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jueves, 16 de agosto de 2018

LA RESEÑA COMO PARTE DE LA CRÍTICA LITERARIA (*)


Por Roberto Sotolongo[1]

La reseña crítica no puede dejar de ser noticia y análisis somero de una obra literaria. Si transgrede esos límites deja de serlo para convertirse en otra cosa, en algo de mayor envergadura. Entonces pierde su utilidad y deja de funcionar como tal.

Roberto Sotolongo (1956) ©ags
Como sabemos todos los que hoy ocupamos un espacio aquí, el problema de la crítica es antiquísimo, al igual que el de la propia literatura. Y pudiéramos –no lo haremos, por supuesto– evocar nombres como el del crítico que fue Aristóteles, o el de otros, seguidores o no, innovadores o no. Pero creo una obligación de mi parte atenerme al origen de la palabra crítica.

Conocemos bien que esta proviene del griego [krinein], que significa juzgar, opinar. Es decir, criticar implica definir el valor que posee una creación, y no se restringe solo a descubrir los defectos que en ella existan, sino, además, señalar virtudes. Lo mismo en una actividad humana que en otra. De ahí que exista una crítica científica, filosófica, estética, artística, etc.

Ahora bien, aunque este concepto ha evolucionado extraordinariamente hasta nuestros días, la esencia de su significado se conserva. Del mismo modo podemos seguir contando con su clasificación tradicional, a saber: en dogmática, impresionista e histórica. Durante centurias enteras preponderó la crítica dogmática, en la que el crítico hacía el análisis partiendo de un concepto predeterminado sobre las categorías de lo bello, el arte y la literatura: los textos que estaban en correspondencia con ese concepto se consideraban buenos, y los que no, eran reprobados. Recordemos lo que ocurrió con la tromba poética de Walt Whitman a la vista de sus contemporáneos norteamericanos.

En cambio, la crítica impresionista expresa el efecto provocado por la obra en el lector-crítico, impresión que debe enriquecerse y de cierto modo superarse a través de un análisis concienzudo. Por su parte, la crítica histórica juzga la obra atendiendo a la época en que se produjo y lo que ella significó en el momento de ser elaborada. Por cierto, es muy frecuente la interrelación entre estos dos últimos tipos de crítica. En cuanto a la crítica literaria, igualmente aparece en la antigüedad con grandes de la talla de Cicerón y Quintiliano. Y en España, cuna de nuestra lengua, tuvo su desarrollo entre los siglos XVII y XVIII. Después conocemos nombres como los de Clarín, Menéndez y Pelayo, Azorín y Emilio Bobadilla «Fray Candi», etc. Sean cuales fueren las definiciones de la crítica literaria, lo absoluto es que el crítico de este tipo deviene una especie de intermediario entre la obra y el público, pues en todo momento emitirá un juicio sobre la primera. De ahí la responsabilidad que asume, pues si bien toda obra literaria es la transformación en lenguaje y espíritu de la experiencia del autor, así la crítica de la obra implica la conformación de la experiencia del lector como crítico.

No hay duda de que en nuestros tiempos tal como en la antigüedad la crítica literaria «significa apreciación, valoración, juicio, entendimiento» de la obra literaria, ya sea adversa o favorable a esta, aunque como aceptadamente ha afirmado Antonio Alatorre «no hay aquí nada por cierto negro ni cien por ciento blanco»[2]. Ciertamente, siempre me gusta poner el ejemplo de los lectores de las novelas del oeste. Hay quienes se escandalizan ante este tipo de literatura, viéndola como «la negación misma de la creación literaria». Sin embargo, como librero, me siento feliz ante la cantidad de lectores de estas novelas, pues en ellos también se crean emociones y se operan mejorías con dichas lecturas. 

