viernes, 24 de enero de 2025

LA HEGEMONÍA DE LA MÚSICA CUBANA DESDE LA PRIMERA MITAD DEL S. XIX (2 de 3)

Las danzas cubanas no salieron del barracón, sino de las academias

La orquesta era la del señor Rodríguez, la cual fue celebrada por los extranjeros con justicia pues tocó con sumo gusto no solo nuestras danzas sino también polcas etc. A lo que parece, y sea dicho de paso, esta orquesta es la que verdaderamente está hoy de moda, pues raro es el baile notable donde no figure.

Orquesta de Enrique Peña 1908

La calidad de las orquestas, de los intérpretes y los compositores fue indispensable para que las danzas cubanas pudieran establecerse en el mercado, y esto tuvo sus causas en la preparación académica de los músicos, quienes contaron con la posibilidad de tomar clases con profesores criollos y extranjeros que competían con los mejores del mundo -como he documentado en el acápite Las academias de música-, de tener a su disposición un ambiente musical que les permitía crear hábitos de escucha, y un mercado que les posibilitaba obtener instrumentos, accesorios, métodos de estudio, música impresa, y participar en ese mercado ofreciendo sus servicios. 

En la siguiente nota se menciona esa afición de los habaneros por la música y el piano:

Pianistas en la Habana. (DM, 30 nov. 1850). Es verdaderamente notable la grandísima afición y el buen éxito con que se cultiva entre nosotros la música, y sobre todos los instrumentos el piano. Rara es la casa de mediana apariencia donde no hay uno de estos instrumentos, y lo admirable es que con grande frecuencia se oyen en muchas de ellas los mejores trozos de ópera ejecutados con rara habilidad.

Y otra, nos permite conocer la asiduidad del público a los conciertos en las casas de música y de la presencia de pianistas de todas las latitudes en La Habana:

(El País, 13 jun. 1895). La elegante sala del establecimiento del Sr. Pola estaba lleno de señoritas y distinguidas damas que se habían dado allí cita para oír las magníficas voces del soberbio piano que la empresa del popular periódico El Fígaro regala a sus abonados. 

El notable pianista peruano Sr. Manuel I. López, deleitó a los concurrentes con admirables piezas, unas originales y otras de autores clásicos, en cuya ejecución pudo el público allí congregado admirar las brillantes dotes del artista y las no menos admirables voces del gran piano que regala El Fígaro.

Y la siguiente, es una nota referida a una de aquellas agrupaciones famosas:

Orquesta Siglo XIX. (DM, 21 abr. 1850). Hace algunos días pasábamos por la calle de la Industria y nos llamó la atención un buen golpe de música que salía de la casa núm. 80. Indagamos el nombre de la orquesta y se nos dijo que era la del Siglo XIX, compuesta de jóvenes industriosos y aplicados entre los que se cuentan algunos buenos profesores. En dicha casa, donde se halla instalada, ensayaban en aquella ocasión algunas de nuestras más preciosas danzas y entonces tuvimos ocasión de juzgar de la justicia con que se le concede un lugar preferente entre las buenas orquestas de esta ciudad. Sabemos que se la contrata para los bailes de uno de nuestros más animados pueblos de temporada.

Y sí que era muy demandada aquella orquesta. Otra de las tantas notas en las que se le menciona, la que publicó el DM (29 abr. 1855), anunciaba la celebración de las fiestas patronales de Bejucal durante los días 30 de abril, y 1, 2, y 3 de mayo, y advertía que «la orquesta contratada para todas esas funciones» había sido «la acreditada Siglo XIX».

Más demandas de danzas y más ofertas

Otra nota menciona la cantidad de orquestas y danzas que se disputaban el mercado habanero:

Diluvio de danzas. (DM, 11 oct. 1850). Son tan numerosas las danzas nuevas que salen a la luz todos los días, litografiadas con más o menos primor, que no bastan todas las orquestas de la Habana (que no dejan de ser numerosas también) para tocarlas, aun cuando se echen al olvido muchas lindísimas que porque solo cuentan ocho días de vida ya son viejas. Pero entre las novísimas que llaman más la atención se cuentan la Favorita, del Sr. Riesgo; la Moncita, del señor Sierra, etc.

La demanda de orquestas se disparaba en épocas de fiestas y así lo describe la siguiente nota:

Orquestas. (DM, 25 nov.1852). Aunque todos los años durante la Pascua de Navidad casi no hay pueblecito en la isla donde no se den grandes bailes con orquesta, resultando que todas las que hay en la Habana y otros puntos son solicitadas con grandes empeños, creemos que este año la animación de estos pueblos será en extremo notable durante aquella alegre festividad a juzgar por los preparativos que en todas partes hacen, incluso la construcción de salas expresamente para bailes, aún en parajes donde no se ve más que una aislada taberna, y que por consiguiente las orquestas andarán como cosas vedadas, no siendo quizá extraño que se eche mano hasta de esos órganos que tan maravillosamente se han multiplicado en la Habana. Creemos por lo tanto hacer un servicio a los empresarios de bailes del campo llamándoles la atención sobre el anuncio de la buena orquesta titulada La Flor de Cuba y sobre la parte de ese anuncio referente a la pequeña orquesta para tocar en reuniones familiares.

Y para conocer la cantidad de público que asistía a estas fiestas y los estratos sociales a los que pertenecían, se puede confrontar una rara estadística que dio a conocer el DM:

Pasajeros. (DM, 28 jun. 1854). Debemos a la bondad de una persona de nuestra amistad el siguiente estado de los individuos que fueron a Guanabacoa por los carritos de «La Prueba» el día de San Juan y el domingo siguiente:

Sábado: Blancos, 536; de color, 1322 / Domingo: Blancos 317; de color, 921 / Total: 3,096[1]

Sin contar los que fueron en carruajes de alquiler particulares, y tirando el limoncito, que forma un respetable número. No ha ocurrido a pesar de eso la más leve novedad.

