jueves, 23 de enero de 2014

LA SERENIDAD DE MARTÍ (*)

Por Antonio María Gómez Mesa (**)

José Martí (1853-1895)
Lo primordial de la serenidad es vivir en armonía con el personal sentido de la vida. Y fue Martí hombre que nunca perdió la noción de sus anhelos y de sus propósitos, y que atemperó a ellos el ejemplar desarrollo de sus actos. Ahí tenemos algo de lo mejor que podemos ofrecer a los niños de Cuba, al evocar a Martí.

Aquel grande hombre quiso que se hablara siempre con la verdad ante la vista, que se excluyera el engaño en las relaciones humanas, que se viviera bajo la luz para que todos conocieran y respetaran la limpieza de la conducta y la sinceridad en las intenciones. Aquel hombre empezó así a los diez y seis años a no mentir, y a padecer en el Presidio por su lealtad, por su concepto diáfano del honor. Y ya en lo sucesivo no fue otra cosa que una conducta recta y firme encaminada a la finalidad sola de combatir en todas las tierras por la dignidad del hombre.

Lo que hizo luego, lo que estudió y escribió después de haber trabajado en las Canteras de San Lázaro, en el propio sitio donde hoy podemos visitar la “FRAGUA MARTIANA”; lo que hizo en el largo y heroico trayecto ascensional desde la adolescencia hasta la dolorosa acción de DOS RÍOS es únicamente una continuación del encuentro con su voluntad de sacrificio, nacida en tan corta edad y sostenida sin desmayo ni vacilaciones.


Hay que llegar al conocimiento de esa verdad para sentir a Martí en sus justas proporciones, para amarlo y comprender la trascendencia de su obra y de su vida. Y aunque parezca al pronto fuera de la comprensión infantil un breve apunte sobre la serenidad en Martí, no creo que pueda escapar a las inteligencias nacientes el valor que tiene la actitud mental de nuestro LIBERTADOR como determinante de la conducta.

Fue en el Colegio de San Pablo, bajo la mirada paternal de Don Rafael María de Mendive, que Martí se sintió buen discípulo de aquel mentor extraordinario, Patriota altivo y generoso. Ya no podía torcer el rumbo de una existencia plena de lecciones de virtud. Estaba obligado con él mismo, y éste es un deber que no ha de eludir un hombre si lleva como norma primera la del propio respeto, y si aspira a no encontrarse jamás en un examen íntimo inferior a lo que crea ser.

En la niñez y en la adolescencia se forma ese concepto de la propia personalidad. Si hemos tenido la suerte de descubrir ese concepto y tratamos de ceñirnos a él mientras dure nuestra vida, habremos hallado una maravillosa fuente de serenidad. No será difícil que se comprenda ahora el ejemplo de la serenidad en Martí, de su gran serenidad espiritual en medio de las contiendas, de las pasiones, de las contingencias y alternativas en que vivió y sufrió. Estaba construido interiormente con una solidez tal, que podía resistir los embates de toda índole, los de afuera y también los de su natural condición de hombre.

Martí en Key West, Florida.
Con ese estado de conciencia fue hallando al través de su peregrinar por el mundo una infinita cantidad de cosas que amar. “Nunca se canse de amar”, dijo una vez, y él mismo tuvo ese consejo como el mejor propósito para un ser humano. Donde otros veían solo un defecto, él vislumbraba una bondad. Y la historia nos dice que no se equivocaba. Los hombres en quienes confió no lo traicionaron, porque supo verles en el alma un tesoro de lealtad oculto para los indiferentes.

Aquel muchacho de mirada firme, marcado ya por el dolor llevaba consigo la luz de un deber que jamás se apagó en su alma. Fue dos veces Doctor, escribió libros, Revistas, Periódicos, habló en muchas tribunas ocupó Cátedras y aulas; fue Maestro, Periodista, poeta y llegó a ser uno de los escritores más notables del habla castellana, depurador del idioma, orientador del pensamiento americano, Cónsul, Diplomático, llegó siempre con un afán curioso de aprender en las Bibliotecas, en los Museos, en la vida. Viajó para saber como está hecho el mundo y como son los hombres que en él habitan. Y para amarlo todo mejor.

Y nunca se desentendió del ideal para cuyo servicio se había preparado y aprendido tantas cosas, por ese aprendizaje podía decir con verdad que él oía en el subsuelo, que sentía crecer la yerba, y sabía por lo tanto cual era el espíritu del Pueblo al que se había consagrado. Ese aprendizaje le dio los modos de tratar a sus compatriotas, de probarles su amor y su desinterés, de encausar las voluntades y hacer que se quisieran entre ellos los Cubanos de la Emigración, para orientar así juntos a los que en la tierra oprimida esperaban el momento de volver a pelear.