Ello es la mejor prueba de que toda obra literaria tiene valores, y el deber del crítico es descubrirlos, y no solo señalarle los lunares… Lo triste para mí es esa masa de no-lectores, esa parte del público que no conoce la apasionante aventura que significa leer; es necesario insistir que en la crítica literaria se identifican sujeto y objeto. Por tanto, puede afirmarse que toda crítica literaria es subjetiva. No existe crítica objetiva. Otra cosa es hablar de la objetividad del crítico. ¿En qué sentido? En el sentido de que quien ejerza la crítica debe estar desprovisto de todo sentimiento de simpatía o de antipatía, ya sea por amistad o enemistad, con el autor, o por la impresión que le causa la fama de este.

Es decir, la objetividad de la crítica consiste en que el crítico literario se limite exclusivamente al texto que tiene ante sí. Solo así el crítico literario podrá llegar a ser un verdadero creador. Y lo será si coparticipa en el mensaje de la obra objeto de su crítica. Mario Benedetti lo ha llamado «lector cómplice». Y Norma Pérez Martín ha dicho: «cómplice, no verdugo, ni contemplador distraído».

Todo lo que hemos expresado hasta aquí puede atribuírsele a lo que se conoce con el nombre de reseña crítica, teniendo claridad –sobra decirlo– de lo que ella significa. La reseña crítica no puede dejar de ser noticia y análisis somero de una obra literaria. Si transgrede esos límites deja de serlo para convertirse en otra cosa, en algo de mayor envergadura. Entonces pierde su utilidad y deja de funcionar como tal.

Precisamente la utilidad de la reseña crítica emana de esa noticia centellante que trasmite sobre determinado texto, noticia que no debe carecer de un análisis simple, sin profundizar en el tema. Muchas son las funciones que pudiéramos señalarle a la reseña crítica, pero prefiero enumerar solo estas:

• Orientar el juicio del público sobre la obra literaria, más bien llamar la atención sobre esta.

• Convertirse en una ayuda para el lector, sean estos críticos o no.

• Restituir la unidad que existe entre literatura y realidad, o sea, entre la obra objeto de la reseña crítica y la realidad.

• Mediar entre el lector y la obra de manera dinámica, breve y evitando a toda costa la paráfrasis.

Todas estas funciones redundan en la utilidad inobjetable de la reseña crítica, utilidad avalada por el fructífero tiempo de su existencia y por tantos grandes críticos que la han cultivado con esmero, confianza y respeto.

Muchas gracias.

(*) Conferencia dictada por el autor en la Sala Mecenas, de la Biblioteca Ateneo «Dionisio San Román» de la ciudad de Cienfuegos, el día 31 de marzo del 2008, en el acto de premiación del Concurso Nacional de Reseñas Literarias «Segur» 2008.



[1] Roberto Sotolongo (Aguada de Pasajeros 1956) Es graduado en Filosofía por la Universidad Lomonósov de Moscú. Narrador, poeta e investigador. Miembro de la Sociedad Cultural «José Martí». En 1976 Obtuvo el Premio Nacional de Narrativa. En 1987 obtuvo Primer Premio en el Concurso Provincial «Raúl Aparicio». Ha publicado cuentos, poemas y artículos en Conceptos, Creación, Revista cultural Ariel y en el Boletín Literario Mercedes Matamoros.

[2] Teoría de la crítica y el ensayo en Hispanoamérica. Colectivo de autores. Editorial Academia, La Habana (p.18)

viernes, 25 de mayo de 2018

DE CUANDO CECILIA VALDÉS CANTÓ EN SANTO DOMINGO

(Este artículo lo publiqué el 9 de febrero de 2013, pero se quedó fuera de este blog por algún motivo que aún no descubro; sin embargo, estos despistes siguen ocurriendo, por lo que es bueno recordar la Historia para no repetirla, así que ahí les va) 

Es sabido que la rapidez en los medios impide muchas veces la corrección de faltas ortográficas, malas sintaxis y otras yerbas; pero además de eso, hay contenidos que matan.

Así como por el síndrome del envase vacío se me acumulan piezas que periódicamente debo desterrar de mis anaqueles, otro tanto me sucede con impresos de todo tipo. Revistas, periódicos, notas manuscritas, listas de supermercado, boletos aéreos, estados de cuentas se me acumulan de manera descontrolada, por lo que de tanto en tanto me veo obligado a llamar al orden y deshacerme de esa impedimenta.

