Muchas son las frases en
nuestro idioma castellano que se convierten en metáforas; sin embargo, casi
todas, en principio, no lo fueron. Andando por ahí encontré esta perla publicada
en un periódico de 1852 que explica la manera prosaica en que nació la metáfora
que da título a esta nota, y dice así:
Bueyes volando. Más de una vez que por
casualidad nos hemos hallado en el muelle a horas de trabajo hemos creído que
ciertamente los bueyes que tiran de las carretas que conducen bocoyes de
moscabado y otros volúmenes semejantes tenían cierta propensión a volar,
pudiendo asegurar al menos que con bastante indignación los hemos visto en el
aire suspendidos del pértigo a guisa de malhechores. La causa de esa suspensión
es tan sencilla como inhumana y ainda mais denota el poco meollo que debe
contener el cerebro de los individuos que entienden en la operación. Resulta
pues que al bajar los bocoyes de moscabado, que frecuentemente pesan la
friolera de unas ochenta arrobas, estando en vago la parte trasera de la cama
de la carreta hace esta el oficio de palanca y de aquí al gravitar sobre esa
parte el bocoy se eleven los bueyes suspendidos por el pértigo, y bramen y se
torturen mientras acaso se ríen los que contemplan el triste papel que
representan. En el campo y donde quiera que los que andan con carretas
demuestran que abrigan sentimientos de humanidad respecto de los animales y que
saben su oficio, colocan puntales o estacas en ambos extremos de la carreta y
entonces sin temor de desnucar a los bueyes cargan o descargan volúmenes diez
veces más pesados que un bocoy de moscabado.
Cuando viví en la ciudad de Matanzas, Cuba, pude disfrutar más de una vez de las historias que se contaban acerca de las sorprendentes visitas que una gran ballena hacía cada año a aquella abierta y deslumbrante bahía, alguna vez, asomado por allá por la cuesta en la que comienza la Vía Blanca, pude ver una enorme mancha oscura que se desplazaba por debajo del azul marino del agua, y hace unos días, andando por ahí, descubriendo lecturas que suelen ser a veces como perlas, encontré una nota publicada en 1849 y que muy probablemente constituya el primer registro de las visitas de aquel gran pez a la bahía de la entonces Atenas de Cuba.
Y como las perlas que no se
exhiben no son perlas, ahí subo esta al Tren para que pueda ser
admirada:
Gran pez. Hoy se ha traído al puente de Yumurí, atado por la mitad del cuerpo, un
gran pez desconocido para nosotros, Los inteligentes dicen que se conoce en las
costas de España con el nombre de Bote. Nosotros creemos pertenece a la familia
de las ballenas. Tiene de largo cerca de tres varas, y de alto, desde la punta
de la aleta dorsal, nueve cuartas. Su boca es sumamente pequeña y sus ojos más
parecen un pedazo de cristal tallado. La parte superior de la cabeza se halla
cubierta de una concha tan dura que creemos difícil de penetrarse con una bala.
Suponen algunos que este cetáceo ha venido siguiendo las aguas de algún buque
procedente de la Península.
El
ingenio no escasea, solo hay que andar por ahí para tropezar con él. Como ya
mencioné en otro artículo, la palabra guagua como sinónimo de ómnibus
se usó en Cuba desde las primeras décadas del siglo XIX. Ahora, lo que voy a
reproducir es una nota muy ingeniosa, en la que se describe la solución, que
dio un guagüero para que sus «flechados» pasajeros no perdieran la
«confronta».
¿No
han oído alguna noche nuestros lectores después de las diez el ruido de un
vehículo de cuatro ruedas acompañado del tañido de una pequeña campanilla? Pues
esa es la guagua de los cupidos. Ahora, para saber lo que eso significa, solo
es preciso una pequeña explicación. Atendiendo el empresario de las guaguas a
las súplicas de los pasajeros que suelen ir de noche al Cerro, y conociendo muy
bien (sin duda por haber sido cocinero antes que fraile) la causa porque muchos
de ellos tienen que efectuar su regreso a pie, ha determinado que el carruaje
que salga de ese paradero a la hora de las 10 venga más despacio que los demás
tocando una pequeña campanilla a fin de que su tañido saque de su embeleso a
los tiernos Adonis que se hallen al lado de sus ternísimas Filis. Ese ingenioso
medio parece que surte el mejor efecto, pues al escuchar el metálico sonido
todos los retardatarios se apresuran a despedirse de las bellas retardatarias y
regresar a la Habana sabiendo que es la última guagua que pasa. De cada ocho
pasajeros que vengan en la de esa hora se puede apostar cualquier cosa a que
siete son víctimas del niño ciego. He ahí pues por qué se da el nombre de guagua
de los cupidos.