Esta nota estadística probablemente sea imposible encontrarla en otro lugar, pero la empresa que entonces manejaba el ferrocarril de sangre que unía la terminal de Regla con Guanabacoa, al que llamaban «los carritos de la prueba»[2], debió estar muy interesada en conocer la cantidad de pasajeros que transportaba, por lo que me es posible darle un voto de confianza al dato y a partir de este concluir que a los bailes de San Juan, al menos de aquel año, asistieron en un fin de semana miles de personas de modestos ingresos, que eran por lo general quienes abordaban el transporte público, pero que además estuvieron muchos otros que con mayor capacidad económica podían disponer de carruajes de alquiler privados, siendo esta una muestra plausible de la pasión que existía entonces en todos los estratos sociales de La Habana por los bailes temporadistas y las fiestas patronales que se realizaban en Guanabacoa, Marianao, Calabazar, Las Puentes, Jesús del Monte, Quivicán, San Antonio, Santiago de las Vegas y todos los pueblos cercanos a la capital, a donde iban a refugiarse, sobre todo durante el verano y días festivos, los bailadores. Y cada orquesta, en cada baile debía estrenar al menos una danza.

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Las danzas viajan el mundo en los equipajes de los artistas

Como ya escribí, todas las bandas del ejército y la marina española acantonadas en Cuba y muchas de las bandas de las marinas de otros países que pasaban por La Habana, tocaban danzas que luego llevaban a donde les llevara el movimiento de tropas, pero también los artistas que pasaban por la Isla se llevaban en sus equipajes las partituras y allá donde fueran las hacían instrumentar y arreglar para incluir en sus espectáculos. Una nota publicada en 1850 dice lo siguiente:

Strakosch[3], Macallister y la danza cubana en Nueva Orleans. (DM, 3 may. 1850). El célebre pianista estaba ya en Nueva Orleans el 24 de abril y a los pocos días debía dar un gran concierto en unión del distinguido artista Wallace, pianista, violinista y compositor, antiguo conocido de los dilettanti de la Habana.

También se hallaba dando funciones en la misma ciudad el célebre nigromántico Macallister. El 26 estaba señalado para su beneficio y entre las novedades de que habla el anuncio vemos la de que la orquesta tocaría las danzas compuestas por Arditi durante la visita que hicieron a esta: el Brujo y la Bruja. ¿Dónde no se tocará con el tiempo la cubana danza?

Otra nota referida al arpista francés Charles Bochsa (1789-1856)[4], quien se había presentado en La Habana, dice lo siguiente:

Danzas cubanas en Nueva York. (DM, 11 ene. 1851). Poco a poco nuestra danza criolla va teniendo eco hasta entre los fríos hijos de otras zonas. En un concierto a la promenade que dio el amable Bochsa, de grave recordación, a mediados de diciembre en la ciudad de Nueva York entre las piezas que había de tocar la orquesta vemos que anuncia el programa: «Contradanza de Cuba El incendio, por Arditi».

Habanos y habaneras, dos nombres de marcas

A lo largo del siglo XIX se compusieron danzas para todo y para todos. Según la nota del DM (11 feb. 1852), en la función que la compañía de Los Raveles presentaría al día siguiente en el Teatro de Tacón, se daría a conocer una danza titulada La Celestina[5], compuesta por el «conocido joven compositor D. Manuel Saumell», y dedicada a la «simpática bailarina Srta. Celestina Frank», integrante principal de aquella troupe. Otras dos notas publicadas en el mismo periódico dos días después, apuntan; una, que Recuerdos del Wajay fue el título de una danza compuesta por «el joven filarmónico Francisco G. Carvajal, y que éste la dedicó a la memoria de las fiestas y las jóvenes de aquel partido; y otra, que La India fue el título de la danza que, «el apreciable joven don Antonio B. de la M.», compuso y dedicó a «los jóvenes dueños de la nueva y hermosa panadería denominada La India, situada en la calle de Virtudes, entre las de Manrique y San Nicolás».

La Habana tenía un ritmo que iba al son del invierno y el verano, las lluvias y la sequía, el Carnaval y la Semana Santa. Entre esos parámetros se acomodaban los calendarios y en todos los eventos de ese almanaque estaba, invariablemente, la música. Y la música era, en estos años la danza, y esta era el motor de todos los eventos, era la mercancía tras la cual corrían todos y alrededor de la cual se movían innumerables relaciones mercantiles.

Con la intención de que el lector pueda apreciar lo que afirmo, he querido citar la crónica de uno de los bailes de máscaras que se celebraban cada año en una de las más prestigiosas instituciones privadas que tenía la capital cubana. El baile se verificó el sábado 14 de febrero de 1852, y el cronista publicó lo siguiente el día 17: 

 Liceo. (DM, 17 feb. 1852). No pocas horas han transcurrido desde que el último golpe de orquesta anunciaba la terminación del primer baile de máscaras del Liceo y aun conservamos vivísimos los recuerdos de los amenos momentos que en él gozamos, como indudablemente los conservarán todos cuantos tomaron parte en esa fiesta de Momo, en esa fiesta que, sin ser báquica, desmoralizadora, ofrecía los mil chistosos lances de la careta. Los salones del instituto se vieron invadidos por un considerable número de máscaras, de caprichosos y elegantes vestidos y no menos considerable era el número de las personas de ambos sexos que en traje de gala animaban el local.

El «¿me conoces?», eterna fórmula mascaril contra la que apenas pueden el talento y el dominio de sí propio, resonando en todas partes servía de pedal a las agudezas y no agudezas que mutuamente se decían los sí y los no enmascarados, quienes ni aún entregados al placer de la danza dejaban reposar el órgano de la palabra. Como era natural los bailes estuvieron animadísimos, e inútiles serían las expresiones que quisiéramos usar para pintar el cuadro que entonces ofrecía el local, profusamente iluminado y adornado. Pero ese primer baile de máscaras del Liceo ha sido una gota de dulce miel que ha caído en los labios de sus socios, despertándoles la ansiedad de apurar toda la copa, y por eso nos aventuramos a decir que el segundo, que tendrá lugar el miércoles, será aún más brillante que el primero.