Por supuesto, que cada una de esas campañas de persecución de papeles acumuladores de polvo y humedad debo realizarla con cuidado, porque no se debe lanzar a la basura ningún dato comprometedor -por si las moscas- y mucho menos un dato que pudiera necesitar para documentar algún diagnóstico.

Siendo esto así, durante la última campaña, mientras inventariaba lo que sí y lo que no, encontré una página de una publicación del Ministerio de Cultura de la República Dominicana, una crónica que se ha salvado del reciclaje y permanecerá, a partir de hoy, digitalizada, como uno de los más ensordecedores dislates que he tenido la oportunidad de leer.

Es sabido que la rapidez en los medios impide muchas veces la corrección de faltas ortográficas, malas sintaxis y otras yerbas; pero además de eso, hay contenidos que matan. He podido leer críticas de conciertos de música clásica en los que se mencionan obras que nunca se interpretaron, e incluso crónicas de eventos que fueron suspendidos. Sin embargo, el impreso al que me refiero sobrepasa lo imaginable.

En la página 23 de la revista Observatorio, editada por el Ministerio de Cultura de la República Dominicana -en fecha que no pude rescatar-, bajo el título de “Conservatorio Nacional de Música de aniversario”, en uno de sus párrafos dice: “Como parte del programa, se interpretaron: “Un tango” de Claude Bolling, […]; también, “Quando me vo”, de Giaccomo Puccini; y “la Salida de la Zarzuela”, de Gonzalo de Roig, a cargo de Cecilia Valdés y Marianela Sánchez, como sopranos, […]” (Sic) (¡!)

Es decir, quien escribió esto, no tiene ni idea de lo que escuchó, si es que ciertamente estuvo en la sala. Lo que interpretó Marianela Sánchez fue la «Salida de Cecilia», de la zarzuela Cecilia Valdés, de Gonzalo Roig. Esta es una parte emblemática de la obra, porque es donde se presenta la protagonista ante el público y canta una romanza conocidísima. Además, la zarzuela está basada en una obra clásica de la literatura americana; sin embargo, la crónica nos dice que «la Salida de la Zarzuela», estuvo a cargo de Cecilia Valdés y Marianela Sánchez como sopranos.

Este es uno de los síntomas que con mayor fuerza documenta la inopia de algunos medios tradicionales dominicanos; pero sobre todo, es la muestra del clientelismo político y del valor del “enllave” por encima del conocimiento.

viernes, 8 de agosto de 2014

EL ESPECTÁCULO DE UNA CIVILIZACIÓN SIN PARADIGMAS

Una cosa es democratizar el conocimiento de la cultura artística y literaria; y otra bien distinta, es pretender que las expresiones instintivas, al margen del yugo de las leyes estéticas, tienen por fuerza que suplantar la ética.

Uno de los recuerdos que con más devoción atesoro, es la curiosidad que me causaba ver a mi abuelo sentado ante el televisor escuchando los comentarios de Luis Gómez Wangüemert o los de Mario Kuchilán. Por supuesto, que todos los días a las ocho de la noche había toque de queda en su casa, y hasta mi abuela tenía que hacer mutis a la hora del noticiero, pero los comentarios internacionales de Wangüemert o Kuchilán ponían a mi abuelo en tensión. Quizás mi abuelo imaginaba preguntas  y respuestas -como es posible hacer hoy utilizando las llamadas redes sociales-, ante aquellos análisis. Me parecía entonces, que su atención a lo dicho en la pantalla le impedía verme o escucharme.

No recuerdo que me pidiera alguna vez que lo acompañara en aquellos momentos; sin embargo, su estado me obligó un día a sentarme junto a él y tratar de entender aquello que tanta curiosidad le causaba.