Un día como hoy, 27 de octubre,
pero de 1782, nació Nicolò Paganini, un violinista que en su época fue tan
famoso como lo han podido ser en el siglo XX y lo que va del XXI las más rutilantes
estrellas del cine, la radio, la televisión o el rock. Hubo multitudes que adoraron
al Violinista del
Diablo, quien de cierto transformó
para siempre el modo de tocar el violín y de quien se cuentan leyendas asombrosas.
El 3 de septiembre de 1845, el Diario de la Marina, que se
publicó en La Habana desde 1844 hasta 1961, insertó un artículo de la revista France
Musical en el que se cuenta un pasaje, para creer o no creer,de la vida del increíble violinista italiano:
EL
CABRIOLÉ DE PAGANINI
Muchos
escritores en sus artículos sobre Paganini han supuesto que este eminente
artista había recibido una brillante educación, y hablaba y escribía con la
mayor facilidad todas las lenguas vivas: esto es inexacto. Paganini no hablaba
ni escribía más lengua que la italiana. En los últimos años que pasó en París,
había llegado a hacerse comprender zurciendo bien o mal algunas palabras
francesas, las unas tras las otras. No había podido nunca sujetarse a los
serios estudios de la pronunciación y cosa extraña, su memoria que era
maravillosa para retener motivos o frases musicales más complicadas se negaba a
conservar las palabras más simples de los idiomas. En el extranjero, sobre todo
en Alemania, donde Paganini pasaba por hombre de extremada avaricia, se
pretendía que el ilustre violinista fingía no comprender el alemán, a fin de
sustraerse a las importunidades de los criados que lo asediaban pidiéndole
dinero antes y después de sus conciertos. Esta es otra invención de los
periódicos alemanes.
Buscaba
con preferencia las personas que hablaban italiano. Cuando tenía la dicha de
encontrarse con gentes que no hacían una especulación de sus visitas, se
entregaba por momentos a una loca alegría, su palabra corría rápidamente. Era
feliz en estas horas de charla en que podía contar sin restricción y con
grandes carcajadas historias singulares. Así le hemos oído repetir muchas veces
una anécdota bastante conocida: pero que en boca de Paganini tenía un sello
enteramente particular.
Hallábase
una noche -decía-, en las calles de Viena: «el trueno bramaba en el cielo y la
lluvia sonaba en las ventanas. Salía de mi hotel y caminaba muy despacio, sin
objeto, mirando a las buenas cabezas de los austríacos rubias y cuadradas,
cuando la lluvia y la tempestad me sorprendieron repentinamente en un arrabal:
iba solo, cosa que me sucedía rara vez. Para volver a mi casa me hubiera sido
necesario andar media legua por lo menos: no me quedaba más que un medio, tomar
un carruaje. Detuve sucesivamente tres góndolas; pero no comprendiendo los
conductores la lengua en que les hablaba, continuaban su camino y se negaron a
abrirme la portezuela de sus carruajes. Llegó a pasar la cuarta góndola: la
lluvia caía fuertemente; el tiempo era horrible. Esta vez el cochero me había
comprendido: era italiano, verdaderamente italiano. Al subir quise convenir en
el precio con él; pero a esta pregunta que le hice:
-¿Cuánto
llevarías por conducirme a mi hotel?
-Cinco
florines -me respondió-, el precio de un billete de entrada a los conciertos de
Paganini.
-¡Qué
pícaro eres! -le respondí-. ¿Cómo te atreves a exigir cinco florines por tan
corto camino? Paganini toca con una sola cuerda, pero ¿puedes tú hacer andar tu
carruaje con una sola rueda?
-¡Eh,
señor!, no es tan fácil como pretende tocar con una sola cuerda, soy músico, y
he doblado el precio de mis viages para ir a oír a ese señor que se llama
Paganini.
-¡Toma!,
he aquí la suma que me has pedido -dije al cochero-, y además un billete para
ir a oír a ese señor que se llama Paganini, en un concierto que debe dar mañana
en la sala filarmónica.
