La lección histórica continúa vigente: ningún régimen puede gobernar las conciencias.
Por Enrique Krauze![]() |
| Ejército Unión Popular Cristera. Museo Nacional Cristero. 1928 |
Hubo un día en que el gobierno quiso acabar
con la libertad de creencia e imponer una verdad única. Olvidó que el
catolicismo –corazón de la espiritualidad popular en México– arraigó
particularmente en el occidente de nuestro país. Cuando el poder pasó del
desprecio a la persecución, los campesinos se levantaron en armas. Estalló hace
exactamente cien años: la Guerra de los Cristeros.
Tenemos la fortuna de contar con una obra
maestra que la recreó con rigor y conmovedora empatía. Me refiero a La Cristiada de Jean Meyer. Sus tres volúmenes (publicados a principios de los
años setenta) rescatan los más diversos avatares de la guerra, pero ante todo
resaltan la fe del modesto campesino, cuyas hazañas recuerdan aún sus
bisnietos.
Los antecedentes son conocidos. La necesaria
separación de la Iglesia y el Estado así como la plena libertad de creencia
habían sido consagradas en la Constitución liberal de 1857. La virtud de ambos
preceptos se convirtió en franca intolerancia con la Constitución de 1917 cuyo
objetivo era erradicar la religión. El 3° asentaba: «Ninguna corporación
religiosa […] podrá establecer o dirigir escuelas de instrucción primaria…». El
130° negaba toda posible personalidad de las «denominadas Iglesias», impedía a
los ministros ejercer el voto y facultaba al Estado a determinar el número de
sacerdotes.
Aunque los gobiernos de Carranza y de Obregón
no ocultaban sus convicciones jacobinas, se abstuvieron de llevar ambos
artículos a sus últimas consecuencias. Todo cambió en el período de Plutarco Elías Calles cuya decisión –manifestada a los obispos– fue irrevocable: «No hay
otro camino […] que someterse a […] la ley». El 2 de julio de 1926, el Diario
Oficial publicó la llamada «Ley Calles», con las reformas al Código Penal que
incluían delitos relativos a la enseñanza confesional y cultos. El artículo 19,
el más delicado, obligaba a los sacerdotes a inscribirse para que pudieran
ejercer su ministerio.

Enrique Gorostieta (1890-1929)
El 21 de agosto, el presidente sostuvo una
entrevista con Leopoldo Ruiz, obispo de Michoacán, y Pascual Díaz, obispo de
Tabasco. La actitud de los obispos era conciliadora y hasta cierto punto
humilde. Pero Calles fue lacerante y áspero. Su visión del papel del clero en
la historia de México era absolutamente negra: «con toda franqueza», creía que
el clero mexicano había evidenciado estar siempre del lado del opresor. «No se
hagan ilusiones –les dijo–, están perdiendo a los campesinos. Todas las agrupaciones
de campesinos de la Revolución han protestado su adhesión a mi gobierno […] y
considerado a los sacerdotes como sus enemigos». Y terminó con un reto: «Yo les
voy a demostrar que no hay problema […] el único que podrían crear sería
lanzarse a la rebelión y en este caso el Gobierno está perfectamente preparado
para vencerlos». Al despedirse, los obispos expresaron que no fomentaban
ninguna rebelión. Pero la decisión ya no era de ellos.
Calles esperaba suprimir el «fanatismo» del
pueblo, pero un amplio sector del pueblo campesino en Michoacán, Jalisco,
Guanajuato, Aguascalientes y varias otras zonas se rebeló espontáneamente.
La Guerra de los Cristeros se prolongó por
casi tres años. Sin organización central hasta el arribo tardío del general
Gorostieta, los cristeros libraron una guerra de guerrillas similar a la
zapatista y no menos efectiva. En el momento de los arreglos con Roma en junio
de 1929 –en los que intervino el embajador estadounidense Dwight Morrow– había
cerca de 50 mil campesinos en armas. Otros 25 mil habían muerto en combate.
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| Fusilamiento de José Ramón Miguel Agustín Pro Juárez. |
El saldo final fue atroz. Sangrienta e
injusta, aquella guerra no solo costó a México, en total, 70 mil vidas;
provocó, además, una severa caída de la producción agrícola (38% entre 1926 y
1930) y la emigración de unas 200 mil personas.
La lección histórica continúa vigente: ningún
régimen puede gobernar las conciencias. ~
Publicado en Reforma el 9/VIII/26
Tomado de: Letras
Libres


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