Un día él se fue, pero aquella costumbre de prestar atención, sobre todo a lo desconocido, se me pegó en la sesera, y quizás pude hacerme algunas de las preguntas que él se hacía ante aquellos dos comentaristas de gran fuste. ¿Cómo podría ser cierta la libertad de expresión, como afirmaba el entonces líder de la llamada “revolución” y proclamaban los mismos comentaristas, si ambos, Kuchilán y Wangüemert, eran militantes activos de la ideología oficial y ningún otro análisis en contrario podía acceder a los medios de información? ¿Cómo era posible que quienes pusieran en riesgo sus vidas, Kuchilán y Wangüemert, por una patria con todos y para el bien de todos carecieran de la sensatez suficiente como para darse cuenta de la traición y condenarla?

Acabo de leer “La civilización del espectáculo”, de Mario Vargas Llosa, con la misma atención que mi abuelo veía aquellos comentarios por la televisión cubana durante los primeros años de la segunda mitad del siglo XX, y después de tantas preguntas y respuestas, puedo ver que ese olvidar o no tener ejemplos, paradigmas o caminos ciertos que enrumbar, es la médula de estos tiempos, en los que la Gironda no pretende ascender a las montañas, ni los valles tratan de aproximarse a las altas cumbres, sino donde la fama rápida, fácil y efímera, que enriquece lícitamente, se han convertido en el camino para mantenerse en el pantano y enaltecerlo. Y esta es una opción peligrosa, porque produce poderes desmedidos, muchos más que los adjudicados a los buenos ejemplos, los valores morales y las buenas costumbres. Es peligroso porque la balanza se va de un solo lado, la correlación de fuerzas entre el bien y el mal está descosida.

Los valles han pretendido, por intereses mezquinos de políticos y líderes inescrupulosos, hacernos ver que no existen élites, que en nombre de la igualdad debemos hacernos igualitarios, que en nombre de la libertad debemos hacer el libertinaje y en nombre de la fraternidad destrozarnos unos contra otros.

Eso que desde algunas importantes atalayas con desprecio llaman “élites”, no son más que los compartimientos estancos en los que durante siglos se conservaron, en las diferentes sociedades, las más importantes conquistas de la Humanidad. Sin embargo, como escribe MVL, “El político de nuestros días, si quiere conservar su popularidad, está obligado a dar una atención primordial al gesto, que importa más que sus valores y convicciones”, y los gestos de hoy van contra esas llamadas “élites”, porque supuestamente son la prueba de la “opresión”, cuando en realidad son la luz hacia la que deberíamos andar.

Una cosa es sacar a la luz todo el conocimiento que sobrevive, para que todos seamos iguales ante la oportunidad de acceder a ellos; y otra bien distinta, es fusilar públicamente el valor de sacrificarse personalmente para adquirir esos conocimientos y disfrutar de lo más depurado de las artes y la cultura. Una cosa es democratizar el conocimiento de la cultura artística y literaria; y otra bien distinta, es pretender que las expresiones instintivas, al margen del yugo de las leyes estéticas, tienen por fuerza que suplantar la ética. Una cosa es tener iguales oportunidades para adquirir los conocimientos; y otra bien distinta, es acusar y condenar por  “elitistas” a quienes con su aptitud y actitud aprehendieron lo necesario para ascender a las cumbres del saber.

Es muy común escuchar y leer aquello de “llevar el arte hacia las masas”, es un eslogan que da votos a los políticos y funcionarios que pretenden hacerse con el favor del llamado “pueblo”, y esto lo hacen sin darse cuenta -o quizás con pleno conocimiento de causa-, que con esto no están elevando el pueblo a las cimas del arte, sino todo lo contrario, están limpiando el arte de todas sus cualidades esenciales para ponerlo “a la carta” en la mesa de unos comensales que solamente tienen apetito ante el entretenimiento.

Lo esencial en las obras de los clásicos debería ser aprendido en las escuelas, pero eso no les va a los políticos ni a los líderes prosaicos, porque eso tiene costos que sobrepasan sus intereses personales. Y si esto se ve en los países de larga historia, en los que la Democracia y las ideas de República han calado profundamente, ¿¡cómo será en algunas de nuestras patrias, que por no dejar de olvidar, han olvidado ser  países para convertirse en paisajes!?