Para el domingo 15, se anunciaban Grandes Bailes de Máscaras en el Teatro del Circo con dos orquestas que tocarían escogidas danzas, entre ellas dos nuevas tituladas: Dicen que tienes una, y el Amante majadero. En los salones altos del Café Escauriza tocaría la orquesta del Sr. Rodríguez, quien había preparado para esa noche «cuatro danzas nuevas, cuyos títulos son: La nueva comadrita, La cadena de la loba, No me esperes, y el Nuevo Carnaval. Y en el salón Paraíso, de Regla, «después de terminada la tercera danza, se procedería a la rifa», y seguidamente la orquesta, dirigida por el acreditado profesor Feliciano Ramos, estrenaría dos danzas compuestas por el clarinete primo Juan de Dios Alfonso, tituladas Los desdenes de Clorinda y Los lunares de Lolita.  

A propósito de la orquesta del Sr. Rodríguez, en una crónica dedicada al baile «que tuvo lugar la noche del martes (2 mar.) a bordo de la corbeta de guerra americana Albany», se lee lo siguiente:

(DM, 6 mar. 1852). […]. La orquesta era la del señor Rodríguez, la cual fue celebrada por los extranjeros con justicia pues tocó con sumo gusto no solo nuestras danzas sino también polcas etc. A lo que parece, y sea dicho de paso, esta orquesta es la que verdaderamente está hoy de moda, pues raro es el baile notable donde no figure. En Escauriza es un poderoso reclamo para atraer concurrencia, en el Liceo es celebrada por todos sus numerosos socios, y donde quiera en fin se revela por sus escogidas piezas de todas clases y la buena ejecución de ellas.

Como he mencionado, se hacían danzas para todos y para todo, lo que es posible documentar con la siguiente nota:

El triunfo de Panchita. (DM, 5 dic. 1850). Este es el título de una danza nueva, muy linda, se dice, que acaba de componerse y deberá tocarse el día 9 en un baile que se dará en la calle de Farruco, núm. 56. Se ha dedicado al Sol del Pilar, que según noticias es de la señora Cerveto de Cisneros.  

Otra nota, en la que es posible apreciar el vertiginoso ritmo al que se movían las relaciones comerciales en el mercado de la música, indica lo siguiente:

La India. (DM, 2 mar. 1852). En el acreditado establecimiento denominado «La Marina» se está litografiando la bonita danza de este nombre, compuesta por don Salvador Palomino y dedicada a los dueños de la nueva panadería titulada «La India» sita en la calle de las Virtudes entre las de San Nicolás y Manrique. Se nos asegura que dicha danza va a ser tocada en una de las próximas funciones de los Raveles y puesta en uno de los órganos que con más aceptación se oyen en las calles.

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Debo insistir en que estas danzas se editaban para voz y piano, o piano solo, por lo que era necesario realizar arreglos para interpretarlas con orquestas, bandas, órganos o cualquier otro formato vocal-instrumental, y eso se convirtió en un trabajo cotidiano para un sin número de músicos, independientemente de su lugar de nacimiento y su localización geográfica. El Carnaval de la Habana, por ejemplo, fue el título de una colección de danzas del profesor de música D. Evaristo Diez, las que se habían interpretado en las noches de máscaras del teatro del Circo. Según la nota (DM, 12 mar. 1852), «la colección constaba de veinte danzas para piano» y se vendían en los almacenes de música de Maristany, en la calle Obispo, y en la confitería del Circo. Y todo ese trabajo estaba movido por el frenesí que provocaba en los bailadores la danza como se puede apreciar en la siguiente nota:

Liceo. (DM, 2 mar. 1852). […] La animación fue tan grande, tan sostenida que después de concluirse la que sería la última danza muchas familias que ya se hallaban en el zaguán dispuestas a retirarse volvieron a penetrar en los salones al oír que la orquesta llamaba otra vez a los hijos de Terpsícore en virtud de los deseos manifestados por todos de bailar otra más. Mucho después que retumbó el cañonazo del alba se veían aun numerosos restos de la brillante función con que el Liceo se despedía del Carnaval.

Un frenesí que muy probablemente era provocado por la percepción que los bailadores tenían de la danza. En una nota publicada diez años después de que el baile de la polka se diera a conocer en el Gran Teatro (DM, 23 oct. 1844), una bailadora nos explica las causas del triunfo de la danza sobre la polka y todos los bailes que estaban de moda por entonces:

Comunicación. (DM, 2 ago. 1854). Con la firma de «Una temporadista» hemos recibido la siguiente para su inserción:

«Señor Localista: Cuando se va a un baile, aun cuando sea de pago, nadie que no sepa bailar debe intentar hacerlo por varios motivos, pero principalmente por dos: 1º. Porque hace una verdadera ofensa a la compañera que confiada le concede la danza, polka etc., que se va a bailar y 2º. Porque no solo la pone en ridículo, sino que él mismo es objeto de las burlas de los demás. Esto sucede con más frecuencia cada vez que se trata de bailar polka, a cuyo nombre tiembla aun de pies a cabeza una amiga mía recordando lo que le sucedió el domingo en Guanabacoa con el compañero que la suerte le deparó, y que así sabía bailar aquella como yo el fandango. La polka exige, como es sabido, una gracia particular para bailarla con buen éxito ante una concurrencia que fija ávidamente sus miradas en las pocas parejas que por lo regular se presentan a ejecutarla, sin embargo salvo muy pocas excepciones solo vemos aquí una pareja que se mueve a contra compás, allí otra que con paso de danza quiere salir del apuro, acá una tercera que se columpia media hora en un mismo punto porque no puede tomar al vuelo el momento de partir y allá una cuarta pareja que quiere bailar polka como si se tratara de lo que los ingleses llaman steeple-chase, tropezando con todo el mundo en arrebatados giros, pero de muy mal gusto. Concedo que esto reside en la variedad, pero le aseguro a usted que a pesar de ese aserto prefiero danzas y más danzas, porque si del mal el menos todo el mundo sabe que en la danza es donde único se puede disimular la poca destreza de un bailador».  