En efecto,
al día siguiente a las ocho de la noche la multitud se oprimía a las puertas de
la sala en que yo debía hacerme oír. Acababa de entrar, cuando un comisario
vino a llamarme diciéndome: «Hay un hombre en la puerta muy mal vestido que
quiere entra a viva fuerza». Seguí al comisario, y me encontré con el cochero
de la víspera que usando del derecho que yo le había dado quería introducirse
con su billete: gritaba que se le había regalado y que no se le podía impedir
la entrada al concierto. Yo levanté la consigna, y a pesar de su mal vestido,
sus gruesos zapatos mal encerados, hice entrar a mi buen hombre pensando que se
perdería entre la multitud. ¡Mas, qué sorpresa la mía!, desde que me presenté
en el estrado percibí delante de mi al cochero, que producía grande sensación
por el contraste que ofrecían sus vestidos y su rostro con los lindos palmitos
y los ricos adornos de las señoras colocadas en las primeras galerías. Cada
trozo que ejecuté fue aplaudido con frenesí: obtuve el mejor éxito; pero mi
hombre no lo tenía menor que yo. Batía las manos y gritaba en medio de un
trozo, cuando todo el mundo estaba en silencio. Sus gestos, sus gritos, sus
aplausos hasta el delirio, le hacían notar tanto como su porte que era de los
más burlescos. La soirée se terminó, gracias al cielo, sin ningún accidente.
Por la mañana al levantarme, se me anunció que un hombre solicitaba hablarme;
no quería nombrarse, y como tardaba demasiado en responder, vi llegar al mismo
individuo que había excitado tanto gozo en mi concierto. Mi primer impulso fue
hacerle arrojar por las escaleras; sin embargo, tenía un aire tan humilde, que
no me sentí con valor para ello.
-Diávolo,
¿qué queréis? -le dije-.
-Excelente
-me respondió-, vengo a pediros un servicio, un gran servicio: soy padre de
cuatro hijos, soy pobre, soy vuestro compatriota. Vos sois rico, tenéis una
reputación sin igual; si queréis, podéis hacer mi fortuna.
-¿Qué
quieres decir?
-Y
bien, que me deis el permiso de escribir en gruesos caracteres detrás de mi
carruaje, estas dos palabras: CABRIOLE DE PAGANINI.
-¡Vete
al diablo! Pon lo que quieras.
Ese
hombre no era ni loco, ni imbécil. En algunos meses fue más conocido en Viena
que yo mismo hubiera podido serlo. Con esta inscripción, que no le había
prohibido poner, hizo fortuna considerable. Dos años después volví a Viena; el
cochero había comprado el hotel en el que yo había vivido con el producto de su
carruaje, en dos años su fortuna se había elevado a cien mil francos, y había
revendido el carruaje en cincuenta mil. (France Musicale)
A estas alborotadas horas los buques despachados levan sus anclas para transportar nuestros preciosos frutos a países lejanos; los vapores de Regla comienzan su incesante crucero de una banda a otra de la bahía, así como las guaguas lo verifican desde Marianao a la plaza de armas.
Apeadero de guaguas en la Plaza de la Catedral. Fuente externa: Foto 1900 Anónima
En Cuba, el ómnibus
de sangre o guagua fue, durante buena parte del siglo XIX -y
deplorablemente lo ha vuelto a ser desde finales del siglo XX-, un medio de
transporte público y colectivo que se utilizó para dar solución a la necesidad
de mover, en un espacio urbano cada vez más extenso, en el que se desarrollaba
un vertiginoso comercio, a grupos numerosos de pasajeros que no disponían de un
medio de transporte privado. En cuanto a la aparición de aquellos carruajes en
las calles de La Habana José María de la Torre[1], nos dice que:
Los
ómnibus (cuyo origen se remonta al siglo pasado), se establecieron primero
desde Regla a Guanabacoa en 1839 y después desde el Cerro a la Habana, en 1840;
los de Jesús del Monte en 1844; los de Príncipe en 1850, y los del Cerro a
Marianao, en 1855.
En cuanto al significado de la
palabra guagua entre cubanos, Esteban Pichardo[2] registra en su
Diccionario tres acepciones; la primera, «cualquier cosa que no cuesta
dinero ni trabajo, o de precio baratísimo, y cuando se espresa en modo
de adverbio De guagua», y especifica en cuanto a esta acepción que
«antes se decía de Guaguanche[3],
de gorra»; la segunda, «Insectillo especie de cochinilla[4]»; y la tercera, «especie
de coche u ómnibus usados en la Habana para viajar a los suburbios por un
estipendio tan barato que le ha merecido la aplicación de aquella palabra, o
quizá por la Inglesa Wagon».