Quizás la Humanidad deba vivir un nuevo Renacimiento, esta vez sería un Renacimiento Posmoderno que nos convocaría a volver la mirada hacia el siglo XV. No sé si estaremos a tiempo, pero pensando que la Humanidad ha estado tantas veces al borde de la extinción, y constatando que la tozudez y la casualidad aun nos mantienen sobre el planeta, muy probablemente algún día, el sueño de que los valles se eleven hacia las cumbres se vuelva realidad. Y nunca más la ignorancia pretenda ahogar la Inteligencia Humana. Nunca más se les falte a los mayores, verdaderos recipientes estancos en quienes se conservan los valores más puros de la Humanidad.

Quizás debamos vivir un Renacimiento Posmoderno, para que nunca más se discrimine, acuse y condene a la élite en la que se condensa el saber de nuestras sociedades, donde se preservan los paradigmas sagrados del conocimiento.


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domingo, 9 de septiembre de 2012

CARTA ABIERTA A CAM


 Con una basta

No tengo la más mínima intención de que Ud. lea esta carta, pero me sumo a lo que parecería ser el último success de la moda para esta temporada. Me da la impresión de que están al grito las epístolas como estilo periodístico-literario -sobre todo si el remitente es un desconocido como yo y el destinatario un escritor famoso como Ud.-, retrotrayéndonos al tiempo de los apóstoles y el de los románticos jóvenes que, como el Werther, verdemente enchalecados depositaban en el papel todo su corazón, y amaban a sus amadas amantes tan desaforadamente, que alguna que otra vez, aburridos de la poca eficacia de sus ruegos epistolares se lanzaban al agua con la intención poco aséptica de encontrar la muerte.

Esta carta que ahora yo escribo, por supuesto no tiene nada que ver ni con amantes suicidas, ni con testimonios bíblicos, sino con la reacción que me provocó leer las diez razones para votar contra Chávez que Ud. ha publicado en su blog. En realidad no fue la primera idea, porque hablando sinceramente la primerita fue escribir un comentario al pié, pero no me pareció suficiente.

Ud. nos ha regalado un paquete de diez razones, que mientras lo leía, me recordó, inevitablemente, los Diez Mandamientos, el Decálogo de Quiroga y el Decamerón –este último de aquel relajado italiano con el que todos, hasta el sol de hoy, nos morimos de la risa-. Ud. nos sirvió una lista de motivos para que los venezolanos voten a favor de cualquier otro candidato a la presidencia de Venezuela menos por Hugo el militar –claramente identificable de aquel otro militar, llamado Alberto, tan provocador de nostalgias infantiles en los cubanos que fueron arrullados con los martianos versos de Los zapaticos de Rosa-.

Así que esta carta, como decía, nada tiene que ver ni con los apóstoles bíblicos o cubanos, ni con el ilustrado Goethe o el jocoso Boccaccio, ni con las modas literarias, sino con un tropel de ideas que su artículo, como ya dije, me ha provocado. Claro, que si uno se pusiera a plasmar ese tropel, pues nada… estaríamos lindando y/o lidiando siempre con el dadá, el surrealismo o interpretando sueños de perros andaluces. Así que lo dicho, estas diez razones suyas me trajeron, con el tropel de marras, la convicción de que tantos motivos no eran necesarios, que existe uno solo y es más que suficiente para que los venezolanos digan no al continuismo, a la prórroga del poder y a la pérdida de la democracia. Y esa razón es 14 años de chavismo. Hugo Chávez ha tenido más tiempo en el poder que cualquier otro presidente democrático en el continente Americano y lo ha empleado en puras digresiones, cantinfladas y torpezas, las que por múltiples razones les son permitidas a los que escriben, pero no a quienes presiden una República.

Esa única razón contiene más de una década de acciones que no dieron al pueblo venezolano una mejor vida, los colocó en el camino de la miseria y la violencia. Estos 14 años de chavismo constituyen la causa más que suficiente para que los venezolanos voten por un cambio en el panorama político de su país y digan sí a la democracia, a la libertad y al progreso.