Un frenesí que causaba tanto en la capital como en el campo, y que obligatoriamente debía ser el final de todo evento:

Bermeja[6]. (DM, 4 mar. 1852). Acabamos de saber que en la mañana del sábado próximo (6 mar.) parten para el pueblo de este nombre las señoritas y caballeros que han ensayado las piezas dramáticas de que hablamos en uno de nuestros próximos pasados números con objeto de obsequiar a una hermosa señora en su finca. Se nos agrega que debiendo terminar la función con un baile se ha ajustado una de las mejores orquestas de esta capital.

 

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[1] El total que aparece en la nota da por error la cifra de 3,129.

[2] La estación de este ferrocarril estaba cerca del circo La Prueba que Miguel Nin y Pons hizo construir en Guanabacoa, y a partir de 1845, cuando Nin se asoció a la empresa, se comenzó a conocer el tren por el nombre del circo. Los coches fueron tirados por mulos hasta 1884 cuando comenzó a usarse una locomotora de vapor. (Cfr.: Santamaría et al. 2020, 167, y DM, 09 jun. 1850)

[3] Se refiere al célebre Mauricio Strakosch, pianista de S. M. el Emperador de Rusia, miembro honorario de la academia de Santa Cecilia de Roma y de la primera sociedad filarmónica de Europa, quien había dado una serie de conciertos en La Habana y Trinidad durante el primer cuatrimestre de 1850. Cfr.: DM, 20, 22, 30 ene. / 1, 6, 15, 17, 19, 20 feb. / 3 mar. / 17, 19, 21 abr. 1850.

[4] El 1 de mayo de 1849, debutó en La Habana la soprano Anna Bishop junto a su amante y tutor, el eminente compositor, arpista y director, Charles Bochsa. (Cfr.: DM, 29 abr. / 3 may. 1849

[5] Giro, Radamés, ed. 1980. Manuel Saumell. Contradanzas. La Habana: Letras Cubanas, 51

[6] Bermeja tuvo ferrocarril desde 1841 y esto facilitaba una excursión de este tipo.

viernes, 17 de enero de 2025

LA HEGEMONÍA DE LA MÚSICA CUBANA DESDE LA PRIMERA MITAD DEL S. XIX (1 de 3)

Primero fueron las danzas[1]

Nuestra bella Isla es conocida hasta de los japoneses por su tabaco y su azúcar, y de aquí a algunos años no lo será menos por sus danzas. ¡Qué hermosa esperanza! (DM, 12 dic. 1847).

Teniendo a la vista la colección del Diario de la Marina (DM)[2], y saltándome a los ojos las innumerables menciones que en sus páginas se hace de las danzas cubanas, compartiré en este acápite algunas de esas referencias, con la intención de documentar la popularidad del género y sustentar que la música cubana fue la hegemónica en el mercado internacional del entretenimiento desde la primera mitad del siglo XIX.

Formas y contenidos

Según nos dice Zoila Lapique, la más antigua de las contradanzas publicadas en Cuba que ha llegado hasta nosotros, es de autor anónimo y se titula La Matilde (1829), y como se puede leer en su partitura contiene las células rítmicas A y B, según la tabla de Obdulio Morales (Lapique 2008, 61): A) llamado también ritmo de tango o habanera que consiste en una corchea con puntillo y semicorchea en el tiempo fuerte, y dos corcheas en el tiempo débil, y B) tresillo de corcheas en el tiempo fuerte y dos corcheas en el tiempo débil. Esto en cuanto a los contenidos. Por otra parte, en su forma La Matilde tiene dos secciones de ocho compases (A-B).

La otra partitura de gran importancia es El esbelto talle de S… (1829) «en la que se utiliza la apócope de danza» (Lapique 2008, 125). A partir de estos contenidos y formas se establecieron los cánones que definieron el género, por lo que las partituras de cientos de danzas llevaban en sus formas y contenidos estos y otros elementos que la imaginación y la creatividad de los compositores fueron adicionando, pero sin romper estos cánones. Estas y las miles de partituras que se imprimieron durante todo el siglo XIX documentan las cualidades de la cosa.

Las danzas habaneras se bailan por el mundo

El día 10 de diciembre de 1847, el DM reprodujo una noticia aparecida en el periódico la Prensa, según la cual en varias cartas recibidas en esa redacción procedentes de Madrid se decía que «en todos los salones de la corte (había) sido admitida con entusiasmo la danza cubana», conocida allí como, La Habanera, que se bailaba «alternando con la escocesa, los rigodones, el Wals de Strauss, la contradanza española, la polca etc.», pero todos estaban conformes «en que Las Habaneras estaban «decididamente de moda» y que uno de los habaneros residentes en la corte que más bailaba, era el joven D. Cayetano Montoro, muy conocido en los salones de la sociedad habanera. Dos días después, el mismo periódico publicó un enjundioso artículo en el que se documenta la expansión de la danza cubana por el Caribe y el mundo:

(DM, 12 dic. 1847). Veinte años hace que (naciera) y que domina como señora absoluta en esta tierra clásica del baile, donde no hay placer completo en ninguna línea si Terpsícore no le consagra, donde un calor de veinte y ocho grados no arredra a los danzarines. Y no son solo los criollos los que se someten a su imperio: los extranjeros, sean del norte o del mediodía, sacrifican fervorosos en sus altares, y meciéndose a su compás llaman frío al rigodón, necia a la mazurka y extravagante a la polka. […].

