirámides de Egipto, prendas íntimas de bellas mujeres
célebres y útiles de campañas históricas. Se supo de un pañuelo de María
Antonieta, de la hamaca de Alejandro Magno y hasta de un trozo del Manto
Sagrado.
El Gran Arqueólogo, quien pidió no ser identificado, me expresó su parecer
sobre el origen de la pieza que envolvió el cake
de nata. Según él, era «la página de un incunable con caracteres sibilinos».
Sin embargo, los pigmentos con los que fueron elaboradas las tintas se habían
podido reconocer perfectamente, y de todo un larguísimo informe, sólo me sirvió
un dato: Eran resistentes al agua, pero fácilmente se podían diluir en grasas.
Ese fue el punto al cual no pudo llegar nadie antes que yo.
Debo confesar, que desentrañar el misterio de aquel cumpleaños se convirtió
para mí en una obsesión. Muchas veces estuve a punto de dejar todo a un lado y
abandonar mi investigación sobre la Era Oña. Me fue tan difícil llegar hasta el
fondo, cuando los protagonistas prefirieron callar y aceptar las apariencias
como si estas fueran la verdad, que me sentí frustrado muchas veces. Sólo la
perseverancia y la casualidad me permitieron conocer, claramente, por qué, en
el principio de los días, nuestros próceres vieron grabada una dedicatoria
sobre el delicioso cake de nata.
Muchas veces, con el informe sobre la mesa de trabajo y el incunable
plastificado en mis manos, me entretenía repitiendo una frase del Gran
Arqueólogo, una frase que desde el primer momento se me quedó atorada en la
memoria: «Resistente al agua y soluble en grasa». Al no tener absolutamente
ninguna idea para solucionar el enigma, repetía sin fin el estribillo:
«Resistente al agua y soluble en grasa». Es probable que aquel período estéril
fuera más largo de lo que hoy puedo calcular, porque en realidad perdí la
noción del tiempo y no la he vuelto a recuperar jamás. Y así, como me hundí en
un éxtasis improductivo, un buen día, mirándome al espejo, una de esas mañanas
de modorra, después de salir de la ducha, quedé tocado por la luz. La imagen
invertida detrás de mí convocó recuerdos que llegaron en tropel por intrincados
recovecos. Rememoré la escena donde un tipógrafo y su espejo hacían rutinarias
pruebas de galeras. Eso había sucedido. Al envolver el cake de nata, con un papel escrito con tintas solubles en grasas,
había quedado estampada una inscripción, había aparecido, por un evento
fortuito, el nombre de una Era.
Lo próximo que se volvió a escuchar en la casa de los Oña, aquel lejano y
memorable día, fue apenas un susurro. Alguien, deletreó la inscripción que
afloraba sobre el suculento pastel, y el Niño, rápido como era, repitió con voz
potente y que se escuchó por todo el vecindario: «¡APOLONIO!»
-Tú lo has dicho –dijo el Viejo Oña-, así lo has
decidido y desde hoy y por siempre te llamarás Apolonio Oña.
Fin del primer capítulo de la novela LOS DÍAS CONTADOS DE APOLONIO OÑA, de Antonio Gómez Sotolongo.