La única razón para votar a favor del pueblo, es que durante los últimos 14 años, el militar, con sus acciones dantescas, y muy bien cuidado por feroces perros, enganchó un cartel en las puertas del futuro de Venezuela que dice: “abandonad toda esperanza”.

Señor CAM, sin otro asunto que tratar le saludo fraternalmente… y por supuesto, no espero respuesta suya, pero si decide hacerlo será más que bienvenida. Gracias por sus diez razones y los números que las documentan, pero entiendo que con una basta.

Santo Domingo, 09.09.12

viernes, 10 de agosto de 2012

PRÓLOGO OBLIGADO PARA UNA PEQUEÑA CRÓNICA


Casi todos los que tenemos la costumbre de leer libros, en más de una ocasión nos hemos saltado esas páginas del prólogo en las que algún erudito, en su afán por edificarnos, nos pone a algunas páginas de distancia de la trama que ansiosos queremos descubrir. Sin embargo, hay un texto que en su primera edición, para evitar esas molestias al lector, salió de la imprenta sin la más mínima nota, sin prolegómenos, sin aclaraciones e incluso sin el nombre de la autora, y el contenido de sus páginas convocó duraderas confusiones en la Historia de la Música.
Esa fue la obra de la musicóloga inglesa Esther Meynell, titulada Pequeña Crónica de Ana Magdalena Bach, en la que se narra la vida de Juan Sebastián Bach. El texto, que vio la luz en Londres en 1925, en su primera edición y en muchas otras se publicó de manera anónima, lo cual dio pie para que incluso en nuestros días se tengan por hechos irrefutables las anécdotas que en ese hermoso libro se cuentan. La Crónica, es contada en primera persona de manera imaginaria por Ana Magdalena Wülken, quien fuera la segunda esposa de Juan Sebastián Bach. Narrada de este modo, no deja lugar a dudas para el lector desprevenido de que cuanto se lee en esas páginas fue escrito por un testigo excepcional de la vida del músico que nació en Eisenach, en el año 1685.
Con el correr del tiempo investigadores y musicólogos se dieron a la tarea de enderezar el entuerto y aparecieron trabajos en los que se alertaba del carácter apócrifo de la Pequeña Crónica, ensayos en los que se la despojaba del carácter de prueba documental. Para los lectores cubanos, uno de esos textos imprescindibles para comprender exactamente el significado de este libro, en el conocimiento de la vida de uno de los más grandes genios del arte musical, es el prólogo que escribió el profesor y musicógrafo Lic. Ángel Vázquez Millares (La Habana, 1937) para la edición que la Editorial Arte y Literatura publicara en 1984.
El acucioso prologuista, nos comenta lo acertado de tener una buena biografía como preámbulo para el estudio de personajes históricos y nos recuerda El mundo de Odiseo, de Finley y las obras del género escritas por Stefan Sweig, pero nos advierte que La Pequeña Crónica “se nos presenta como si se tratara de una reseña de la vida de Bach [...] Y es precisamente ese aspecto el que requiere una explicación para el lector...” Y continúa: “Hay ediciones tan poco escrupulosas que no sólo proponen esta obra como un testimonio realmente salido de la pluma de Ana Magdalena Wülken –o Ana Magdalena Bach-, sino que enfatizan la legitimidad del relato como resultado de la privilegiada posición que ocupara esta mujer en la vida del músico alemán. Esta desinformación o habilidad editorial ha rendido, sin dudas, muy buenos dividendos en la difusión de la obra, a base de escamotear al lector la polémica acerca de su autenticidad”.
Más adelante el señor Vázquez Millares nos recuerda que fue el musicólogo español Adolfo Salazar, quien divulgó la verdadera historia de la Pequeña Crónica, y que en su libro En torno a Juan Sebastián Bach (México, 1951) hace mención de la autora y asegura que no fue este el caso de un fraude intencional, de un crimen flagrante sino que fue la conjunción de los dos factores ya mencionados –“el hacer creer que la redacción de la crónica corresponde a la propia Ana Magdalena” y “el hecho de que la primera edición de la obra no consignaba el nombre de la autora”, lo que creó la falsa atribución del libro. Ambos factores no tienen connotación de timo pero resultan peligrosos porque en cuanto a lo primero, es un recurso literario válido utilizado incluso por Cervantes al presentarnos las aventuras del Ingenioso Hidalgo Don Quijote de La Mancha, como el testimonio de Cide Amete Benengeli. Lo que sucede aquí es que Cide Amete no existió y en la obra aparece el nombre del autor, mientras que Ana Magdalena es un personaje real y el nombre de Esther Meynell no aparece en algunas ediciones de la Pequeña crónica. “La Meynell -nos dice Millares-, acudió por lo tanto, a una ficción más verosímil y peligrosa, si no es acompañada por la necesaria aclaración”. En cuanto a lo segundo, el anonimato en la primera edición de 1925 y en muchas otras ediciones fue un hecho decisivo para que con tanta seguridad se atribuyera la obra a la mano de Ana Magdalena y crear así un apócrifo que es sin dudas, como asegura el prologuista de la edición cubana de 1984, una obra “que puede ser tan útil al estudiante de música como al aficionado a este arte o al lector común, siempre que la curiosidad y el afán de penetrar más en la creación de este compositor, los lleve a consultar otros textos más profundos, enjundiosos y analíticos”.
Son estas pues las páginas que no debe saltarse el lector que acuda a La pequeña crónica de Ana Magdalena Bach, esa amena biografía de Juan Sebastián escrita por Esther Meynell, son estos los prolegómenos indispensables para comprender el verdadero significado de este libro y encontrar en la bella y amena narración los elementos que nos acercan al personaje, al hombre y a su entorno. Son estas las páginas que nos permiten comprender la historia como fue, pero también como pudo haber sido.
Publicado en Santo Domingo, el 16 de julio de 2001, en el número 1,211 de la revista [A]hora
Publicado en Mundo Clásico el 7 de junio de 2002