El año 1846 no se bailaba en Venezuela más que la antigua contradanza española y la cuadrilla francesa, cuando llegó de Puerto Rico a la Guaira el bergantín Jason, que llevaba a su bordo, junto con el capitán Velazco, portador del tratado de Reconocimiento, varios oficiales de mar y tierra y una banda militar; concurrió esta a los bailes que, entre otros obsequios ofreció el pueblo venezolano entusiasmado a los jóvenes oficiales españoles, quienes, decididos por la danza cubana, señora desde mucho tiempo antes en los salones de la isla de Borinquen, la bailaron varias ocasiones, y hoy es poco menos que exclusiva en toda la república. La sociedad de buen tono de Madrid cede ya a su influencia; las gallardas hijas del Manzanares, de ojos negros y talles flexibles, no renunciarán ya nunca al baile cubano, de ellas lo aprenderán las francesas, y de estas lo extenderán al resto del mundo. Nuestra bella Isla es conocida hasta de los japoneses por su tabaco y su azúcar, y de aquí a algunos años no lo será menos por sus danzas. ¡Qué hermosa esperanza!

Y el día 1 de junio de 1847, un hermoso artículo bajo el título de Alameda de Paula, documenta el modo natural en que las danzas cubanas se habían integrado ya durante la primera mitad del siglo XIX al repertorio de las bandas extranjeras que pasaban por Cuba:

(DM, 1 jun. 1847). Sabida es la lucida concurrencia que favorece en las deliciosas noches de luna el lindo salón-paseo de esta preciosa alameda, que puede decirse ha conseguido un verdadero triunfo pues no desdeñan pasear en él nuestras más visibles y elegantes jóvenes, siendo este acaso el único paraje, además de la iglesia, donde hayan posado muchas sus diminutos piececitos. Es cierto que este poético paseo, que puede llamarse el de las Damas, reúne la ventaja de lo escogido de las personas que asisten siempre a él, la hora de 9 a 10, en que va notándose ya el silencio de la ciudad, hace sea más perceptible el suave murmullo que forman las plateadas olas, acariciando muellemente esta misteriosa orilla, desde la cual se contempla en estos momentos (en que es mayor la concurrencia) uno de los paisajes más encantadores que puede crear la imaginación más entusiasta.

A todos estos atractivos, reúnese el de la música, pues la escuadrilla francesa[3], haciéndose cargo sin duda de lo grata y oportuna que sería en este pintoresco sitio, y llevada puramente de un pensamiento galante, hace que algunas noches se embarque en una lancha, y aproximándose a la orilla, toque varias piezas, alternando las contradanzas francesas y cubanas con la jota aragonesa y algunos aires nacionales de Francia.

En otra columna del mismo número, aparece la nota que transcribo a continuación, la que se explica por sí misma, y que puede darnos una idea de por dónde le llegó lo «italianizante» a la música cubana:

(DM, 1 jun. 1847). Los aficionados y maestros verán en otra parte del periódico un anuncio de los Sres. Edelmann y compañía, que no podemos menos de recomendar a cuantos quieran hacerse de la música más apreciada del día. Sobre todo, recomendaremos a nuestras hermosas las bellas piezas para canto y otras para piano recientemente publicadas: entre las primeras el rondó de los Lombardos, la cavatina de soprano de Hernani, la romanza de Linda transportada para mezzo soprano y otra romanza de la Maritana de Mr. Wallace, con letra castellana. Tampoco deben olvidarse de las danzas nuevas arregladas para piano; la moda requiere que toda bella sepa tocar al menos cinco; y al fin, contradanzas bien tocadas, también se ganan corazones, ¿y cuál es la cubana que no quiere conquistarlos? Lean el anuncio y escojan, ad libitum.

Y días después el localista nos dice lo siguiente:

Noticias Locales. Álbum de contradanzas cubanas. (DM, 19 may. 1848). Hemos recibido la primera entrega de la colección de danzas originales que con este título dan a luz algunos jóvenes músicos. Contienen tres danzas para piano, Mis Recuerdos, por Eusebio de Ayala; Las Quejas, por Quionófilo, y el Álbum, por Ventura de Mira; todas ellas bellamente litografiadas, y adornadas con bonitas viñetas. El interés que nuestras hermosas se toman por este género de composiciones nos hace copiar, ad pedem litterae, el prospecto del Álbum, que no dudamos ha de merecer su decidida protección.

«Esta publicación tiene por objeto proporcionar al bello sexo habanero, a un precio módico, una colección de las mejores contradanzas originales, y facilitarle al mismo tiempo la oportunidad de duplicar sus composiciones.

Esto, y el alto precio a que siempre se han vendido las contradanzas, es lo que ha estimulado a varios jóvenes a emprender esta publicación. Saldrá a la luz una entrega cada semana, al precio de dos pesetas sencillas, adelantadas, al mes».

Y más ópera y más danzas:

Bella música. (DM, 29 jun. 1850). En el almacén de Edelmann y compañía pueden encontrarse entre otras piezas de mérito las siguientes, que notamos en obsequio de nuestras lectoras filarmónicas: Dúo de soprano y tenor del primer acto de los Hugonotes, Gran dúo del tercer acto de ídem. Coro de brujas del final del primer acto de Macbeth, La bella Angélica, danza, y el Jigote, danza muy sandunguera.

Estas noticias confirman que, en Cuba, la música que se componía se imprimía y se vendía, convirtiéndose esos papeles impresos en piezas que documentan la existencia de una música propiamente cubana y al ser realizados en el mercado, en productos de la MPPC. Más aún, la polka se bailó en el Tacón un día y al otro estaban bailando en Madrid polkas habaneras. Claro que es una metáfora, pero muy bien sustentada por lo que documentó el Localista en la siguiente nota:

La Matilde[4]. (DM. abr. 1849). Leemos en la Prensa: «Según nos ha informado D. Juan Benedetti, músico mayor de la banda del regimiento Nápoles, parece que en la noche del martes próximo aquella tocará en la retreta una polka habanera titulada La Matilde, publicada en Madrid por D. Vicente María Riesgo después de su colección de valses titulada ¡Un año en la vida! Dicha polka habanera será la última pieza que se toque en la retreta del martes venidero.

