viernes, 13 de diciembre de 2013

MATAR LA CATARSIS Y REHABILITAR A LOS MUERTOS

Disimulando el crimen

El desprecio por todos los que se fueron, el insistente repudio del ex máximo líder contra todos los que intentaran adversarle, sembró en la sociedad cubana un asco visceral contra una enorme porción de la cubanía.

Que sea noticia un artículo publicado en Cuba acerca de un músico cubano que vivió sus últimas glorias profesionales en el exilio, es la noticia de la incorrupta perversidad de un sistema. Rehabilitar sin más rodeos que el olvido a quien ocultaron por todos los medios durante décadas, es disimular un crimen.

En toda su andadura, el castrismo ha exhibido un profundo respeto por sus actos, sobre todo por los más repudiables; entre ellos, la sostenida represión a todo acto capaz de producir catarsis en el grupo más allá del control oficial. Y como esas catarsis les son dadas por naturaleza a los creadores de imágenes e ideas, a los artistas, a los escritores capaces de crear opinión en el grupo, pues la opción desde el principio fue sepultar en el olvido o la cárcel a todos los que decidieron opinar en contra.

Con “claridad meridiana” el castrismo impuso la figura de “traidor” a todos los que por hache o por be decidieron rehacer sus vidas fuera del alcance de lo que se veía venir y que cayó demasiado pronto sobre la isla: la debacle total.

El desprecio por todos los que se fueron, el insistente repudio del ex máximo líder contra todos los que intentaran adversarle, sembró en la sociedad cubana un asco visceral contra una enorme porción de la cubanía, aquella que, guardada en miles de profesionales del arte y la cultura, se fue de Cuba.

Ese crimen de lesa cultura propició que las generaciones formadas por la llamada “revolución cubana”, desconozcan esencialmente la potencia y el reconocimiento internacional que tuvo su patria antes de 1959, renombre que, como marca país, no se sostenía precisamente sobre los pilares del vicio, como le ha gustado decir al ex máximo líder, sino sobre un montón de virtudes y una contundente cultura musical y artística.

Ellos, los castristas, prefieren los muertos, así lo han demostrado en decenas de oportunidades. Así permitieron nombrar públicamente después de muertos; entre muchos otros, a Ernesto Lecuona, Celia Cruz y Julián Orbón, a quienes se les ha negado por décadas el sitial que ganaron con sus obras.

Muchos son los nombres que aparecieron en la segunda edición –porque en la primera no “fue posible”-, del Diccionario de la música cubana, biográfico y técnico, de Helio Orovio con los que no se ha saldado aun la deuda de gratitud por sus obras, nadie ha pedido el perdón necesario por el crimen, nadie desde las alturas del Comité Central o desde las columnas virtuales de “Cubadebate” ha reconocido la devastación que tales censuras provocaron en la cultura cubana.


Por eso, hablar a estas alturas de Ñico Membiela, sin denunciar a sus censuradores y sin demandar el reconocimiento oficial del atropello cometido contra él y todos los que se fueron, es disimular un crimen de lesa cultura cual si no pasara nada.

1 comentario:

  1. ¡Que dolorosa VERDAD analizas en este trabajo homenaje a Membiela!

    ¿Sabías que todos os originales de mis obras gráficas fueron botados?

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