jueves, 21 de mayo de 2009

DISCULPE USTED SEÑOR GALEANO, LE FALTÓ LA COLETILLA.

Hace algún tiempo me siento muy halagado, todos los días recibo información muy valiosa desde amigos y otras listas en las que por casualidad se coló mi correo-e. A veces, como hoy, aparecen artículos que me conminan a participar, a exponer mis propios criterios acerca de.

Hoy recibí “Disculpe la molestia”, de Eduardo Galeano, y salí al ciberespacio a encontrar la fuente para colocar al pie mi comentario, pero quien lo reproduce no da esa oportunidad. Por eso, abrí mi blog y comencé a escribir:

Lo aprendí en las clases de Filosofía Marxista que impartía el legendario y sabio Pellón... ¿se escribe así?... toda ideología sigue una tendencia, la justifica y defiende tomando partido, algo que resumíamos en un solo enunciado: "Los comunistas son los buenos y los capitalistas son los malos". Después, leyendo más allá del Manifiesto, mirando detenidamente a Orwell, Benedetti, o Silvio Rodríguez; descubriendo textos prohibidos en Cuba, repasando aquellos sobre producidos y de obligatoria lectura en mis años de estudiante, y viviendo la realidad aprendí que tan abominables son los campos de concentración del fascismo como los del comunismo, deplorables son los crímenes de Hitler, Franco, Stalin, Pinochet, Castro, Chávez, Ceaucescu, Machado, Breshniev, Batista, Bush, las Farc, los Montoneros, ETA, IRA o el M-26-7.

Con el tiempo descubrí que lo bueno es tener elecciones libres y democráticas que saquen del poder a gobernantes indeseables, y no tener que esperar que se los lleve la muerte con el cetro entre las piernas, disfrutando el incuestionable cargo de dictadores vitalicios. Descubrí, y disculpe usted señor Galeano, que el enunciado que nos enseñó el sabio maestro de Filosofía llevaba una coletilla muy benedettiana (1): "Los comunistas son los buenos y los capitalistas son los malos... y también viceversa".

