sábado, 5 de marzo de 2011

VEINTE AÑOS ES MUCHO.

El día 3 de marzo de 1991 llagamos a Santo Domingo, procedentes de La Habana, un grupo de ocho músicos. Fuimos contratados por el Maestro Rafael Villanueva después de audicionar, asistido por el Maestro José Antonio Molina, a medio centenar de profesionales en la capital cubana, entonces nuestro trato era por unos meses, tiempo en el que tendríamos como objetivo principal ocupar diferentes puestos en la Orquesta Sinfónica Nacional de la República Dominicana donde tres días después, es decir, el 6 de marzo, iniciamos nuestro trabajo justamente con la Temporada Sinfónica 91-92.

Supongo que por aquella época ninguno de nosotros tenía idea de que aquel viaje nos cambiaría la vida a todos, en general pensábamos regresar y la mayoría tomamos aquello como una gira más de trabajo; pero una cosa piensa el borracho y otra el bodeguero, o una cosa planifica uno con su vida, y otra muy diferente planifica la vida con nosotros.

Cuando pasaron los primeros nueve meses, terminó la Temporada y algunos preparábamos los matules para el regreso, pero nos prorrogaron los contratos, así una y otra vez hasta que comenzaron las deudas con los bancos y las relaciones humanas se fueron amarrando con lazos muy difíciles de romper y, para variar, las cosas en Cuba se ponían cada vez peores. Así pasó el tiempo hasta que la vida nos entramó de tal modo que veinte años después, aunque no todos seguimos en la OSN, cuatro de aquellos ocho aun permanecemos en la media isla, es decir, el 50 %.

Algunos hicieron sus familias aquí, tienen hijos y muy pronto nietos dominicanos, y yo, que naturalmente soy dominicano a estas alturas, no voy ha hacer este cuento en nombre de todos sino en el mío propio, aunque recordándolos a ellos. A mí, digo, lo que me enredó completamente en esta isla fue la libertad. Claro, que la palabrita por traída y llevada llega a sonar cursi a veces, sobre todo -y hoy lo entiendo perfectamente-, pierde sentido en las voces de quienes no saben qué hacer con ella o peor aun, en la acción de algunos que la utilizan para todo lo contrario, para amarrar a sus acólitos en su ideología, en su religión o en su campaña política.

Recuerdo que en los primeros años, cuando comenzaron a aparecer los amigos dominicanos, alguien me preguntó: “¿Y qué es la libertad para ti? Entonces tuve que responder por inercia, por mis sobresalientes en Filosofía –marxista claro-, yo me creía un hombre libre y que había vivido libremente.

Sin embargo, comencé a ver aquí unas tolerancias que desconocía, vi en la palestra pública a cómplices de la dictadura trujillista y a quienes lucharon contra ella, a comunistas fotografiados con narco guerrilleros y a políticos dominicanos en la Casa Blanca junto al Presidente de turno. Comencé a ver que aquí no era explícito y programático matar, encarcelar o reprimir violentamente a los que están en contra y que la oposición existe legalmente. Pude ver con mis propios ojos que aquí no había nada parecido a la “intransigencia revolucionaria”, ni a las “brigadas de acción rápida”, ni a los “actos de repudio”, ni se le echaba la culpa de todos los males al “imperialismo yanqui”. Aquí pude entender que el único modo de ser libres es poder estar en contra de cualquier idea y manifestarlo públicamente, que es en definitiva lo que en realidad quiso decir José Martí cuando dijo que ser cultos era el único modo de ser libres, ser cultos y poder hacer lo que cada cual entienda con esa cultura, es el único modo de ser libres.

Vi en los anaqueles de las librerías a todos los autores, desde Carlos Marx hasta Orwell, desde Lenin hasta Mao, desde Guillermo Cabrera Infante hasta Gabriel García Márquez, desde Fidel Castro hasta Heberto Padilla, desde el Diario de el Che en Bolivia, hasta las aventuras de James Bond, desde la extrema izquierda hasta la extrema derecha, todas las tendencias al alcance de la inteligencia de los ciudadanos, pude leer muchos autores que en Cuba aun hoy, veinte años después, son absolutamente prohibidos, y por supuesto pude obtener y escuchar decenas de discos de músicos cubanos que por irse al exilio quedaron silenciados en todos los medios: Celia con la Sonora, Xiomara Alfaro, La Lupe y muchísimos más.

Y a pesar de las carencias materiales, humanas, políticas, culturales y sociales que afectan a la República Dominicana, causadas sin dudas por la vileza de algunos de sus políticos a través de la Historia y no precisamente por las maniobras del “imperialismo yanqui” como proclaman algunos idiotas latinoamericanos que por ahí andan sueltos, fue aquí donde comprendí que ser libres es hacer uso del derecho a estar en contra de cualquier idea, debatirla y expresarla públicamente, fue aquí donde comprendí que más allá de ser yo “un compañero que no entiende el socialismo en Cuba”, o de “ser un compañero equivocado”, yo lo que estoy es en contra, en contra del castrismo, lo cual es un derecho inalienable, el mismo que tiene cualquier dominicano a ser antitrujillista, antibalaguerista o antileonelista, de pertenecer al PRD, al PLD, al PRSC o de estar en contra de todos y ser independiente.

Si Gardel dijo que veinte años no eran nada fue porque sonaba bien con un bandoneón tanguero, pero al son de la vida, con clave y bongó, ese tiempo es mucho.

En orden alfabético el nombre e instrumento de cada uno de los ocho músicos que llegaron a Santo Domingo el 3 de marzo de 1991, procedentes de La Habana contratados para integrar la OSN-RD.

1- Batista, Alberto (trombón)

2- Gómez Sotolongo, Antonio (contrabajo)

3- Guibert, José Antonio (viola)

4- Martínez, Lázara (violín)

5- Medina, Roberto (clarinete)

6- Muñoz, Javner (fagot) (nicaragüense que residía en Cuba)

7- Reinaldo Pérez (oboe)

8- Vidal, Andrés (Trompeta)

1 comentario:

  1. Tony: Gracias por este trabajo, donde todos los que nos lanzamos a esta aventura, nos vemos reflejados.

    JAGuibert

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