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Es cierto que sin la partitura por delante no es posible hacer juicios acertados; sin embargo, por algo el compositor le habría endilgado la «denominación de origen» a aquella polka, una danza, que en su primera aparición en La Habana no entusiasmó[5], por lo que cabe la duda razonable de que algo propio de la música de Cuba se le había incorporado a aquella polka para poder ofertársela al público como habanera. Algo de las formas y los contenidos de las danzas habaneras debió tener aquella polka, un género que por entonces era nuevo, posiblemente dado a conocer en Bohemia y recién puesto de moda en Praga, y que se bailó por primera vez en el Tacón en 1844, pero las danzas habaneras habían permanecido en los oídos del público por casi medio siglo. No es posible pensar que, si sonaba como una polka cualquiera, se le ocurriera al compositor decir que era habanera y tocarla en la retreta de la Plaza de Armas en La Habana (DM, 27 abr. 1849). Aquella pieza era el representamen que contenía los signos que los interpretantes eran capaces de inteligir como danza cubana y no como polka únicamente.

Y más anuncios de danzas en los bailes. Según la nota (DM, 03 jul. 1850), en los bailes de las fiestas de Santiago y Santa Ana que se realizarían en Guanabacoa, se interpretarían tres danzas coreadas compuestas por el profesor de piano Sr. Saumell.

Y más danzas a la venta. Estas dos que siguen son una muestra de que ya desde entonces, los sucesos del día eran un buen tema para la creación musical:

Los Filibusteros. (DM, 14 jul. 1850). El profesor de música D. José Oriol Rivas ha compuesto una danza con este título atroz. La segunda parte es coreada y expresa el entusiasmo con que fueron atacados y puestos en fuga aquellos enemigos[6]. Está bien litografiada con una viñeta alusiva y se vende en casa del autor, calle de Acosta núm. 89, y en los almacenes de Maristany y Edelmann.

Los voluntarios[7]. Después de haber visto «Los filibusteros», llegan «Los voluntarios» haciéndoles fuego con una estrepitosa y hermosa danza compuesta por el acreditado profesor D. José Sierra. Está muy bien litografiada con una viñeta y dedicada a la Excma. Sra. condesa de Fernandina. Véndese en la hermosa tienda «La Gran Señora» y en varios almacenes de música.

Entre los muchos distinguidos y famosos artistas que visitaron La Habana, estuvo Luigi Arditi (1822-1903), un violinista, compositor y director de orquesta italiano que llegó a esa ciudad en 1846 con la primera compañía italiana que Francisco Marty y Torrens contrató para trabajar en el Gran Teatro de Tacón. Allí, Arditi dirigió durante cinco memorables temporadas (1846-1851), en las que se presentaron algunas de las más deslumbrantes voces de la ópera europea de entonces, un hecho que Arditi describió en sus memorias de la manera siguiente:

Cuando miro hacia atrás a esos conjuntos, en los que estábamos orgullosos de incluir artistas de primera clase como Steffenone, Bosio, Salvi, Geremia, Bettini, Badiali y Marini, todos los cuales lograron éxitos completos y brillantes en Europa más tarde, no dudo en decir que nunca, por el momento y el lugar, habría sido posible obtener representaciones operísticas más admirables que las de esta compañía en particular[8] (Arditi 1896, 9).

Así, en el verano de 1849, el maestro italiano ya les había tomado el gusto y el «peso» a las danzas cubanas y la prensa lo hizo saber en notas como las que inserto a continuación:

 El Sr. Arditi. (DM, 20 abr. 1849). Este joven artista, querido del público habanero, está componiendo dancitas a toda prisa y con éxito sumamente satisfactorio. Ténganlo presente los aficionados, así como sus lecciones de piano, violín y canto. El Sr. Arditi vive en la calle Águila núm. 181.

Escauriza. (DM, 15 may. 1849). Efectivamente, anoche se tocó en este baile la danza del apreciable artista Sr. Arditi El Incendio, produciendo un efecto sorprendente. El mismo Arditi tocaba la campana y el pito de serenos, y nos han asegurado algunos concurrentes de inteligencia que, en medio del alboroto de pitos, cornetas, y campanas, y chispear del incendio, que estaba en su punto, se distinguía una cadencia armoniosa y animadora que tenía a toda la concurrencia bailando y quemándose. Estos bailes se están haciendo cada vez más atractivos por las novedades que ofrecen y la multitud de bonitas muchachas que los animan.

Y para terminar por ahora con los bailes del café Escauriza, citaré dos notas en las que aparecen las palabras Danzón y merengue respectivamente, para referirse a dos danzas.

Escauriza. (DM, 4 abr. 1850). A las diez menos cuarto pasábamos anoche por el frente del Café y nos pareció que sus altos salones estaban muy concurridos y que se bailaba con animación. No se puede dudar que este local ofrece un buen recurso de diversión a mucha parte de la juventud de los barrios de extramuros, que alegre y honestamente se recrea en él al compás de la deliciosa danza cubana. He aquí un comunicadito que nos remite un suscriptor:

«La comparsa nombrada Tropical estuvo anoche bastante lucida, pues a eso de las doce entró en Escauriza y bailó un Danzón, haciendo en él muy lindas figuras. Cada una de las señoritas llevaba en las manos una pucha de flores y sus compañeros unas banderitas españolas. Esperamos que el domingo vuelva a presentarse esa graciosa comparsa. De V. Un suscriptor».

Escauriza. (DM, 2 nov. 1852). Más animado aun que el anterior estuvo el baile de sala que tuvo efecto anoche en ese hermoso local, si bien es cosa ya por demás sabida que el número de sus favorecedores aumenta más y más en cada baile hasta llegar a formar aquellas formidables y compactas masas de humanidades de ambos sexos que apenas caben en los espaciosos salones y que en un abrir y cerrar de ojos consumen por medio del arte masticatorio todo el suculento repuesto de la fonda del dicho establecimiento. Celebraciones en general mereció anoche la orquesta, con justicia, y en particular la sabrosa danza La dulce piña, que un desaforado bailarín importó de Puerto Rico, arreglándola a nuestra escena filarmónica. La dulce piña da a conocer que las piñas de nuestra ínsula hermana son tan dulces como las nuestras, y que por allá no se aprecia menos que por acá el delicioso sabor del merengue.