De estas tres acepciones es
posible encontrar numerosas referencias en la prensa periódica, en la
literatura, en documentos y en diccionarios de la época. Las siguientes las he
tomado del Diario de la Marina y en ellas se puede apreciar el uso de la
palabra guagua como sinónimo de gratis o barato:
Noticias
Locales. Tacón. Escauriza. El Circo. (DM, 7
mar. 1848). [...]. Escauriza rebosaba de gente, los
paganos[5]
estaban en razón de tres a uno con los «guagüeros[6]».
[...].
Crónica
Local. Guagua. (DM, 10 mar. 1852) Con este título nos
remite un suscriptor lo siguiente: «Toda persona que quiera rapé sin que le
cueste nada puede ocurrir a la calle de Factoría esquina a la de Vives, en cuya
azotea ciernen picadura al viento».
En esta otra se relacionan los
precios baratísimos con la guagua:
Crónica
Habanera. (DM, 18 jul. 1847).[...]. No fue en
Cuba donde existió el Paraíso, por más que digan los poetas. Sin mosquiteros,
sin nieve y sin carruajes, no es una morada agradable nuestra patria.
Esto
lo repetimos cada día, cuando achicharrados por el sol y casi ahogados con el
polvo, entramos en la Lonja y apuramos un vaso del exquisito agraz helado que
allí se destila, tomando después asiento en la económica Guagua
para ir a respirar los aires del Cerro o de Jesús del Monte. [...].
Y en la siguiente se juega con
dos de las acepciones dela palabra guagua: como gratis y ómnibus:
Noticias
Locales. Guaguas de guagua. (DM, 19 nov. 1848). Por
inconvenientes que no ha podido allanar la empresa no se estrenan ya mañana los
coches de la nueva línea de Jesús del Monte, y los aficionados a la guagua
tendrán que esperar algunos días para hacer el vieje redondo gratis.
En su obra citada[7], José María de la Torre
nos dejó una hermosa página en la que podemos leer la palabra guagua como
sinónimo de ómnibus,y ver, como en un grabado de Federico
Mialhe, el vertiginoso comercio que se desarrollaba cada día en La Habana:
No
bien resuena el estampido del bronce poco antes de despuntar el día cuando
entran por las puertas de la ciudad los alegres campesinos, que con
sus ayes lastimeros vienen de las inmediaciones, a abastecer los
mercados con todo lo que un fertilísimo suelo ayudado del arte produce para
sustento y regalo del hombre. Otros circulando por las calles de intra y
extramuros, permanecen durante la mañana, ocupados en la venta por menor de sus
provisiones. A estas alborotadas horas los buques despachados levan sus anclas
para transportar nuestros preciosos frutos a países lejanos; los vapores de
Regla comienzan su incesante crucero de una banda a otra de la
bahía, así como las guaguas (ómnibus) lo verifican desde Marianao a la plaza de
armas; los vaqueros y lecheros invaden las plazas; los ligeros repartidores de
periódicos serpentean por las calles introduciendo los periódicos por entre las
rendijas de las cerradas puertas y ventanas; las iglesias van llenándose de
ancianas, beatas y madrugadoras que corren a la primera misa de la mañana; los
encargados de la limpieza de la ciudad comienzan la higiénica tarea de despejar
las calles de cajones y barriles de pestilente basura: los cocineros salen con
sus canastas a proveerse en los mercados, que progresivamente van llenándose de
toda clase de gentes ocupadas en la venta por menudeo; las bodegas se abren
para dar entrada a la multitud de jornaleros y obreros que concurren a ellas,
bien a tomar la mañana, bien a desayunarse una taza de café, para marchar
en seguida a sus respectivos trabajos.
Fue este vertiginoso comercio
el que hizo necesario el uso de un tipo de transporte colectivo capaz de mover
a numerosos grupos de pasajeros en una ciudad que se expandió rápidamente. Así
que, visto lo visto, y leído lo leído, me es posible concluir que fue durante
la primera mitad del siglo XIX, en La Habana, donde se comenzó a utilizar la
palabra guagua para significar el ómnibus o diligencia, y
muy probablemente fue extraída, por asociaciones metafóricas, de la síntesis de
dos palabras: Wagon y guaguanche, y no solamente de la palabra
inglesa como se ha repetido una y otra vez.