No podía él realizar una obra de magnitud tan colosal, sin tener como escudo contra las tempestades exteriores la fuerte virtud de su serenidad. Se diría que Martí vivió con el cerebro en alto y con el pensamiento fijo en las cumbres. No podía él realizar una obra de magnitud tan colosal, sin tener como escudo contra las tempestades exteriores la fuerte virtud de su serenidad. Se diría que Martí vivió con el cerebro en alto y con el pensamiento fijo en cumbres que él no consideraba inaccesibles para los otros. Los que hablaban con él entreveían esas alturas, y se sentían mejores. Así es como nos lo describen quienes le conocieron y disfrutaron de su amistad. Porque fue amigo de todos los cubanos, y sobre ninguno expresó palabra ofensiva, ni aun sobre los que estaban en trinchera contraria.

Tampoco es posible llegar con decoro a tan depurados sentimientos, sin una enorme serenidad que permita ver más allá de los horizontes. Serena fue la vida de Martí. En el año de su Centenario se volvió a publicar toda su obra. Hay cartas y artículos, escritos en la vorágine de sus ajetreos revolucionarios, mientras esperaba un vapor para seguir su obra, o después de un discurso, o en medio de las gentes que acudían a conocerlo, que denotan la tranquilidad de espíritu más asombrosa.

Foto tomada el 28 de enero de 1899 en el homenaje que se le rindió al
Apóstol José Martí en su casa natal.
Pero sobre todo sus cartas de esos mismos tiempos, y los apuntes de un viaje. Quien escribió esas cartas y esos apuntes fue un hombre que vivió tocado de la pureza explicable en las almas infantiles y además en quienes se apartaron dignamente de la podredumbre, de la maldad, del deshonor, de la ignominia.  Ello fue posible por aquel impulso inicial de la adolescencia que lo hizo conocer el horror del presidio. Así pudo enfrentarse con la guerra y con la muerte, seguro de haber cumplido en todo instante el deber mayor de ser útil, de amar a los hermanos.

La lección de Martí; entre otras muchas, es que vivió sin dejar de ajustarse al hondo sentido de una conducta moral inalterable, desde que supo toda la amplitud del deber y toda la grandeza callada del sacrificio. Estaba convencido de que no hacía labor estéril, porque su ancha sabiduría le enseñaba que el hombre anhela siempre lo más noble y que trabajar en esos empeños es lo único que merece los afanes y la inteligencia de los grandes directores de Pueblos.

A medida que pase el tiempo se verá más alto a Martí, y entre las facetas múltiples que encontraremos en él estará bien definida la serenidad de conducta que fue valladar de pasiones y remansada fuente de pureza y de tranquilidad moral.

Y para finalizar, recordando las brillantes palabras pronunciadas en el discurso central, por el I. Hno. García en los valles de la Respetable Logia “LAZO DE UNIÓN” de Cruces el día 16 de Diciembre ppdo, donde se rindió homenaje de recordación a los Mártires de la BATALLA DE MAL TIEMPO, quiero repetir aquel brillante pensamiento del Apóstol.

Es la hora del recuento, y de la marcha unida, y hemos de andar en cuadro apretado, como la Plata en las raíces de los Andes.

Muchas gracias queridos hnos.


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(*) Este discurso fue una de las prendas que heredé de mi abuelo, y después de muchísmos años en mi poder he decidido publicarlo en El Tren, creo que él debe estar sonriendo por esta idea. Al parecer este discurso lo leyó en la Logia “Rayos y Soles de Martí”, de Aguada de Pasajeros, donde él fue Gran Maestro. Las hojas están escritas en su inconfundible máquina Underwood portátil y tienen además la firma y la fecha.


(**) Antonio María Gómez Mesa (1905-1982) fue ferroviario durante casi toda su vida, jefe de estación en muchos lugares de la geografía cubana, aunque yo solamente recuerde San José de los Ramos, Calimete y Yaguaramas. Su pasión por la lectura le permitió adquirir una vasta cultura, fundamentalmente sobre la historia de Cuba. Agnóstico, tolerante y nacionalista militó en el Partido Ortodoxo siendo un ferviente admirador de Eduardo Chibás. 

3 comentarios:

  1. Gracias por compartir el escrito de tu abuelo Antonio. Haz hecho bien en desempolvarlo y sacarlo a la luz. Excelente, por cierto. Lo guardare entre mis documentos.
    Un abrazo
    Mike

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  2. Cristóbal Díaz Ayala24/1/14 11:04 p. m.

    Bien por tu abuelo! Y ya se ve que el que lo hereda, no lo hurta! Un abrazo, CDA

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  3. Mi querido amigo,

    Es un discurso hermoso y sentido. Es una pieza oratoria de una fortaleza sólida. Las ideas brotan de manera magnífica y nos aproxima al apóstol de aquella isla todavía cautiva.

    Un abrazo grande, Brea

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