Pero no solamente en los bailes se tocaron las danzas del popular Arditi, sino que también las hizo sonar a toda orquesta en el Gran Teatro de Tacón:

(DM, 17 may. 1849). […] Por último, se tocó por la orquesta la imitativa danza del Sr. Arditi titulada El incendio, que se estrenó pocos días antes en el baile de Escauriza, y aquí como allí produjo grande efecto toda ella, principalmente su introducción, porque los pitos de los serenos, las cornetas de los bomberos, y las campanas, y el ruido, y los murmullos de las gentes estaban imitados cuanto era dable en tan corto período; y tanto gustó a la concurrencia, y tantos aplausos dieron a su autor, que agradecido este a tan señaladas muestras de contento la hizo repetir, en vez de la obertura anunciada, y obtuvo los mismos animados sufragios.

Y como todo lo que se tocaba y gustaba, se imprimía y vendía, pocos días después de su estreno se anunciaba lo siguiente:

Danzas de Arditi. (DM, 30 may. 1849). Hemos recibido un ejemplar de cada una de las siguientes danzas: El incendio, la Angélica, La bruja y el brujo y Tancredi, compuestas por el Sr. Arditi y litografiadas con primor en la litografía del Comercio. Se venden en los almacenes de música de Edelmann, de Maristany y de Esperez. Estas danzas no pueden ser más lindas.

Y más danzas de Arditi:

Danzas cubanas. (DM, 21 jul. 1849). La danza cubana forma la delicia de nuestra juventud, ha sido cantada por nuestros poetas y aplaudida por todos los que saben bailar y sentir, se baila en Europa, su música se tararea en las calles de Madrid, se compone por los artistas de todas las naciones, y aunque pocos saben darle la gracia, la zandunga que le dan los nuestros hay sin embargo algunos que lo consiguen: prueba de esto es el señor Arditi, que ha compuesto algunas de las más bellas, como son el Incendio, el Avisador, la Bruja y el brujo, la Angélica, el Tancredo, la Chuchina y el Encanto, que se venden en los almacenes de música de los señores Edelmann y Maristany, y en la imprenta del Avisador.

Y las danzas de Arditi en la retreta:

Retretas. (DM, 12 jun. 1849). La de anoche en Paula estuvo muy concurrida, tocando la música de artillería varias lindas piezas, entre otras la bullanguera danza El incendio.

Entre las últimas danzas cubanas que Arditi compuso y estrenó en Cuba, estuvo Los tambores, una pieza que hizo interpretar a toda orquesta en el Tacón, y que causó el máximo entusiasmo en el público y no dejó nada que desear. El concierto fue el 20 de febrero de 1851 y el cronista lo contó así:

(DM, 22 feb. 1851). […], y queriendo el beneficiado (Arditi) dar muestras de sus buenos deseos por complacer a tan benigno público no solo tuvo la buena ocurrencia de repetir su antigua danza El incendio, cuya introducción imitativa agradó tanto, sino que compuso para esta noche un gran wals sobre motivos de la ópera favorita del público, Hernani[9], que gustó bastante, y otra danza titulada Los Tambores, porque en efecto estaba acompañada por veinte de estos instrumentos de ruido. […]. 

Compuesta, estrenada, aplaudida e impresa: ese parecía ser el proceso lógico de toda la música que se hacía en La Habana:

Los tambores. (DM, 21 mar. 1851). Fue el título de la danza que acaba de dar a luz el Sr. Arditi. Dicha danza ha sido tocada ya en algunos lugares públicos y por su originalidad ha llamado la atención general, gustando mucho. Véndese en el almacén de música de Edelmann y en la litografía del Comercio.

Esta no iba a ser una moda pasajera en la obra de Arditi, algunas de estas danzas aparecen en su catálogo definitivo; una es, Scherzo, sobre melodías cubanas, para violín y contrabajo, que compuso junto al contrabajista Giovanni Bottesini; y otra, Cuban Dances, en la que incluye algunas de sus danzas más populares (Arditi 1896, 324). 

El 26 de febrero de 1848 se presentó en el Circo habanero un Concierto Monstruo -del que ya escribí en el acápite del Teatro Villanueva-, en el que participaron artistas locales y visitantes de primer cartel, y en el que, según el cronista, también se tocaron danzas cubanas:

(DM. 29 feb. 1948). Obtuvo grandes aplausos la linda danza de despedida, compuesta por Herz, también a ocho pianos y banda militar, que a esta hora se tocará en más de cien pianos en la Habana, porque su autor la repartió con profusión a todos los concurrentes a su concierto.

En este concierto, no solamente fueron interpretadas danzas cubanas escritas por compositores extranjeros, sino que estas tuvieron formatos instrumentales de concierto y sus partituras para piano fueron repartidas al público, propiciando su divulgación como lo menciona el párrafo citado anteriormente. Debo insistir aquí, que en esta época la palabra danza era ya el nombre de marca de las danzas habaneras, o danzas cubanas, por lo que cualquier otra música para bailar o danzar era mencionada por su nombre, fueran estas polcas, valses, mazurcas, rigodones etc. Danzas eran solo las danzas cubanas.

Entonces, las retretas formaban parte del paisaje sonoro de La Habana. La Alameda, la Plaza de Armas y el Circo[10] fueron los tres escenarios más populares durante los 40´s y 50´s, y allí el repertorio se estandarizó como se puede ver en los tres anuncios que inserto a continuación:

Retreta. (DM, 24 abr. 1850). En la noche de mañana la excelente música de la Brigada de Artillería tocará las siguientes bonitas piezas:

1º. Terceto de Hernani

2º. Dúo de tiple y tenor de la Adelaida

3º. Aria de tiple de Macbeth

4º. Danza la Chispa.

Retreta. (DM, 13 jul. 1850). Véase el programa de la que tocará el sábado la banda de artillería:

1º. Coro y terceto final del Hernani.

2º. Polka la Primorosa.

3º. Final del primer acto de Nabuco.

4º. Contradanza cubana La Dorila[11].

5º. Aria de tiple de los Lombardos.

