sábado, 4 de abril de 2026

MI PRIMER TRABAJO PROFESIONAL COMO CONTRABAJISTA

 A la memoria de Alberto García

Es imposible olvidar aquellas pocas palabras, dichas por Albertico como quien no quiere las cosas.

Alberto García Alfonso (¿?-2026). En la puerta de la Sala White, en Matanzas (ca. 1978) @AGS

Yo conocí a Alberto García en 1977, más o menos, y además de la buena amistad y el estrecho lazo profesional que creció años después entre nosotros, Albertico viene a mi memoria, además de por haber sido un gran músico, un tipo cabal, y excelente persona, porque fue con él con quien realicé mi primer trabajo profesional como músico, fue tocando en un grupo con él y otros entrañables amigos, que recibí mis primeros honorarios por tocar el contrabajo. Pero dicho así, puede parecer algo intrascendente porque todo el mundo ha tenido un primer pago por su trabajo, pero la cosa no fue tan fácil.

Aquel día en el que fue a verme para que integrara su grupo yo estaba acabado de llegar de los campos de caña de Camagüey -sí, no estás leyendo mal, así es en Cuba todavía-, a donde había ido a parar reclutado en una de aquellas llamadas «brigadas juveniles del trabajo» en las que durante varias semanas nos tenían haciendo trabajos agrícolas no remunerados.

Yo, con un buen batallón de compañeros de estudios de la Escuela Nacional de Arte (ENA), estuvimos en un campamento en los montes cercanos a un batey llamado Hatuey -como el indio y la cerveza, pero a quienes nunca vimos por aquellos lares-. Nuestra misión había sido, con guataca, machete o las manos, quitar las yerbas que crecían a través de los surcos de las plantaciones de caña, así que después de tres semanas dedicado a estos menesteres, mis manos quedaron en un estado deplorable para tocar el contrabajo.

Con este preámbulo, cuando Albertico me propuso tocar en su grupo, mi primera respuesta fue un no rotundo, claro, en esos momentos yo pensaba que se trataba de alguna tocadera de música de cámara, algún concierto en la Sala White de Matanzas, en alguna presentación en un pueblo cercano, o a las diez de últimas en un acto del Partido o de la Juventud.

Pero entre otras virtudes, Albertico tenía ese don del gran pedagogo que es convencer a cualquiera con un gran optimismo, y aquel «no rotundo» que me escuchó decir no significó absolutamente nada para él, así que siguió tratando y me explicó que lo único que le faltaba era un contrabajista y que él había pensado en mí porque yo era un joven serio y que según le habían dicho me iba muy bien en la ENA -donde él también había tomado cursos de post grado, como le llamaban entonces-, y que lo único que le faltaba para firmar el contrato era que yo dijera que sí y comenzáramos a ensayar. 

Pero yo nada, en mis trece. Yo a que no y el a que sí, pero cuando vio que ninguno de sus argumentos hacían que me olvidara de las ampollas de las manos y los dolores acumulados por un trabajo tan invasivo, de una «misión» que me había alejado de la práctica habitual de mi instrumento y que me tenía al punto de la minusvalía, Albertico sacó su carta ganadora de debajo de la manga, y ese sí fue un as al que me fue imposible vencer. 

Por lo que sin salir de mi asombro, olvidando todos los dolorosos lastres que arrastraba en mi sistema osteomuscular, desde la coronilla hasta la punta del dedo gordo del pie, le dije:

-Compadre, pero hubieras comenzado por ahí, pues claro que sí, no faltaría más, cuenta con mi apoyo para esa tarea. ¿Cuándo comenzamos a ensayar?

Es imposible olvidar aquellas pocas palabras, dichas por Albertico como quien no quiere las cosas.

-Nada, pues tendré que llamar al Hotel Internacional de Varadero para decirles que cancelen nuestras presentaciones durante un mes en el Cabaret del Hotel (1). Que la sopa (2) que íbamos a hacer allí ya no va, y que además cancelen las reservaciones en el hotelito en el que nos íbamos a hospedar. Ah, y llamar a la Unidad Presupuestada para que suspendan los pagos que ya estaban programados.

Demás está decir que aquellos fueron días más que placenteros, eran mis 25 años de edad y mi primer trabajo en lo que aún quedaba de Varadero, que no era todo lo que hubo, pero que todavía, a finales de la década el 70 del pasado siglo XX era un lugar espectacular. 

Dicho todo esto, cómo no recordar a Albertico. 

Escena de la Mazurca de la Sombrilla en el escenario del Teatro Sauto de Matanzas.
En el foso, de espalda, Alberto García, Director. De frente, en los contrabajos,
Antonio Gómez Sotolongo y Ricardo (Papito) Fernández. @Bernal

Grupo Oasis de Matanzas. De derecha a izquierda: Antonio Gómez, Alberto García,
Diéguez, Alberto Iznaga, Elvira Santiago, Jesús Avilés,
Luis Celestrín y Manzano. @Fuente externa.

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(1) El cabaret del Hotel Internacional de Varadero, que ya no existe, tenía, como todos los que recuerdo en Cuba, un espectáculo que comenzaba con la cena, convirtiendo el cabaret en restaurante hasta el comienzo del primer show.

(2) En el argot de los músicos cubanos, por aquellos años, se le decía «hacer sopa» a tocar música ambiental en un restaurante.  

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