lunes, 19 de mayo de 2008

MI AMIGO EL BEATLE

Música y músicos
Hoy es ocho de diciembre, y a pesar de todo, recuerdo que asesinaron a Lennon.
Aun me duele el disparo que le sacó del juego.
Me duelen todavía los recuerdos y me acomodo en la nostalgia.
Hoy vuelvo a vivir toda mi historia. AGS.


Los Beatles llegaron a Cuba en la dotación de los viajeros, a horcajadas sobre la honda corta, traídos por el éter. Enseguida que los vimos en aquellas flamantes carátulas, y al escuchar aquellos sonidos distintos, los muchachos del barrio nos enrolamos en la legión de aspirantes a melenudos y por supuesto, aquella propensión a imitar a los inglesitos nos llevó a enrostrar algunas quejas familiares. Pero no fueron sólo los padres quienes se alarmaron, hubo también una alarma en las filas gubernamentales. Las esferas ideológicas del gobierno revolucionario, detectaron de inmediato la peligrosidad del mensaje “burgués” que aquellos muchachos de Liverpool andaban distribuyendo.

Como ya para entonces el mercado del disco en Cuba era un celaje de lo que había sido en décadas pasadas, no fue necesario incautar los fonogramas en tiendas o almacenes, a donde nunca llegaron, sino que fueron censurados con un simple susurro. Fue cosa sólo de silenciarlos en la radio y la televisión, únicamente estatales, y someter a un fuerte “gardeo” a quienes se sobrepasaran en la tenencia y divulgación de aquella música.

Así fue que una noche, debió ser del año 67 ó 68, en Aguada de Pasajeros, mientras nos solazábamos en la celebración de una “fiesta de quince”, y mientras bailábamos And I love her, del disco A hard day’s night, cesó la música abruptamente, y tras el chirriante sonido que produjo la aguja al ser arrastrada por los surcos del acetato, se escuchó una voz autoritaria que decretó: “Esto se acabó aquí mismo y todos están presos”.
Fue aquel el principio de una dura noche. Toda la legión de chiquillos fuimos a dar a la Jefatura de la Policía Nacional Revolucionaria (PNR) y el cuerpo del delito eran un fonograma con canciones de los Beatles y un tocadiscos de fabricación soviética.

Fuimos reprendidos, por “diversionistas” y “penetrados culturales”, y cada padre debió presentarse a buscar a su hijo, y sin pasar a mayores, eso fue todo. Sin embargo, mi papá y el de mi amigo Ignacio tomaron la decisión, supongo que aconsejados por la salomónica prosapia del oficial que atendió “el caso”, de agregarnos una pena más. Al día siguiente fuimos llevados, a punta de tijera, a un estado calamitoso. Nos pelaron al rape.

Yo tuve una simple rabieta que se me pasó enseguida, pero mi amigo Ignacio sí se la tomó en grande. Él, dejó de firmar con su apellido paterno. Se despojó del que con tanto orgullo vivió aquellos primeros trece o catorce años de su vida, y se convirtió, en cuerpo y alma, en el “quinto” inglesito. Entonces, ya no hubo forma de acercarlo nuevamente a una barbería, y su melena lacia sobrepasó con creces el largo de quien más larga la tuvo nunca. Él, ya no estaría más en el bando de los “desviados”, “penetrados” y “diversionistas ideológicos”. Él, abandonó el linaje que le habían dado sus ancestros para ser el otro, después de George, John, Paul, y Ringo. Él fue entonces el “quinto” Beatle. Y para que todo el mundo lo supiera, estampó su nueva firma en los árboles, las paredes, los pupitres, los bancos del parque, y hasta en la lona del Circo Montalvo cuando pasó por el pueblo. Mi amigo fue, a partir de entonces, Ignacio el Beatle.

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