Retreta. (DM, 14 jul. 1850). La banda del regimiento de Nápoles, número 2, tocará mañana domingo (14 jul.) en la alameda de Paula las siguientes piezas:

1º. Obertura de la ópera Nabucodonosor.

2º. Escena y cavatina de tiple del primer acto de Hernani

3º. Coro de brujas y final del tercer acto de Macbeth.

4º. «La flor de la canela», canción andaluza.

5º. Danza dedicada a la milicia urbana (suplicada su repetición).

Artículos relacionados:
Hegemonía de la música cubana desde la primera mitad del S. XIX (2 de 3)

Hegemonía de la música cubana desde la primera mitad del S. XIX (3 de 3)


[1] En el Anuario Histórico Cubano-Americano, de la AHCE, no. 5, 2021, pp. 108-118, he publicado un artículo con el título: «Primero fueron las danzas: La hegemonía de la música cubana en el mercado del entretenimiento desde la primera mitad del siglo XIX», del que he tomado indiscriminadamente algunos de sus párrafos y los he integrado en este capítulo.

[3] Se refiere a alguna de las muchas naves francesas de guerra que permanecían temporalmente en La Habana, según la nota del DM de 13 jun. 1847, por esos días se encontraban surtos en el puerto las escuadrillas francesas de la fragata Androméde; del bergantín Mercure, del vapor Styx y de la corbeta Laperouse.

[4] En este caso los indicios son suficientes para determinar que esta Matilde no es la misma que se dio a conocer en 1829.

[5] La impresión que hizo en los espectadores no fue grande, puesto que ni se aplaudió con entusiasmo ni se pidió repetición. DM, 23 oct. 1844

[6] Se refiere a la expedición que desembarcó en Cárdenas, al mando de Narciso López, el 19 de mayo de 1850. López izó en aquella ciudad por primera vez la que se convertiría en la bandera cubana. 

[7] Ídem nota 166

[8] Este y todos los textos originales en inglés e italiano los traduje con Google y los edité de acuerdo con mi interpretación.

[9] Debo aclarar aquí que en el DM siempre se escribió Hernani para referirse a la ópera que Verdi tituló Ernani, basada en el drama de Shakespeare titulado Hernani.

[10] Nin y Pons impulsó la construcción de una plazoleta frente a su Teatro del Circo, en la que, a partir de abril de 1852, comenzaron las retretas con la orquesta del propio teatro, dirigida entonces por Evaristo Diez, aunque fue de corta duración. Cfr.: DM, 29 abr. 1852.

[11] Sindo Garay, en sus romerías por la isla de Santo Domingo (1896), dice haber conocido una canción con este título, que le adjudica al compositor dominicano Alberto Vázquez. ¿Será la misma Dorila que primero fue una danza y después criolla? (León 2009, 63)

martes, 7 de enero de 2025

EL DISCO DE ORO DE LA SALSA

 Clásicos populares en discos increíbles (*)

Cuando en la década de los setenta se acuñó el término «salsa» para comercializar la música bailable afrocubana y caribeña que viajaba vertiginosamente de isla en isla, se creó un nuevo nombre para un producto más viejo que las piedras con las que se hicieron las fortalezas Ozama en Santo Domingo, la de San Felipe en Puerto Rico, o el Castillo de los Tres Reyes del Morro en La Habana.

La nueva nomenclatura vino a meter en un mismo saco lo que siempre se había conocido por sus nombres propios. Sin embargo, como era, es y siempre será sabrosísimo bailar un son, un guaguancó, un chachachá, un mambo, una plena, un merengue o un danzón –y todas las combinaciones habidas y por haber-, poco importó que la multiplicidad de ritmos se etiquetara bajo un mismo rótulo. Los músicos y los bailadores siguieron el gran fiestón. Continuaron creando y bailando sobre patrones más viejos que Cuca y Roquetán, y en la gozadera van a seguir hasta que el cuerpo aguante.

Los bailadores en Santo Domingo están de fiesta con un nuevo disco del sello Kubaney, un fonograma que contiene una selección de veintinueve temas.

«El Disco de Oro de la Salsa», es una producción de Mateo San Martín en la que aparecen Cuco Valoy, Ramón Orlando, Roberto Torres y su Charanga, Henry Fiol, El Grupo Maniel, Tito Rojas, Los Jóvenes del Hierro, Raulín Rosendo, Tito Gómez, Pochy y su Cocoband, Johnny Ventura, Los Brillanticos, Jorge Cabrera y su tres, y el grupo Botón de Oro con Francis Oliver. Piezas de la autoría de Cheo Marquetti, Miguel Matamoros, Simón Díaz, Ramón Orlando, Pochy, Ignacio Piñeiro, Pancho Céspedes, Francisco Repilado, y Joan Minaya entre otros, hacen de este disco una verdadera rumba.

Cada una de las piezas que contiene este álbum doble fue un «cañonazo» en su momento y ahora vuelven a pegarse en los oídos y los pies de los salseros. Mata que dios perdona, Salsa con coco, Página de amor, Candela, Mosaico 1920, Homenaje a Héctor Lavoe, Esta vida loca y muchas otras piezas hacen girar a los bailadores de siempre y ahora vuelven a estar como nuevas en el ruedo.

«El Disco de Oro de la Salsa» contiene un buen arsenal para una buena fiesta y «si es a bailar que vamos» no hace falta nada más. (Santo Domingo, El Siglo. 9 sep. 2000) (Revisado para El Tren de Yaguaramas 2da. Época 16 nov. 2024)

(*) Clásicos Populares en Discos Increíbles fue el título de la columna en la que publiqué las reseñas de algunos de los discos que Mateo San Martín vendía en su tienda Incredible CD´s de la calle El Conde, en Santo Domingo. Gracias a su generosidad, pude descubrir y obtener decenas de discos con la música que la tiranía castrista desterró y nunca más se volvió a comercializar en Cuba.

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UN GIGANTE DEL ARTE

El Museo Nacional de Bellas Artes de La Habana Por M. C. † Isabel María Serrano Fuentes (1963-2023) (*) No echen de menos, los viejos h...