[1] Torre,
José María de la. 1857. Lo que fuimos y lo que somos o la Habana antigua y
moderna. Habana: Imprenta de Spencer y Compañía, p. 120
[2]
Pichardo, Esteban. 1862. Diccionario provincial casi razonado de vozes
cubanas. Tercera edición, notablemente aumentada y corregida. Habana:
Imprenta La Antillana, p. 120
[3] Pichardo
registra en la misma obra y página que el guaguanche era un pez muy
abundante en los mares de Cuba, y que la palabra se utilizaba como modismo que
significaba «lo mismo que de guagua».
[4] En la
actualidad se conoce en Cuba la Guagua verde de los cítricos, un insecto
que ataca a las plantaciones jóvenes.
Rafael Antonio Curiel Batista nació en la ciudad de Santiago de los Caballeros el 26 de julio de 1931 y a muy corta edad se trasladó con su madre a San Pedro de Macorís. Allí realizó sus estudios en las escuelas públicas y más tarde se interesó en hacer prácticas de mecánica dental, oficio en el que llegó a destacarse. Junto a estos estudios y desde muy temprano fue descollando Tony como cantante y su voz era requerida en muchas actividades realizadas en San Pedro.
En 1954 se fue a la capital del país y realizó sus primeras apariciones en la radio y en el programa Buscando Estrellas, de La Voz Dominicana, le fue otorgada una beca para realizar estudios de música. En esa escuela, que fue mentora de grandes talentos en su época, Tony Curiel tuvo la orientación de insignes músicos, tales como el Maestro Dolores Cerón, Mario Ferretti y Dora Merteen, entre otros.
Su voz se fue cultivando hasta permitirle en 1956 aparecer en el papel de Alfio en la ópera Cavalleria Rusticana, de P. Mascagni, y en 1957 es el Giorgio Germont de La Traviata, de G. Verdi. En ambas oportunidades compartió con un elenco integrado por figuras estelares del canto lírico nacional.
La buena formación y el enorme talento del señor Curiel le permitieron incursionar en diversos géneros, por lo que en 1959, con la Orquesta San José, dirigida por el trompetista y compositor Ramón Antonio Molina, grabó doce boleros en un disco de larga duración que llevó por título Quiero verte. Para 1962 grabó en un sencillo el vals peruano No te Vayas, de Javier Arce, y el bolero Miedo de quererte; en 1963 grabó un sencillo con el tango Sombras en un arreglo de bolero.
Muchas son las piezas que quedaron grabadas en su voz y cada una de ellas es representativa de una alta calidad y de una exquisita voz.
El 25 de enero de 2009, murió en la ciudad de Santo Domingo.
Tomado del libro Los 100 Músicos del Siglo. Elaborado por AGS para la editora Caña Brava en el año 2000.
...carreras, columpios, los escondidos, los agarrados y martina una, martina dos el que no se escondió se quedó… y ni un minuto de lectura, escritura, geografía, historia… nada, pura diversión durante todo el año, mientras alfabetizaban.
Entre las primeras campañas
mesiánicas en las que Él metió a millones de cubanos -mientras dilapidaba los
activos y pasivos que había arrebatado a quienes construyeron la Isla y echaba
los cimientos de su poder vitalicio-, fue en aquella campaña de alfabetización,
ya antes había intentado desecar la Ciénaga de Zapata, pero esa idea no era
suya, otros antes que Él habían hablado y hecho planes para hacerlo… y por
suerte nunca se pudo materializar, porque visto lo visto y vivido lo vivido, si
hubieran convertido la Península de Zapata en una zona agrícola, el agua potable
de media Isla hubiera desaparecido… pero no es por ahí, sino por el rumbo de la
alfabetización por donde estaba escribiendo, aunque con Él sucede eso, fueron
tantas sus maldades que en los recuerdos se agolpan unas a otras. En fin, que
ahora cuando leo que muchos padres se preocupan porque sus hijos han dejado de
ir a la escuela como consecuencia de la pandemia y que no saben qué hacer con
ellos, me hicieron recordar mi más tierna infancia y adolescencia, misma que tuvieron
en la Isla millones de niños y adolescentes a partir de 1959.
En 1961, cuando se le ocurrió
aquella perversidad paralizó la educación, dejó las aulas sin maestros, y todos
-como después haría cada vez que le llegaba una de aquellas alucinaciones o «caprichos»
como le dijo una vez, eufemísticamente en un careo que le costó un «plan piyama»,
el más afrocubano de los expedicionarios del Granma-, todos los que sabían leer
y escribir tuvieron la «honrosa misión» de abandonar las tareas para las que
estaban capacitados y ponerse a alfabetizar.