(1) Viceversa, por Mario Benedetti

Tengo miedo de verte
necesidad de verte
esperanza de verte
desazones de verte

Tengo ganas de hallarte
preocupación de hallarte
certidumbre de hallarte
pobres dudas de hallarte

Tengo urgencia de oírte
alegría de oírte
buena suerte de oírte
y temores de oírte

o sea
resumiendo
estoy jodido y radiante
quizá más lo primero
que lo segundo
y también viceversa.

PE: (Lectura opcional) Lo que no le perdono a MB ni a mi mismo, es haber puesto alguna vez en las manos de un dictador la esperanza de un mundo mejor, yo me siento estafado y ojalá que él también, pero de todos modos le agradeceré su obra por toda mi vida. La de EG... no tanto. AGS.

lunes, 19 de mayo de 2008

LOS SONETOS DE LAS CUATRO ESTACIONES, DE ANTONIO VIVALDI

Música y músicos

Antonio Vivaldi, por François
Morellon de la Cave (1723)


Los cuatro conciertos que escribió Antonio Vivaldi y que conocemos hoy con el título de Las Cuatro Estaciones, están escritos originalmente para violín, orquesta y declamador, pero muy raras veces los sonetos, que según algunos autores creó el propio Vivaldi, se escuchan en las salas de conciertos. Esta es la versión al español de los sonetos, originales en italiano, que realizó el escritor y poeta cubano DAVID CHERICIÁN.







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LA PRIMAVERA
Llegó la primavera y de contento
las aves la saludan con su canto,
y las fuentes al son del blanco viento
con dulce murmurar fluyen en tanto.

El aire cubren con su negro manto
truenos, rayos, heraldos de su adviento,
y acallándolos luego, aves sin cuento
tornan de nuevo a su canoro encanto.

Y así sobre el florido ameno prado
entre plantas y fronda murmurante
duerme el pastor con su fiel perro al lado.

De pastoral zampoña al son chispeante
danzan ninfa y pastor bajo el techado
de primavera al irrumpir brillante.

EL VERANO
Bajo dura estación del sol ardida
mústiase hombre y rebaño y arde el pino;
lanza el cuco la voz y pronto oída
responden tórtola y jilguero al trino.

Sopla el céfiro dulce y enseguida
Bóreas súbito arrastra a su vecino;
y solloza el pastor, porque aún cernida
teme fiera borrasca y su destino.

Quita a los miembros laxos su reposo
el temor a los rayos, truenos fieros,
de avispas, moscas, el tropel furioso.

Sus miedos por desgracia son certeros.
Truena y relampaguea el cielo y grandioso
troncha espigas y granos altaneros.

EL OTOÑO
Celebra el aldeano a baile y cantos
de la feliz cosecha el bienestar,
y el licor de Baco abusan tantos
que termina en el sueño su gozar.

Deben todos trocar bailes y cantos:
El aire da, templado, bienestar,
y la estación invita tanto a tantos
de un dulcísimo sueño a bien gozar.

Al alba el cazador sale a la caza
con cuernos, perros y fusil, huyendo
corre la fiera, síguenle la traza;

Ya asustada y cansada del estruendo
de armas y perros, herida amenaza
harta de huir, vencida ya, muriendo.

EL INVIERNO
Temblar helado entre las nieves frías
al severo soplar de hórrido viento,
correr golpeando el pié cada momento;
de tal frió trinar dientes y encinas.

Pasar al fuego alegres, quietos días
mientras la lluvia fuera baña a ciento;
caminar sobre hielo a paso lento
por temor a caer sin energías.

Fuerte andar, resbalar, caer a tierra,
de nuevo sobre el hielo ir a zancadas
hasta que el hielo se abra en la porfía.

Oír aullar tras puertas bien cerradas
Siroco, Bóreas, todo viento en guerra.
Esto es invierno, y cuánto da alegría.


UN PALACIO AL DESNUDO

Por M. C. † Isabel María Serrano Fuentes (1963-2023) (*) Todo el edificio fue restaurado en 1929. En aquella ocasión se le retiró, no sin po...