De tal suerte que los niños
que como yo durante el año 1961 asistíamos a la «escuela pública», porque ya Él
se había apropiado de todos los centros de educación privados, tanto laicos
como religiosos, vimos que nuestras profes dejaron de ir a clases, ah, pero eso
sí, para alegría de la grey infantil llegaron unas «asistentes» que durante muchos
meses nos permitieron jugar a todo lo que juegan los niños y ni un minuto de
aburridas clases, recuerdo con mucha alegría aquellas llamadas «tablas
gimnásticas», en las que solíamos hacer unos ejercicios que casi siempre
incluían un batón largo, carreras, columpios, los escondidos, los agarrados y
martinauna, martina dos el que no se
escondió se quedó… y ni un minuto de lectura, escritura, geografía, historia…
nada, pura diversión durante todo el año, mientras alfabetizaban a los que no
sabían leer y escribir… en realidad nosotros tampoco sabíamos, pero de eso no
nos dábamos cuenta arrebatados como estábamos por la alegría, o al menos si
alguien pensó en eso no lo dijo de tal forma que yo pudiera escucharlo.
En fin, que no se va a acabar
el mundo porque los niños dejen de ir a la escuela a cambio de protegerles la
salud, ninguno se va a traumatizar porque estén recogidos temporalmente al
cuidado de sus padres si sus padres mantienen muy firmes las riendas de la
educación de sus hijos. Mismas herramientas que le quitaron a mis padres y a
los padres de mis amiguitos y a todos los padres que vivieron en Cuba desde
1959. Fue el principio de una larga y enmarañada sustitución de valores, una
profunda conversión de la «Educación» en «Adoctrinamiento».
La doctrina en los libros de alfabetización
Yo me divertía y en eso
recuerdo que dábamos vivas a los superhéroes que en los comics y en la
televisión habían sustituido a Superman, al ratón Miquito y otros tantos y como
grandes momentos de aquel curso de 1961 nos llevaron a la playa dos veces, pero
no a una playa cualquiera, sino a Playa Girón, donde no pudimos nadar -que por
cierto es la playa más erizada que conozco-. Allí hicimos, durante la primera
visita, nuestra flamante «tabla gimnástica» para celebrar una victoria, y
durante la segunda enarbolamos banderas por otra y para escucharle decir a Él que
«Cuba era el primer territorio libre de analfabetismo de América», no recuerdo
si primero lo dijo en La Habana, pero allí, en Playa Girón, siguió siendo una
mesiánica mentira que retumba hasta el día de hoy.
Pero de eso vine a darme
cuenta muchísimos años después, cuando ya nada quedaba de mi infancia, mi
adolescencia ya no adolecía y la juventud se me iba gastando en arrugas.
Aquellos vivas y aquel curso de 1961 nos llevaron de la «Educación» a la «Doctrina»,
y en mi caso de la Escuela Metodista Luz, en la que mis padres me habían
puesto por libre elección al cuidado de los maestros Rosaura Parpal y Eleazar
Legrá, a la escuela pública impuesta, por encima de cualquier razonamiento en
la que nos inculcaban algo muy parecido a lo que contenían los manuales
Alfabeticemos y las cartillas Venceremos, que con temas muy
sugerentes, como «Fidel es nuestro líder», nos adoctrinaban.
Pero nada de esto le sucederá
a los padres e hijos que hoy viven en democracias, donde aún quedan espacios de
libertad para educar y donde difícilmente un niño, a pesar de los mil y un
problemas domésticos que esto pudiera implicar, tendrá que verse en el futuro en
la difícil encrucijada de enfrentar una «auto desprogramación de secta», no
necesitará poner en tela de juicio todo lo que le inculcaron en la escuela «gratuita»,
no tendrá que deslindar las «doctrinas» del «conocimiento universal», no tendrá
que reconocer entre la cizaña el trigo.
Los niños de hoy recordarán con
felicidad estos días en su adultez, no necesitarán enfrentarse a la realidad de
que su felicidad infantil estuvo marcada por la perversión del adoctrinamiento
obligatorio y de la pérdida de la patria potestad de sus padres. No tendrán que
descubrir con dolor y asombro que sirvieron de conejillos de indias en unos
mesiánicos experimentos propios de La
Isla del Dr. Moreau o de haber sido manipulados por los cerdos en una Rebelión
en la Granja.